Prólogo
La música se oía desde las afueras de la taberna. Gael Selvim sostenía una jarra de cerveza. Escuchó la puerta abrirse y apareció Jugerd Lazart con un pincho de tortilla y pimientos en su mano. Poco había tardado en mancharse su pronunciada nariz y su jubón verde con restos de comida.
—Llevas mucho rato aquí fuera, Gael, la celebración está sucediendo en el interior de la taberna, por si no lo sabías. —dijo Jugerd, mientras jugueteaba con el pincho.
—Lo sé, amigo, tan sólo disfruto de aire fresco en esta noche tan agradable, ya que no puedo dejar de pensar en aquello que nos dijeron sobre Neras. Debe de estar cerca de aquí, en algún lugar, pero no tenemos pista alguna. — dijo Gael acariciándose la larga cicatriz de su mejilla.
El profundo suspiro de Gael reflejó en su magullado rostro un atisbo de decepción. Su fiel amigo Jugerd tuvo la percepción suficiente para comprender que, Gael, se encontraba en uno de esos frecuentes cambios de ánimo provocados por su longeva búsqueda y sus escasos avances. Ver a su amigo y compañero decaído, le creó a Jugerd la necesidad de animarlo.
—Vamos hombre, en una noche tan agradable como ésta y con la juerga que tienen montada, vas a estar pensando en eso. Vamos, Gael, casi no has probado la cerveza, no es propio de ti. Mírate. —dijo mientras gesticulaba con desgana hacia la jarra.
Gael clavó su mirada, color miel, en los negros ojos de Jugerd. Por un momento le molestó que, tras el tiempo que llevaban viajando, su escudero tuviera esos pensamientos tan mundanos, como mezclarse en esa estúpida fiesta que el pueblo de Ferem había montado.
El rubio pelo largo ya le llegaba por los hombros, y la barba no hacía más que crecerle. Gael estaba tan cegado en la búsqueda, que se había descuidado a sí mismo. Se toqueteó la barba hasta llegar a su larga cicatriz. Tenía la manía de acariciarla para recordar que seguía allí, siguiendo con el dedo anular su cerrada herida desde el labio hasta el contorno del ojo.
— ¿Otra vez cavilando? —resopló Jugerd.
Al escuchar a Jugerd, Gael volvió de sus pensamientos. Casi no habían podido tener algún momento para evadirse y disfrutar, así que no tendría nada de malo.
—Supongo que tienes razón. Después de todo, la celebración es a nuestra causa. —bebió un trago de cerveza y se secó los labios con el dorso de la mano— ¿Has cobrado ya la recompensa?
— Sí, además de los cien aulos, tenemos barra libre esta noche —dijo tocándose la bolsa de monedas que portaba en su cinturón— ¡Hoy somos héroes Gael!—rio salvajemente y arrancó dos pequeños pimientos con los dientes.
—Jugerd, cierra la jodida boca al masticar. —hizo una mueca de asco. —Y no somos héroes. Tan sólo hemos cumplido con un encargo. Nuestro trabajo principal está en punto muerto. —recriminó Gael.
—De algo tendremos que comer. No esperarás que tras el tiempo que llevamos detrás de esto, nos lluevan los aulos. —dijo excusándose. —Ha sido un trabajo fácil y muy bien pagado. Ese dichoso sapeante llevaba días quemando las cosechas, y sí, también humanos. Así que somos héroes por eliminar a ese maldito sapo escupefuego.
—Mañana le preguntaremos al tabernero si sabe algo. — Despreocupándose de lo que decía Jugerd — Así que, por ahora, divirtámonos. Volvamos a la taberna y pidamos otra ronda. — dijo poniendo el brazo por encima del hombro a Jugerd.— ¿Te vas a comer ese pincho tu sólo?
— ¡Ése es el Gael matasapeantes qué me gusta! —esbozando una sonrisa de oreja a oreja. —Toma todo para ti, había olvidado que no me gustan los pimientos.
