PROLOGO
NARRADOR OMNISCIENTE
Los Hoffmann ostentan el conglomerado más poderoso del país, con una fortuna que se eleva a miles de millones de dólares. Sin embargo, a pesar de sus cuentas rebosantes de dinero, la unidad y la humildad son los pilares que sostienen a esta familia. Todo ello gracias a Melissa Harris, una mujer que no conoció la opulencia desde la cuna, sino que nació en Brooklyn, en medio de una familia numerosa y padres extremadamente pobres.
Gracias a estas experiencias que la forjaron, Melissa tomó la decisión de dejar atrás su pasado y buscar un futuro mejor en Boston. Allí, encontró algo más que eso: se enamoró profundamente de Jared Hoffmann, un hombre que, al igual que ella, valoraba la sinceridad y los buenos sentimientos. Sin embargo, cansado de ser siempre juzgado por su fortuna, Jared decidió ocultarle a Melissa la verdad sobre su familia.
A pesar de esta pequeña mentira, el amor entre ellos fue instantáneo. Pero la falta de total sinceridad por parte de Jared provocó que Melissa tardara en perdonarlo. Sin embargo, finalmente lo lograron y se casaron un año después de conocerse. Al año siguiente, dieron la bienvenida a sus adorables mellizos, Alexander y Alexandra Hoffmann, completando así su familia.
Los hermanos Alex heredaron los penetrantes ojos azul marino de su madre, pero su físico refleja la fisonomía de Jared: cabello negro, cejas pobladas, tez blanca, nariz respingada y labios color carmín. En resumen, si quisieras representar físicamente las palabras “Perfección y Belleza”, los hermanos Alex serían un claro ejemplo de ello.
Sin embargo, la vida puede cambiar en un instante, dando un vuelco de 180 grados, ya sea para bien o para mal. Lamentablemente, para la familia Hoffmann, su vida dio un giro hacia lo peor.
Todo comenzó en una mañana grisácea en Boston. La noche anterior había llovido, dejando el sol oculto tras nubes grises que envolvían la ciudad en melancolía. A pesar del clima sombrío que acechaba la ciudad, la familia Hoffmann seguía con su rutina de desayunar en el jardín de su mansión, como era su costumbre independientemente de las condiciones climáticas.
—Pueden dejar los teléfonos por un momento por favor —ordena Melissa Harris dirigiéndose a sus hijos, los cuales de inmediato guardaron el teléfono.
—Déjalos, cuñada. Están en la adolescencia, es normal que presten atención a otras cosas —responde Josef Hoffmann—. ¿No es así? —se dirige a los mellizos, recibiendo solo la sonrisa de Alexander, mientras que Alexandra se concentra en terminar de desayunar lo más rápido posible.
—Lo sé, pero este es el único momento del día en que podemos platicar como familia. ¿Cómo les ha ido en la escuela? ¿Hay algo que nos quieran contar? —pregunta Melissa, sonriendo de oreja a oreja y logrando que sus hijos le sonrían de vuelta.
—Por mi parte, muy bien —contesta Alexander. —Más que bien, de hecho, mis amigos y yo queremos formar una banda. Algo para matar el tiempo, ya nos aburrimos de los videojuegos —dice, con una amplia y hermosa sonrisa, esa que caracteriza a los Hoffmann.
—¿Una banda? —pregunta Alexandra, quien por primera vez en mucho tiempo habla en la mesa. —Eso es nuevo, no sabía que te gustaba cantar. ¿Qué tocarás tú? —le pregunta tímidamente.
Los mellizos Hoffmann solían ser muy unidos. Siempre se contaban todo y tenían una confianza absoluta. Sin embargo, todo cambió cuando Alexander se fue a un campamento hace tres años. A su regreso, la relación con su hermana ya no era la misma.
Ella se había sumergido en su propio mundo y, por más que él intentaba recuperar su conexión, ella se alejaba. Alexander no entendía qué le pasaba a su hermana. Después de intentarlo durante más de un año, decidió darle su espacio, distanciándose de ella.
