My Sweet Dream, History Larry Stylinson

Sinopsis

Louis es un hombre exitoso, pero está solo. Eso cambia cuando llega la noche y con ella, aparece su amante perfecto en medio de sus sueños. Despertar cada día es más horrible, le duele, quiere y necesita una pareja a quien amar. A través de extraños sucesos, llegará a los brazos de él, y convertirán sus sueños en una hermosa realidad. 6 Capítulos, LT/HB, Smut.

Estado:
Completado
Capítulos:
6
Rating
5.0 3 reseñas
Clasificación por edades:
18+

Mond


El sudor corría por su frente, le faltaba el aire y sus brazos comenzaban a temblar. Debajo de él, el cuerpo perfecto de su amante, caliente y húmedo, agitado. Sus miradas encontrándose en medio del placer de ser uno, de disfrutarse sin tiempo ni reglas.

Los gemidos llenando cada rincón de su habitación, sus bocas buscándose sin piedad mientras llega el amanecer frío y lluvioso en la preciosa ciudad de Rye.

Se mueven al compás del viento que corre por las calles y mece las pocas hojas que aún quedan en los altos árboles; llevan la misma cadencia de las olas del mar, sus pieles cargadas de sal de tanta transpiración que parece evaporarse y subir hasta las nubes ásperas y repletas de envidia frente a estos amantes que parecen no terminar nunca de entregarse ni de compartirse.

Cuando Louis abre los ojos, intenta ahogar un grito de frustración y de borrar esas pequeñas lágrimas que luchan por deslizarse sobre sus bien definidos pómulos. Entre sus piernas, una erección que duele, que necesita con desesperación disiparse en medio de sus manos, que agoniza una vez más frente a la falta de ese cuerpo que cada día le promete realidad en medio de sus sueños.

Su cama está fría y desordenada, las almohadas en el piso, las sábanas húmedas de absorber sus ansias y la cabecera limpia, sin rasguños ni marcas de manos ni esposas de metal.

Es tan insoportablemente doloroso cada mañana despertar sin ese alguien especial, que piensa que en cualquier momento va a enloquecer.

Tiene 34 años, y es dueño de la única librería en la ciudad, en una de las casonas más antiguas de Rye. Hermosas murallas de piedra, un gran portal de madera y fierro, pulidos estantes repletos de historias de todo tipo y un pequeño sector para tomar un café al paso o simplemente conversar. Es atractivo, divertido, amable e intenso. Ama su trabajo, ama esa ciudad que eligió con pinzas y ama todo lo que ha logrado y lo que es.

Pero está solo. No hay un hombre con el que pasear de la mano por las calles adoquinadas, ni con quien planear un sencillo picnic al atardecer. Tampoco una pareja a quien besar en el castillo de la ciudad ni con quien imaginar una bella ceremonia en la iglesia donde está el reloj más antiguo de Inglaterra.

No existe ese ser al que entregarle su corazón, su cuerpo y su alma para que lo transforme en dulces besos y atrevidas caricias, ni quien lo acompañe en su travesía por este mundo, porque está solo, sigue solo, como cada día de los últimos cinco años en los que sus expectativas de dispararon y ya no está dispuesto a bajarlas por simples chicos que buscan solo una noche. Porque Louis lo quiere todo, necesita y desea, más que a nada en este mundo, tener a quien abrazar a media noche cuando el frío se mete por las rendijas haciendo que las llamas de la chimenea bailen a su tiempo.

Podría pensarse que no es algo tan terrible estar soltero, por lo menos no cuando puedes llamarte exitoso en todo lo demás. Pero el problema mayor de Louis, eran sus sueños.

Daba los mismo si dormía temprano o tarde, si tomaba un té relajante o una copa de vino, si se daba un largo baño de tina o una ducha rápida, si su día fue relajado o con mucho qué hacer, si hacía calor o llegaba a temblar al congelarse.

Apenas entraba en la calidez de la somnolencia aparecía él, su amante, su compañero, su deseo convertido en hombre seduciéndolo con solo una mirada de esos ojos verdes que lo tenían cautivo.