No era la primera vez que, Gael y Jugerd, realizaban ese tipo de encargos. Cada localización disponía de un amplio abanico de ellos, solicitando ayuda de cualquier tipo de trabajo que no pudieran realizar, siempre estableciendo una recompensa. El caballero y su escudero solamente los buscaban si sus fondos escaseaban, pero solo estaban dispuestos a eliminar alimañas de bajo riesgo. El dúo no quería perder el tiempo en carpintería, jardinería o cualquier nimiedad que se ofertara, y mucho menos encargos que tuvieran un riesgo alto para sus vidas.
El recóndito pueblo de Ferem, donde se encontraban actualmente, llevaba varias noches con un sapeante deambulando por el lugar. Era un sapo de la dimensión de un humano medio que exhalaba su aliento a una muy alta temperatura, provocando pequeños incendios allá por donde le apetecía. No era un enemigo difícil de aniquilar, ya que debido a su peso, sus movimientos eran lentos, pero para cualquier persona que no estuviera acostumbrada a combatir era muy peligroso. Cuando Jugerd vio el encargo en el tablón de la plaza de Ferem, no dudó en proponerle a Gael su cumplimiento, ya que al caballero de negra armadura le bastó con tres estocadas para acabar con la abominación.
Gael y Jugerd entraron juntos a la taberna. El olor a alcohol y sudor les impregnó la nariz. La taberna estaba hecha de madera dura, a un lado se podían ver unas escaleras que subían a una segunda planta, donde se encontraban los alojamientos. No era una taberna muy grande, contaba con varias mesas redondas, pero ese día apenas importaba, estaba abarrotado de gente. Del techo colgaban candelabros de hierro para iluminar el lugar. Al fondo se encontraba la barra, la cual casi no se visualizaba desde la entrada debido al cúmulo de personas. Las paredes estaban decoradas con escudos de acero, que sujetaban más candelabros. Las cortinas tenían un color morado liso. La gente irradiaba felicidad, resultaba imposible distinguir las palabras con tanto alboroto.
Gael estaba masticando el último trozo de pincho cuando entraron. Jugerd le sujetó la jarra de cerveza, aunque acabó por no dejar ni gota. Formaron en su mente el camino más sencillo hacia la barra. El tintineo de la armadura de Gael los delataba al cruzar entre los ferenos. Avanzaron entre el gentío y sus gritos, hasta que llegaron a su destino, sin antes haber propinado, o recibido algún empujón. Observaron que quedaban dos taburetes libres frente a la sucia barra, así que se sentaron. Tras sentarse, posaron la jarra vacía y el pincho, ya sin comida, en el húmedo y pegajoso mostrador.
— ¡Oiga, tabernero!— gritó Gael haciéndole señas al viejo tabernero.
Al ver que no le oía, Gael golpeó en varias ocasiones la jarra contra la barra
— ¡Eh, señor!— insistió.
El viejo tabernero vio borrosamente, con sus ojos saltones color turquesa, a sus dos héroes apoyados en la barra. Se subió en una silla y alzó la voz.
— ¡Querido pueblo de Ferem! ¡He aquí nuestros dos honorables guerreros, que nos han librado del dichoso sapeante! ¡Brindémosles nuestro más caluroso aplauso! — exclamó el tabernero.
El viejo alzó el brazo que sujetaba la sartén y después golpeó repetidamente el cazo que sostenía con su otra mano. Así generó un entusiasmo a toda la gente de la taberna, que comenzó a aplaudir y a hacer ruido.
— Vaya, es por una buena causa, pero es molesto. —dijo Jugerd acercando la boca al oído de su amigo. —Esperemos que el viejo no se caiga, o sí. Que se caiga, quizás sea gracioso.
Gael le dio un codazo a Jugerd en las costillas para que se callara.