—Bueno, de que me gusta, me gusta, pero de que sea bueno es otra cosa, por lo que no cantaré yo, sino Sam. Él será el cantante, yo tocaré la guitarra y haré coro, por así decirlo. Será algo pequeño. Practicamos en la cochera —le responde Alexander, emocionado, mientras se rasca la cabeza, pensando si debería invitarla. —¿Quieres formar parte? Eres muy buena cantando. Recuerdo que cantabas todo el tiempo.
—Qué bien, no gracias. Ya no me gusta, si me disculpan, ya terminé —responde Alexandra, levantándose de la mesa. Siente la mirada desilusionada de todos. Por un momento, quiere volver a sentarse, pero no lo hace. Se va a su habitación, ignorando a su madre que le había preguntado si estaba bien.
—No entiendo qué es lo que le pasa, cada día siento que estoy perdiendo más a mi princesa. He tratado de hablar con ella, pero no me dice nada. Se refugia en su cuarto alejándose de mí —suspira con pesar Melissa, sin dirigirse a alguien en particular, solo desahogándose.
—Es la edad de la punzada, cuñada. Déjame ir a hablar con ella, tal vez conmigo se abra —dice Josef, levantándose para ir en dirección al cuarto de Alexandra.
—No creo que sea oportuno, Josef —le dice ella, pero él decide ignorarla. Para él, quien no tiene familia, los mellizos Alex son como sus hijos.
—Tal vez el tío pueda lograr algo. Yo tampoco sé qué hacer, mamá. Cada día maldigo más haberme ido a ese estúpido campamento. La hubiera llevado conmigo —interfiere Alexander, frustrado, con una sensación extraña en su estómago.
—No hables así, cariño. No es tu culpa. Tal vez tu tío tenga razón y solo es la edad. Doy gracias de que tú no estés pasando lo mismo porque me volvería loca. Si esto sigue así, tendré que llevarla a hablar con un profesional, alguien que pueda ayudarla —le dice Melissa, sujetando la mano de su primogénito, el cual nació 5 minutos antes que su hermana. —Pero felicidades por tu banda. Si necesitas algo, no dudes en decírmelo. Igualmente, desde ya te aviso que seré tu fan número uno. Dime si necesitas que haga carteles y te ayude a promocionarte. Ahora que regrese tu padre de su viaje de negocios, puede darte algunos consejos. Él también tuvo su banda en su juventud.
—Sí, me dijo que se llamaban los “Jlaks”. ¿Qué clase de nombre es ese? —se burla Alex.
—Son las iniciales de los nombres de los integrantes: Jared, Lían, Aarón, Kay, Steve. No le digas a tu padre, pero a mí también me causa mucha gracia. Está claro que ninguno tiene imaginación para nombrarla diferente, pero aun así eran bastante populares. Según tu padrino, volvían locas a todas. Ya me vi teniendo que correr a las muchachitas que acamparán afuera para pedirte un autógrafo.
—Por lo pronto, despreocúpate de eso. Por ahora, solo ensayaremos en la cochera. Nada de dar conciertos. Sam tiene problemas con hablar en público, por eso me reí mucho cuando quiso formar la banda, pero prometió trabajar en ello.
—Bueno, al menos tendré paz por un tiempo. ¿Y cómo vas con Val? ¿Ya te declaraste?
—No, ya te dije que solo es una amiga. No me gusta. Además, solo tengo 15 años. En este momento no pienso en tener una relación. En mi cabeza solo está la escuela, mis amigos y arreglar mi relación con Ali.
—Si te escucha que la llamas así te golpeará. Sabes que lo detesta —lo reprende Melissa. Por alguna razón, Alexandra de repente odió que la llamaran así. Les costó mucho, pero dejaron de hacerlo, al menos casi todos. Alexander, de vez en cuando, se le olvidaba.
—Es tu culpa. Te quejas de la creatividad de los amigos de papá para nombrar a su banda y tú nos nombras así. ¿No se te ocurrió algo más original? ¿Por qué nombrarnos igual? —bromea Alex. Ya está acostumbrado al parecido de sus nombres.