Sin poder evitarlo, y realmente sin intentarlo, caía rendido frente al embrujo que era esa presencia, a su voz grave y lenta que parecía acariciar las palabras, a su cuerpo hermoso, todo piernas largas y abdomen tonificado, todo piel blanca y suave, todo cálido y caliente, todo seguro y vulnerable... todo suyo.

Suyo con propiedad, suyo hasta su último aliento y desde su primera respiración, suyo en cada célula y en cada pensamiento, suyo posesiva y libremente, suyo por dentro y por fuera, suyo en el silencio y en el ruido, suyo inocente y juguetón.

Parte de su sangre, de su ADN y de sus neuronas, parte de su sinceridad y de su empatía, parte íntima y exacerbada de su risa... El todo de sus sueños y esperanzas, el todo de su ternura y de su lujuria, el todo de su fe y de su presente y futuro, incluso el todo que cambió su pasado para moldearlo a él.

Cada noche disfrutaba de manera desquiciada del sabor de la piel de su amante, de pasar su lengua por toda su columna, de morder sus hombros, de apretar sus caderas y de envolver sus manos en su cuello para apenas dejarlo respirar y llevarlo al límite del deseo.

Cada amanecer se sentía vacío, como un títere del destino, llegó a pensar que era víctima de algún hechizo o de alguna maldición. No tenía sentido vivir de un sueño, uno demasiado perfecto, pero un sueño al fin y al cabo.

Esa mañana envolvió su dura erección en su mano derecha, mientras que con la izquierda tocaba sus muslos, su pecho, tironeaba con fuerza uno de sus pezones, y recordaba su último sueño. En un par de minutos acabó, era demasiado estímulo, demasiada necesidad... Y se sentía tan pobre su orgasmo, tan sin gracia, que la frustración era cada vez más. No había comparación con penetrar un cuerpo ardiente que gemía sin pudor exigiendo más.

Se levantó de muy mal humor, se bañó y se vistió. Apenas tomó una taza de café mientras quitaba las sábanas sucias, ventilaba la casa, y revisaba los pendientes en su teléfono, cuando recibió una notificación de un mensaje en el Instagram de la librería.

“Buenos días, quisiera saber si, ¿tienen algún libro que trate el tema de lo onírico o algo cercano? Muchas gracias”.

Sonrió sin ganas, lo sintió como un insulto a su realidad, pero el posible cliente no merecía su descargo matutino.

“Buenos días, sí, hay seis libros que hablan de los sueños, ojalá pases a revisarlos y puedas llevar el indicado. La librería abre en una hora”.

“Muchas gracias, pasaré durante la mañana”.

Louis terminó de arreglar sus cosas en su mochila, y salió bien abrigado. Estaban en pleno invierno, la temperatura llegaba a los menos dos grados y la humedad se sentía muy alta. Había fuertes ráfagas de viento que amenazan con llevarse algunos árboles. Caminó apresurado, pero disfrutando del paisaje que lo tiene enamorado, tal como el primer día que puso un pie en esa ciudad asombrosa, llena de magia.

Una vez dentro de la librería, encendió todas las luces, activó la calefacción y conectó la cafetera. Recibió el pedido diario de pastelillos y galletas, y limpió un poco los estantes mientras prendía el reproductor de música en una radio local, donde solo pasan canciones sin anuncios.

Apenas el reloj marcó las nueve, cambió el cartel de close a open, y tomó asiento en uno de los sofás para leer el periódico junto a una deliciosa taza de café recién preparado y humeante. De inmediato supo que sería una mañana lenta, el clima espanta un poco a los turistas de levantarse temprano, pero está bien, él tampoco saldría de su cama si tuviera compañía.

Cuando terminó, se sentó frente a la caja, y revisó que esté todo en su lugar y que la máquina para recibir pagos esté funcionando correctamente. Aparecieron los primeros visitantes, una pareja de chicos jóvenes y ruidosos que buscaban cuentos clásicos de autores rusos. Los llevó al pasillo correspondiente y les mostró algunas obras. Estaba en eso cuando sintió la puerta y su distintivo sonido de campana. Se asomó y solo pudo ver a un hombre de espaldas, con un abrigo largo y un gorro grueso tapando sus orejas.