— No esperaba menos de vosotros, mi amado pueblo. ¡Como señal de agradecimiento, vamos a invitar a toda la taberna a una jarra de cersella hecha por nosotros!—gritó el tabernero.
El tabernero volvió a levantar el brazo de la sartén. La silla se movió, pero el viejo mantuvo el equilibrio inesperadamente. Tras una efímera pausa, la gente volvió a vitorear en señal de agradecimiento.
— Aquí tienen, héroes. — dijo sirviendo las dos jarras de cersella.
— Le agradecemos enormemente el gesto, señor, pero no somos héroes. —dijo Gael humildemente.
Cogió la jarra de cersella y se la acercó a los labios. Gael pudo apreciar el aroma a cereza que desprendía. Al tomar el trago, percibió el sabor del licor casero de cereza mezclado con grosella, haciéndole cerrar los ojos para perderse en su exótico sabor.
— Hace una cersella increíble señor tabernero. Le doy mi enhorabuena. — dijo Gael mientras se relamía el húmedo bigote.
El caballero le ofreció la mano en señal de agradecimiento ante la mirada indiferente de Jugerd. El viejo hizo una mueca, se secó la humedad en su sucio delantal, chasqueó la lengua y estrechó la mano de Gael.
—Soy Berim Ambero, dueño de la taberna. Un placer.
—Mi nombre es Gael Selvim, el de los rizos es Jugerd Lazart. El placer es mutuo.
La tenue sonrisa del tabernero pareció cesar.
—Hay una cosa que me ronda la mente. — dijo agarrándose el mentón. — ¿Cómo es que un caballero de Zor y su escudero, o lo que quiera que sea, chico, han acabado en ésta recóndita aldea?
Berim miró fijamente a los ojos de Gael mientras se acariciaba la calva. Su rostro envejecido seguía serio.
— Veo que conoce los blasones, señor. Gracias a su perspicacia ya sabrá que estamos lejos de casa, y obviamente no es casualidad.
— Venimos buscando algo que posiblemente se esconde en ésta aldea. — Interrumpió Jugerd. — La idea era de disfrutar y hablarlo mañana, pero ha tenido que abrir esa bocaza, y ahora, el idiota que tengo al lado ya no va a querer divertirse hasta tener lo que cree que necesita saber. —resopló.
— Cállate, Jugerd. El único bocazas aquí eres tú. — dijo Gael, con semblante serio.
El caballero de la cicatriz volvió a mirar al viejo y dio otro trago de cersella. Jugerd resopló y se bebió el rico licor de cerezas y grosellas que quedaba en su jarra.
— ¿Y bien, qué buscan aquí? — preguntó Berim.
El tabernero se sujetaba las manos mientras se balanceaba con un movimiento suave. Se fijó en el dedo índice de Gael, que portaba un anillo con un sello grabado de la cabeza de un zorro, del cual podía apreciarse un ojo de un ligero color dorado. Sus ojos turquesa parecieron hacerse más grandes ante el hallazgo que estaba descubriendo.
— Bueno, digamos que estamos aquí gracias a Neras. ¿Le suena? — preguntó Gael, totalmente serio.
Berim ni pestañeó, tan solo miraba el sello de Gael. Jugerd cogió unas almendras que encontró en su bolsillo y empezó a masticarlas sonoramente. El portador del sello apreció la dirección hacia la cual miraba el dueño de la taberna, así que tapó el anillo con su otra mano.
— Cierra la boca al comer, ricitos.
El viejo Berim miró fijamente a Jugerd y detuvo el balanceo de sus pies. Miró al suelo, dubitativo. Una sensación de nervios le creció desde el estómago, era algo que hacía muchísimo tiempo que no sentía, incluso había olvidado ese hormigueo. Las caras de Gael y Jugerd reflejaron esperanza ante la reacción del tabernero.