—Ya te dije, cuando quedé embarazada, tu padre y yo acordamos que si era niño tu papá pondría el nombre y si era niña lo hacía yo. Cuando el doctor nos dijo que eran mellizos y que eran niño y niña, cada uno puso el nombre que quería en un sobre. Cuando los abrimos nos dimos cuenta de que habíamos puesto lo mismo, obvio en el género correspondiente. Yo le puse Alexandra a tu hermana por Alexandra Paul, una actriz que admiro mucho, y tu padre te puso Alexander por el exfutbolista alemán. Fue divertido y lindo —le responde ella recordando ese día, sonriendo resplandeciente al recordar a su esposo, aun con el pasar de los años sigue amando profundamente a su marido.
—Cada vez me convenzo más de que tú y mi padre son su hilo rojo —dice Alexander tímidamente, arrepintiéndose de inmediato.
No le gusta que piensen que es un romántico. A su corta edad, ya ha leído a Shakespeare, Víctor Hugo, Bécquer, Benedetti y muchos más. Nadie lo sabe más que su madre. Para él, ella es su sol, uno de los pilares más fuertes de su vida, en quien tiene una absoluta confianza.
—¿Hilo rojo? —pregunta ella confundida, nunca había escuchado ese término.
—Es una historia oriental que dice que las personas destinadas a conocerse están conectadas por un hilo rojo invisible. Este hilo nunca desaparece y permanece constantemente atado a sus dedos, a pesar del tiempo y la distancia.
»No importa lo que tardes en conocer a esa persona, no importa el tiempo, lugar o circunstancias, ni siquiera importa si vives en el otro lado del mundo. El hilo se estirará, enredará, pero nunca podrá romperse.
—¡Wow! —exclama Melissa viendo a su hijo, idolatrando al fruto del amor que se tienen Jared y ella. —Si, si esa historia es real, tu padre es mi hilo rojo y estoy convencida de que ustedes también están destinados a encontrarlo. —le dice acariciando el rostro de Alexander el cual mira con devoción a su madre.
Terminan de desayunar. Ella decide irse a despedir de su hija, pero Josef la detiene diciéndole que lo prudente sería no molestarla. Dudosa, decide irse a trabajar, no sin antes despedirse de ella detrás de la puerta. Al no obtener respuesta, cierra los ojos y reza, pidiéndole a Dios que le ayude a entender qué está pasando con su pequeña.
Alexander, sin embargo, hace caso omiso a la advertencia de su tío y entra en la habitación de su hermana, pero no la encuentra. Escucha el sonido del agua proveniente del baño, lo cual le resulta extraño, ya que Alexa suele bañarse apenas despierta. Sin embargo, no le presta demasiada atención, pues su alarma suena y al ver el reloj en su muñeca, sale apresuradamente hacia la escuela.
Dentro de la regadera, Alexandra maldice cada día su existencia. Araña sus piernas y se talla el cuerpo con tanta fuerza que lo enrojece. Unta varias veces jabón en sus genitales. Ella se baña tres veces al día, sintiéndose asquerosa y anhelando que su sufrimiento llegue a su fin. No quiere ir a la escuela, solo desea volver a la cama y sentirse inexistente. Escribe en el grupo familiar que no se siente bien y que se quedará en casa.
Al salir del baño, pone seguro en la puerta para que nadie más pueda entrar. Cambia las sábanas de su cama y vuelve a acostarse, no sin antes poner música a todo volumen para evitar escuchar sus pensamientos, los cuales le impiden conciliar el sueño.
🎶You tell me it gets better, it gets better in time
You say I’ll pull myself together
Pull it together, you’ll be fine
Tell me, what the hell do you know? What do you know?
Tell me how the hell could you know? How could you know?
Y mientras escucha a Lady Gaga, se queda dormida, sumergiéndose nuevamente en un mundo donde no hay dolor, donde no le hacen daño, donde puede huir de su realidad... Un mundo donde todo es más fácil que enfrentar la tristeza que la abruma cada día.