Dejó a la pareja revisar los libros, y fue al encuentro de este nuevo potencial cliente.

—Hola, ¿puedo ayudarte? —Preguntó amablemente.

—Hola, escribí en la mañana preguntando por libros que traten el tema de los...

—...sueños. —Louis completó la oración casi en estado automático, cuando el visitante perdió las palabras en medio de un susurro. Se sonrojó con fuerza y pensó que podría desmayarse al ver esos ojos verdes, que parecían envolverlo con su luz.

—Sí, eso, —sonrió sin dejar de mirarlo.

—¿Quieres un café, mientras traigo los libros? —Sugirió mirando fijamente los labios de este hombre completamente hermoso.

—Me encantaría, pero llevo prisa, —contestó demasiado despacio, solo lo suficiente para hacerse escuchar.

—Oh, entiendo, entonces, ven por acá, —pidió, señalando el pasillo de la derecha. —Aquí están, te dejo solo para que los mires tranquilo.

—Gracias... —Le dio una mirada honda y se quedó esperando una respuesta.

—Louis.

—Gracias Louis, —sonrió ahora más grande, mostrando unos hoyuelos de ensueño.

—Disculpa, —interrumpió uno de los chicos que buscaban cuentos. —Vamos a llevar estos dos.

—Claro, —le contestó. —Permiso, —se disculpó con su nuevo cliente.

Hizo el cobro, y colocó los cuentos en una bonita bolsa de papel con el logo de su librería, que era la portada de un libro, con una luna creciente. Se despidió de los chicos mientras nuevos clientes aparecieron, trayendo con ellos un nuevo bullicio y algo de caos al andar con un precioso cachorro golden retriever.

—Buenos días, ¿puedo ayudarlos? —Preguntó cordialmente.

—Hola, solo andamos mirando, muchas gracias, —contestó un chico de no más de 15 años.

—Está bien, espero que encuentren algo de su interés.

Caminó hasta la máquina de café, necesitaba otra taza, tal vez así el temblor de sus piernas se acabaría o su mente volvería a enfriarse. Su pobre corazón latía acelerado y el tirón en su piel bajo el ombligo lo tenían nervioso y por alguna extraña razón, completamente excitado. Estaba a punto de cerrar la librería para irse al baño y masturbarse con calma, encerrado, a oscuras, con su espalda pegada a la pared.

Un sofocante calor está invadiéndolo, por lo que dejó el café y buscó un vaso para beber agua fresca. Cuando terminó hasta la última gota y se giró, estaba él, sin ninguna vergüenza, mirando sus piernas y un poco más.

—Perdón por asustarte, —se lamentó el visitante al notar el sobresalto de Louis. —Llevo este, por favor.

—No te preocupes, —respondió con una pequeña risa. —Espero que sea lo que buscabas.

—Estoy seguro de que lo encontré, —dijo con una voz suave y lenta que bajó por la columna vertebral de Louis, hasta colarse en sus pantalones.

—Me alegra escuchar eso. —No podía dejar de mirar sus manos, sus dedos delgados, adornados de anillos y sus uñas perfectamente cuidadas. Uno de sus sueños reapareció, uno donde era víctima de caricias despiadadas, transformadas en rasguños por toda su espalda mientras entraba sin detenerse en ese cuerpo tibio y delicado. Haciendo un gran esfuerzo, hizo el pago y logró meter el libro en la bolsa de papel. —Que te vaya bien, —se despidió intentando no coquetear, tenía que mantenerse serio. Le dolía demasiado el bulto incendiario entre sus piernas.

—Gracias... Yo voy a Londres, pero si sigue en pie lo del café, ¿podemos dejarlo para el jueves? Llego de vuelta a las ocho, aunque si es muy temprano...

