Por lo que nunca se va
Como cada veinticuatro de diciembre, Martín recorrió las cuadras que lo separaban del bar donde acostumbraba a recibir la Navidad con Micaela. Hacía ya varios años que el destino los había separado, pero cada veinticuatro, sin necesidad de invitación, a él le gustaba pensar que se encontrarían en el mismo sitio.
El bar era simple, con mala comida, pero lo que más le había gustado a Micaela era la decoración. Ella adoraba el espíritu navideño y el local, repleto de guirnaldas verdes y rojas, y de luces que titilaban por doquier, era sin lugar a duda el estereotipo de sitio que ella adoraba. Este año, en particular, el bar parecía estar decorado por Micaela. Su mal gusto por las luces y guirnaldas solía estar acompañado por copos de nieve que nada tenían que ver con esa parte del globo.
Sonrió, ocupó la mesa de siempre y esperó. Le encantaría saber sobre ella, conocer sus nuevos planes y esos sueños casi inalcanzables. Ella siempre había sido una soñadora empedernida.
En cualquier momento, él comenzaría a contarle que estaba tomando clases de bandoneón para darle uso al instrumento que ella dejó abandonado en el departamento y esperaría a ver su sonrisa burlona. Le diría que los viernes por la noche seguía cenando pizza, pero no reconocería que el sábado por la mañana, la pizza fría era más sabrosa. También evitaría decirle que, después de tanto tiempo, no había podido quitar sus cosas del departamento, y que todo continuaba en el mismo sitio, como cuando ella estaba.
Unos minutos antes de las doce, le cantaría “...llenate el vaso, preciosa, y brindemos” al igual que lo hizo la vez que se conocieron en aquel recital de “Los caballeros de la quema”. En esa oportunidad, ella había respondido “...por lo que viene y se va”, sin saber que dos meses después le cambiaría la letra a su parte del tema.
Los camareros veían al hombre que cenaba solo. Lo habían visto sonreír en más de una oportunidad, pero ahora, que se acercaban las doce, su rostro se había entristecido. De vez en cuando, su mirada volaba a la ventana y discretamente se limpiaba alguna lágrima antes de que esta llegara a tocar su mejilla.
―Alguien va a tener que ir a brindar con él. Deberías ir vos, Jorge ―ordenó el encargado.
―¿Por qué?
―Sos el nuevo. Se llama derecho de piso.
―Macarena también es nueva.
―Entró dos días antes que vos.
―No tiene pinta de querer brindar ―dijo el nuevo, refiriéndose a Martín.
―No te preocupes, es muy amable ―intervino otra camarera―. Una vez escuché decir que este fue el último lugar donde recibió Navidad con su novia ―y en un susurro agregó―, antes de que ella muriera.
―Dejá, yo voy. Lo conozco ―dijo Macarena.
Ella reconoció a Martín en el momento que entró al bar. Lo conocía de intercambiar un saludo y alguna que otra palabra en las clases de bandoneón en las que coincidían. Su primera idea fue la de ir a saludarlo, pero al percibir la tristeza en su mirada prefirió no molestarlo. Llegando las doce, no podía dejarlo sin compañía para brindar.
―Hola, ¿Martín? ―dijo haciéndose la sorprendida cuando estuvo frente a su mesa.
―Hola ―respondió él levantando la mirada.
―Soy Maca ―aclaró al ver la duda en su rostro―. Tomamos juntos clases de bandoneón.
―Sí, ahora me acuerdo. ¿Qué hacés trabajando en Nochebuena?
―Pagando derecho de piso ―respondió haciéndolo reír.
Afuera llovía.
Hablaron un poco, al llegar las doce brindaron y cuando terminó el turno de Macarena abandonaron el local. En la vereda, por compromiso, él se ofreció a acompañarla unas cuadras. Ella se negó.
―Si no volvés al bar te veo en unos meses, en la clase ―dijo ella.
―Seguramente nos veamos en la clase ―respondió Martín, evitando decir que solo visitaba el bar una vez al año.
Se despidieron. A los pocos pasos, él comenzó a cantar “Llenate el vaso, preciosa, y brindemos…”
A una cuadra de distancia ella tarareaba “…por lo que nunca se va”, mientras se tocaba la cicatriz que le quedó en el pecho luego del trasplante.









presiento que me va a gustar mucho y me va hacer llorar 🙈❤️