Suena la campana que anuncia la mitad del curso y Alexander no puede concentrarse. Sigue leyendo el mensaje que su hermana mandó esa mañana al grupo familiar. Hay algo que no logra descifrar, pero que no lo deja concentrarse. Siente una presión en el pecho y sin pensarlo más tiempo, decide fugarse por primera vez en su vida de la escuela.
Sabe que su madre no le prohibiría irse y que solo podría decir que estaba enfermo, pero no quiere preocuparla. Opta por brincarse la barda del colegio sin que nadie lo vea. Obviamente, el chofer no sabrá que debe pasar por él, por lo que toma un taxi. Le pide al taxista que lo espere y baja a comprar unas donas y chocolate caliente para llevarle. Piensa que tal vez su hermana está en sus días y eso es de lo que está enferma.
Por su parte, Melissa siente lo mismo que su hijo. Le pide a su asistente que cancele todas las citas pendientes y, al igual que Alexander, decide regresar a casa temprano para ver a su pequeña.
Al llegar a la entrada, ve a su primogénito bajar del taxi con una bandeja y una bolsa de donas en su mano.
—¡Alexander! —le grita, lo que hace que él voltee a ver a su madre. Esta se baja, indicándole al chofer que no volverá a salir.
—Mamá, vengo a ver cómo está Ali. No me sentía bien por dejarla sola, tal vez esté en sus días. Le traje chocolate para levantarle el ánimo —le dice Alex, levantando la bandeja donde trae las bebidas—. No te molestes, pero me escapé. Puede ser que te llamen de la escuela, no quería preocuparte.
Melissa le sonríe, agradeciendo una vez más a la vida por haberle dado un hijo tan sensible y bondadoso. Observa cómo cada día se asemeja más a su padre, no solo en belleza, sino también en su noble corazón.
—No te preocupes, si llaman les digo que hubo una emergencia. Ahora vamos, estoy segura de que tu hermana se alegrará de vernos —le dice, tomando la bolsa de donas que trae Alex.
Entraron a la mansión, pero una sensación extraña los envuelve de inmediato. Algo en el ambiente les corta la respiración, haciendo que sus corazones latan a mil por hora. Melissa siente un nudo en la garganta que le dificulta respirar, mientras que Alexander experimenta por primera vez en su vida una oleada de ansiedad.
Al llegar al pasillo de las habitaciones, no solo escuchan la música a todo volumen, sino también los desgarradores gritos de Alexandra. No son gritos comunes; son lamentos que penetran en lo más profundo del alma, haciendo que a ambos les tiemblen las piernas.
—¡No, ya no quiero, por favor, ya no más! —grita Alexandra, sus palabras desgarran el aire, despertando los sentidos de Melissa y Alexander, quienes, sin saber qué está pasando, corren hacia su habitación.
Al llegar, se encuentran con la peor de las pesadillas. El mundo se detiene para ambos. Melissa siente como si quisiera desaparecer en ese mismo instante, mientras que Alexander experimenta una furia desenfrenada, una ira que lo consume, llenándolo de un calor abrasador y una sensación desconocida.
La rabia lo ciega hasta el punto de no saber cómo sucede, pero se encuentra a sí mismo, con su tío desnudo en el suelo, golpeándolo repetidamente. Su puño se estrella contra el rostro de su tío con una fuerza devastadora, rompiendo su nariz, destrozando sus dientes y desgarrando su mejilla. Los golpes son impulsados por la imagen de su hermana debajo de él, que se repite una y otra vez en su mente, apoderándose de su cordura.
Por su parte, Melissa corre hacia su hija, la cual queda en estado de shock, al ver cómo su hermano grita enfurecido y golpea al monstruo de sus pesadillas. Su madre toma la cobija y la cubre.
—Ya estás a salvo cariño —llora Melissa abrazando el cuerpo tembloroso de su hija.
De repente, irrumpen los guardias de seguridad, quienes separan a Alexander de Josef. Este último apenas logró reaccionar ante los golpes que le propinó su sobrino.
—¡ERES UN HIJO DE PUTA! —brama Alexander, tratando de zafarse del agarre de sus guardias. —¡UN HIJO DE PUTA, MALDITO INFELIZ!