—Está perfecto, —se apresuró a decir. ¿Qué estaba haciendo? ¿Tratando de parecer desesperado? —Puedo llegar a esa hora y tomarnos ese café antes de abrir, —se golpeó la cabeza mentalmente.

—Nos vemos entonces, Louis, —dijo cerrándole un ojo y saliendo del lugar.

—Santísima Luna, —exclamó en voz baja. —Por favor que se vayan, —suplicó a su talismán, desesperado.

Y como un acto de magia, los bulliciosos clientes se fueron sin comprar ni siquiera un marcapáginas. Apenas se cerró la puerta, corrió a cambiar el cartel y a poner uno más pequeño que decía “vuelvo en veinte minutos”.

Dirigió sus pasos hasta el baño y cerró la puerta con seguro, a pesar de estar solo. Bajó sus gruesos pantalones de buzo negro y pasó su mano sobre el género suave de su bóxer rojo. Sacó su hinchado miembro por la bragueta, sintiendo su calor y la humedad comenzando un lento camino por todo su grosor. Gimió con los ojos cerrados y apretó con demasiada fuerza, solo logrando más placer en vez de dolor, y comenzó su vaivén acelerado. Llevaba apenas unos segundos y se sentía al borde, no podía ser, no debería pasar así, nunca ha sido un hombre precoz, por el contrario, siempre le ha costado llegar a un orgasmo, tenía mucha resistencia y control... Ahora pobremente se tocó y apenas recordó los labios de él, se corrió ensuciando el piso y el lavamanos, en medio de un grito tosco y rasposo. Estaba caliente, ardiendo en necesidad, le urgía compartir sus ansias y su cuerpo.

Se deslizó por la pared, hasta quedar sentado en la fría cerámica. No podía seguir así, era insano, era triste, ridículo y sin sentido, tal vez debería tomar unas vacaciones, y volver a Dublín, donde vivó por diez años, los últimos dos horribles. Y quizás necesitaba eso, un poco de realidad, un poco de malos momentos, un poco de sonrisas hipócritas y de miradas vacías. Era realmente una estupidez, aunque viajara hasta el centro de la tierra estaba seguro de que sus sueños lo seguirían con más fuerza. Se levantó, se limpió, se arregló la ropa y pasó un poco de toalla de papel por donde salpicó su semen. Se lavó las manos, y la cara, y desordenó su pelo casi mojado en sudor para volver a cambiar el letrero en la puerta. Se sorprendió de ver a seis personas esperando para entrar, por lo que las hizo pasar rápidamente.

Uno de ellos, un hombre de tal vez, cuarenta años, le coqueteó descaradamente desde que puso un pie en la librería. Intentó hacer preguntas ingeniosas sobre algunos libros famosos, pero la verdad es que no tenía gracia y sonaban apagadas en su voz. Louis le dio una mueca afable, y al parecer, fue suficiente para este personaje que se sentía seguro de lograr su cometido.

—¿Podría invitarte una copa? —Preguntó al mismo tiempo que le entregaba a Louis cuatro libros de cocina para comprar. —Hay una nueva carta de tragos en el bar de la playa.

—Lo siento, pero no puedo. Gracias por el interés, pero tengo novio, —contestó intentando de ser rápido con el pago.

—Eso es un detalle, no me molesta. Además tu novio no tiene porqué saber, —intentó susurrar, fracasando rotundamente cuando su voz salió demasiado aguda.

—Pero a mí si me molesta que mi novio salga con alguien más. —Se escuchó una voz que Louis jamás olvidaría.

Al lado del fastidioso cliente, él.

Él, todo imponente, todo hermoso y todo ardiente aún dentro de ese abrigo y bajo ese gorro de color gris.

—Hola, —saludó Louis, quien con sus mejillas encendidas y a pesar de ser todo un hombre independiente, parecía un enamorado adolescente.

—Olvidé algo, pero termina de atender al señor, yo puedo esperar, —habló cerrándole un ojo.

—Aquí está su compra, gracias por venir, —se despidió, agradecido de la interrupción, y al mismo tiempo, odiándola. Estaba a un minuto de ensuciar sus pantalones, solo quería frotarse en algo, ojalá en él, en cualquier parte de él.