—Disculpad mis modales, creo que ya podemos tutearnos. —carraspeó. — Conozco el lugar que buscáis, pero no la forma de entrar. —dijo Berim, mirando hacia donde estaba el sello.
Gael se levantó repentinamente de su asiento, haciéndolo caer al suelo. Jugerd, en cambio, permanecía sorprendido ante lo que acababa de decir el tabernero de Ferem.
— ¡Dígame dónde está! —gritó, nervioso.
— ¡Cállate, rubio! —exclamó una voz cercana desconocida.
Las miradas apuntaron hacia la voz misteriosa, había alguien sentado justo al lado de Gael. El escudero Jugerd tenía la cara desencajada, no sabía cuánto tiempo llevaba allí esa persona que vestía con ropajes de color gris antracita. El caballero no había notado su presencia durante toda la conversación, lo miró de arriba abajo, y se fijó en la oscura máscara de zorro que le cubría toda la cara. Gael, atónito, creyó recordar haberlo visto en una ocasión anterior, pero no podía pensar con claridad. El viejo Berim bajó la mirada.
—Habéis llamado la atención. Portar tal blasón a la vista os convierte en una diana. Creo que la cicatriz que tienes en la cara te ha afectado al cerebro—dijo el enmascarado.
— ¿Pero qué…?—balbuceó Gael.
—Y ahora tenéis problemas.
En ese mismo momento, se escucharon gritos de auxilio fuera de la taberna. Gael, Jugerd, Berim y todos los presentes, desviaron su mirada hacia la puerta. Unos instantes después, entró una mujer con el vientre ensangrentado.
—¡Bandidos, nos atacan los Ochrest! —exclamó la mujer, dejándose caer en sus rodillas. — ¡Son muchísimos! — dijo entre lágrimas.
La sangre caía de la boca de la pobre mujer, la cual emitía unos sollozos desgarradores. Entró un hombre propinando una patada a la puerta. Llevaba una lanza, de la cual goteaba sangre de su afilada punta, portaba un chaleco acolchado de cuero ocre y tenía la cara cubierta con un pañuelo amarillento.
— ¡Bienvenidos al último día de vuestras vidas, hijos de puta! —gritó el bandido.
El malhablado forajido clavó la lanza en la nuca de la mujer herida, matándola en el acto.
—No, ahora no... —pensó Gael.
Las miradas de Jugerd y Gael se cruzaron.
—Sube a nuestra habitación y ve a por las armas, Gael. —dijo Jugerd mientras cogía la daga de su cinturón. — Te espero aquí.
Jugerd se inclinó y agarró un taburete para usarlo como escudo improvisado. Berim, nervioso, buscaba algo en los bolsillos de su pantalón con mucha prisa.
La gente de la taberna entró en pánico, muchos corrieron en dirección opuesta al peligro, otros no sabían cómo reaccionar. Más bandidos Ochrest entraron a la taberna, armados con espadas, hachas y lanzas. Todos llevaban algo en su atuendo de color amarillento, siendo el distintivo habitual de la banda. Sin mediar palabra, atacaron a la gente.
Algunos ferenos presentes trataron de defenderse, otros, en cambio intentaron huir. Ambos sin demasiado éxito.
Gael subió las escaleras que llevaban a su habitación, abrió la puerta de una patada. Una espada larga de acero negro estaba colgada en la pared. Gaella agarró por el pomo de plata, cogió la espada curva de Jugerd y se marchó de la habitación.
— ¡Estoy aquí, Gael! — Gritó Jugerd mientras detenía un hachazo con el taburete. — ¡Rápido, mi espada!
El escudero de rizos azabaches solicitaba su arma mientras apuñalaba varias veces al enemigo. Cuando el bandido cayó al suelo, Gael le lanzó suavemente la espada a Jugerd, que la pudo agarrar al vuelo casi sin problemas.
—Son demasiados. —pensó Gael.