El dolor que siente es insoportable, pero no se compara con el ardiente odio que alberga hacia la persona que, tras su padre, era la figura a la que miraba con reverencia.
—Nos amamos. Ustedes, ¿qué van a saber? —responde Josef, escupiendo el coágulo de sangre que se le ha formado en la boca. Se ríe y se burla de los presentes, quienes no pueden dejar de mirarlo. —¡Diles, Ali! ¡Diles que eres mi hembra, mi mujer y que lo has sido durante tres años! ¡Diles cómo gemías mi nombre, cómo pedías que te la metiera completa como una puta! —grita con las pocas fuerzas que le quedan, tratando de levantarse.
Lo que dice termina de romper el corazón de Melissa y Alexander porque eso solo significa que Alexandra ha sido violada desde los 12 años. Siendo una niña el hombre que profesaba quererla como una hija la había violado por 3 años.
—¡No es cierto! —grita Alexandra. —No le crean, no es verdad, mami. Yo no le pedí nada —suplica, llorando. Su cuerpo sigue temblando, pero aún así se pone de rodillas sobre la cama y ruega. No quiere que piensen que ha sido su culpa.
—Te creo mi cielo, te creo, no tienes que hincarte, ese malnacido se pudrirá en la cárcel por lo que te ha hecho. Ya estás a salvo, perdóname por no haberme dado cuenta, lo siento mucho cariño —solloza Melissa sujetando el rostro de su hija, limpiando sus lágrimas y besando su frente.
—¡SUÉLTENME! —forcejea Alexander tratando de írsele encima a su tío, lo quiere matar, va a matarlo con sus propias manos. —¡ERES UN HIJO DE PERRA! ¡TE VOY A MATAR! —grita lleno de ira, las lágrimas salen desbordadas, nublando su vista.
—Cálmese joven, ya viene la policía y los paramédicos, ellos se encargarán. —dice Max uno de los guardias que ve a los mellizos como su familia, mientras que el otro guardia apunta a Josef con el arma.
—El hijo de perra eres tú, que por preferir irte a un campamento la dejaste sola, me la serviste en bandeja de plata maldito imbécil, déjame decirte que disfrute mucho de ese coño dulce, lástima que ya no podré probarlo —se burla Josef para provocarlo, quiere que su sobrino acabe con su vida. Sabe perfectamente lo que le hacen a los violadores en la cárcel y antes muerto que ir preso.
La furia consume a Alexander en un instante. Sin pensarlo dos veces, se abalanza hacia Max y arrebata el arma que lleva en la cintura. Con movimientos bruscos, se aparta de él, apuntando con determinación primero a Max, exigiéndole que se aleje, y luego dirige el arma hacia su tío.
—¡No! —gritan Melissa y Alexandra al unísono, sus voces cargadas de desesperación y angustia. —No te manches las manos por él, hijo. No vale la pena —súplica Melissa, luchando por levantarse y acercarse a su hijo. Pero él ya no es el mismo. Sus puños sangran, la piel blanca ahora está enrojecida por la furia que lo consume, y en sus ojos ya no brilla la luz que solía caracterizarlo. Solo queda oscuridad, una sombra de lo que solía ser.
—No lo hagas, hermanito, por favor —suplica Alexandra entre lágrimas, aferrándose con manos temblorosas a la sábana que la cubre. En su mente, se culpa a sí misma, convencida de que por su causa su hermano se convertirá en un asesino.
—¡Eres un cobarde, al igual que tu estúpido padre! En parte fue por él que me desquité con su pequeña. Él no debía heredar; era a mí a quien mis padres debieron nombrar como sucesor, no al débil de tu padre, que se enamoró de una golfa como lo es tu madre. ¡Diles Melissa! ¡Diles con cuántos bastardos te acostaste antes de estar con mi hermano! —brama Josef, luchando por levantarse, pero la sangre y el sudor le nublaban la vista
—No es verdad, solo quiere que lo mates. No le des ese gusto. Él sabe lo que le espera en la cárcel. Hijo, por favor, suelta el arma —súplica Melissa.
