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Sinopsis

Cassandra estaba sola en el universo hasta que conoció a Lucca. Pero a Lucca le gusta María. Y Cassandra solo quiere su felicidad aunque no sea a su lado. Por eso cuando él le pidió ayuda ella no pudo decirle que no.

Genero:
Romance/Drama
Autor/a:
Mabel
Estado:
En proceso
Capítulos:
4
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1


La primera vez que la vió a ella estaba en la primaria. Cassandra tenía un aura de: “aléjate de mí insecto” impresa en sus ojos azules. Era una chica menuda, frágil y delicada, pero lo compensaba con su terrible genio y su odio en contra del universo.

Era la primera vez que Lucca pisaba el salón de esa clase. Su padre hace poco cambió de trabajo, dejando la gran ciudad por un pequeño pueblo perdido al sur del país.

Lucca no sabía muy bien cómo debía sentirse en ese nuevo espacio. No sé consideraba amante de la ciudad… pero si había dejado algunos amigos. No tan cercanos, comprendió al instante, pero con quiénes compartió momentos importantes de la infancia.

Ahora con doce años se sentía demasiado inútil para hacer nuevos amigos. Con la desfachatez de la pubertad creía que no podría encontrar a nadie interesante en ese nuevo espacio y comenzaba a resignarse a pasar su tiempo en soledad callada, sin decirle a nadie porque su padre parecía feliz de abandonar la ciudad.

Llegó temprano al colegio porque su padre lo acompañó en auto. Él tan solo tenía palabras de elogios sobre la calidad del aire, el hecho de que todos usaban las luces direccionales y que nadie parecía molesto.

Dejó a Lucca, quién no dijo palabra durante el viaje, en la dirección del colegio, donde la secretaria lo llevó hasta su nuevo salón. Así que ahora acababa de llegar a ese pequeño espacio, hecho de madera, con las reglas de convivencia escritas con primorosa letra, nada de desorden visible, rodeado de niños que lo miraban con ojos curiosos.

Lucca no estaba acostumbrado a ser el centro de atención, porque en su colegio él era tan solo parte de la “normalidad”. En cambio de acá que era la nueva novedad, él desconocía que sería lo más interesante durante todo un semestre, tan tranquila era la vida allá. La docente le hizo el gesto para que entrase al aula pero el chico tenía los pies clavados en el suelo.

Fue en ese momento cuando una chica de cabellos desordenados castaños, tomados en una coleta alta, el uniforme desarreglado, se paró de su puesto, con gestos de fastidio en su rostro pálido y lo arrastró hacia adentro.

—No es tan difícil —le comentó en voz baja —no tienes que presentarte sino quieres —.Después de eso le señaló un puesto vacío.

—Cassandra…—comenzó a hablar la docente —cuántas veces te he dicho que no intervengas sino es necesario.

—Él tenía miedo y usted no hizo nada —la chica le reclamó mirándola fijamente —la verdad es que su actitud es bastante deplorable.

La atención que recaía sobre Lucca automáticamente pasó a la rebelde niña. Quién parecía bastante cómoda con lo dicho, mirando a su alrededor con gesto de hastío. La docente la envió a dirección y ella caminó con los brazos cruzados detrás de su cabeza.

Después de aquel incidente la clase siguió con normalidad, cuando el timbre sonó la mayoría de los compañeros se acercaron a él, pero tan solo respondió con monosílabos, por lo cual la multitud se alejó pronto. El joven de cabellos castaños tuvo la mente en la misteriosa chica que lo ayudó. ¿Serían demasiado estrictos con ella? ¿Era común que tuviera ese tipo de comportamientos?

—Lucca acércate —le dijo la profesora cuando las clases terminaron.

—Dígame —le respondió educado.

—La chica que te “ayudó” —comentó haciendo las comillas en el aire —Cassandra no es una mala persona… pero te aconsejaría que mantuvieras tu distancia.

Fue todo lo que la profesora le dijo al chico. Argumento suficiente para que Lucca quisiera buscarla por la pequeña escuela. En su lugar de estudios anteriores le hubiese sido imposible, debido a lo enorme que era. Este espacio era más similar a una enorme casona antigua, así que revisando a través de las ventanas la encontró en un salón. Este tenía un cartel que rezaba “Sección de castigos”.

