𝑯𝒂𝒎𝒂𝒓𝒕𝒊𝒂 [Mitake♡]

Sinopsis

𝑯𝒂𝒎𝒂𝒓𝒕𝒊𝒂 (𝒅𝒆𝒍 𝒈𝒓𝒊𝒆𝒈𝒐) 𝒔𝒆 𝒕𝒓𝒂𝒅𝒖𝒄𝒆 𝒄𝒐𝒎𝒐 "𝒆𝒓𝒓𝒐𝒓 𝒕𝒓á𝒈𝒊𝒄𝒐" 𝒐 "𝒑𝒆𝒄𝒂𝒅𝒐". »Con la muerte anunciada a manos de su hijo, Shinichiro decide deshacerse de él antes de que su destino trágico lo alcance. Lo que no imagina es el pecado abominable que nacerá de su decisión.

Genero:
Romance/Fantasy
Autor/a:
Lyl🌸
Estado:
Completado
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Profecía

“El día en que su majestad engendre a un hijo varón, éste terminará dándole muerte una vez crezca y se convierta en adulto”.


Como si se tratara de un mal bucle, las palabras del oráculo se repetían en la mente de Shinichiro una y otra vez. 


Fue a la edad de 20 años cuando se vio obligado a heredar el reino de su difunto padre, y por si fuera poco, entre sus obligaciones, se vio forzado a desposar a un doncel de nombre Takemichi Hanagaki, heredero de un reino vecino, esto con la promesa de crear una alianza. 


La idea lo asqueaba, pues el chico no pasaba de los 15 años. Al igual que él, era un mocoso con una obligación que cumplir. 


Al principio de su matrimonio, Shinichiro no soportó tener cerca o mirar siquiera a Takemichi, pero fue cuestión de tiempo para que terminara cediendo ante la amabilidad del ojiazul. 


Muy para su sorpresa, Takemichi resultó ser un doncel de alma inquebrantable y espíritu amoroso, sumado una inmadura, pero sensual figura.


Esto encantó al azabache hasta el punto de mandar al diablo sus propias reglas y finalmente consumar su matrimonio, tomando a Takemichi por primera vez en medio del gran salón del palacio. 


Después de su primera noche juntos las cosas cambiaron, no sólo el azabache se mostró más cariñoso con Takemichi, también el rubio buscó excusas para estar cerca de Shinichiro.


Pocas fueron las noches donde la pareja durmió más de cuatro horas, pues comerse a besos y devorar sus cuerpos mutuamente era más divertido que cerrar los ojos y caer inconsciente. O al menos así fue hasta que lo inevitable pasó y Takemichi quedó embarazado. 


Cuando se dió a conocer la noticia fueron muchos los que se festejaron por lo alto. El nacimiento de un bebé entre ambos reinos significaba prosperidad y paz. 


Es así, que a unos cuantos días de dar a luz, Shinichiro decidió acudir con el oráculo para saber el destino de su primogénito —como era tradición en su familia—. Mas grande fue su sorpresa al descubrir que el destino de su hijo no sería otro más que asesinarlo. 


Shinichiro era reconocido y admirado por sus súbditos y su reino, por lo que aceptar un futuro tan cruel era impensable. Además, se trataba de su hijo, ¿cómo podría asesinarlo? ¿Acaso había engendrado un monstruo?


El azabache quiso entrar en razón y pasar por alto la maldita profecía, pero el miedo siempre es mayor que la razón y esa no sería la excepción. 


Llegado el día del parto, Shinichiro ordenó a Takeomi, uno de sus más fieles lacayos, dar muerte al bebé. 


El hombre de la cicatriz miró atónito a su rey, no podía creer que el hombre que al que le había jurado lealtad le pidiera tal atrocidad. 


—Majestad, estamos hablando de su hijo —explicó aterrado—. ¿Está seguro de lo que me pide? 


Shinichiro no quiso escuchar razones o cualquier palabra destinada a defender a su primogénito.


—Haz lo que te ordenó. Deshazte de esa criatura sin que nadie lo noté, y cuando Takemichi despierte le dirás que el bebé nació muerto. 


