-: ✧ :-° 𝚌𝚒𝚐𝚊𝚛𝚎𝚝𝚝𝚎 𝚜𝚖𝚘𝚔𝚎・. sprobit

Sinopsis

Cellbit está nervioso por conocer al ex de su esposo. Temía ver a Spreen, pero ahora le preocupa el no poder dejar de verlo.

Estado:
Completado
Capítulos:
1
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n/a
Clasificación por edades:
18+

único

─ Gatinho, amor ¿Qué te preocupa? ─musitó Roier acariciando su mejilla, lo cual lo hizo soltar un ronroneo casi instantáneo.


─ São coisas bobas, não importa ─Oh, claro que no eran cosas bobas.


Pero ¿Cómo le diría a su esposo la razón de sus nervios? ¿Cómo le decía que se sentía absurdamente alterado al conocer al ex de su esposo? Aquél ex que sus amigos caracterizaban en una simple oración "Alguien impulsivo y peligroso". Y que a veces Roier mencionara entre risas los golpes que en ocasiones le daba a Wilbur sólo por acercarse, lo posesivo y agresivo que era en ocasiones con él.


Sí, realmente tenía nervios de conocer al tal Spreen.


Suponiendo que el oso reaccionaba así ante cosas tan triviales como una sonrisa hacia el arácnido ¿Qué le esperaba a él? Él que ahora compartía algo más que una sonrisa con Roier, compartían el reluciente anillo de oro en sus dedos anulares.


Después de todas las charlas con Quackity con respecto a los latinos, quienes habían emprendido un viaje a lo desconocido, muy lejos de donde ellos se encontraban, realmente dudó si en algún punto ellos regresarían, pues ni señales de humo daban.


O eso pensaba hasta que esa mañana Roier llegó a su oficina emocionado, sosteniendo una carta al parecer escrita por Mariana, donde se informaba que, según lo previsto, regresarían esa misma tarde.


Y mierda.


No estaba preparado para enfrentar a el oso y decirle "¡Hola! Me casé con tu ex". No, no estaba preparado en la mañana.


Y tampoco lo estuvo cuando, por medio de un catalejo, Quackity anunciaba el acercamiento del barco en donde regresaban los hispanos.


Recordaba el rostro de Mariana y Missa por una foto colgaba en la sala de Roier, y a pesar que en la foto salían todos los latinos, a Spreen no se le veía el rostro, tanto por las gafas de sol que usaba tanto por la mano de Missa cubriéndolo sin darse cuenta.


En cuanto el sonido de la madera moviendo la arena de la orilla sonó, anunciando que el barco había llegado a su destino, su cuerpo se tensó, no quería ni podía darse la vuelta para recibir a los "nuevos" compañeros, aún así podía escuchar los gritos de júbilo entre aquellos que esperaban la llegada tan ansiada de los latinos.


De igual forma, los brasileños y franceses se acercaron a estos para presentarse, no con tanto emoción como los demás pero si con una sonrisa amable en su rostros, todos, excepto él.


Aún así, junto valor para darle la cara a los latinos, quienes se abrazaban entre sí y mostraban algunos objetos recogidos en su expedición.


─ ¡Ay mien, no sabes todo lo que vimos! ¡Todos los biomas chingones que descubrimos! ¡Estaban de puta madre wey!─contaba asombrado Mariana.


─ ¡Pendejo, ni una pinche servilleta dejaste como despedida! No vuelvas a irte así culero ─Escuchó la voz de su cónyuge, levemente quebrada por un llanto de felicidad─. Y tú conchudo ¡Nos vimos ese día y no me dijiste una poronga! Cabrón.


Una risa suave capturó su atención, tímida, tranquila y tan bonita.


─ Perdón Boludo, la próxima le aviso a tu vieja.


Y allí lo vio.


El cabello azabache, tan oscuro como la misma noche, sus afelpadas orejas colandose entre mechones desordenados y largos que caían hasta un poco más abajo de sus hombros, su piel lechosa, tan pálida y tercipelada, su cuerpo delgado pero musculoso, alto, quizás 5'11'' pies de altura, su piernas largas y tonificados, las garras negras y filosos que adornaban cada dedo de sus manos, las gafas oscuras que le daban un toque misterioso y de superioridad, y, oh, unos labios carnosos, de un rosa suave, con el labio inferior más grande que el superior y que al reír o sonreír mostraban unos pequeños colmillos que se asomaban con timidez.


Ahora no le preocupaba el ver a Spreen, ahora le preguntaba no poder dejar de ver a Spreen.


Se encontraba sentados en la taquería de Roier, donde todos compartían anécdotas de su viaje entre la sazón tan extravagante de la comida Mexicana donde cada mordisco era un baile entre sabores, el olor tan único en donde se podían percibir aquellas historias tradicionales de la nacionalidad de su marido, que a sí mismo, el planteaba todo su orgullo patriota en cada taco, quesadilla y enchilada servidas a lo largo de la mesa.