Cassandra estaba sentada con cara de aburrida en un pupitre de color blanco. Tan solo tenía apoyada su cara sobre sus manos mientras observaba al sujeto que vigilaba su detención.

—Vamos Antonio juguemos a las cartas —escuchó a Cassandra decirle eso al joven que estaba sentado en el puesto del docente.

—Estoy aburrido de ganarte siempre —se rió por lo bajo —¿cuándo dejarás de meterte en problemas?

—Hasta que te gane en el poker —le respondió también devolviendo la sonrisa saliendo calmadamente de la habitación.

—¿Qué haces acá? —le consultó Cassandra al ver al joven afuera.

—Vine a… —Lucca miró al piso avergonzado —darte las ¿gracias? —moduló lentamente sin atreverse a mirarla a la cara.

Cassandra cruzó los brazos.

—No creas que lo hice por ti —resopló indignada —realmente pienso que la profesora es una incompetente… pero ¿de nada? —le respondió.

De pronto Lucca comenzó a reírse por lo bajo. Le parecía hilarante la situación de estar hablando con ella a pesar de la advertencia de la docente. Por su parte Cassandra también rio porque no tenía motivos para no unirse con él.

—Lucca —le dijo extendiendo la mano.

—Cassandra… aunque creo que ya lo sabes.

◦ ❖ ◦ ❁ ◦ ❖ ◦ ❁ ◦ ❖ ◦ ❁ ◦ ❖ ◦

¿Cómo definir cuando comienza una amistad? ¿Cómo delimitar el momento exacto cuando se genera el vínculo de lealtad?

Para Lucca el momento exacto que decidió que Cassandra sería su mejor amiga, es cuando la chica lo defendió ese primer día. Le atrajo la violencia, los gestos y lo ufana de ella frente al mundo. Le encantaba que ella nunca tuviese miedo ante nada ni nadie, que pareciera que el mundo le pertenecía a sus ojos azules delineados con negro.

Cassandra se tardó un poco más. Bastante más si hay que decirlo con propiedad. Para la chica él tan solo fue una excusa más para demostrar su fastidio con el universo. Desde siempre estaba enojada porque no podía encajar con el resto de sus pares.

Cassandra estaba envuelta de una melancolía furiosa. Le gustaba escribir versos que nadie leía, escuchar a Cerati y leer a Pizarnik. Desde muy chica se excluyó del resto, sin tener muy claro el porqué.

Pero hubo un día en que todo el rencor y dolor cobró sentido para su existencia.

Quizás la única persona a la cual ella le era capaz de sonreír de manera sincera. Su abuelo, una persona bonachona, con un gusto exagerado por la historia medieval, resolvedor de crucigramas y creador de muebles lustrosos.

Fue él quién le regaló sus primeros libros. También el primero en construir muebles para que guardase sus libros. Le entregó su propia guitarra cuando se percató de su gusto musical. Junto con contarle largos cuentos donde los dragones era los protagonistas.

—Desde hace mucho tiempo hay registros de ellos —le comentaba mientras sacaba recortes de una cajita metálica —en todas las culturas hay vestigios de su existencia.

—¿Lo crees en serio abuelo? —comentaba ella con los ojos brillantes de esperanza —¿Existirán en alguna parte de este mundo? quizás están ocultos para nuestros ojos y vagan entre nosotros.

Su abuelo reía ante esas hipótesis que Cassandra hilaba sin parar cuando lo visitaba en el campo.

—Quién sabe… pero la vida es más entretenida si creemos que puede ser ¿no lo crees?

Él nunca la obligaba a creer cosas, porque le consultaba su opinión sobre estos temas. Jamás le dijo que sus gustos eran extraños o que debía tener otros cómo decía su madre, quién de tanto en tanto, regañaba a su progenitor por “llenarle la cabeza de dragones a la niña”.

—Algún día va a tener que gustarle cosas cómo a todas las niñas.

—¿Qué tiene de malo contarle cuentos si eso la hace feliz?

Hacerla feliz esa siempre fue la meta de su abuelo. Contándole cuentos, regalándole manzanas, llevándola a la playa o jugando en medio de los campos. Para él siempre fue su prioridad cuando la veía.