Sabía que su actuar era digno de un tirano y demente, pero su miedo era mayor. Todos temían a algo, y a lo que Shinichiro le aterraba era la idea de morir, más si era a manos de su propio hijo. Así que, ¿por qué no prevenirlo?


Como un fiel sirviente, Takeomi no cuestionó más al moreno y continuó su tarea. Tomó al pequeño en brazos y lo sacó a hurtadillas del castillo rumbo al río más cercano.


Una vez llegó a su destino, Takeomi colocó sobre la superficie del agua al pequeño, logrando despertarlo. El mayor esperó escuchar el llanto desesperado, pero lo único que sus ojos pudieron ver fue la mueca sonriente del bebé. 


—Ni con esa fea cara vas a salvarte —clamó indignado—, pero no lo tomes personal, es mejor de esta forma.


Claro que el pequeño no entendió la situación en la que se encontraba, y lo único que atinó hacer fue a balbucear y soltar un par de quejidos al sentir como la fría agua mojaba poco a poco su cuerpecito.


Takeomi intentó apartar la mirada y hacer oídos sordos a los crecientes sollozos del infante, pero fue inútil.


Derrotado, el hombre de la cicatriz sacó del agua al bebé y lo colocó sobre el pasto. No tomaría su vida, pero le abandonaría a su suerte. Era lo que podía hacer por él.


—Ahora todo depende de ti, pequeño. —Sacó de uno de sus bolsillos una daga con el símbolo de un dragón dibujada en el mango—. Sobrevive y véngate o muere tal como lo desea tu padre.


Takeomi era consciente del tortuoso destino con el que había nacido ese niño, el salvar su vida sólo podía significar alargar más esa condena. Esperaba no equivocarse.


Después de que Takeomi se marchó, fue cuestión de tiempo para que el bebé comenzará a llorar, como cualquier otro demandaba alimento y atención de su madre.


En cualquier otro caso, animales hambrientos habrían acorralado al menor para después devorarlo sin piedad, pero al tratarse de un pequeño con un destino tan trágico fue que contra todo pronóstico encontrado y recogido por un par de pastores que iba de paso.


Se trataba de la joven pareja de Draken y Emma, quienes al ver abandonado al bebé decidieron adoptarlo y criarlo como hijo propio, bajo el nombre de Manjiro Ryuguji.


En el palacio, Takemichi se encontraba desconsolado y con el alma hecha pedazos, pues aunque fuera apenas un joven doncel obligado a vivir una vida de adulto, no pudo evitar amar al ser que en su vientre cargó. Uno que, en palabras de Takeomi, nació sin vida.


El joven doncel pasó días sin alimentarse o dormir, pues cuando lo hacía la imagen de su pequeño muerto calaba en lo más profundo de su ser.


Los rumores llegaron a Shinichiro, pero este en lugar de acercarse a su pareja se mantuvo alejado. Quizá por la culpa de ser él el causante de esa tristeza o tal vez por hastío, decidió apartar al joven rubio de él.


No obstante, aquello sólo fue el comienzo del fin para el azabache. El reino cayó en desgracia, sus aliados le dieron la espalda, sus tierras dejaron de producir y la promesa de una vida pacífica desapareció de la noche a la mañana.


Por todo el reino los rumores acusaban al rey de ser el causante del castigo divino. Cuando esas palabras llegaron a oídos de Shinichiro, ordenó la muerte de los insolentes plebeyos que mancharan su imagen y desafiaran su autoridad. Pasó de ser amado a ser temido y repudiado.


En el palacio las cosas no fueron diferentes. Takemichi dejo de sonreír y un amargo sentimiento se plantó en su pecho. Ni los asuntos del reino o su esposo le interesaron ya.


Aunque aquello molestó a Shinichiro fue incapaz de confrontar a Takemichi, pues aunque deseaba recuperar el cariño del ojiazul la profecía era clara; moriría si un hijo varón nacía.


Los años pasaron con gracia y benevolencia sobre Mikey. Gracias a su padre, Draken, se volvió el joven más fuerte de su pueblo. Era reconocido y admirado por su fuerza y belleza.



Y fue gracias a su talento que captó la atención del comandante de las fuerzas militares del reino de los Sano; Takeomi Akashi.



