Un poco de frío al corazón
Tres y media de la mañana...¿Que hago despierta a esta hora? Encima Micaela sigue durmiendo...la puta madre ¿Que hago ahora
?.
Era lo único que pensaba, ¿Que iba a hacer? Estaba en casa ajena y todo el mundo dormia; menos tobi, el caniche de Mica. Ese perro es medio lelo, pero dentro de todo es bueno...aunque algo boludo.
Mi mente da demasiadas vueltas, últimamente no sé como sentirme ni sé que hacer conmigo. Desde que Matias se fue, el amor es más complicado para mí y eso siempre me deja pensando...
Pensar en esas cosas me hela el corazón, me hace sentir mal; ni siquiera la frasada gruesa que me dio el papá de Micaela me calma esa punzada fría que siento en el pecho, ¿Tendré que ir al doctor?
De la nada, mis pensamientos son interrumpidos por el movimiento de la cama, Micaela se despertó.
– Mmmm...¿Ludmila? ¿Estás despierta? – su voz adormilada y ronca sonó como un susurro claro en la habitación.
– Si... – mi voz sonó debil al no haber hablado por horas. Eso me molesta.
Nos quedamos en silencio por un buen rato, solo se escuchaba a Tobi caminando por los pasillos buscando al grillo que habia entrado a la casa desde hace una semana. O al menos eso es lo que sé porque lo dijo hoy la abuela de Mica mientras se quejaba de que no podía dormir.
– ¿Insomnio? – Me miro fijamente mientras se sentaba al borde de su cama.
– Si... – Volví a responder para luego levantarme del colchón con cuidado de no hacer mucho ruido.
– Vení, vamos a la cocina. La abu debe estar ahí tomando mate – me agarró de la mano y salimos de la habitación con cuidado de no distraer a Tobi de su "busqueda".
Fuimos directo a la cocina, esquivando los juguetes tirados de Martin, el hermano de menor de Micaela.
Estaba la luz prendida y se escuchaba el sonido tipico de mate, efectivamente, era la abuela de Micaela.
– ¿Que hacen despiertas a estas horas, nenas? – Su tono de voz parecia algo autoritario y después se rió como si nada. – Sientense, por favor –
– Gracias, Abu – Micaela sonrió y nos sentamos las dos juntas en frente de Rosa, la abuela de Mica.
La mesa era redonda y tenia un mantel amarillo con flores de girasol; estaba la pava de metal con estampado de flores, el mate de calabaza y la azucarera de plástico sobre la mesa. Se escuchaba el sonido del reloj cada un segundo, recuerdo que de chiuita me dana miedo.
– ¿Quieren mate? – Nos ofreció mientras servia agua en el mate de calabaza. Parecia bastante lavado pero estaba hecho con calidez, como cualquier mate de abuela.
– No, gracias...ya no me gusta el mate – Si, ya no me gusta. Antes me encantaba, pero por alguna razón me empezó a dejar de gustar.
– Que raro, che... – Me miró con algo de tristeza. Eso me revolvió el estómago, no me gusta ver a Rosa triste.
Por suerte, Micaela intervino y empezó a tomar mate con Rosa. Me costó dejar de sentirme culpable, porque yo siempre tomaba mate con Rosa, nunca le decia que no a un mate de ella.
Estuvimos un buen rato hablando hasta que se levantó el papá de Micaela y nos mandó a dormir a las tres; es un buen tipo, siempre se preocupa por nosotras. Micaela se durmió al instante, yo no pude; pero al menos esta vez Tobi se cansó de buscar grillos y se acostó en el colchón conmigo a hacerme compañía.