Mi Otra Mitad por Alpha Shura Yasha en Inkitt
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Mi otra mitad

Sinopsis

Los personajes le pertenecen al gran Eiichiro Oda-sensei. AU. Mafia Si quieres saber más, entra y descúbrelo.

Estado:
Completado
Capítulos:
11
Rating
n/a
Clasificación por edades:
13+

Primero

En la mitología griega, se cuenta que el ser humano tenía dos cabezas, cuatro brazos y cuatro piernas, pero Zeus, al ver el poder que tenían en esa forma, decidió separarlos para debilitarlos, así comenzando una búsqueda infinita de su otra mitad para volver a sentirse completos. Eso vemos hoy en día, a las personas en búsqueda de su otra mitad, guiados por la marca de nacimiento que lleva cada persona en su pecho, una marca única dividida a la mitad, a la espera de encontrar a la persona que completara esa forma.


Este es el caso de Portgas D. Ace, un joven policía con media corona en su pecho, el lado izquierdo, para ser más concretos. Cada mañana, veía esa marca que se burlaba de él al no estar completa, una corona roja como el fuego, apenas visible. Así era siempre, desde las mañanas que se vestía para ir al trabajo hasta las noches que se bañaba. Hace un tiempo que dejó de seguir en esa búsqueda, ya que pensaba que su otra mitad estaba muerta o había encontrado a alguien que llenara ese vacío que estaba dispuesto a tapar. Suspiró desde el lado del copiloto del coche patrulla en el que estaba, mirando por la ventana a las diferentes parejas, también a algunos solitarios.


—¿Otra vez pensando en eso? —le cuestionó su compañero desde el asiento del piloto sin despegar la mirada de la carretera.


—Marco, sabes que no puedo evitarlo —miró a su compañero rubio, que tenía su clásica expresión aburrida.


—Tienes 20 años, no debes preocuparte, si tú no la encuentras, ella te encontrara a ti —intentó animar.


—Es él —corrigió, ganándose momentáneamente una mirada extrañada. —Sé que es un chico —afirmó con total seguridad, mirando al frente.


—Bueno, al menos sabes algo —aceptó lo dicho, no perdiendo el rumbo.


No volvieron a tocar el tema y siguieron con la patrulla de las calles.


(...)


Llevaban alrededor de una hora, todo estaba normal, hasta que al ver en la dirección de un parque con bastantes árboles, pudieron ver a un hombre corpulento con barba negra seguir a un adolescente de más o menos 16 años. Aparcaron y vieron como el hombre sujetaba al niño por el hombro, haciéndolo retroceder y caer. Le sujetó del cuello de la camisa, rompiendo algunos botones en el proceso. Antes de poder salir, vieron como el chico daba un certero golpe a la mandíbula del tío, haciendo que le soltara, seguido de una poderosa patada en el estómago que lo dejó tirado en el suelo. Ambos policías vieron esto con asombro antes de entrar en razón y acercarse a ver el estado del chico.


—¿Te encuentras bien? —preguntó Marco al joven pelinegro mientras Ace le ponía unas esposas al que seguía en el suelo.


—Sí, ese tipo lleva siguiéndome un par de semanas, no es la primera vez —limpió con su antebrazo un poco de polvo de su mejilla.


—¿Semanas? ¿Por qué no lo denunciaste? —se extrañó el pecoso después de terminar de atar al hombre, dirigiendo su vista al menor.


—Es un Oyabun de la yakuza, no hubiera servido —restó importancia, elevando los hombros desinteresado.


Se miró la camiseta ahora con los tres primeros botones rotos y completamente arrugada.


—Con su permiso —pronunció antes de quitarse los botones que faltaban y dejar su pecho al descubierto.


Ambos policías se quedaron en blanco al ver la media corona roja, el lado derecho.


—Y... ¿para qué te quería un Oyabun de la yakuza —consiguió encontrar su voz el policía pelinegro.


—Para meterme en su red de prostitución, se ve que se cansó de que le diera negativas —suspiró pesadamente.


—Con esa información este tipo no saldrá de la cárcel nunca —aseguró el rubio. —¿Podríamos contar contigo para declarar contra él? —se dirigió al menor.


—No lo sé, mi hermano es quien se encarga de mí, yo aún soy menor —se sinceró.


—¿Puedes llamarlo para que podamos hablar con él? —volvió a tomar la palabra el mismo policía.


—Claro, un momento —sacó su móvil de su bolsillo y tras algunos movimientos de su dedo, el altavoz fue puesto y los tonos sonaron.


No pasaron ni tres tonos cuando la voz del otro lado se hizo escuchar.


—¿Luffy? ¿Ocurrió algo? —sonaba preocupado.


—Sabo, Kurohige intentó pasarse, pero unos policías aparecieron y me ayudaron —explicó saltándose algunas cosas.


—Menos mal, ¿sigues con ellos? —sonó más tranquilo.


