Tumbleweed
Una fina capa de polvo se levantó del suelo.
El viento que sopló en su dirección estuvo a punto de arrancarle el sombrero, pero logró sostenerlo a tiempo, aunque se vio bastante ridículo mientras luchaba por hacerlo. Trastabilló un poco luego, golpeando así a una mula, que no tardó en relincharle con molestia. Aziraphale Heaven volvió a comprobar, aquella mañana de jueves, que a ese lugar no le agradaba su presencia.
Caminaba bajo el Sol brillante de las siete de la mañana, a paso firme con sus botas en color avellana y su traje de tres piezas, porque aún no los invadía el avasallante calor del desierto.
Tumbleweed era el último pueblo civilizado en New Austin, el estado más grande que conformaba la frontera de los Estados Unidos y al mismo tiempo era el más cercano al oeste, esa zona que muchos gustaban de llamar “salvaje” porque todavía no era domada por completo.
La gente del lugar, quienes empezaban su jornada un par de horas más temprano que el señor Aziraphale, le devolvían el saludo amistoso cuando pasaba. Sin embargo, en sus rostros había muchas cosas, menos amabilidad. Algunos sentían pena por el hombre, claramente inglés y de abolengo, que llegó hacía ya ocho días. Otros se burlaban de él, porque el clima y los rayos del Sol le afectaban más debido a su piel blanca y porque debía ser un aristócrata bastante tonto como para vestirse así en un lugar como ese. Había unos más que lo miraban como las víboras a sus presas, esperando el momento en que saliera del pueblo para emboscarlo.
Pero para el sheriff de Tumbleweed, el señor Arthur Young, la presencia de aquel forastero era un dolor de trasero bastante molesto. Arthur no tenía mucho tiempo siendo sheriff; su antiguo jefe y sus ayudantes más competentes murieron en una emboscada hacía ya tres o cuatro años, por lo que él quedó a cargo. Nadie le comentó que, más común que detener forajidos y servir a la justicia, tendría que aguantar a la gente como el señor Aziraphale.
Cual reloj, la rutina se había estado repitiendo por esos ocho días sin excepción, a la misma hora. El sheriff apenas tenía tiempo de llegar a su oficina, tomar su café y revisar algunos pendientes, antes de que escuchara la puerta abrirse y enseguida la voz de aquel hombre con acento inglés:
—Sheriff Young, soy yo, Aziraphale —enunció y caminó hasta quedar frente al escritorio de Arthur, a quien casualmente siempre sorprendía con su nariz metida en algunos papeles.
—Buenos días, señor Heaven —saludó el sheriff, fingiendo que estaba ocupado—. ¿En qué lo puedo ayudar hoy?
Aziraphale no se desanimó por el tono condescendiente. No lo hizo el primer día, cuando se burlaron de él por haber pedido indicaciones hacia la posada del lugar estando fuera de ella; ni tampoco el quinto día, cuando una tormenta de arena mantuvo a todos dentro de sus casas, excepto a él, quien no supo interpretar el clima y casi terminó enterrado. No pensaba rendirse ahora.
—Vengo a hacer una denuncia contra el señor Metatrón Heaven —respondió en un suspiro, porque no era la primera vez que lo hacía.
—Metatrón Heaven —repetía Arthur, sin apartar su mirada de los papeles—. Se refiere por supuesto al dueño de la hacienda Caliga, de la mansión Braithwaite y el rancho Emerald, ¿no?
Aziraphale tragó saliva.
—Sí.
—¿El mismo que hace cuatro años donó la mitad de sus cultivos a los desafortunados de Blackwater después del huracán?
—Sí, pero—
—Metatrón Heaven —insistía Arthur—. El hombre más respetado del país, el que la gente llama “pastor” por cuidar de los más necesitados, por alimentar a casi todos con sus cultivos. ¿Él?
Aziraphale ya no respondió. Sabía a dónde se dirigía. El sheriff por fin dejó los papeles abajo y miró hacia el hombre rubio frente a él con aquella expresión de hartazgo que el otro ya conocía bien.
—El señor Metatrón es la persona más honesta, caritativa y bondadosa de esta región. La gente sigue viva porque sus ranchos nos alimentan. La gente puede trabajar porque él mantiene las fábricas. Los niños pueden ir a la escuela porque él donó el dinero para que se construyeran.
