Relatos de videoclub: Jennifer Lawrence, la culpable
Era una tarde como cualquiera otra en el videoclub. Siendo el encargado principal desde hace algunos años, sabía perfectamente que el mediodía era la hora en la que menos gente entraba en el lugar. Momento perfecto, para hacer acomodo y revisión de inventario. Algo que por supuesto me encantaba, ya que me daba la oportunidad de pensar sobre el cine, de forma crítica.
Colocando títulos en los estantes vacíos y anotando lo que ya no estaba en inventario, me ponía a pensar. De lo nuevo falta: Rápidos y furiosos número diez, saga que llegó a lo más exagerado y criticado del cine de acción; Misión imposible, entrega octava o novena, perdí la cuenta. De lo clásico: Fargo, excelente thriller de suspenso que ha envejecido mal; La Strada, un film de Fellini imprescindible en la historia cinéfila. De lo menos conocido, el también mal llamado “cine de arte”: Los traductores, una agradable historia francesa de misterio; La araña sagrada, una inquietante película iraní de un asesino serial. Al trabajar de esa forma, sentía que ese tiempo de calma, se volvía provechoso, incluso divertido.
Sin embargo, las reflexiones de un cinéfilo, subido por propia cuenta en su imaginario a critico fueron interrumpidas de forma súbita. Muy sonrientes, felices, y tomados de la mano, pude ver a dos personas que se acercaban. En ambos podía percibirse una evidente conexión y empatía. La mirada dulce y tierna que ella le daba; el cariñoso y juguetón abrazo que él le ofrecía. “¡Se nota que deben ser una gran pareja!”, me dije a mi mismo casi de inmediato, en el instante en el que entraron al videoclub.
Dentro, me dieron un cortés y amistoso saludo. Con la mayor amabilidad que pude, les devolví el gesto, y se dispusieron a hurgar por los estantes y títulos. Como cualquier otro centro de ventas de películas, lo más comercial está siempre ubicado a plena vista y lo más cercano que se pueda del cliente. Precisamente me preguntaron ambos por esa ubicación. Con una seña les indique y ahí se dirigieron.
“Sabes que a mí lo que me encanta es una buena película de acción”, decía la mujer, que al verla, me dio la impresión de que ser muy dulce y delicada. Al menos eso percibía a simple vista. Su pareja, que se encontraba a su lado, no le contestó. Extrañamente guardaba un completo silencio.
A lo lejos, yo los miraba y escuchaba. El comportamiento de la pareja, llamaba mucho mi atención. Ella, como mencioné, daba un aspecto de dulzura y delicadeza. Aunque mostraba un elemento más, uno mucho más llamativo: ser cariñosa. Claramente lo era. Al menos con su pareja, pensé. Él, en cambio, era callado. Lo era, me imaginaba, porque trataba de darle el espacio y valor que ella necesitaba. Reflexione: “Las opiniones de su chica, él ha de considerar que son importantísimas. A eso se ha de deber su silencio”. Lo que era inobjetable es que emanaban una gran empatía, amor y entendimiento. Todo eso me animó a acercarme a ellos.
“¿Crees que sea una buena película de acción?”, ella le volvió a preguntar a su pareja, sin embargo, él, aun callado, se encontraba mirando fijamente otra película. “¡Por supuesto que lo es!”, me animé a contestar su duda, en un intento de que ella no se quedara sin respuesta nuevamente. Ella me miró por un momento. En su rostro, comenzaba a notarse una ligera molestia. “Gracias. Yo me llevó está”, me dijo con un tono de incomodidad. “Tú, ¿cuál quieres, amor?”, volteó a decirle a su pareja cambiando el tono por uno más dulce. El hombre, que no dejaba de ver una película en particular de la estantería, señaló y le dijo: “quiero ver esa, mi vida”.
El título que había indicado se llamaba: “Hazme el favor”. Un film de 2023 protagonizado por Andrew Barth Feldman y Jennifer Lawrence, que en corto trata de una joven con problemas financieros que a punto de perder su casa por las deudas, toma la decisión de aceptar un trabajo en el que debe seducir a un chico. Inmediatamente pensé: “es una muy buena comedia erótica, que cuenta con buenas actuaciones y un guion arriesgado para nuestra época de lo políticamente correcto”.
Sin embargo, abruptamente, mis pensamientos fueron interrumpidos por la voz de la mujer. “¡Claro!, la quieres ver porque te gusta esa pinche vieja”, le dijo ella a su pareja con un tono de fuerte reprimenda. “¡Pues no!, esa no la llevamos”, le dijo con bastante enojo y enrojecida de la cara. Él siguió callado, aunque en sus labios se había dibujado una leve sonrisa.
Ella continuó viendo otros títulos. Era ya evidente que se encontraba exaltada. Miraba uno y otro, ansiosamente. Los tomaba del estante, leía la sinopsis con mucha velocidad y volteaba a mirar a su pareja, pensando que lo hacía de forma discreta, pero era claro que buscaba su mirada. “Entonces, ¿cuál otra llevamos?, anda, apúrate”, le volvió a preguntar. Él tomo la misma película que había señalado antes y le reiteró: “está”. “¡Que no!, ya te dije que esa no”, le dijo ella, furiosa. “Haber, ¿cómo se llama?”, le preguntó, tapando los nombres de los actores de la portada. Con total seguridad y firmeza, él le contestó, con una sonrisa socarrona: “Jennifer Lawrence”.
Viendo la situación, no supe si podía hacer algo. Ella se notaba cada vez más molesta, inquieta e incómoda. Sin embargo, él se notaba con mucha claridad en cuanto a lo que quería: ver a Jennifer Lawrence. La tensión entre ambos aumentaba. Las miradas constantemente se intercambiaban. Ella, conmigo. Ella con él. Y de nuevo ella me miraba, con una cara que podía interpretar como, “ayúdame; hazme el favor de decir algo para que no se la lleve”. Yo, como él, guardé completo silencio.
Después de unos minutos llenos de angustia, la mujer al fin cedió. “Está bien, llévatela. No quiero que ande pensando la gente que te prohíbo ver las cosas que quieres”, dijo, poniendo un rostro con algo de tristeza y resignación. Convencida de que todo su enojo no había logrado nada. No pudo convencer a su pareja de no llevar a “esa pinche vieja” a su casa. Él, para variar no dijo nada. Aunque se notaba en su rostro algo de satisfacción. Había ganado la batalla por su Jennifer Lawrence, pensé, mientras dentro de mí reía a carcajadas.
Al final, ambos se acercaron conmigo para hacer el pago por sus películas. Él, la abrazaba y besaba en un tierno intento por reconciliarse con ella. Ella, lo miraba como si él fuese su todo. Tomados de la mano y nuevamente acaramelados, yo les sonreí, les di su cambio, y les deseé lo mejor. Ella, se despidió y me sonrió. Él, continuó callado, aunque me dio la mano y se despidió.
Verlos partir, nuevamente como los vi llegar me dio mucho gusto. Felices, empáticos, enamorados uno del otro. Supongo que así debe ser una buena relación. A veces uno gana, cediendo. No importando si es Jennifer Lawrence, Jennifer Aniston o Jennifer Connelly, pensé. Y pensé, y volví a pensar, “que en esa película que se acababan de llevar, Jennifer Lawrence… ¡hace un desnudo! ¡No!, pobre hombre, lo que le espera en casa”.
Alberto Pascual








