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Lagrima Eterna(REMASTER)

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Sinopsis

Te rompen el corazón en plena calle y piensas que es el peor día de tu vida. Pero cuando el dolor detiene el tiempo y despiertas encadenado a una columna de mármol frente a un ángel que llora, te das cuenta de que tu ex era el menor de tus problemas. Soy un simple humano (bueno, eso creía) que descubrió que su vida es un campo de entrenamiento para seres divinos novatos. Mi ángel guardián, una Hashmallim inexperta, rompió las reglas para "ayudarme" y ahora ambos estamos en la mira de los altos mandos celestiales. Entre juicios arcanos, un amigo cantinero que sabe demasiado y una madre con una puntería letal con la chancla, tendré que descubrir por qué el cielo se fijó en alguien como yo. Advertencia: Contiene lenguaje fuerte, humor mexicano y dosis altas de realidad cruda.

Genero:
Fantasy
Autor/a:
EROX
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo #1 Bachata

Antes de empezar, debo comentar que esta historia es una de las primeras que empece a escribir, fue por gusto y de echo le tuve que hacer algunas correcciones, te pido una disculpa de antemano si te causa dolores de cabeza tantos horrores gramaticales.

Vas caminando por la banqueta de aquella calle, la música que escuchabas era un muro de berlín personal, una barrera del sonido que te mantenía a salvo de la mediocridad de la tarde, tu caminar tan suelto era de admirar, sin saber que al mismo tiempo, alguien arriba, en el tejido invisible de la ciudad, una Hashmallim novata estaba al borde la frustración, sentía como le ardían las manos al ver tu soledad, la hashmallim queriendo ”arreglarlo”, realmente quería ser la heroína de su primer protegido, en su desesperación, forzó aquel encuentro.

Un choque en seco te saca de tu mundo personal, un leve impacto de hombro con hombro, cuando te quitaste los audífonos el ruido del tráfico entró cual apuñalada, aunque lo peor aún estaba por llegar.

—Ay, perdón, no te vi... —hablaste aún con la inercia de la canción en la lengua.

Al levantar la vista, sentiste como si el tiempo se detuviese. Era tu pareja. O la versión que todavía guardabas bajo llave en tu pecho. Llevaba ese pantalón que tanto odiabas porque sabías exactamente cómo le quedaba, y una sonrisa que no auguraba nada bueno.

—¿Amor? —un escalofrio recorrio tu cuerpo, ese estúpido alivio que te da ver a quien extrañas—. ¿No se supone que estabas con tu familia en el pueblo?

tu pareja no se inmuta. Se acomodó un mechón de pelo con una parsimonia que quemaba.

—Ay, sí... —dijo arrastrando las palabras con esa voz aterciopelada y falsa que usaba para salirse con la suya—. Pero ya sabes cómo es mi tío, se cayó de las escaleras y tuvimos que correr. Un drama total, de verdad.

Fijaste la mirada en aquellos ojos que alguna vez te enamoraron. Había algo en su mirada que no encajaba. el olor de su perfume no era el mismo que le habías regalado hace tiempo atrás… (uno nuevo, más caro), el brillo de sus labios, el calor sofocante de la calle. provocan que no notarás, que a unos metros tuyos, las sombras que eran proyectadas por los edificios, parecían estar iluminadas… tampoco notaste aquel hombre de traje oscuro —un Grigori— que observaba el reloj con impaciencia desde un callejón.

—¿Y está bien tu tío? —preguntaste cual infante inocente, queriendo creer en la ficción.

soltó una risita seca, casi un ladrido elegante. Se acercó un paso, invadiendo su espacio personal, recordándole con su cercanía todo lo que ya no era suyo.

—Ay, por favor... —pone una mano en tu pecho, pero no con cariño, sino como quien comprueba la calidad de una tela antes de desecharla—. La verdad es que no ando con mi familia. Ya supéralo, ¿no? Conseguí a alguien más.

¿Qué está pasando? –pensabas mientras esa mano jugaba con tu corazón

—¿Me estás cortando en mitad de la calle? — tu voz salió pequeña, rota.

