Capítulo 1: Mi felicidad a tu lado
Un aroma dulce lo obliga a bajar los papeles que ha estado revisando desde hace unas horas al reloj que se encuentra junto a él, las ocho de la mañana marca este, y suspira. A su izquierda los rayos del sol comienzan a atravesar el cristal de la ventana, pero su atención en esos momentos, a diferencia de otras veces, no se centra en esa calidez que pudiera reconfortarlo de cierta manera, sino en el primer cajón de aquel escritorio el cual abre. Dentro hay una caja larga color negra. Sin dudarlo la toma y levanta la tapa para mirar su contenido. Un pequeño y plateado Pegaso con alas extendidas pareciera estar listo para levantar el vuelo, e inevitablemente hace una mueca. Si por él fuera, hubiera escogido algo más delicado para adornar el cuello de su hija, algo que de seguro no le gustaría y que no se pondría más que para ocasiones “especiales”.
Él sabe que tiene la culpa de que a su "pequeña" le guste ese tipo de cosas: la mitología, las criaturas fantásticas que aparecen en esta, pero sobre todo, las historias donde los dioses hacen su aparición. Si, él tiene la culpa, pero no es como si hubiera podido evitarlo, de cierta manera quería que sus hijos supieran de él, de ellos ¿y que mejor forma que disfrazar su historia en cuentos para niños?
Gracias a los dioses, Zero no había intervenido para que dejara de hacerlo, gracias a los dioses él entendía esa necesidad de que sus hijos supieran indirectamente de su vida, de esa vida que dejó en el olvido por la simple y sencilla razón de haberse enamorado como un loco de él, de su ahora compañero de vida, de su ahora esposo, ”la madre” de sus hijos y el dueño de su corazón.
¿Cuantos años de eso?
¿Dos?, ¿cuatro?, ¿cinco?
No. La verdad es qué ya habían pasado muchos años, sin embargo, él tenía la sensación de que apenas había pasado un par de días, un par de años.
¿Su mente quería borrar esos primeros años?
Lo más seguro, pues esos primeros años fueron una total locura, un completo caos. Si escarbaba en su mente, esas noches dónde su único objetivo era el huir y esconderse le causaban los mismos escalofríos, el mismo terror que en ese entonces.
Y es que, el ser perseguidos por esos malditos vampiros no fue algo que ellos pensaran, sucedería. Pero sucedió. Por años, ellos fueron perseguidos por esas bestias sedientas de sangre con el principal objetivo de tomar la cabeza de Zero Kiryuu, del único cazador hasta ese momento, en terminar con la vida de dos sangre pura, y que por querer tener una vida normal junto a él, renunció a la protección del único que metería las manos al fuego por su seguridad: el presidente de la asociación de cazadores.
Si, esos primeros años fueron un completo caos, dónde la sola idea de regresar al santuario quemaba día y noche sus pensamientos. Si ellos estuvieran ahí, esos vampiros no seguirían apareciendo. Si ellos estuvieran ahí…
Pero no podía regresar, si regresaba su vida volvería a estar encadenada a la muerte, a las luchas, y él en esos momentos tenía un motivo importante para no regresar a aquello.
Y su motivo importante, ese día cumplía dieciséis años. Su pequeña, que para nada era ya su niña, su bebé, sino esa señorita que no tardaría en levantar suspiros por donde pasara.
Sin darse cuenta todo aquello había quedado en el pasado. El huir, el esconderse para que no encontraran a Zero, para que no lo encontrara a él… porque quisiera o no, también lo estaban buscando a él, no con el mismo objetivo que con Zero, pero si para dar explicaciones. Explicaciones que de nada servirían pues aquel en su búsqueda, jamás lo entendería. No cuando esa ultima vez que lo vio le dijo algo que bien pudo alentarlo a saber lo que en su tiempo sintió por él. ¿Si no, por qué otra razón lo buscó por tanto tiempo?
Esos días de terror pronto se convirtieron en simples pesadillas. De un momento a otro los vampiros dejaron de aparecer, de un momento a otro ellos comenzaron a tener una vida normal.
De un momento a otro dejaron de ser solo tres para convertirse en cuatro.