Se armó de valor y saltó desde las escaleras atravesando a un bandido. La espada le salió por el abdomen, matándolo en el acto sin que pudiera articular palabra alguna.
El forajido de la lanza gritó fuertemente desde la entrada, señalando a Gael con la punta de su arma ensangrentada.
— ¡Venimos a por ése de negro y a por el de la napia! ¡No hará falta matarlos a todos si los atrapamos!
Gael sintió un fuerte golpe en su espalda, que no hizo más que arañar su negra armadura. Apoyó su pie en la espalda del bandido recién muerto y sacó su espada del cuerpo inerte. Sin siquiera pensarlo, blandió su espada sombría, rebanando limpiamente la cabeza de su atacante.
Detrás de la barra, Berim, había abierto un acceso secreto que tenía tras su botellero. Varias botellas sucumbieron al movimiento abrupto, rompiéndose y derramando el vino por el suelo.
— ¡Eh, Gael, ricitos! ¡Venid por aquí! —gritó Berim mientras señalaba su vía de escape.
—Debemos salir de la taberna, Gael, esa zona parece más despejada. ¡Vamos, sígueme! —gritó Jugerd, sin haber oído el grito del tabernero.
Sin esperar la respuesta, corrió hasta clavar su curva espada en el estómago de un bandido, atravesándolo mientras avanzaba unos pasos.
—Siempre hay más de un camino. —dijo el encapuchado, mientras tomaba la ruta de Berim.
Gael corrió detrás de Jugerd, no podía abandonar a tan fiel amigo a su suerte y huir. Sin tiempo apenas para pensar, un bandido con lanza se aproximó por un costado, tratando de perforarle. Gael evadió el ataque y realizó, con su negra espada, un barrido que mutiló los pies del enemigo, dejándolo inútil para el resto de batalla, o incluso, para el resto de su vida.
— ¡Busca el claro de la arboleda!
Fue lo último que pudo escuchar el caballero antes de que Berim huyera. Sin perder más tiempo, Jugerd y Gael siguieron avanzando como pudieron a través de los bandidos y los ferenos. La salida de la taberna parecía estar cada vez más cerca.
— ¡Esto es lo que merecen las gallinas!
El forajido lanzó fuertemente su lanza, que rozó la pierna de Jugerd, hiriéndole levemente. El escudero se palpó la parte afectada. Soltó un bufido y se giró para comprobar quién le había atacado.
—Lo dice el que ataca por la espalda y mata mujeres a sangre fría. ¿Estás orgulloso de tu escenita de antes? —preguntó Jugerd, enfadado.
—No vais a escapar, hijos de puta. —desenvainó la espada que le colgaba del cinturón. — ¡Vais a ver de qué estoy hecho! —exclamó mientras se dirigía hacia Gael.
A pesar de ser corpulento, el bandido era inesperadamente rápido. Lanzó un espadazo tratando de alcanzar la cabeza de Gael, que pudo repeler con su espada. El rufián, en un movimiento fugaz, trató de herir el abdomen del caballero con su arma, arañando su armadura, después le dio un rodillazo en la boca del estómago, en el que él mismo se lastimó, y se fue directamente hacia Jugerd.
El escudero retrocedió unos pasos, esquivando el ataque del bandido. Intentó golpear con el taburete, que estaba casi destrozado, a la mano armada de su enemigo, tratando de desarmarlo. Desafortunadamente, resistió el ataque y de una forma hábil y girando sobre sí mismo, cercenó la mano que sostenía el taburete de Jugerd.
— ¡Hijo de las mil putas! —gritó Jugerd, atónito, viendo como brotaba sangre de su mano mutilada. — ¡Te voy a matar! —dijo tambaleándose y alzando su espada.
Una espada negra emergió del pecho del miembro de Ochrest, trazando un camino carmesí hasta hallar la salida por el cuello del bandido, brotando sangre a su alrededor, tintando el suelo con un charco denso de sangre.