—¡No volverás a violar a una mujer en tu puta vida maldito infeliz! —grita Alexander disparando el arma en los genitales de Josef, haciéndolo gritar de dolor.
Max somete de nuevo a Alexander quitándole el arma, mientras que el otro guardia socorre a Josef. No tarda en llegar la policía y la ambulancia, por lo que debe mantenerlo con vida.
—Escúchenme bien para todos Alexander disparó en defensa propia —anuncia Melissa, dirigiéndose a los guardias, los cuales asienten de inmediato.
Tres meses después.
Los Hoffmann han experimentado los días más sombríos de su existencia desde que descubrieron la verdad sobre Alexandra. Jared, notificado de inmediato, viajó a toda velocidad, incapaz de asimilar que su propio hermano fue capaz de perpetrar tal atrocidad ante sus propios ojos. Una mezcla de rabia y odio lo consumía por haber estado lejos de su familia en su momento de mayor necesidad.
Por otro lado, a Alexandra la sometieron a una serie de procedimientos para recolectar pruebas para el juicio, que se había retrasado debido al estado de salud de Josef. A pesar de que había sido sometido a una cirugía de emergencia tras el disparo de Alexander, el daño resultó irreparable: no pudo salvar a su miembro. La amputación era inevitable, confirmando así que Alexander tenía razón; Sería la última vez que Josef abusaría de una mujer.
Con respecto a Alexander, fue arrestado, pero debido a su condición de menor de edad ya la influencia de sus padres, un juez determinó que el disparo había sido en legítima defensa, por lo que fue liberado pocas horas después. Hoy finalmente se dictará sentencia para Josef, quien sigue insistiendo en que encierren a Alexander por agresión.
Por su parte, Alexandra ha evitado hablar con cualquiera, excepto con las psicólogas, quienes han confirmado que los abusos comenzaron cuando tenía 12 años.
—Todo estará bien, hija —le asegura Jared a Alexandra, quien en el último momento decidió asistir a la audiencia final. Necesita ver y escuchar cómo el monstruo de sus pesadillas finalmente será encerrado.
—De pie —indica un guardia.
Todos se ponen de pie cuando el juez entra a la sala. Josef no aparta sus ojos de Alexandra; Quiere intimidarla, pero ella no le mira. En cambio, Alexander no aparta la vista de él. Aprieta los puños y contiene la rabia que se acumula en su interior, una rabia que no se ha calmado desde el día en que disparó contra Josef. Desde entonces, un monstruo se liberó dentro de él, llenándolo de un odio que crece y alimenta su alma.
Quiere golpearlo, anhela volver a sentir su sangre en sus manos, desea liberar la carga que lleva consigo. Las palabras de Josef lo persiguen sin descanso; se siente culpable por haber ido al campamento, por haberla dejado sola. Esto solo provoca que el fuego en su interior arda con más intensidad.
—El acusado, póngase de pie —ordena el juez. —Esta corte le censura el haber optado, de manera voluntaria y consciente, por agredir sexualmente a la víctima, Alexandra Hoffmann, durante 3 años. Por eso, esta corte no será benévola y ha decidido sentenciarlo a la pena máxima por el delito que usted cometió. Señor Josef Hoffmann John, por el delito de abuso sexual, físico y mental contra Alexandra Hoffmann Harris, esta corte lo condena a 30 años de prisión. La condena deberá cumplirse en el reclusorio de máxima seguridad de Boston. Esta corte se levanta.
—¡No! —grita Josef desde su asiento forcejeando con los guardias de seguridad. —¡Yo no voy a pasar 30 años en prisión! ¡De ninguna manera me voy a pudrir ahí! —grita. El miedo de lo que le pueda pasar en la cárcel se apodera de él, haciéndolo llorar como un niño pequeño.
—¡Al fin vas a pagar por lo que hiciste, maldita basura! —se burla Melissa, siendo la única de la familia en hablar primero. Alexander está absorto en sus pensamientos, Jared mira a su hermano sin ningún tipo de expresión, mientras Alexandra no puede creer que por fin terminará su suplicio.