Por fin todo había quedado en el pasado, por fin, él y Zero podían vivir una vida de completa paz, de completa tranquilidad con la única preocupación de criar y educar a dos niños que se habían convertido en su razón de ser.
De repente los años cayeron sobre de él de forma brutal. Cierra los ojos y la caja al mismo tiempo. Todo a su alrededor es completo silencio y aquel aroma dulce poco a poco comienza a llenar el espacio, incitándolo a seguirlo, incitándolo a salir de aquella burbuja de recuerdos y pensamientos.
El aroma dulce lo golpea con más fuerza en cuanto sale de su despacho haciendo que una pequeña sonrisa aparezca en sus labios.
Y en cuanto llega a la cocina lo ve abriendo el horno, pero su querido esposo no voltea a verlo, su atención en ese momento se encuentra en aquel pan que pronto se convertirá en un delicioso pastel por el cual se despertó desde temprano y que en esos momentos pasa, con sumo cuidado, a una base giratoria para comenzar a colocar el betún blanco que lo adornará.
—Despertamos con ganas de cocinar ¿eh?
Zero voltea a verlo y una sonrisa aparecen en sus labios.
—Aunque no las tuviera, Kyoko tiene toda la semana pidiéndome un pastel de fresas —dice encogiéndose de hombros y regresando la mirada al pastel que está preparando.
—¿Ah, si? ¿y eso?
El trayecto de la manga pastelera hacia el pastel sobre la base giratoria se detiene de golpe, y Zero vuelve a levantar la mirada hacia Milo, su ahora esposo.
—No se te olvidó ¿verdad?
Milo sonríe y comienza a caminar hacia Zero.
—Si hablas de que hoy me toca llevar a Kyoko a sus clases de baile, no, no se me olvidó. Pedí permiso en la universidad para salir temprano, así que no tienes de que preocuparte.
Pero Zero frunce el ceño y Milo baja la mirada mientras sonríe y mueve la cabeza de un lado a otro. Acorta la distancia todavía más y pasa sus brazos por la cintura de Zero. Su boca baja hacia la suya y sus labios rozan ligeramente los contrarios mientras que sus miradas se encuentran.
—Pero si hablas de… —sus labios pronto incitan los contrarios a abrirse y comenzar así aquel baile que tanto le gusta a ambos.
—¡Papá! —grita una voz detrás de ellos obligándolos a separarse. Milo voltea a ver a la responsable de aquella intromisión, pero todavía con uno de sus brazos rodeando la cintura de su esposo.
—Pero mira a quien tenemos aquí —dice volteando a ver a Zero— ¿Me perdí de algo, o por qué Kyoko se despertó sin necesidad de ir a hablarle?
—¡Papá! —reprocha Kyoko con un puchero de labios y cruzándose de brazos— se te olvido ¿verdad?
Milo vuelve a negar con la cabeza al mismo tiempo que se separa de Zero y camina hacía su hija.
—¿Realmente crees que se me olvidaría? Por supuesto que no. A las cuatro y media paso por ti, así que espero estés lista.
—Pa… —Kyoko ya no puede decir nada, no cuando una caja negra es puesta frente a ella. Confundida levanta la mirada hacia Milo.
—Feliz cumpleaños —menciona Milo con una radiante sonrisa la cual Kyoko devuelve para después abrazarlo con fuerzas.
—¡Gracias!
—¡Me vas a romper los huesos! —se queja Milo, pero Kyoko ignora lo dicho y sigue apretando con más fuerza de la necesaria a su padre.
—¿Puedo abrirlo? —pregunta cuando se separa de él.
—Por supuesto que si, es tuyo.
Kyoko abre la caja. Sus ojos se iluminan y con cuidado saca aquel fino collar con un caballo alado adornándolo.
—Es bonito —dice levantando la mirada del regalo a su padre— ¿me lo pones?
Milo asiente y se acerca a su hija para colocar aquel collar que mandó a hacer especialmente para ella.
—Iré a cambiarme.
—Despierta a Ren de paso —pide Zero mientras observa como su hija echa a correr hacia las escaleras—. Pensé que lo habías olvidado —dice después de que Kyoko ha desaparecido de su vista.