—No te pongas dramático, no te queda —se cruzó de brazos, luciendo increíblemente candente en su crueldad—. Es que, mira... él es simplemente mejor. En todo. Sabe darme lo que quiero cuando lo quiero, y créeme, me da mucho más de lo que tú podrías darme en tres vidas.

Sentías como sus ojos candentes te miraban de arriba a abajo con lástima y deseo residual, una mirada de alguien que sabe que tiene el control total.

—Pero hey, no me mires así —añadió con un sarcasmo punzante—. Míralo por el lado bueno: ahora tienes más tiempo para tus “historias”. Quién sabe, igual de este coraje por fin escribes algo que no sea un chiste de ex. Aunque bueno, para chiste, ya te tengo a ti aquí parado.

Te acaban de botar cual chicle pegado en el zapato, acompañado de una punzada en el esternón. Querías decir algo ingenioso, algo que fuera tu redención en ese momento, pero la noticia pegó duro, era demasiado. El aire pesaba. El sol parecía quemar solo sobre su cabeza.

—Estoy bien... —lograste articular, tu respiración era pesada, como si estuviera tragando arena—. Solo que... ahora yo tengo algo serio que decirte.

Tu pareja arqueó una ceja, divertida, esperando el patetismo. No sabía que detrás de ese humano roto, una Hashmallim estaba a punto de perder su lugar en el cielo por haber provocado esta masacre emocional.

Mientras te hundias en su miseria, no viste cómo las luces de los semáforos cambiaban a colores que no existen, ni cómo el tiempo empezaba a estirarse, convirtiendo esos segundos de humillación en una eternidad.

Te quedaste ahí, plantado, tragando ese sabor a bilis y arena que te dejó su confesión. Ella te miraba con esa superioridad de quien acaba de ganar una partida de la que tú ni siquiera sabías que eras parte. Esperaba que te encogieras, que te dieras la vuelta y te fueras con la cabeza baja, pero la carga sensorial en tu sistema llegó al límite de procesamiento.

Sentiste un calor abrasador subirte por el cuello. No era vergüenza, era el incendio de tu dignidad siendo pisoteada.

—Qué bueno que él sea mejor —soltaste, y tu propia voz te sonó extraña, como si alguien más estuviera usando tus cuerdas vocales desde el fondo de un pozo—. Me alegra que por fin tengas a alguien a tu nivel de descaro. Supongo que un tipo así no se dará cuenta cuando le mientas sobre tus tíos accidentados para irte a revolcar con el siguiente “mejor”.

Ella borró la sonrisa. El desprecio en su rostro se transformó en una mueca de incredulidad. No esperaba que le escupieras la verdad con esa calma venenosa.

—Solo quería decirte que... Si te amaba de verdad, gracias —continuaste, y sentiste cómo algo dentro de ti se soltaba, una presión que te había mantenido atado por meses—. Gracias por no hacerme perder más tiempo. Disfruta tu nueva “adquisición”, espero que te dure más que tu honestidad. Pero antes de que te vayas a buscar a tu macho...

En ese punto, la carga emocional fue tal que sentiste un estallido sordo en tus oídos. El ruido de los motores de la avenida se apagó como si hubieran cortado la luz de un estadio. Las personas a tu alrededor se convirtieron en manchas borrosas, estatuas de sal en una calle que empezaba a estirarse de forma imposible.

—¿Qué... qué dijiste? —balbuceó ella. Su seguridad se evaporó. Ya no era la mujer candente y segura de hace un minuto; ahora parecía una figura de papel a punto de ser arrastrada por un viento que no podías sentir. Su piel, bajo ese sol violeta que empezaba a filtrarse en la realidad, se veía translúcida, casi falsa.

Tú ya no la escuchabas. La transición fue una bofetada de realidad pura.

En un parpadeo, la banqueta desapareció bajo tus pies. No cerraste los ojos, viste cómo los edificios se alargaban como chicle hasta romperse en miles de fragmentos de luz negra. El olor a su perfume caro fue devorado por una ráfaga de aire gélido que olía a ozono y a piedra antigua.