—Sí, estás en altavoz —miró a ambos adultos.


—Quítalo y pásame con ellos —pidió con voz amable.


El conocido ahora como Luffy hizo lo pedido y le entregó su móvil a Marco, quien lo cogió con una inclinación de cabeza.


—Al habla el teniente Marco —pronunció con el aparato ya en su oreja.


—Teniente, supongo que mi hermano tendrá que testificar —sonó más serio que antes.


—Efectivamente, por eso pedí que le llamara —fue educado ante todo.


—¿A qué comisaría lo lleva? —preguntó.


—A la comisaría 66 —anunció, viendo como ambos pelinegros entablaban una conversación.


—Estaré allí en 15 minutos, hasta que yo llegue no habléis con mi hermano —fue lo último que dijo antes de colgar.


Marco miró el móvil extrañado por el tono dado.


(Mientras, con Ace y Luffy)


—Perdona que pregunte esto, pero... —comenzó a decir con tono nervioso el policía. —¿Estás buscando a tu otra mitad? —se le hizo imposible no preguntar.


—Sí y no —contestó sin problema. —Sabo me dijo que no tenía por qué tener prisa, pero yo quiero encontrarlo, aunque no sé que diga de que tengo solo 17, puede que se decepcione —agachó la mirada con pena.


Antes de poder decir o hacer nada, Marco interrumpió entregándole el móvil a su dueño, quien lo guardó en su sitio.


—Tu hermano dice que estará en nuestra comisaría en 15 minutos, por mientras, acompáñanos hasta allí para poder esperarlo —habló el teniente.


—De acuerdo —aceptó sin problema, dando una amplia sonrisa.


—Maldito Mugiwara —se escuchó por parte del hombre que seguía en el suelo.


—Lo siento, Kurohige, tú solo te lo buscaste —rio ante la miseria del mencionado.


Los policías llevaron a ambos al coche, Ace sentándose detrás con el prisionero y Luffy en el copiloto. Emprendieron el camino en un ameno silencio.


—¡Ah! Se me olvidaba, tengo que llamar a Nami —volvió a sacar su teléfono y marcó el número. —Nami, no puedo ir —unos segundos de silencio. —Oye, que no es mi culpa —otro silencio más corto. —Tengo que ir a la comisaría, Sabo va conmigo —un grito femenino se escuchó del móvil, pero no se entendió bien lo que decía. —Sí, él —un suspiró bastante fuerte se dejó oír. —Escucha, dile a Zoro que posponga el mío hasta mañana a más tardar, que Sanji no lo mate, a Usopp y Chopper que no se preocupen, a Brook que se prepare ya que quiero una buena canción cuando vaya, a Franky que lo tenga todo listo, a Robin dale saludos y a Jinbei que apunte toda la información posible —ambos policías se extrañaron por todo lo dicho. —Y no hagas nada precipitado, te conozco —acusó con diversión. —Vale, hasta pronto —colgó tras escuchar la despedida de la chica. —Siento esto, pero mis amigos se preocupan de más —sonrió hacia el rubio a su lado, provocando grandes celos en el Portgas.


—No es problema —restó importancia.


El resto del camino fue silencio.


Llegaron en 10 minutos a la comisaría, la cual tenía una fachada blanca y azul claro. Entraron y Marco llevó al prisionero al calabozo mientras Ace acompañaba al menor a su mesa para ambos tomar asiento.


—Me llamo Ace, me quedaré aquí contigo hasta que tu hermano llegue —se presentó una vez ambos sentados.


—Está bien —sonrió de manera amplia, comenzando a jugar con sus pies por el aburrimiento.


El teniente volvió y pocos minutos después un rubio de vestimenta elegante entró en busca de su hermano, que en cuanto lo vio, salió corriendo en su dirección.


—¡Sabo! —gritó con ilusión, abrazando al rubio de pelo ondulado.


—Luffy, menos mal que estás bien —apretó el abrazo en el que tenía a su hermano.


Cuando terminaron de abrazarse, Luffy lo guió hasta donde estaban los policías que lo habían llevado.


—Buenas tardes, soy el teniente Marco, hablamos por teléfono —le estrechó la mano el otro rubio.


—Soy el agente Ace, encantado —estrechó también su mano el pecoso tras levantarse.


—Sabo, un gusto —aceptó ambos saludos sin soltar el otro brazo de la cintura de su hermano. —¿Podrían decirme lo que pasó? —pidió con educación.


—Tome asiento —señaló Marco ambas sillas al frente del mueble, sentándose en la que había al lado de su compañero.


Fue el teniente quien contó lo que vieron, tanto desde el momento en el que vieron al chico ser seguido hasta que este le dio una paliza a Kurohige.