“Ese fui yo”, pensó el inglés, pero no quiso aclarar eso de nuevo. En cambio, decidió callar las palabras del sheriff, y puso sobre el escritorio el maletín que llevaba en las manos.
—Ese “pastor”, mi tío, mató a mi esposa —le dijo duramente.
La expresión de Aziraphale siempre era amable, suave, pero cuando hablaba de aquel tema se transformaba por completo. Serio, firme, casi molesto. El sheriff cruzó ambos brazos sobre el escritorio y se inclinó hacia delante, intercalando miradas entre el hombre y el maletín.
—Y ahí trae las pruebas.
—Así es —respondió Aziraphale, posando su mano sobre el cuero negro—. Tan sólo necesito que me asegure que enviará a sus agentes a arrestarlo. Necesito la certeza de que me ayudará
Arthur Young suspiró pesadamente.
—Señor Heaven, como le he dicho cada vez que ha venido en los últimos días, no puedo ayudarlo. Proceder en contra del señor Metatrón es suicidio, es... es un crimen, por Dios. No puedo, lo siento.
—¿Usted piensa que no lo sé? —soltó Aziraphale, ya molesto— ¡Es mi tío, por todos los cielos! Es mi familia, mi sangre y aún así crucé el país desde Saint Denis para pedir ayuda, porque es la verdad. Lo que le estoy diciendo es la verdad, señor Young. Tiene que creerme.
El sheriff no respondió. Se retiró los lentes y cerró los ojos para sobarse el puente de la nariz, como si buscara la paciencia que cada día se hacía más pequeña, que cada día se ponía a prueba gracias a ese sujeto que siguió hablando:
—Fui a Valentine, a Strawberry, a Blackwater, a Armadillo... a cada pueblo civilizado para hablar con un sheriff buscando ayuda y todos me han dicho lo mismo. Todos tienen miedo de perder sus familias, sus trabajos o sus tierras, porque mi tío se las ha dado. ¿Y entonces? Usted sabe, señor Young, que después de Tumbleweed ya no queda otro lugar. Este es el último resquicio de esperanza que tengo.
Arthur miró los ojos azules de Aziraphale, quien se inclinó sobre la mesa, para que escuchara lo que ahora le murmuró cerca de su rostro.
—Usted es mi última esperanza —reformuló—. Esto no lo hago por un simple “ajuste de cuentas”, como dicen aquí, no. Es por mi esposa. Es por justicia, señor Young.
El sheriff apartó la mirada. Pudo haberle dicho algo, pero las palabras murieron en su boca cuando de pronto escuchó el galope de un caballo, deteniéndose justo afuera de la comisaría. Los dos hombres intercambiaron miradas un segundo, antes de que Arthur se pusiera de pie y saliera a revisar quién había llegado, siendo seguido casi inmediatamente después por Aziraphale.
Afuera, justo enfrente de los escalones que llevaban a la puerta de la comisaría, estaba un caballo.
Aziraphale no conocía mucho de caballos, pero aquel ejemplar se veía fino, alto y con las largas patas fuertes y gráciles. Resoplaba de cuando en cuando, como si hubiera corrido por largos kilómetros hasta llegar allí; su pelaje era negro casi por completo, a excepción de una línea irregular en su frente y ternilla de color blanco. La larga crin le cubría un poco los ojos y en su silla venía alguien de aspecto tan aterrador, que Aziraphale se congeló ahí donde estaba.
Pantalones, botas, camisa y abrigo negros; las espuelas tenían una calavera a ambos lados y un sombrero de ala ancha le cubría la cabeza, así como el paliacate escondía su rostro y unos lentes oscuros hacían lo mismo con sus ojos. Un forajido, pensó, y sintió un vacío en el estómago.
La visión de ese tipo de hombres, criminales, no era agradable para él. A su mente llegaban los recuerdos de un viaje en carro, con su madre, en el que fueron interceptados por una banda de esos malvivientes y del cual él quedó huérfano y con una cicatriz en la frente. Casi podía sentir que aquella vieja herida le ardía ante la imagen frente a él.