El Despertar en el Mármol

No hubo caída, solo un cambio de coordenadas. Tus sentidos, antes saturados por el tráfico y la humillación, ahora se enfrentaban a una nada absoluta y fría.

Te encontraste en un espacio que desafiaba cualquier arquitectura humana. Una estructura circular, infinita, donde columnas de un mármol tan blanco que hería la vista subían hasta perderse en una neblina de color ámbar. Intentas moverte, pero tus muñecas fueron frenadas en seco por un tirón violento.

Estabas amarrado.

Cadenas de cuarzo translúcido, que pulsaban con un ritmo interno como si estuvieran vivas, te rodeaban los brazos y el torso, anclandote a la columna de mármol. El frío del cuarzo te quemaba la piel, recordándote que esto no era un sueño ordinario; era una celda.

A unos metros de ti, encogida en el suelo, viste a una mujer de una belleza que te hizo doler los ojos. Pero no era la belleza humana de tu ex; era algo arcano, divino. Su piel emitía destellos intermitentes, Estaba llorando. Sus lágrimas, al tocar el mármol, no se humedecían; se cristalizaban en pequeñas joyas que rodaban por el suelo con un tintineo metálico.

Era ella. Tu Hashmallim. Tu guardiana novata.

—Lo siento... lo siento tanto... —susurraba ella, cubriéndose el rostro, sin atreverse a mirarte a los ojos.

—¿Dónde estoy? ¡Sácame de aquí! —gritaste, y por primera vez en ese reino, tu voz produjo un eco que sonó como cristales rompiéndose.

De la nada, una sombra inmensa empezó a cubrir el lugar. El aire se volvió pesado, difícil de respirar. Un Archon supervisor se estaba materializando frente a ti. Su presencia no era la de una persona, sino la de una ley física encarnada.

—Has provocado una ruptura, novata Hashmallim —la voz del Archon retumbó en tus propios huesos, como si las columnas estuvieran hablando—. Tu protegido ha sentido el peso de tu culpa y ahora ambos están fuera del ciclo. El tiempo humano ha dejado de correr para ti.

Tú, encadenado al mármol, con el corazón todavía latiendo por la adrenalina del encuentro en la calle, te diste cuenta de algo aterrador: el dolor que sentías antes no era solo tuyo. Era el reflejo de la agonía de ese ángel que, por quererte de más, te había arrastrado al centro del juicio divino.

—¡Chinga tu madre! —el grito te salió del alma, desgarrando el silencio sepulcral de aquel lugar.

Tensaste las cadenas con una fuerza que ni sabías que tenías. El cuarzo crujió contra el mármol, pero no cedió. Estabas sudando frío, con la adrenalina de la pelea en la calle todavía recorriéndote las venas como veneno. Miraste tus muñecas presas y luego esa inmensidad blanca que no terminaba nunca.

—¿Qué mamada es esta? ¡Suéltenme! ¡Sácame de aquí, pendeja! —le gritaste a la mujer que lloraba en el suelo, sin saber aún que era tu guardiana.

Aquella Hashmallim levantó la vista. Sus ojos no eran humanos; eran como nebulosas atrapadas en cristal. Al verte así de roto, se puso de pie con las piernas temblorosas. El brillo de su piel parpadeó violentamente.

—¡Basta! —suplicó ella, pero no a ti, sino a la sombra que se cernía sobre ambos—. ¡Él no tiene la culpa! Yo fui la que movió los hilos... yo provoqué el encuentro. ¡Castígame a mí, pero déjalo volver a su realidad!

La sombra del Archon se solidificó. No tenía rostro, solo una máscara de geometría perfecta que irradiaba una presión que te hacía querer vomitar.

El orden se ha corrompido, Hashmallim —la voz del Archon retumbó como un trueno en tu pecho—. Este espécimen ha sentido el roce de lo eterno a través de tu negligencia. Ya no es un simple “protegido”, es una falla en el sistema.

Tú los mirabas sin dar crédito. El dolor de la ruptura con tu ex seguía ahí, pero ahora se mezclaba con el terror de estar en medio de un pleito celestial que no entendías ni un poquito.