—¿Cómo olvidaría una fecha tan importante? —pregunta Milo volteando a ver a Zero—. Hoy hace dieciséis años me hiciste el hombre más feliz del mundo.
—¿En serio?
Milo suspira mientras regresa con Zero, lo toma de las mejillas y une sus labios a los de él.
—¿Por qué a pesar de tanto tiempo lo sigues dudando?
No es que lo dude, Milo en más de una ocasión le ha demostrado ese amor que en un pasado ahora lejano le profesó con hechos y palabras, es solo que…
—Creí que huirías —dice Zero con un ligero sonrojo en las mejillas— después de todo no es como si fuera muy normal que un hombre pueda concebir.
—¿Es enserio?, después de todo lo que tu y yo hemos vivido ¿crees que me asustaría con algo como eso? Por supuesto que no, al contrario, no puedo estar más agradecido con la vida de que me pusieran en tu camino. Nuestros hijos son un plus.
Milo sonríe, Zero sonríe y como si todo a su alrededor hubiera desaparecido de repente, ambos se acercan y comienzan a besarse nuevamente.
—Papi, quiero pastel —menciona una pequeña voz que los obliga a separarse de nuevo, sin embargo antes de que lo hagan en su totalidad se regalan una ultima mirada llena de amor y ternura.
—El pastel es para al rato —menciona Zero volteando a ver a Ren, su hijo de apenas seis años—. Ahora siéntate a desayunar que no queremos que se te haga tarde como ayer ¿verdad?
—No, no queremos. La maestra da miedo cuando se enoja.
—Entonces no hagamos enojar a la maestra —menciona Milo que comienza a caminar de regreso a su despacho, no sin antes colocar su mano sobre la pequeña cabeza y alborotar los cabellos plateados de su hijo.
—¿No iremos en la moto? —pregunta Kyoko, que ya lista para un día de escuela y clases curriculares observa como Milo abre la puerta del conductor del automóvil frente a ella.
—¿Quieres que tu papá me mate? —responde con una cara de genuino horror.
—Pero siempre la usas cuando me llevas… —de repente calla ante la expresión de su padre y los movimientos que hace con las manos—. Está detrás de mi ¿verdad? —Kyoko comienza a girarse y su rostro se transforma en un reflejo idéntico al de su padre.
—Tu y yo hablaremos seriamente esta noche —dice Zero que le regala una mirada fulminante a su esposo— Se me ha hecho tarde, ¿te molesta llevar también a Ren al jardín de niños?
Milo que no sabe que decir simplemente niega. Zero suspira para después acuclillarse a la altura de Ren que con mochila al hombro y una lonchera fuertemente sujeta entre sus dos manitas, pasa su mirada de Milo a Zero.
—Nos vemos en la tarde ¿si?
El pequeño Ren asiente, le regala un beso en la mejilla a su papi y se encamina al auto donde Kyoko ya a ocupado el asiento del copiloto.
—¿Me perdonas? —pregunta Milo titubeante mientras se acerca a Zero para enseguida tomar sus manos.
—Sabes que no me gusta que uses la moto cuando estás con ellos.
—Lo sé, pero ¿dime como le digo que no a mi princesa si siempre me pone esa misma cara que tu haces cuando quieres que te abrace?
Zero suspira.
—Hablamos en la noche.
—¿Vas a estar enojado conmigo?
Zero sacude la cabeza para después suspirar nuevamente y levantar los brazos que coloca alrededor del cuello de Milo.
—Ten un buen día— dice antes de unir sus labios a los de Milo.
—¡Feliz cumpleaños Kyoko!— menciona una voz a su espalda. Kyoko sonríe al ver de quien se trata. Su mejor amiga, una chica que llegó hace un año de intercambio a su escuela y que pese a tener poco tiempo de conocerse ya la considera como esa hermana que le gustaría haber tenido.
—Ai —dice levantándose de su lugar y abrazando a la chica del cuello.
—¡Me vas a romper los huesos!
Kyoko comienza a reír y Ai frunce el ceño cuando Kyoko se separa de ella.
—Lo siento, pero eso precisamente dijo mi padre cuando lo abracé esta mañana. Por cierto, mira, es el regalo que me dio. Pensé que se había olvidado, pero resulta que no.