El cliente frustrado salió, dejándole una mirada de odio a aquel que se atrevió a arruinar su cita.

—Lo siento, me pareció que estaba siendo desagradable.

—Sí, gracias por eso. ¿En qué puedo ayudarte? ¿No te gustó el libro? —El rubor de sus mejillas no se iba, y no lo haría hasta que lograra controlar su nueva erección.

—El libro está perfecto, pero fui muy mal educado, ni siquiera me presenté. Soy Harry, —dijo extendiendo su mano.

—Harry, mucho gusto entonces, —contestó Louis, correspondiendo al saludo.

—Tampoco pedí tu número, —prosiguió, sonriendo feliz, y coqueteando tan suavemente que Louis se sentía como un idiota que no podía dejar de perderse en todos los detalles bellos frente a él.

Su sonrisa era una obra de arte, pero todo lo que la componía también. La hilera de dientes blancos, perfectos, su nariz un poco grande pero que encajaba milimétricamente en su rostro, sus ojos verdes tan expresivos, la línea de la mandíbula tan, pero tan marcada... Era un poema hecho hombre.

—¿Qué? Disculpa, estaba distraído.

—¿Me das tu número? ¿Por favor? —Pidió acercándose, hasta casi rozar sus narices.

—No tengo, quiero decir, ¿dónde? Yo... —Tuvo que alejarse, sus neuronas habían dejado de funcionar.

—¿Estás bien? —Preguntó Harry, preocupado.

—Sí, lo estoy. Ha sido una mañana con mucho qué hacer y creo que estoy... ¿cansado?

—Entiendo, pero, ¿me vas a dar tu número?

—Sí, toma, —dijo entregándole un marcapáginas con diseño de lunas, y su número a lo largo. —¿No tenías que irte rápido?

—Perdí el bus, tengo que esperar al siguiente que pasa en casi una hora, pero vale completamente la pena seguir aquí.

—¿Me puedes ayudar, por favor? —Interrumpió una mujer en el fondo. —No encuentro las novelas de ciencia ficción.

—Voy enseguida, —contestó. —Puedes sentarte, o si sabes usar la máquina, tomar un café, o esperarme, o...

—Te espero, no voy a interferir en tu trabajo, —dijo levantando las manos, cual criminal.

Atendió a los cinco clientes que ya habían decidido sus compras, y quedaron solos.

—¿Te preparo un café? ¿Quizás un té? No tengo agua de manzana caliente aquí.

El silencio se sintió extraño. ¿Por qué dijo eso? ¿Agua de manzana? La mirada de Harry intentaba encontrar una respuesta en los ojos de Louis, pero solo tenía y recibía confusión.

—Un café está bien, pero no quiero interrumpirte.

—No lo haces, —fue su turno de sonreír, mostrándose todo precioso, casi recuperando su control. —Me viene bien un descanso, creo que hace mucho no tenía a tanta gente en la librería.

—Este es un lugar realmente encantador, aunque debo decir que todo este pequeño pueblo es increíblemente lindo. ¿Es tuya la casona o la arriendas?

—Es mía, la compré al mismo tiempo que mi casa, tuve la fortuna de que el dueño anterior me hizo un precio especial cuando le dije que quería transformarla en una librería.

—Es realmente acogedora, podría vivir aquí, —comentó revolviendo lentamente su café. —Entonces Louis, solo para asegurarme, no tienes novio, ¿verdad? Eso significa que el jueves ¿podríamos tener una cita? —Harry prácticamente lo desnudó con la mirada.

—No tengo novio, y sí, supongo que tendremos una cita, lo que no tiene ninguna lógica si pensamos que somos completos desconocidos, pero debo admitir que...

—¿Qué...?

—Que es estimulante. Mira Harry, no soy alguien a quien le gusten los rodeos, puedo decir sin problemas que me pareces un exceso de hombre, porque eres... muy atractivo. Pero al mismo tiempo, no significa que vaya a acostarme contigo solo por eso. Cada vez que he conocido a alguien en los últimos años, prefiero dejarle claro desde el principio que busco una relación seria, no una aventura.