—¡Me vale madre si soy una falla o algo mas! —rugiste, encarando a la sombra—. ¡Estaba en la calle hablando con una vieja que me mandó a la verga y de repente aparezco amarrado como puerco en este lugar! ¡Díganme qué chingados quieren!

La Hashmallim se interpuso entre tú y el Archon, extendiendo sus manos translúcidas como si pudiera protegerte de una deidad.

—Señor... —dijo ella, con la voz quebrada—, él solo es un humano. Su corazón está hecho pedazos porque yo intenté ayudarlo y solo lo empeoré. No puede pagar por mi inexperiencia.

Él ya pagó —sentenció el Archon—. La “Lágrima Eterna” ha caído. El tiempo en su mundo se ha detenido para él, mientras que para el resto, él ya es una sombra. Si quieres salvarlo, Hashmallim, sabes cuál es el precio. Deberás renunciar a tu luz y morir cual mortal, o dejar que lo borremos de la existencia para limpiar tu expediente.

La ángel se quedó helada. Se giró para mirarte. En ese momento, en ese mármol frío, ya no viste a un ser divino, viste a alguien que te quería de una forma que nadie te había querido nunca. Pero tú, con el orgullo herido y la rabia mexicana a flor de piel, solo pudiste decir:

—Disque intento de ángel está por dejarme morir por un "error de cálculo" que NO MAMEE!

La Media Hora de la Hashmallim

Te quedaste ahí, con las muñecas ardiendo donde el cuarzo te mordía la piel. El Archon (el Ángel Mayor) se desvaneció en la penumbra dorada, pero su rastro de superioridad todavía se sentía como una presión en el pecho. Te diste cuenta de que estabas empapado en sudor, con la respiración entrecortada y los músculos tensos por haberle gritado a una deidad.

Tu Hashmallim se acercó a ti. Ya no temblaba tanto, pero sus ojos seguían siendo un mar de emociones que no sabía cómo procesar. Se limpió los restos de las lágrimas con el dorso de la mano, un gesto tan humano que te hizo olvidar por un segundo que tenía alas.

—Estás loco... —susurró ella, soltando una risita nerviosa que sonó como campanadas de plata—. Nadie le habla así a un Mayor. Ni siquiera los Grigori más viejos se atreven a mandarlos a la chingada. ¿De dónde sacas tanto valor si hace diez minutos sentías que el mundo se te acababa?

Tú soltaste un suspiro pesado, dejando caer la cabeza contra el mármol frío de la columna.

—Es que, no, no mames —dijiste, ya con la voz más calmada pero todavía ronca—. Me choca ver llorar a la gente que no lo merece. Mi ex allá abajo se reía mientras me mandaba a la verga, y tú aquí llorando por mi culpa... no cuadra. Si vas a ser mi ángel, mínimo que sea con la frente en alto, ¿no?

Ella se arrodilló frente a ti. La distancia entre los dos se acortó y pudiste sentir el calor que emanaba de su ser, un calor que no quemaba, sino que te daba una paz que no habías sentido en años.

—Tengo media hora —dijo ella, mirando tus muñecas lastimadas. Puso sus manos sobre el cuarzo y, con un simple roce, las cadenas se aflojaron, aunque no se quitaron—. Media hora aquí son apenas unos segundos allá afuera. Tu cuerpo sigue en el piso de tu cuarto, tu mamá cree que estás dormido o haciendo berrinche... pero el tiempo se agota.

—¿Y qué vamos a hacer en media hora? —preguntaste, mirándola fijamente—. ¿Me vas a enseñar el cielo o me vas a explicar por qué mi vida parece un guión de película de terror?

Ella te miró con una chispa de picardía en los ojos, esa sonrisa discreta que mencionaste.

—No —respondió ella, acercando su rostro al tuyo—. Te voy a enseñar por qué valió la pena que yo arriesgara mi lugar aquí. El Archon dice que eres una “alma insignificante”, pero yo vi tu “verdadero ser” como le dicen los mortales, yo vi tu corazón arder cuando me defendiste. Tienes algo que ellos olvidaron hace eones.