Por supuesto, el jinete no se percató de lo que provocaba su presencia y bajó de su montura con la gracia que daba la práctica. Caminó entonces hacia la parte trasera de su corcel y de ahí bajó el cuerpo de un hombre inconsciente, que se echó al hombro y llevó hacia donde estaban el sheriff y Aziraphale; este último no tardó en sentir que el corazón le daba un vuelco en el pecho.
—¡¿Acaso ese hombre está muerto?! —preguntó escandalizado.
El jinete dirigió su rostro cubierto hacia él. Aziraphale pudo ver cómo alzaba sus cejas y luego soltaba una risa burlona, haciéndolo sentir todavía más molesto.
—Tú no eres de por aquí, ¿ah?
—No, no lo es —respondió Arthur, con el atisbo de una sonrisa escondiéndose bajo su poblado bigote—- Venga conmigo —le dijo al otro, abriéndole la puerta para que pudiera pasar y dejando allá afuera a un indignado Aziraphale.
Pero, una vez más, no tardó nada en seguirlos. Ya dentro de la oficina, vio cómo aquel jinete llevaba al hombre que cargaba hasta una celda, allá en el fondo. Fue entonces que notó que estaba atado, amordazado y vivo -aunque la forma en que lo dejó caer en el catre no era muy cuidadosa-. Luego, el de negro cerró la celda con candado y caminó hacia el escritorio del señor Young, quien le tendió un enorme fajo de billetes.
—Es mejor cuando todavía tienen aire en los pulmones —dijo, mientras veía hacia la celda—. Así podemos interrogarlos. ¿Quién sabe? Tal vez este nos diga dónde está el resto de su clan.
—Estos cantan como pájaros, sheriff —respondió el otro, quien paseó los dedos largos cubiertos en guantes por entre los billetes y luego los golpeó contra su mano para disfrutar de sentir su gratificante peso—. Y entre más información tenga, más rápido los atraparé.
Fue entonces que Aziraphale comprendió qué sucedía. Aquel no era sino un cazarrecompensas, esos que aprovechaban las áreas grises, todo para sacar el mayor provecho.
No era “ilegal”, perse, pues técnicamente estaban trabajando con la ley. Sin embargo, había algo en todo eso de atrapar criminales o matarlos, que no terminaba de convencer al inglés. Creía que se escudaban en que era un trabajo para el gobierno sólo para seguir haciendo atrocidades.
—La desgracia de unos es la fortuna de otros —concluyó, notando hasta después que lo había dicho en voz alta.
Su comentario atrajo la mirada de los dos hombres en aquella oficina. Aziraphale hubiera dicho algo más, pero entonces el de negro se bajó el paliacate, revelando así la mitad de su rostro. Una nariz puntiaguda, un mentón fuerte y una sonrisa torcida, adornada con un bonito colmillo de oro.
—Entonces debería agradecerle a Dios porque este mundo esté lleno de desgracias —se burló.
Arthur notó la reacción del señor Heaven. Lo vio abrir la boca, escandalizado, y se puso de pie enseguida. Ya sabía que esa familia era sumamente religiosa, que muchas de las iglesias recibían donativos de su parte y que hablar mal de la religión o de Dios enfrente de ellos no era buena idea.
—¡Usted...!
—¡Ah, señor Crowley! —Arthur se apresuró a tomar del hombro al jinete y dirigirlo lo más disimulado posible hacia la puerta— ¿Por qué no revisa los carteles de afuera? Todavía quedan muchos forajidos, ¿cree que podría ayudar?
Aziraphale guardó silencio. Siguió con la mirada al sheriff y al tal Crowley, mientras el último salió diciendo algo de que ya quería ver a su próxima presa. Lo había dicho todo en voz alta, a propósito, para hacerlo enojar por su actitud tan altanera.
Arthur no salió y, una vez que Crowley se fue hacia el tablero donde estaban los carteles de búsqueda, dio la media vuelta para mirar a su dolor de cabeza.
—Señor Heaven, no debería—
—¡Es el colmo! —se quejó, interrumpiendo sus palabras—. No quiere ayudarme a mí, que le traigo pruebas y que le digo que es cuestión de justicia, pero sí ayuda y recibe muy amablemente a ése... a ése... —se calló; sus labios se sellaron y sus mejillas se hincharon, como si estuviera conteniendo una grosería hasta que la dejó salir—. a ése mal hombre. ¿Acaso ya no hay ley en este lugar? No puedo creer que apoye ése tipo de cosas. Cazarrecompensas... no son más que criminales también.