La chica frente a ella comienza a reír por debajo, cubriendo su boca con el dorso de la mano.
—Volví a hablar de más, ¿verdad?
—No, ¿cómo crees?
Kyoko se sonroja, sin embargo agradece que Ai no lo note, pues en ese momento tienen que tomar asientos en cuanto entra su profesor de física al salón de clases.
—¿Lista para la presentación de este fin de semana? —pregunta Ai antes de llevar un trozo del almuerzo que le han enviado ese día.
—Nooo. Estoy nerviosa. Es la primera vez que mis padres irán a verme. Siempre ha sido solo uno el que va, pero este año irán los dos. ¡Los dos! ¿Qué tal si se me olvida la coreografía? ¿Qué tal si me doblo el tobillo? ¿Qué tal si…?
—Kyoko —la interrumpe Ai— lo harás bien.
Kyoko suspira y voltea a verla.
— ¿Iras a verme, verdad? —Ai asiente despacio— ¿y me presentaras a tus padres?
—No lo creo, los negocios que mi padre tiene en esta ciudad le absorben mucho tiempo, y mi mamá… —Ai suspira— lo más seguro es que vaya sola.
—No importa — menciona Kyoko tomándola de los hombros y girándola para que la vea a los ojos— Mientras tu vayas, eso me basta.
Ai sonríe, aunque eso no disminuye aquella punzada que se ha instalado en su pecho.
Las clases terminan para ambas jóvenes y mientras una de ellas asiste a la academia de baile en compañía de su padre que roba miradas en cuanto sale del auto, la otra llega a una mansión fría y desolada donde la única que la recibe es una vampiresa de cabellos lila.
—¿Mi mamá? —pregunta ala vez que le extiende su mochila para que la sujete.
—En su habitación, Ai-sama.
Ai suspira, asiente y se encamina a saludar a su madre. Como todos los días la encuentra en la ventana, mirando el exterior, pero a diferencia de veces anteriores la vampiresa voltea a verla con una radiante sonrisa para después extender sus brazos para que su hija valla a ella.
—¿Cómo te fue en la escuela?— pregunta Yuuki mientras se sienta en la orilla de la cama y comienza a acariciar el cabello de su hija.
—Bien —responde titubeante y desconcertada ¿Qué ocurrió para que su madre esté de aquella manera?—. ¿Sabes? Este fin de semana una amiga tendrá una presentación de baile en el teatro que se encuentra en el centro de la ciudad, y me preguntaba si quisieras acompañarme a verla.
—Por supuesto que te acompaño —responde Yuuki estrechando más a su hija— es más, ¿por qué no la invitas a la casa para conocerla?
Los ojos de Ai se abren con sorpresa, ¿invitar a un humano a casa de vampiros?
—No creo que a papá le guste la idea.
—No te preocupes por tu padre, yo lo convenzo para que no diga nada.
—¿En… serio? —pregunta Ai separándose de su madre y mirándola con ojos muy abiertos.
Yuuki responde con un asentimiento de cabeza y una sonrisa en sus labios
—Genial, mañana le diré a Kyoko para que me diga cuando puede venir —después abraza a Yuuki con fuerza—. ¡Gracias mamá!
—Tu y yo tenemos una platica pendiente —menciona Zero que saliendo del baño seca su cabello con una toalla. Milo que ha llevado algo de trabajo a la cama, baja los papeles que revisa para centrar toda su atención en su esposo.
—Pensé que me habías perdonado.
—Una cosa es que ya no quisiera seguir con aquello en la mañana , y otra que se me olvide así de fácil. Milo —dice cruzándose de brazos— sabes que odio que subas a los niños en esa moto. Si tienen un accidente…
Milo levanta una ceja como preguntándole en silencio ¿es en serio? haciendo callar a Zero.
—Zero —Milo extiende su mano para llamarlo, pero Zero no se mueve de su lugar— sabes que eso es prácticamente imposible, yo no permitiría que a ellos les pasara algo.
—Si ya sé, la velocidad de la luz —dice bajando la mirada— pero eso implica que ellos sepan.
—¿Y no crees que ya es tiempo que lo hagan?