De repente, el entorno empezó a cambiar. El mármol blanco ya no era tan frío y la neblina ámbar empezó a proyectar imágenes de tu propia vida, pero no como tú las recordabas, sino desde su perspectiva.

—Esa mujer, tu ex... —dijo ella con desdén—, ella no era parte de tu destino real. Fue mi error traerla de vuelta, pero ahora que el sistema se rompió, puedo mostrarte lo que viene. Pero tienes que prometerme algo, mortal.

—¿Qué cosa? —dijiste, sintiendo cómo el tiempo empezaba a espesarse a tu alrededor.

—Que cuando despiertes y sientas que el cuarto te asfixia, que cuando escuches a tu madre gritarte por la joda que te espera, no olvides que esta Hashmallim novata está aprendiendo a ser fuerte para ti.

La media hora empezó a correr. El reloj del cielo no tiene manecillas, se siente en los latidos del corazón.

El Despertar y la Resaca del Alma

Te quedaste ahí, helado, sintiendo el calor de su mano en tu mejilla como si fuera lo único real en ese universo de mármol. El susurro en tu oreja te erizó hasta el último vello del cuerpo. “Si no me buscas y me quieres, aquella mujer que te haga este gesto, ahí me encontrarás...”.

—¡Espera!, ¿qué? —soltaste, tratando de agarrarle la mano, pero tus dedos solo atraparon aire frío—. ¿Cómo chingados se supone que te encontraré? ¿Aún tengo que esperar más tiempo? ¡No me dejes así!

La risa de ella fue suave, burlona pero llena de una ternura que te dolía. Viste cómo se llevaba la mano al corazón, protegiendo algo invisible, algo que parecía ser tu propia esencia.

—Tendrás que esperar un poco más —dijo ella, y su voz empezó a sonar como si viniera de debajo del agua—. Discúlpame por lo que tuviste que enfrentar allá abajo... andas triste y yo lo entiendo. Solo aguanta... un poco más...

De pronto, el suelo de mármol desapareció. Sentiste ese vacío en el estómago, el clásico tirón de cuando sueñas que te caes, y el mundo ámbar estalló en mil pedazos.

La Realidad del Cuarto

Abriste los ojos de golpe. El techo de tu cuarto, oscuro y familiar, se sintió como una celda distinta. Tenías la cara empapada, las lágrimas todavía calientes resbalando por tus sienes. Respiraste profundo, tratando de sacar el aroma a ozono de tus pulmones para llenarlos con el aire encerrado de tu habitación.

—¿Otra vez? —gruñiste, pasándote el dorso de la mano por los ojos—. Pinche madre... otra vez la burra al trigo.

Te sentaste en la orilla de la cama, sintiendo el peso del cuerpo, la gravedad volviendo a reclamar sus derechos. El eco de su voz seguía vibrando en tu cabeza, dejándote con una mezcla de paz y un encabronamiento de los buenos.

—Esta mujer sí que sabe dejarme con las ganas —dijiste al aire, sintiendo el vacío en el pecho—. Apenas iba a saber su nombre y me sale con esa frase de película. ¿No tiene vergüenza o qué? Maldito ángel... ¿cómo estuvo ese pedo?

Te limpiaste las últimas lágrimas, sintiendo el escozor en las muñecas, como si el cuarzo de las cadenas hubiera dejado una marca fantasma. Te quedaste mirando la oscuridad, pensando en la ex que te mandó a la fregada y en el ángel que decía cuidarte.

—Neta que debo dejar de consumir el jugo que vende este compa —soltaste con un suspiro sarcástico, tratando de convencerte de que todo fue una alucinación—. Mañana mismo le reclamare que deje de poner cosas extrañas a su brebaje... ya me dejó alucinando gacho.

Pero en el fondo, mientras buscabas el celular para ver la hora, sabías que no era el jugo. Sabías que en algún lugar de la ciudad, alguien estaba esperando el momento de repetir ese gesto en la mejilla-

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