—Señor Heaven, su trabajo es tan legal como cualquier otro —el sheriff caminó unos pasos en dirección a la única celda ocupada por aquel tipo que todavía estaba inconsciente y lo señaló—. Este sujeto es un violador de mujeres y niños. Lo hemos buscado en todo New Austin por casi dos años y hoy, gracias a ese “mal hombre” que está allá afuera, las víctimas podrán dormir tranquilas por fin. ¿Eso lo hace malo? Porque para mí es casi un santo.
Aziraphale sintió un escalofrío en su espalda y sus ojos azules se quedaron clavados sobre la persona tras las rejas, que seguía sin despertar. De pronto, ya no se sintió mal por todos los moretones que le vio, ni por la forma en cómo Crowley lo lanzó al catre sin cuidado.
—Sigue siendo un trabajo sucio —comentó—. Usan sus permisos para seguir matando y un asesino es un asesino, no importa si lo hace en nombre de la ley.
Arthur dio un suspiro. Se quitó los lentes y se fue a sentar en la silla detrás de su escritorio.
—El señor Crowley siempre trae a los forajidos vivos —respondió—. A pesar de tener mala fama hace un bien a la comunidad. Además, ¿quién mejor que un criminal para atrapar a un criminal?
Y guardó silencio. Se quedó mirando a Aziraphale, esperando a que entendiera su indirecta, aquello que se le había pasado por la cabeza cuando escuchó llegar la yegua de Crowley.
Por supuesto, el señor Heaven logró captar el mensaje y se mostró ofendido por la sola idea.
—No estará insinuando... ¡no! No, no y no, mil veces no. Yo jamás aceptaría la ayuda de un bandido y menos de él, claro que no. Yo quiero a mí tío en prisión, no en un ataúd, por Dios.
—Le dije que el señor Crowley siempre trae a sus objetivos vivos —repitió, apoyándose sobre el escritorio.
—Seguramente es así porque de otra forma le pagarían menos.
—Quizás —asintió el sheriff—. Pero aún así, no hay mejor motivación que el dinero y usted ya me ha dicho muchas veces que eso le sobra. No veo cuál es el problema.
Aziraphale no respondió. Estaba molesto. Le irritaba pensar que Arthur por fin había encontrado una forma de deshacerse de él y le irritaba todavía más que fuera con ayuda de alguien como Crowley, la personificación de todo lo que estaba mal en el mundo.
Al no haber respuesta, él sheriff dio un suspiro y luego su mano derecha se posó sobre el maletín, que aún descansaba sobre el escritorio.
—Escuche, señor Heaven... —lo miró a los ojos—. le creo. Creo en sus palabras. Le creo, pero no puedo hacer nada, ¿entiende? Esto que me está pidiendo es muy arriesgado. Si lo hago yo solo, podría terminar muerto y no nada más yo. Tengo a una esposa que está embarazada y creo que usted entenderá por qué prefiero no arriesgarla a que quede viuda, ¿verdad?
Aziraphale asintió. El sheriff continuó.
—Pero si otra persona arresta a su tío, entonces podríamos hacer algo, tendríamos una oportunidad. Atraparlo es lo más complicado, señor Heaven y para eso necesita de un experto.
La mirada del inglés se fue hacia el exterior, allá cerca de la puerta, donde escuchaba a Crowley hablando con su yegua. Cerró los ojos unos segundos y rezó porque aquel no fuera el inicio de su fin, que aquel no fuera un error.
¿De verdad era tan malo aceptar ayuda de alguien así? El corazón le palpitaba fuerte y furioso en el pecho. Lastimaba su orgullo, por supuesto, y además no creía que fuera a resultar bien porque el hombre aquel lo irritaba. Sin embargo, la imagen de su esposa se le pintó en los párpados, como cuando veía mucho tiempo hacia el Sol y su resplandor se le quedaba grabado.
Como un recordatorio de aquella promesa que le hizo.
Bien. Lo haría por ella, porque había sido la mujer más dulce, y porque su muerte no podía quedar impune. No lo permitiría; haría lo que fuera necesario con tal de conseguir justicia, incluso si eso significaba involucrarse con un bandido tan terrible como lo era Crowley.