Manjiro no dudó en tomar la oferta de convertirse en un soldado imperial, no sólo porque era algo en lo que fuera talentoso, sino porque eso significaba que si moría sus padres no pasarían ninguna pena. Porque sí, Mikey conocía la verdad de sus orígenes, lo que le hacía amar y respetar a sus padres como a nadie más. No cualquiera sería capaz de recoger a un bebé desconocido y criarlo como hijo propio.



Antes de marchar, Draken le entregó la daga que estaba a su lado el día que lo encontraron, porque si alguien merecía respuestas ese era Mikey. El menor abrazó a su madre y a su padre, con la promesa de volver una vez obtuviera un gran puesto en el reino.



Una vez llegado al palacio junto con los otros hombres que serían sus compañeros, Mikey no pudo evitar mirar con curiosidad el lugar. El interior del castillo era enorme y mayormente decorado por gran variedad de pinturas y esculturas —que a su parecer— eran de buen gusto.



Sin embargo, su recorrido se detuvo cuando logró vislumbrar una figura que caminaba en su dirección. Era un hombre de finos rasgos, alborotado cabello dorado, piel nívea, y una elegante casaca a tono celeste con bordes dorados. Sin embargo, lo que más llamó la atención de ese desconocido fue la mueca triste plasmada en su rostro.



Negro y azul se encontraron, y pronto una sensación electrizante recorrió el cuerpo de ambos. Las mejillas de Takemichi se tiñeron de carmín y bajó la mirada incapaz de seguir con el juego de miradas del joven guardia. Manjiro sonrió divertido, pero antes de poder hacer más, Takeomi se adelantó y los presentó sin pedirlo.


Manjiro, un nuevo miembro de la guardia real, y Takemichi, el esposo de su majestad, el rey Shinichiro.



De más está decir que ni el descubrimiento fue suficiente para acabar con la curiosidad que el ojiazul le despertó.



Manjiro hizo todo lo posible por sobresalir y ganar el reconocimiento de su superior, cosa que no le fue muy difícil. De esa forma pudo pasar más tiempo en el palacio, resguardando al rey, pero sobre todo a Takemichi.



El doncel, quien ya no era ingenuo, se mostró renuente a dirigirle siquiera la palabra, con los años aprendió que todo el que se acercaba él lo hacía con segundas intenciones. Pero la insistencia y la galantería de Manjiro fue suficiente para de poco en poco terminará perdiendo miedo y confiando en él.



La compañía del menor era cómoda y le brindaba una sensación cálida en el pecho, cómo hace mucho tiempo no sentía. El guardia se mostraba preocupado y siempre que podía intentaba sacarle una sonrisa, aunque claro, esto era un secreto entre ambos.



Por primera vez en años, Takemichi se sintió amado y protegido, y fue cuestión de tiempo para que hiciera uso de su poder y ordenara el nombramiento de Manjiro como su guardia personal. Para este punto ya confiaba ciegamente en él.



La noticia sobresaltó al Akashi, pero al ser una petición de Takemichi no pudo negarse. Después de todo, nunca pedía nada y cumplir tan banal capricho no le dañaría.



A oídos de Shinichiro la noticia llegó, pero poco le importó, con Takemichi apenas y se dirigían la palabra. Aunque si el rey hubiera sabido de la cercanía entre el guardia y su esposo, seguramente habría intervenido.



Manjiro agradeció el descuido y la falta de atención para con Takemichi, porque si el rey no lo amaba, él sí que lo haría. No soporta ver la tristeza reflejada en los bellos zarcos de su majestad, porque aun con una sonrisa en sus labios, él podía ver dolor en el rostro ajeno.



Para muchos, Manjiro podía parecer un idiota amante de los problemas, pero lo que nadie conocía era el lado más oscuro que escondía y aquel que utilizaba para ir por lo que quería.



El joven guardia sabía de la debilidad de Takemichi por verlo herido y aprovechando eso en uno de sus tantos entrenamientos se hizo golpear lo suficiente para despertar la preocupación de su majestad.