— ¿Jugerd, cómo estás? —preguntó, aunque ya conocía la respuesta.
El escudero miraba su mano mientras perdía sangre.
— ¡Eh, reacciona! —le gritó Gael, apreciando la conmoción en los ojos negros de su fiel amigo.
—Aún siento como si tuviera los dedos... Es extraño y doloroso—se sorbió los mocos—. Debemos irnos, necesito un machi para que me trate el brazo, y lo necesito ya.
—Buscamos nuestros caballos y nos vamos tan rápido como podamos. El tiempo apremia y hay bandidos por todas partes. Hora de irse, Jugerd. —dijo fríamente Gael.
Jugerd abrió la puerta de la taberna empujándola con el cuerpo y Gael le siguió. Estaba oscuro, pero podía apreciarse un carromato y a varias personas, debido a la luz que proporcionaban sus respectivas antorchas.
Se oyeron unos silbidos. Gael sintió un dolor punzante en el hombro y en el pecho. Bajó la vista y vio como tenía clavadas dos flechas. Por suerte, la flecha que recibió en el pecho no perforó ningún pulmón, tan sólo carne. La armadura hizo su función, pero no podía decir lo mismo del hombro, le dolía al mover el brazo, pero podía soportarlo. Miró a su lado y vio a Jugerd, tenía clavadas varias flechas, una en el abdomen, probablemente augurando una muerte lenta, otra en el muslo y otra en su brazo mutilado.
—Ga...Gael. —cogió aire. —Estoy bien jodido. —dijo en voz baja.
—Ya tenemos a las primeras ratas que no han dudado en huir. ¿Qué esperabais? —dijo el hombre de piel negra, mientras avanzaba caminando lentamente con un enorme mazo apoyado en el hombro.
—Debemos huir, Jugerd. ¿Puedes correr? —preguntó Gael, esperanzado.
—Gael, creo que de esta no voy a salir. Corre, corre rápido y salva tu vida. –dijo Jugerd, rompiendo la flecha clavada en su brazo.
El magullado escudero se arrancó la flecha de la pierna más fácilmente, todo lo contrario a lo que sucedió con el proyectil clavado en su abdomen, que al arrancarlo, hizo brotar una cantidad de sangre preocupante.
—No esperaba acabar de esta manera, y menos a manos de unos putos bandidos. Gael, nunca he hecho algo heroico, probablemente esta sea mi última oportunidad.
Jugerd se irguió, escupió sangre y miró a Gael, que le miraba atónito.
—Esto es lo que va a pasar, iré a por el grandote de la maza mientras tú corres, corres y corres—dijo con una sonrisa entristecida.
—Lucharemos juntos, joder, Jugerd. No pienso dejarte morir—dijo Gael, tratando de convencerle.
— ¿Todo el tiempo hablando del trabajo y ahora no piensas en él? —dijo escupiendo sangre de nuevo—. Sabes lo importante que es y todo lo que hemos hecho para llegar hasta aquí. Que no sea en vano ahora, imbécil.
—Pero, yo...
—Ha sido todo un honor, Gael. Déjame ser el héroe por una vez… —giró su cabeza mirando al honorable caballero—. Dales recuerdos a las chicas.
El escudero mostró una sonrisa, a pesar de la gravedad de la situación. Puso rumbo hacia el hombre de fuertes músculos, medio cojo y con su espada en la única mano que le quedaba.
—Lo siento, Jugerd, haré que no sea en vano. Gracias por todo.
Mientras corría, partió las dos flechas que tenía clavadas y recordó la información que le proporcionó el tabernero, Berim Ambero. Debía de buscar el claro de la arboleda, así que corrió hacia el bosque, entre lágrimas, dejando atrás a quién consideraba su propio hermano.
Jugerd había perdido mucha sangre, a causa de la mano mutilada y a sus recientes heridas, pero eso no le impidió hacer frente al hombre musculado.