Nadie más en su familia parecía tener esa disponibilidad. Sus padres trabajaban todo el día, en el colegio no tenía muchos amigos ni menos a alguien que quisiera escuchar sobre sus teorías locas.

Pero Lucca fue el primero que escuchó sobre esas hipótesis. Un día fue a su casa (en realidad la siguió hasta allá) y consiguió entrar a su cuarto.

—Si quieres entrar pasa —le contestó de mala manera Cassandra. Lucca tan solo se rio por lo bajo, comenzando a explorar cada detalle de ese lugar.

La chica tan solo se sentó en su cama y sacó un libro compilado de cuentos de Poe. El chico siguió en su recorrido hasta que encontró la cajita metálica.

—¿Puedo abrir esto?

—Ya la estás abriendo —le contestó en tono divertido Cassandra. —hace mucho que no la veo —la nostalgia se desprendía de la mirada de la chica.

Dejó el libro de lado, poniendo la cajita al frente de ella. Lucca se instaló a su lado viéndola sacar los papelitos con una lentitud religiosa. Con cada recorte ella le contaba alguna historia, se reía o incluso se le cortaba la voz.

—Mi abuelo me decía que los dragones eran reales —le contó —bueno, técnicamente me contaba historia sobre sus registros, entonces pasé toda la niñez creyendo que podría encontrar uno —le señaló algunos dibujos —estos son mis “diseños”.

—¿Dónde está él ahora? —preguntó conmovido mirando los garabatos de pequeña de su amiga.

—Murió —le dijo con la voz apagada. —Cáncer al estómago… no es algo muy bonito de ver.

El chico se quedó paralizado en su sitio, viendo cómo su amiga se quedaba mirando los recortes ahora sin ninguna expresión en su rostro pálido. Lentamente se aproximó a su lado para verla de más cerca. Respiraba lento, sin pausas, sus dedos tocaban los recuerdos despacito, con calma y dolorosa ternura.

—Quizás los dragones no existan… pero creo que tu abuelo fue un gran hombre porque quiso hacerte feliz.

Cassandra no quiso replicar nada ante esa sentencia porque creía que comenzaría a llorar sin parar. Durante el funeral de ese hombre tan importante, ella no había llorado ni mostrado ninguna emoción. Todo el mundo entonces se creyó con el derecho de apuntarla con el dedo, susurrando lo desagradecida que fue y diciendo lo triste que estaría de saber de su olvido.

Pero ellos no sabían. Nunca lo hubiesen entendido. Era la última vez que lo vería… no podía estar triste. Cuando la enfermedad avanzaba muchas veces hablaron de ese momento. Entre risas su abuelo le pidió no estar triste ante su partida.

—Recuerdame feliz —le solicitó tomando sus manos —no te pido más que eso.

Pero la petición fue demasiado para ella. El cáncer consumió a su abuelo mucho más rápido de lo que los doctores dijeron. La muerte los pilló a todos de sorpresa esa madrugada.

Entonces Cassandra tan solo quiso seguir la petición de su abuelo al pie de la letra. Lamentablemente eso la dejó sin oportunidad de llorar la muerte de su abuelo. Se aferró a la rabia porque era lo único que se permitió sentir.

—Era un idiota —balbuceó ante lo dicho por Lucca, desviando su rostro para que no la viese con los ojos brillantes.

—Pero era un idiota adorable creo yo —le susurró acercándose y tocando un mechón de su cabello —¿Me cuentas otra historia de dragones?

Desde que elaboró esa frase Cassandra decidió que el sería su mejor amigo. Nadie más le escuchó con tanta atención sobre las historias de su abuelo. Ese y otros días más se dedicaron a hacer un “mapeo por las apariciones” dónde se dedicaron a hacer más teorías y diseñar más dragones.

Cassandra, agradecida por su apoyo silencioso, decidió que él sería su mejor amigo para toda su existencia. No permitiría que nadie le hiciera daño y estaría lista para defenderlo ante cualquier contratiempo.

Ambos se volvieron inseparables desde esas juntas. Compañeros de banco, riéndose juntos y viendo películas de cine B (a ambos les encantaba ese género) pasando veranos interminables creando criaturas imposibles.

Lo lamentable fue el día que Lucca conoció a María.

Pero esa es otra historia que les contaré en el siguiente capítulo.

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