I
Volviste.
Después de décadas ahora estás de regreso.
Ryomen Sukuna, el rey de las maldiciones poco podía presumir de un corazón indomable, lo peor del caso, era que el espíritu de esa mujer a la que había amado con locura durante incontables vidas, ahora había reencarnado como la amiga de su recipiente, Itadori Yuji.
Maldecía el momento en que sus lazos kármicos se habían hecho irrompibles, no se sentía bien estar prendado de una mocosa que para terminar de arruinar la situación, estudiaba en la academia metropolitana de hechicería de Tokyo. Era amiga de Itadori Yuji y desde el momento en que pudo verla por medio de los ojos de su recipiente, logró reconocer aquel bello espíritu que desde el milenio pasado lo había encandilado con su bondad y belleza.
La reencarnación actual de la chica, no era lo más espectacular del mundo, era una adolescente simplona con rasgos comunes y cargaba un mal carácter que ni ella se soportaba. Nada comparado con su primera vida, había sido una dama noble de una tribu nómada del norte de Japón, tenía unos rasgos tan finos y modos tan refinados que parecía una pequeña muñeca de la cerámica más fina.
Sukuna aún lo recordaba, recordaba cómo la había conocido aún siendo humano.
La bella mujer tenía los pies sumergidos en un estanque de agua helada, su tribu tenía la creencia que eso limpiaría su espíritu ya que como muchos otros, ella podía ver maldiciones y utilizar energía maldita. Tal don, era considerado una maldición en esos tiempos.
El entonces chamán, estaba en busca de ser el más poderoso de todos y poco le importaban los medios para serlo. Vagaba tristemente por la helada planicie de lo que en el futuro sería la impresionante ciudad de Sapporo. Probablemente era la época del reinado de Kaika Tennō o tal vez de Kōgen Tennō, no lo sabía, había perdido la noción del tiempo por completo, había asesinado a tantos de sus colegas chamanes que su mente era un total tormento. Sukuna cayó inconsciente justo al lado de la mujer que silenciosamente le retiró la nieve del macilento rostro, poco podía juzgarlo, parecía hambriento y de alguna tierra lejana.
Aquel forastero pudo conmoverla, sus frágiles brazos apenas y tenían el grosor de un bambú y estaba tan pálido como la nieve. Rápidamente llamó a sus damas de compañía que la asistieron para llevar al hombre a su humilde morada, constituida principalmente de rocas, troncos y pieles de animales curtidas que los protegían de los crudos inviernos. Sukuna fue arropado y alimentado con caldos hechos de los ingredientes más nutritivos que se podían encontrar en aquel inhóspito lugar, animales salvajes, tubérculos y semillas. La joven primera encarnación del gran amor de Sukuna se llamaba Suiko y lo cuidó con tanto esmero que en pocos días, Sukuna pudo levantarse y comer un poco de alimento sólido que consistía en carne de ave con diferentes salsas y un puré de semillas y patatas que comía con gratitud, llevaba semanas sin probar bocado de comida caliente y aquella sencilla comida le había parecido un manjar digno de los más altos regentes.
Suiko se encargaba de que aquel hombre comiera bien y estuviera abrigado. Su mirada era agradable y sus facciones eran delicadas y a pesar de que por su rostro hubiera tatuajes propios de su tribu que ayudaban a esconder hábilmente sus expresiones, era evidente que era una mujer risueña.
ーGraciasー murmuró Sukuna al fin después de casi cinco meses postrado en aquel futón cubierto de piel animal.
Suiko sonrió levemente y siguió revolviendo con la cuchara el contenido del wok.
ーAsí que si tienes voz, me alegro mucho que la hayas recuperado yaー respondió la mujer de mirada gentil ーNo agradezcas, no podía dejarte morir de frío.
Sukuna sonrió, esa indefensa y amable mujer era perfecta para su siguiente sacrificio. Era perfecta para sellar a la última maldición que lo perseguía.
La mujer le sonrió y se arrodilló a su lado con un cuenco de agua tibia en las manos, comenzó a curar sus heridas provocadas por el gélido clima, Sukuna rápidamente apartó esos pensamientos de su mente, no quería matarla, le había salvado la vida a pesar de que poco o nada se conocían.
El chamán la observó con cuidado y poco a poco fue perdiendo la consciencia de nuevo ¿Quién era ella? Lograba mantenerlo cálido hasta los huesos y su presencia era tranquilizadora, más de lo que cualquier dios pudiera presumir.
En sueños, Sukuna veía a esa mujer una y otra vez, todos los días de su existencia, los sueños donde ella aparecía al igual que sus diferentes reencarnaciones, lo atormentaban. La veía morir una y otra vez, la vio sucumbir ante sus enemigos, sobre todo a aquel al que nunca le pudo hacer frente, la muerte misma que la arrancaba como una pequeña e insignificante flor de jardín.
Ahora la muerte le sonreía nuevamente a la chica, burlándose de él, probablemente sería él quien terminaría asesinándola así que de pronto, tuvo el impulso de detenerse y así lo hizo, Sukuna desapareció, dejando en su lugar a Itadori de nuevo, alejando a aquella mocosa de su presencia.
En ese momento, la maldición arremetió contra los cuatro miembros del equipo, mandándolos a volar contra el muro, Nobara, Megumi, Itadori y Shiori, la nueva alumna de Gojo Satoru.
La chica había acabado en el equipo de Itadori después del exterminio de sus compañeros reales, los dos habían sucumbió ante una terrible maldición que los torturó hasta hacerlos rogar y luego los devoró con gozo frente a la moribunda chica que ahora daba todo de sí para proteger a su nuevo escuadrón.
Ella se levantó nuevamente del suelo, aún más rápido que sus otros tres compañeros y con ayuda de un pincel empapado de su energía maldita, comenzó a escribir kanji en talismanes que lanzó a aquel monstruo sin lograr más que hacerle enojar hasta enloquecer. Aquella criatura quemó hasta el último talismán, incluso los que ella llevaba en la mano.
Retrocedió dos pasos a tropezones y de pronto, ya la tenía tomada del cuello, revivió los momentos terribles antes de ver morir a sus amigos y no podía permitirlo, por ello mismo, desgarró la manga derecha de su uniforme, dejando a la vista un montón de Kanji y runas escritas con tinta para talismán.
Ella sonrió. Megumi se dio cuenta de lo que la chica estaba haciendo y quiso intervenir, probablemente no lo lograría y moriría en el proceso pues estaba a punto de forzar una extensión de dominio y ella definitivamente aún no tenía la capacidad de soportar algo así, moriría.
ーExtensión de dominio, Letaníaー dijo ella antes de que Megumi siquiera lograra levantarse del suelo.
Su cuerpo quedó en el suelo, sumido en una terrible inconsciencia mientras que el cuerpo de la maldición fue absorbido por la precaria extensión de dominio de la joven Shiori.