— ¿Crees que puedes hacer algo contra mí, narigudo manco?
El hombre negro agitó su enorme maza e impactó en la espada de Jugerd, desprendiéndola de su única mano. El bandido, de vestimenta amarillenta, prosiguió asestándole un fuerte mazazo en el pecho, haciendo caer al escudero al suelo.
—Sucia rata. Al menos has tenido el valor de luchar, no como tu amigo, el rubio —le dio un pisotón en la mano herida— ¿No dices nada ratita?
El dolor que sintió el escudero hizo que soltara un grito de dolor.
—Espero que te pudras en un agujero lleno de estiércol —dijo Jugerd, inmóvil.
Alzó cómo pudo la vista y vio a su enemigo preparándose para darle el golpe de gracia.
—Minry, Lunya… y pensar que no podré volver a veros… Os quiero.
Su esposa y su hija fueron el último pensamiento de Jugerd mientras veía como se acercaba el mazo a su cara, haciendo que todo terminara para él.
Gael llevaba un rato escapando, le seguían varios bandidos armados con un arco. Aparentemente, no querían dispararle de manera directa. El magullado caballero se adentró corriendo en la profundidad de la arboleda de Ferem, sorteando los árboles que llegaban a su paso. Los bandidos le seguían de cerca. Tras cada zancada aparecían más árboles, que esquivaba cada vez con más ansiedad. El hombre de la maza ya estaba corriendo detrás de ellos. ¿Cómo había llegado tan rápido? Gael seguía apresurándose pero ya empezaba a notar el cansancio, cada vez perdía más sangre, y las rozaduras que había generado la carrera no ayudaban en absoluto.
Tanto correr les llevó a una extensión de tierra rodeada de árboles colindantes con un pozo viejo en el centro, precediendo a la luz de la luna. El pozo estaba sellado con una roca plana, a medida, de mucho peso. Gael trató de moverla, sin éxito. Lamentando su fracaso, se resguardó tras el pozo, tratando de recuperar el aliento.
—Nos has hecho correr, rubito—dijo el grandote, jadeando. Aún goteaba sangre de su maza—. No tienes escapatoria. Desprendes un apestoso olor a miedo ¡Si no alcanzas a olerlo, usa esto! —gritó.
El bandido lanzó algo de color oscuro, que cayó al lado de Gael. El caballero de la cicatriz logró alcanzar lo que le había arrojado, y al comprobar lo que era, lo soltó sin pensarlo. Se le revolvió el estómago, vomitando en el acto.
—Eso es lo que ha quedado de la cara de tu socio. ¡El ricitos tenía una tocha enorme!—rio a carcajadas. —Don Ochrest se partirá de risa cuando se lo cuente.
—Hace falta valor para enfrentarse a Chaert Karbala con una sola mano y agonizando- —rio un bandido con arco, refiriéndose al hombre de la maza. —El narigudo era valiente, al menos.
Gael estaba apoyado de espaldas al pozo, tratando de no entrar en la provocación, gestionando la rabia como podía para no perder la poca calma que le quedaba. Observó su entorno sin ver escapatoria alguna. Simplemente era un claro, con árboles colindantes. Berim le había comentado que buscara algo parecido, pero el caballero no sabía qué más hacer. ¿Debería aguantar por si venían a rescatarle? No, no había tiempo.
Chaert seguía hablando, comentando cosas absurdas que le parecían graciosas sobre la nariz de Jugerd, para regodearse. Gael, se dejó caer de espaldas al suelo, mientras trataba de trazar algún plan en el que pudiera salir vivo. Por fin había encontrado una pista, y se la estaban arrebatando. Observó el pozo con desánimo, pero vio algo que llamó su atención. Algo que le resultó familiar. Apreció un grabado en una de las piedras viejas del pozo. Era el mismo dibujo que tenía en su sello, el zorro.