—Ali, cariño, no te preocupes. Treinta años pasan rápido. Saldré por ti para que vuelvas a gemir mi nombre. Solo yo seré el único que provoque tus orgasmos. Espérame, maldita puta —suelta Josef, dando patadas de ahogado mientras es arrastrado por los guardias.
Alexander se levanta para ir a golpearlo, pero lo sujeta su padre y uno de los guardias, impidiéndole lograr su cometido.
Un miedo se apodera de Alexandra. Sabe lo perseverante que es su tío. ¿Y si salía y le volvía a hacer daño? ¿Cómo iba a poder vivir después de eso? Se preguntó, poniéndose a llorar.
—Mirame, pequeña —se hinca Jared, tomando el rostro de su hija. —De mi cuenta corre que esa basura no salga libre. Te juro que jamás nadie volverá a lastimarte. No debes temer, porque estoy yo para protegerte. Siempre, ¿lo oyes?
Ella asiente, observando la seguridad en los ojos de su padre, así que decide creer en él. Más que nunca, ha decidido confiar en su progenitor.
Josef entra a la cárcel de máxima seguridad. Le desnudan y lo bañan con agua fría antes de obligarlo a caminar por el pasillo, donde los presos lo observan y comienzan a chiflarle y a gritarle palabras que hacen estremecer sus entrañas.
—Carne fresca, qué rico —dicen algunos mientras lamen su lengua y muerden sus labios.
—Preso 1503, entrando a la celda número 105, sentenciado por ¡VIOLAR A SU SOBRINA MENOR DE EDAD! —gritó un guardia para que todos en la cárcel lo escucharan, acercándose al oído de Josef susurrando: —Cortesía de Jared Hoffmann.
Josef siente cómo sus pantalones se mojan al instante, haciéndose del baño encima. Sabe lo que le espera al entrar a la celda y por eso se niega a avanzar.
—Uy, mira a quién tenemos aquí, nuestra nueva puta —gime un hombre gordo, con acné en el rostro, observándolo con deseo. Dentro de la celda hay 2 hombres más de la misma complexión que él.
—¡SÁQUENME DE AQUÍ, PUEDO PAGARTE LO QUE QUIERAS, SÁCAME DE AQUÍ! —súplica Josef, pero el guardia se ríe en su cara.
—Por cierto, se me olvidaba, te manda a decir tu hermano que si a su hija la violaste durante tres años, tú pasarás 30 siendo la puta de cada preso, y que no te hagas ideas con salir, porque al finalizar tu pena saldrás de aquí con los pies por delante. No trates de quitarte la vida porque hay alguien que estará vigilándote y lamentarás haberlo intentado —le avisa el guardia, saliendo de la celda y dejando a la deriva a Josef, quien vuelve a hacerse del baño encima.
Los dos presos no pierden el tiempo, toman por la fuerza a Josef, lo desnudan y acomodan en cuatro ignorando sus gritos de súplica.
—La puta viene preparada, qué rico coño tienes dulzura —le gime el líder, penetrándole sin más.
—¡AUXILIO! ¡AYÚDENME! —grita Josef, pero nadie lo oye—Puedo pagarles lo que quieran, por favor —súplica, temblando pero los presos hacen de oídos sordos.
—Callen a la perrita que solo quiero escucharla gemir —ordena el hombre. Uno de los presos saca su miembro, cacheteando con este las mejillas de Josef.
—Me la vas a mamar hasta correrme y pobre de ti, si me muerdes, te meteré un palo de escoba por el culo hasta que te llegue a la garganta putita —le ordena el preso metiendo su miembro en la boca, haciendo que se lo mame hasta que se corre, mientras los dos presos se turnan penetrándolo.
De ahora en adelante, esta sería la vida de Josef: pasando los 30 años de su condena siendo violado por todos los presos. De eso se había encargado Jared, que a pesar de ser un hombre justo y de buen corazón, el haberse enterado de lo que vivió su hija lo devastó. Josef ya no era su hermano, había muerto para él. Y por su cuenta corre hacer pagar al causante de que su familia se rompiera de tal manera que sabe que no volverán a hacer los mismos.