Harry suavizó su mirada y su dedo paseaba por el borde de la taza. —¿Me creerías si te digo que busco lo mismo?

—La verdad no, —contestó con seguridad. —Puedo estar equivocado, pero puede ser que estés acostumbrado a toda esa adrenalina que provoca conocer a alguien, a sentirte interesado porque quizás es un nuevo reto en tu larga lista de conquistas.

—Vaya... No es primera vez que me dicen algo así, y puede ser que tenga esa vibra de Don Juan, pero mi última relación duró 3 años. Eso fue hace dos, y no he estado con nadie más.

—Lo siento, —rio suavemente, —pero es difícil de creer, aunque lo hago.

—No sé por qué, ¿pero qué me dices de ti? Podría pensar que también eres un activo seductor.

—Modestamente puedo contar muchas invitaciones, de todo tipo, pero mis expectativas son altas, y llevo cinco años completamente solo. —Intentó no sonar desesperado, pero su voz sonó más triste que otra cosa.

—Eso sí me sorprende, —dijo Harry, perdido en las piernas de su interlocutor, realmente estaba cautivado.

—Me parece que si no te apuras, volverás a perder el bus, —habló Louis, un poco aliviado de terminar con esa entrevista improvisada que parecía no tener sentido y que le estaba costando la respiración.

—Tienes razón, no me di cuenta de lo rápido que pasó el tiempo. ¿Lo del jueves sigue en pie? —Preguntó mordiendo su labio, provocando una vez más el colapso físico y mental de Louis.

—Claro, claro que sí, a las ocho.

—Nos vemos, cuídate, —se despidió dejando un pequeño abrazo a un Louis completamente paralizado, pero que correspondió al gesto de manera instintiva.

—Nos vemos, —su voz más grave y sensual, provocando una lluvia de ansiedad en Harry, que no sabía cómo se controlaría una próxima vez.

Lo dejó en la puerta, y volvió a colocar el pequeño letrero. Quizás debería cerrar por ese día, no podía estar masturbándose cada media hora, necesitaba alivio. Tal vez era mejor idea que, a su hora de almuerzo fuera a darse una ducha con agua fría. Pero no, solo se daría unos minutos para arreglar el desorden que tenía en la caja, y luego devolvió algunos libros a su lugar correspondiente. A veces las personas dejaban los libros que revisaban en cualquier parte, sin ningún cuidado, a pesar de tener un pequeño estante con un letrero que invitaba a dejar ahí ese libro que no comprarías. Se encontró con uno que no recordaba, y que hojeó al azar, descubriendo una plana de suave color verde y una hermosa fuente cursiva, que decía:

“Las personas destinadas a encontrarse, lo harán, aparentemente por casualidad, en el preciso momento”.

Cerró el libro, repitiendo esa línea una y otra vez, hasta que se dio cuenta de que otra vez había personas esperando en la puerta.

Por un tiempo se enfocó en atender, ya que le tocó un cliente difícil que buscaba algo muy específico y que él no tenía en su librería, porque eran libros de álgebra avanzada enlazados al estudio de la física cuántica y un montón de palabras extrañas que no lograba entender, pero que le sirvió para distraerse. Después, una chica muy bonita que no se decidía entre dos novelas, y que no podía llevar las dos porque no le alcanzaba el saldo de su tarjeta y finalmente, una abuela que quería comprar un libro de recetas de comida francesa, pero que no contaba con encontrar 15 títulos distintos.

Cuando una vez más quedó solo, se dio cuenta de que ya pasaban de las tres de la tarde y que estaba muriendo de hambre. Cambió el letrero otra vez, que ahora decía, “Hora de almuerzo, vuelvo en media hora”.

Sacó un sándwich de su mochila y comió despacio junto a una nueva taza de café. Cuando terminó, se sentó más cómodamente y revisó su celular, tenía muchos pendientes, pero no pudo pensar en ellos cuando tenía un mensaje de Harry esperando ser visto.