Takemichi odiaba ver sangre y moretones en el cuerpo y rostro de Mikey, le provocaba una sensación opresiva en el pecho. Lo quería proteger. ¿Por qué? Ni él mismo lo sabía.



—No deberías excederte —le reprendió severo y continuó limpiando los restos de sangre seca de la cara del chico—. Eres fuerte, pero un día podrías salir lastimado.


Mikey miró embelesado al ojiazul, imaginando como sería probar los labios ajenos. No era tonto, sabía que no debía jugar porque de ser descubierto le cortarían la cabeza.



—Takemicchi tiene unas manos muy suaves. Me hace feliz.



El ojiazul no supo cómo actuar al sentir a Manjiro frotarse contra sus manos, las cuales ardían como si de fuego se tratara, pero era una sensación tan adictiva que le fue imposible resistirse.



La cercanía de Takemichi y Mikey no pasó por alto ante la mirada atenta de Takeomi, y tampoco era algo que le molestara. La verdad era que encajaba en sus planes.



Un golpe de Estado, ese era el propósito que durante años Takeomi ideó. El pueblo y las sirvientes estaban cansados del rey tirano que era Shinichiro, pues tras el “incidente” con su hijo, el azabache perdió el control de sí mismo. Akashi sabía que si quería vencer al rey necesitaba de alguien fuerte y temerario, alguien como Manjiro.



El rubio se mostró desinteresado en un principio, hasta que escuchó la propuesta de Takeomi: “La corona y la mano de Takemichi serán de quien derroque al rey”.



Mikey no ambicionaba poder o pelear contra un hombre tan ruin, pero tampoco podía imaginar a Takemichi como esposo de alguien que no fuera él. Es así que en una fría noche de otoño siguió las órdenes de Takeomi y libró la batalla final contra Shinichiro y algunos de sus soldados a las afueras del castillo.



Hubo muertos por ambos bandos, y aunque la batalla era feroz y sangrienta, Mikey era quien tenía la tarea más importante, porque si quería ser el siguiente en desposar a Takemichi debía ser él quien le diera muerte al rey.



Con ese plan en mente, Manjiro peleó en un duelo a muerte con Shinichiro, el cual de débil no tenía más que la apariencia. La pelea fue tan dura que Mikey creyó perder cuando su rival logró arrebatarle la espada.



—¿Eso es todo lo que tienes? —Interrogó con mofa el azabache y apuntó al pecho del rubio—. Es una lástima, eres tan joven y tan ingenuo.



Como buen villano, Shinichiro se sintió tan confiado de su victoria que descuido a su rival e ignoró la daga que este sacaba de su manga.



En un acto sin piedad y cumpliendo el designio de su nacimiento, Manjiro clavó el puñal en el pecho de Shinichiro y atravesó su corazón, garantizándole la muerte.



La sangre comenzó a manar del pecho del mayor, su vista se oscureció y sin poder detenerse cayó de rodillas al suelo.



Manjiro se dedicó a observar su reflejo, desvanecerse en los ojos de su rival. Ver morir al moreno le traía una sensación de paz difícil de explicar.



Fue irónico, Shinichiro abandonó a su hijo para no morir por su causa, y al final su propio miedo fue el culpable de su muerte.



Cuando la noticia de la muerte del rey se esparció, los festejos entre los pobladores y los rebeldes no se hizo esperar.



Mikey llegó al castillo, el cual ya no estaba custodiado por los guardias de siempre, en su lugar estaban miembros de la rebeldía.



Pasó de largo y encaminó sus pasos hasta la habitación real, y tan pronto como dió un paso en la estancia, su mejilla ardió tras recibir una bofetada de Takemichi.



—Asesinaste a su majestad.



Manjiro acarició su mejilla y miró al ojiazul, aunque esperaba esa reacción, no dejaba de molestarle. ¿Qué acaso no lo quería?



Empero no hubo tiempo para represalias porque los labios de Takemichi se posaron sobre los suyos. Mikey correspondió de inmediato y tomó por la cintura al doncel profundizando más su beso.



Manjiro degustó con placer la boca de Takemichi, y se dedicó a probar con lentitud cada centímetro de la cavidad. Tenía un sabor dulce, tal como lo esperaba.



