Prólogo: La Tormenta del Destino
A todos los amantes de la lectura:
Para ustedes, aventureros de las letras, soñadores que se sumergen en mundos fantásticos y corazones que vibran con cada página. Esta historia es para ustedes, para aquellos que encuentran en la lectura un refugio, un escape y una fuente inagotable de inspiración.
Prológo:
La Tormenta del Destino
2030
La lluvia caía a cántaros sobre Savannah, empapando las calles adoquinadas y desoladas del barrio. Entre las sombras, una figura solitaria corría a toda prisa, sus pasos resonando en el silencio desolado. Carl, un joven de cabello negro azabache y ojos rasgados, vestía una armadura de guerra antigua, manchada de sangre y barro. Su respiración agitada y su rostro marcado por el horror revelaban la angustia que lo consumía.
Cada zancada lo acercaba a su destino: una imponente casa antebellum que se erguía como un faro en medio de la tormenta. Su porche envolvente, otrora símbolo de bienvenida, ahora estaba cubierto de tierra y hojas secas. Las columnas blancas, antes majestuosas, se veían estranguladas por raíces de plantas trepadoras que las asediaban sin piedad. Los árboles, antes frondosos y orgullosos, se inclinaban bajo el peso de la desolación, sus ramas desnudas azotando el viento como fantasmas en pena.
Con un último esfuerzo, Carl tropezó con el camino de piedra y llegó a la puerta principal. Sus manos ensangrentadas golpearon la madera con desesperación, un sonido hueco que resonó en el vacío de la noche.
En el interior, Matteo, el hermano de Astrid, se despertó sobresaltado por el ruido. Sus ojos verdes, aún nublados por el sueño, se abrieron con incredulidad al ver la figura ensangrentada que se encontraba en el porche.
―¿Carl? ― preguntó Matteo con voz temblorosa, apenas reconociendo al joven que había desaparecido hace una década.―¿Eres tú? ¿De verdad eres tú?.
Carl no respondió. Solo se quedó allí, con la cabeza gacha, incapaz de mirar a los ojos de su amigo.
Matteo lo examinó de arriba abajo, fijándose en la armadura manchada de sangre, las manos temblorosas y la expresión de dolor en su rostro.
―¿Qué te ha pasado?― preguntó con urgencia ―¿Por qué luces así?
Y entonces, hizo la pregunta que Matteo más temía en su corazón.
―¿Y mi hermana? ¿Dónde está Astrid?
Carl levantó la cabeza, sus ojos llenos de lágrimas.
―Matteo...― dijo con la voz rota― ella... no volverá.
Las palabras de Carl golpearon a Matteo como un puñetazo en el estómago. Su hermana, su pequeña Astrid, a quien había cuidado y protegido durante toda su vida, ahora estaba muerta. La sensación de vacío y dolor lo invadió, amenazando con consumirlo.
Carl se arrodilló en el porche, las lágrimas brotando de sus ojos sin control. Se sentía culpable, responsable de la muerte de Astrid. No había llegado a tiempo para salvarla, para protegerla del peligro que la acechaba.
Matteo lo miró, sin saber qué decir o hacer. La rabia, la tristeza y la confusión se arremolinaban en su interior, creando un torbellino de emociones que lo dejaba sin aliento.
La lluvia continuaba cayendo, empapando a los dos hombres que se encontraban frente a la casa en ruinas. Las lágrimas de Carl se mezclaban con las gotas de agua, creando un río de dolor que fluía por el porche.
En ese momento, Savannah parecía un reflejo del alma de Carl: desolada, empapada de sangre y sin esperanza.
El viento aullaba entre las ramas de los árboles, como si lamentara la tragedia que había ocurrido. La noche se había convertido en un escenario perfecto para la desesperación, un marco fúnebre para el amor perdido y la culpa que carcomía el corazón de Carl.
Mientras tanto, en la oscuridad de la casa, un secreto aún más terrible yacía oculto, esperando ser desenterrado. Un secreto que cambiaría para siempre el destino de Carl y Matteo, y que los obligaría a enfrentar los fantasmas de su pasado para poder seguir adelante.
No esperen una historia de princesas y caballeros, de amoríos cursis y finales felices. Mi historia es cruda, real, llena de dolor y sacrificio. No soy una heroína de cuento de hadas, soy una mujer que ha vivido el infierno y ha regresado con cicatrices en el alma.
Astrid .K.R.