Zero aprieta los labios ¿Por qué a pesar de haberlo prometido hace años, Milo se empeña en hacerlo cambiar de opinión? ¿Acaso todos esos años de ser perseguidos como vil delincuentes, no es suficiente para que su esposo piense como él?
Sacude la cabeza y Milo suspira. Deja aun lado los papeles que tiene rato revisando y se levanta de la cama.
—¿A que le tienes miedo?
—Tu mejor que nadie debe de saberlo. Les decimos, ¿y si a alguno de ellos se les ocurre seguir nuestros pasos? Yo… yo no soportaría ver a uno de mis hijos arriesgando su vida para terminar con los vampiros o luchando contra dioses mitológicos cuyo único deseo es acabar con la tierra.
—Zero —menciona Milo estrechando a su esposo más entre sus brazos—, yo tampoco quiero que algo así ocurra, pero solo ellos pueden decidir eso, y si no les decimos jamás lo sabremos.
—Lo prometimos, Milo. El día que unimos nuestras vidas prometimos que ellos no lo sabrían.
—Sé que lo hicimos, pero cuando pase el tiempo y vean que hay cosas nada normales en esta familia comenzaran a hacer preguntas. ¿Qué les diremos cuando vean que sus padres no envejecen como lo hacen los padres de sus compañeros? ¿Qué les diremos cuando se den cuenta que hay cosas que ellos pueden hacer y los demás no? —“¿Que les diremos cuando por azares del destino, un sangre pura aparezca y quiera someterlos solo por el hecho de tener sangre vampírica en sus venas?”
—Cuando eso pase veremos que les inventamos —susurra Zero escondiendo su rostro en el cuello de su esposo. Milo suspira.
—Tarde o temprano se enteraran.
—No si nosotros lo evitamos.
—No lo podremos hacer por mucho tiempo.
—No importa, mientras vivan bajo mi techo ellos no sabrán que allá afuera hay criaturas sedientas de sangre o dioses malignos. Mientras vivan bajo mi techo las leyendas y los mitos seguirán siendo eso: leyendas y mitos.
Milo aprieta los labios mientras busca la forma de refutar aquello. Si bien, él prometió que nunca les diría nada a sus hijos sobre su pasado, ahora cree firmemente que hablándoles de el podría, de cierta forma, impedir que el peligro llegue a ellos. Podría entrenarlos, prepararlos para defenderse de aquellos que tarde o temprano los encontraran, porque eso es un echo, tarde o temprano esos seres de los que han estado huyendo durante años, los encontrarán. Sin embargo cuando está a punto de decir algo, la puerta de su habitación se abre.
—Papi —llama el pequeño Ren que asomando su carita se talla los ojitos para evitar que las lágrimas salgan de estos— tuve una pesadilla. ¿Puedo dormir con ustedes?
Milo suspira, se separa de Zero, no sin antes depositar un beso en su frente y camina hacia su hijo.
—¿Que te parece si mejor te leo un cuento?— el pequeño asiente emocionado y levanta los bracitos para que su padre lo cargue— ¿Ves por qué es malo comer tanta azúcar en la noche? Eso te provoca pesadillas.
—Es que el pastel que papi preparó estaba muy rico.
Milo sonríe mientras alborota el cabello plateado de su hijo.
—Eso no te lo discuto, ese pastel es el más rico que he probado en mi vida. Ahora dime, ¿Qué cuento quieres que te lea?— pregunta saliendo de su habitación.
—Cuéntame la historia de esos guerreros que luchan junto a Athena para proteger la tierra del mal.
—¡¿Otra vez?!
Zero suspira mientras se sienta en el borde de la cama. Recuerdos comienzan a invadir su mente, recuerdos que a pesar de los años todavía siguen doliendo.
Instintivamente lleva una de sus manos a su vientre. Se promete entonces que cumplirá a toda costa lo que le ha dicho a Milo. Sus hijos no pasaran por lo que él o Milo tuvieron que vivir, ellos seguirán disfrutando de esa vida llena de paz y tranquilidad como hasta el momento. Después de todo ya han pasado demasiados años desde el último ataque que sufrieron. A esas alturas está seguro ya se han olvidado de él. Lo que Zero no sabe, es que esta vez no serán los vampiros los que pongan en peligro a su familia.