Pronto sus besos se tornaron más apasionados y demandantes. Mikey ya no podía ni quería contenerse. El menor alzó el cuerpo de Takemichi, haciendo que este enredara las piernas en su cadera, y sin dificultad se encaminó hasta la cama.



Colocó el cuerpo del ojiazul con cuidado sobre el colchón y quitó poco a poco las prendas del rubio, permitiéndose dejar algunas mordidas en los lechosos muslos de su amante.



Una vez desnudo se detuvo a admirarlo. Tenía los ojos entrecerrados, los labios hinchados y rojos y un rubor que cubría sus mejillas, pecho y muslos. Era más bello de lo que esperaba.



Manjiro atacó de nueva cuenta los labios ajenos y mordió ligeramente el labio inferior, lo que hizo a Takemichi jadear sin pudor.



El ojiazul frunció el ceño al notar que era el único sin ropa, así que arrancó la ropa de Manjiro sin importarle hacerla añicos.



El hilo de razón que mantenía cuerdo a Takemichi desapareció tan pronto como tuvo el cuerpo desnudo de Mikey frente a él. Era tan perfecto y atractivo que no podría imaginar era su entrada al infierno.



La mente de Manjiro estaba nublado en deseo, ya sólo era consciente de como su ser y su virilidad clamaban por fundirse en el interior del ojiazul.



Jugueteó con descaro alrededor de la rosada y húmeda entrada del doncel, para después hundir uno de sus dedos, dos y finalmente tres de sus falanges, incrementando la velocidad de sus movimientos y simulando pequeñas embestidas que arrancaron gemidos de la boca de Takemichi. Eso fue suficiente para calentar a Mikey, quien no esperó más y se coló en medio de las piernas del ojiazul.



Lo miró con lujuria y alineó su miembro a la palpitante entrada del ojiazul. Takemichi se frotó inconsciente al sentir el glande de Manjiro a punto de invadir su entrada.



—Sé paciente, Takemicchi. Voy a darte lo que te gusta.



Como un afrodisíaco, la voz de Manjiro aumentó la lascivia en el ojiazul, quien lo único que deseaba para ese momento era ser penetrado por el menor.



—¡Ha-hazlo ya! —Ordenó con lujuria, alzando más sus caderas. Mikey sonrió complacido de ver a Takemichi tan necesitado de él.



Tomó las caderas del doncel y entró de una estocada, arrancando un sonoro gemido del rubio.



Manjiro entraba y salía del interior de Takemichi con violencia, contrario a la ternura de los besos que plantaba en los labios ajenos. Pronto sólo gemidos y sonidos de pieles chocar sonaron como melodía por todo la habitación.



El menor apretó las caderas del azabache, sin percatarse de como sus dedos quedaban marcados sobre la nívea piel, provocando que las uñas del doncel se clavaran en su espalda. Después de unos minutos, Mikey bajó la velocidad de sus estocadas y aumentó la profundidad.



Takemichi sintió su interior colapsar al sentir lo profundo que llegaba en él y un cosquilleo apareció en su bajo vientre. Mikey sintió como su miembro comenzaba a ser apretado por las paredes de Takemichi, ambos estaban a punto de terminar.



Tomó el miembro de Takemichi y movió su mano de arriba hacia abajo, sin bajar la intensidad de las penetraciones y con los gemidos de Takemichi pidiéndole no parar. Pronto el líquido blanquecino del ojiazul escurrió por la mano de Manjiro, y este dió un par de estocadas más y terminó en el interior de su querido Takemichi.



Durante unos instantes se quedaron en silencio, mirándose con ternura e intentando normalizar sus respiraciones.



Cuando Mikey saco su flácido miembro del interior de Takemichi una sonrisa juguetona se dibujó en su rostro al ver su semen resbalar del interior del ojiazul y mojar el interior de sus muslos.



Takemichi era completamente suyo.





Como era de esperarse, el pueblo aceptó a Manjiro como rey, se sentían aliviados de que un joven valiente hubiera acabado con la pesadilla que había sido Shinichiro.



Lo que vino después pareció ser la calma después de la tormenta. Los reinos vecinos aceptaban al nuevo rey, las cosechas eran las mejores en años y la paz volvía a ser una realidad.