Casi sin pensarlo, acercó su mano hacia la piedra, encajando el sello con el dibujo grabado. La piedra de debajo emitió un sonido seco, pareció soltarse. Gael la retrajo cuidadosamente hasta que no cedió más, apartó el polvo y vio una inscripción en la parte que estaba escondida. Sus conocimientos de la lengua antigua no eran su especialidad, pero consiguió descifrar dos palabras: «Neras» y «sangre». El caballero sentía el bombeo de su plasma, la tensión y el nerviosismo al encontrar esa palabra en algo que no fueran los escasos libros que había leído. Podría hacer que su búsqueda tuviera un sentido. Se le ocurrió bañar en sangre el sello con una de sus heridas y encajarlo en el grabado. Inesperadamente para Gael, el grabado comenzó a iluminarse. El caballero de Zor estaba asombrado ante lo que estaba ocurriendo delante de sus ojos, lástima que no tenía tiempo para regocijarse.
La piedra que sellaba el pozo emitió un pequeño destello blanco y desapareció suavemente. Gael intuyó lo que tenía que hacer a continuación.
— ¿Qué coño haces? ¡Nadie escapa de Chaert Karbala! —gritó nervioso.
El bandido de la maza,lanzó un frasco de cristal que impactó en la pared del pozo, embadurnando la zona de un viscoso líquido inflamable.
— ¡Las flechas de chiscalina, disparadlas, rápido! —ordenó Chaert.
Gael no se lo pensó y saltó dentro del pozo. Al mismo tiempo, los arqueros lanzaron sus flechas de chiscalina, que al mezclarse con el líquido, que en realidad era aceite, provocaron una fuerte explosión, derrumbando el pozo.
Momentos después, Gael se despertó mareado. Tenía una roca aplastando su pie, se arrastró por el suelo y pudo sacarlo sin mucho esfuerzo, la roca no había caído completamente en el suelo porque tenía otras que la sostenían. El pie roto no era el mayor de sus problemas, tenía un par de costillas fracturadas, además de la clavícula. La caída sumada con el desprendimiento de las rocas del pozo, no le sentaron bien a Gael.
Trató de avanzar arrastrándose por el suelo. Apenas lograba ver, así que siguió arrastrándose como pudo, pese a su dolor. De repente, se iluminó el lugar dónde estaba. Gael, atónito, alzó la vista y vio unas llamas blancas ardiendo sobre unos salientes de la pared, emitiendo una luz perfecta. El caballero de la cicatriz no sabía cómo habían aparecido. Al echar la vista atrás observó su rastro de sangre, estaba perdiendo demasiada y no le quedaría mucho tiempo. Se fijó en los escombros, los cuales habían bloqueado cualquier salida posible.
La luz iluminó un pasillo que llevaba hacia una puerta, parecía hecha de corteza de árbol. El caballero no lo pensó y siguió avanzando como pudo. Cuando llegó a la puerta, se incorporó a duras penas y se irguió lo suficiente como para poder abrirla. Tras abrirse, cayó al suelo de nuevo, escupió sangre y observó su entorno, mientras se retorcía de dolor.
Era una habitación larga, del color del serrín, varias plantas a los lados, que no había visto nunca, llamaron su atención, eran completamente blancas y tenían unas esferas moradas que colgaban, en las que parpadeaba una luz tenue. Vio unas estanterías en las que había todo tipo de objetos extraños. Pudo observar que al fondo de la habitación había una mesa.
Cada vez tenía menos fuerzas, pero no tenía tiempo para descansar, estaba muy débil, así que siguió arrastrándose hacia adelante. Llegó a la mesa, se incorporó cómo pudo, tambaleándose. Vio un libro grueso, de color carmesí y con un símbolo dorado de una esfera, de la cual crecían unos árboles. Gael tembló ante la posibilidad de haber encontrado lo que tanto anhelaba.
—Lo encontré —dijo al ver el libro.