Solo de ver la notificación sintió el temblor de sus piernas y la boca seca, iba a caer muerto en cualquier momento.

“¿Es muy loco pensar que el destino nos lleva al lugar exacto en el momento preciso? ¿Crees en el simbolismo de los sueños? Cuando te vi, entendí que sí, que al parecer hay algo que nos une con una persona, aunque se encuentren a miles de kilómetros de distancia”.

Louis cerró los ojos, reflexionando en todo lo sucedido ese día. Definitivamente creía en esas dos cosas, y en muchas más. El rostro de su amante de cada noche tomó la forma de Harry... No, no es cierto, no es así, no puede seguir negándolo: toda las reacciones de su cuerpo son porque es él, es Harry a quien le ha hecho el amor cada noche en sus sueños. Está seguro, sabe que si lo ve desnudo en su cama, sabría de memoria cómo tocarlo y llevarlo al límite, cuántos lunares tiene, y la cicatriz en su rodilla derecha, que apenas se nota, pero que ha vibrado bajo su lengua. Puede apostar su vida a que su punto débil es la espalda, que le encanta ser besado cuando está a punto de correrse y de que la mayoría del tiempo más de alguna lágrima se desliza por su mejilla debido a tanto placer. Pondría una pistola en su pecho sin miedo si tuviera que contestar de qué color son las uñas de sus pies, porque siempre son azules. Puede ser más o menos brillante o con algún diseño incluso, pero siempre azul, y siempre sus pies, nunca sus manos. Sin abrir los ojos, puede delinear a la perfección el único tatuaje que marca su piel, al finalizar su espalda, y que es el talismán de los dos, de su amor: la luna y sus facetas.

Una nueva notificación lo sac de su burbuja.

“¿Sabes si hay alguna casa en venta? Necesito encontrar alguna, o alguna pieza. Si sabes de algo, ¿me puedes enviar un mensaje? Te lo agradecería mucho mi lunático Louis”.

La verdad, no sabía de ninguna venta o arriendo, pero podría colocar un cartel preguntando, y eso hizo. Se levantó y diseñó algo llamativo en su computador, imprimió dos copias y colocó una al lado de la caja y otra en la puerta, con ayuda de cinta adhesiva.

Respiró profundo y empezó su tarde de trabajo. De alguna manera había logrado bajar la temperatura de su cuerpo, o eso pensaba, hasta que extrañamente, todo parecía recordarle a Harry, incluso cosas que en ese momento no tenían sentido.

Llegó un hombre con un acento diferente, claramente era extranjero y buscaba un libro del que no recordaba el nombre, solo el apellido del escritor: Mulisch. Louis sonrió, porque conocía bien su obra, los libros de Harry Mulisch eran de sus favoritos.

Después, una mujer de dulce voz buscaba con desesperación los primeros tres libros de Harry Potter, porque su hija los había olvidado en sus vacaciones y estaba en plena crisis de llanto esperándola en la parada del autobús.

Unos minutos más tarde, un papá y su pequeño de unos cinco años, con unos rizos hermosos como los de Harry cuando era más joven.

El último cliente, que llevaba un libro llamado “El Talismán” y cuya portada eran unos impactantes ojos verdes, le ofreció una de sus pinturas: Una luna llena reflejada en el río Rother. Era muy linda, estaba hecha con mucha delicadeza, y el resultado sobrecogía su corazón, la compró sin dudarlo. Él mismo cliente le dijo que había una casa en venta en la calle de la sirena, que estaba detrás de la librería, por lo que, después de despedirse y agradecerle, salió a preguntar.

Su corazón estaba desbocado. Por años ha soñado con vivir en esa calle, es la más linda del pueblo, sobre todo la casa de la esquina, con su pequeña escalera, su portón de madera, su puerta y los marcos de las ventanas de un blanco radiante. Y sí, en esa casa había un letrero de venta. Sin saber muy bien qué hacía, tocó y una hermosa mujer de unos setenta años le abrió con una gran sonrisa.