—Luffy, nos vas a meter en un problema —le susurró a su hermano, aunque los otros dos lo lograron escuchar, pero no dijeron nada. —Gracias por detenerlo, llevaba tiempo detrás de mi hermano y ya no sabíamos que hacer para mantenerlo alejado —se dirigió esta vez a ambos chicos delante de él.


—Ese es nuestro trabajo —habló Ace con una ligera sonrisa.


—Nos gustaría que nos dieran los detalles para tener más pruebas contra él, a parte de que es un Oyabun de la yakuza —continuó el rubio.


—Claro, sin problema —aceptó el mayor de los hermanos.


Los mayores se pusieron a hablar, mientras el pelinegro menor acabó por dormirse en el pecho de su hermano.


—¿Ya estaría todo? —inquirió con suavidad el de traje elegante, acunando a su hermano en sus brazos.


—Sí, con eso es más que suficiente para que el juez le dé cadena perpetua —afirmó el otro rubio, terminando de escribir.


—Entonces, con vuestro permiso, nos retiramos —tomó al menor en brazos al estilo nupcial y tras una inclinación de cabeza se retiró.


Los vieron irse antes de que Ace suspirara con fuerza, dejando caer la cabeza contra la mesa.


—Es él, ese chico es mi otra mitad —habló sin levantar la cabeza de su posición.


—Sí, eso parece, te dije que lo encontrarías —miró a su compañero que parecía haber entrado en depresión.


—Pero no creo que su hermano me deje acercarme a él, teniendo en cuenta que aún es joven —maldijo a aquel rubio.


—Bueno, es un precio a pagar —restó importancia. —Oye, esta noche hay un combate en uno de los barrios bajos, ¿quiéres ir? —cuestionó.


—¿Esos combates no son ilegales? —giró la cabeza en dirección al otro policía.


—Lo eran, el estado ha visto que es imposible desmantelarlos y los ha vuelto legales, pero con un límite en las apuestas, claro está —contó con aburrimiento. —Según lo que me dijeron, esta noche hay un nuevo luchador —intentó sonar tentador.


—Bueno, no estaría mal —se enderezó por fin en su sitio.


—Genial, no queda mucho para que empiece, y nosotros ya hemos terminado —miró su reloj de muñeca viendo la hora.


—Será mejor cambiarnos, no creo que les haga gracia ver a dos policías por ahí —rio divertido.


—Tienes razón, en media hora paso a recogerte —se levantó de su sitio y salió del lugar despidiéndose con la mano.


Ace no tardó en seguirle los pasos.


(...)


Ya estaban de camino al lugar, el cual era una nave abandonada arreglada para estos encuentros. Esperaron en la cola y tras pagar el pase entraron, viendo que el ring era un gran espacio en el suelo mientras las gradas para ver se elevababan desde los lados, con algunas cabinas para los VIP. A los lados había dos puertas, para que los luchadores entraran y salieran. Subieron por las gradas y se sentaron en la octava fila, ni muy lejos para no ver ni muy cerca para mancharse. No pasó mucho para que el anunciador comenzara a hablar.


—¡Damas y caballeros! ¡Sean bienvenidos a la lucha de las estrellas! ¡Organizado por nuestro patrocinador, Donquixote Doflamingo! —en la pantalla que había en el centro del techo apareció la imagen del mencionado, luego siendo sustituida por la inscripción del dibujo de una estrella. —¡Siento dar malas noticias, pero el novato que iba a debutar a pedido un aplazamiento de su combate para mañana! —se escucharon protestas por la mayoría del público. —¡Pero, en su lugar, hoy tendremos el combate de el gran Eustass "Capitán" Kidd, contra uno de los favoritos, Basil Hawkins! —el público estalló en euforia por ese anuncio, abriéndose las puertas para dejar pasar a los luchadores.


Por el lado derecho entró un enorme pelirrojo con un gran abrigo en sus hombros. Por el izquierdo, un rubio con tatuajes extraños, una capa y una espada también entró.


—¡Hagan sus apuestas! —pasó una chica entre el público con una caja colgando del cuello para el dinero.


—¿Vas a apostar? —curioseó el pelinegro.


—No, no pienso desperdiciar mi dinero hasta que no vea algo interesante —sentenció con aburrimiento.


El contrario concordó, por lo que, cuando la chica pasó por su zona, ambos se negaron.


Una vez hechas las apuestas, una campana sonó anunciando el inicio del combate. Golpes y patadas eran bloqueados por la espada y una pulsera de metal que el pelirrojo llevaba. El público estaba eufórico por el gran combate, y los dos policías no tardaron en contagiarse y gritar también.


El combate acabó con la victoria del pelirrojo tras una gran paliza al otro, su risa resonando aunque hubiera gritos de odio y felicidad por igual contra él. Salieron del lugar mientras reían.


—Mañana viene el novato, deberíamos venir a verlo —propuso el pelinegro con ilusión.


—Tienes razón, estaría divertido —aceptó sin problema.


Fueron al coche y volvieron cada uno a su casa.

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