Pero de todo aquello, a Manjiro lo único que le hacía feliz era saber que sus padres podrían vivir sin preocupaciones y con la vida que merecían. Además, ahora su vida estaba completa, Takemichi oficialmente era su esposo y dentro de pocos meses nacería su primer hijo.


Sin embargo, las historias que empiezan mal terminan mal, y eso lo aprendería Mikey cuando, en una de sus reuniones con Taqueo, este encontrará la daga que años atrás abandonó al lado del hijo de Shinichiro.



—¿Dónde conseguiste eso? 



—Ah, es un regalo de mis padres —respondió restándole importancia—. Oh, ¿no te lo he dicho? Me abandonaron cuando nací. 



Los pies de Takeomi temblaron, mientras que una capa de sudor frío empañó su cuerpo. En el reino sólo una familia tenía el derecho de portar el emblema del dragón negro, y si Mikey era aquel bebé, eso significaba que…



Takeomi sintió náuseas. ¿Cómo podría explicar su crimen? No había justificación, por su culpa Takemichi y Manjiro habían cometido el peor de los pecados.



—Tú no puedes ser. ¡Esto es una abominación!



Manjiro miró sin comprender al Akashi, a sus ojos se veía como un demente.



—¿Qué dices? 



—Fui yo quien te abandonó —soltó lleno de culpa—. El hombre que te dejó en ese río fui yo. Shinichiro me lo ordenó, quería que matará a su hijo, pero no pude… Yo no pude matarte, Mikey, así que te abandoné en ese lugar sólo con esta daga. 



Mikey miró aterrado a Takeomi, quien suplicaba de rodillas. En cualquier otra situación hubiera reído o insultado al sirviente por el atrevimiento de su broma, pero de alguna forma todo parecía encajar, y eso era una amarga realidad; había asesinado a su padre, y lo que era peor…



—Perdóname, por favor. 



Lastimeros sollozos fueron suficientes para detener el puño con el que Manjiro estaba dispuesto a cerrarle la boca a Takeomi.



La mirada de Mikey se tornó horrorizada al ver que no era otro que Takemichi, quien, queriendo sorprender a su esposo, se escondió detrás de la puerta. Bastaba ver su mueca horrorizada para saber que conocía la verdad.



El doncel huyó despavorido e hizo oídos sordos a los gritos de Maneiro.



Quería arrancarse las entrañas con sus propias manos, pero ni eso podría remediar la abominación que había cometido, porque Banámichi entregó su vida, su amor y su devoción a un sólo hombre, uno que resultó ser su hijo.



Decidido estaba para terminar su sufrimiento y pagar su castigo, así que corrió hasta su habitación y tomó una cuchilla de las que usaba Mikey para afeitarse. 



—¿Qué intentas hacer? 



Manjiro arrebató la cuchilla de la mano de Takemichi antes de que pudiera hacerse daño.



—¿Qué no te das cuenta de lo que hicimos? —El lamento de Takemichi era fuerte, y sus gritos desgarradores—. Tú y yo… Nosotros no debimos.

Manjiro, yo soy…



—¡Cállate! No digas ni una palabra más, Takemicchi. —Enterró el rostro de Takemichi en su pecho—. Yo soy tu esposo y tú eres mi reina. 



Las lágrimas de Takemichi mojaron la ropa de Mikey, pero a este ni cuenta se dió. Después de todo, tampoco era capaz de notar su propio llanto. 



Era un pecador, un malnacido que amaba y deseaba al hombre que le dió la vida. Estaban condenados al peor de los castigos, mas estaba dispuesto a aceptarlo, porque Takemichi era suyo.



Se desharía de Takeomi, era el único que conocía la verdad. No perdería a su Takemichi.



—Si tú mueres entonces tendrás que cavar dos tumbas porque yo te seguiré al infierno, Takemicchi.



Al final sólo el remordimiento quedaría, y del peso de su pecado dos salidas encontrarían: vivir con la culpa o la muerte. 



Porque aunque fueran la historia trágica de un amor que no debió ser, el hecho era que sus destinos eran uno mismo.