Los latinos hablaban con orgullo de las hazañas cometidas en su largo viaje, las dungeons, biomas, artefactos y mobs que salían de lo ordinario, lo rutinario, lo típico.


Realmente quería prestar atención ante todo lo relatado por los hispanos, pero no podía, no podía si esos suaves labios se curvaban en una suave sonrisa socarrona cada que se mencionaba sus hazañas cometidas, si se reía ante las ocurrencias de sus amigos o incluso cuando lamía algún rastro de comida que se hubiera quedado en sus labios.


Benditos labios.


─ Wey ¿Alguien me alcanza la Valeriana? ─La pregunta de Roier lo hizo salir de sus pensamientos.


Buscó con su mirada la dichosa salsa, al encontrarla estiró su mano para agarrarla, sin darse cuenta que otro individuo había copiado su misma acción.


Cuando ambas manos se encontraron una descarga eléctrica lo hizo estremecer, aquella mano delgada y enguantada tocaba la suya con suavidad a pesar de las garras de oso que poseían.


─ Uy, perdóname flaco ─Cuando levantó la mirada, pudo sentir esos ojos penetrando su alma, metiéndose bajo su piel y todo eso con aquellas gafas aún puestas.


Spreen soltó el frasco rápidamente. Cellbit lo agarró con fuerza para que no se notará el temblor de su mano y se extendió a su marido que le dio un casto beso como agradecimiento.


Y volvió a sentir esa mirada pesada.


─ Oh cierto ─Roier volvió a dejar el taco en el plato y se dirigió a Spreen, tomando la mano de Cellbit─. Wacha carnal, él es mi esposo Cellbit. Te me perdiste para el bodorrio, pero no hay pedo.


La mirada de Spreen le heló la sangre, quedó expectante ante cualquier reacción, pero el híbrido sólo emitió una corta risa.


─ ¿Te chamuyaste un chavón extranjero? Nah boludo, una banda. Pero bueno, felicitaciones por vos.


Spreen sonrió honestamente, dándole una mirada Cellbit que lo hizo estremecer.


Y es que aunque el castaño no se diera cuenta, el pelinegro tuvo esa misma conexión con él desde que lo vio apartado en la costa, con el cabello castaño rozando sus mejillas, la barba creciente, las suaves ojeras que acompañaban aquellos ojos que brillaban como dos diamantes en la inmensa penumbra de una cueva, tan deseados y anhelados...


Se relamió los labios, no es como si no hubiera notado los anillos que decoraban ambos dedos pero aún así, tuvo esperanzas de que fueran, no sabe ¿Anillos de amigos? Eso sonaba estúpido.


Dando un suspiró quiso volver a conectarse en la conversación amena, donde ahora los residentes les decían todo lo que había pasado en su ausencia, como la llegada de los brasileños y franceses, el código y de vez en cuando surgía el tema de la federación que era disipado por un chiste. No querían abrumar por todo lo ocurrido, esta era una noche para celebrar, recordar, reír y divertirse.


Aún así podía ver la mirada profunda del brasileño que le erizada la piel y hacía a sus orejas moverse levemente, ugh, golpeó su cabeza intentando disipar aquellos pensamientos idos.


─ ¡Ahora sí culeros, llegaron las caguamas! ─ Quackity y Missa levantaron el alcohol en sus manos, recibiendo gritos de júbilo a su alrededor, al parecer el emborracharse era lo que compartían los de múltiples lenguas.



Dieron las 2 de la mañana con música sonando a un volumen prudente, mientras Mariana y Roier cantaban alzando las botellas.


Algunos ya se habían ido a descansar, como Baghera y Jaiden que se despidieron llevándose a Pomme con ellas, al igual que Vegetta y Foolish que se fueron apenas su niña comenzó a tambalear de sueño, y Missa terminó cayendo dormido por lo cual Philza se lo llevó junto a Chayanne. Dapper y Bad ya se habían ido apenas comenzaron a beber, el padre soltero no parecía interesado en ello.


Otros huevos si soportaron el bullicio, como Richarlyson y Ramón que dormían sobre unas sillas de plástico acomodadas, cubiertos por algunas prendas de los mayores en un intento de protegerlos del frío, entre las telas estaba la chaqueta de Cellbit, el abrigo de Roeir y la capa de Mariana.


Algunos adultos demostraban energía como si la noche fuera joven, otros cayeron dormidos en el suelo, mesa y sillas, como Mike, Pacman y Fit, otros simplemente existían, en silencio disfrutando del bullicio ajeno.


Entre los últimos estaban Cellbit y Spreen.


Spreen estaba sentado a un lado de Ramón con la botella en mano mientras seguía el ritmo de la música con un suave movimiento de cabeza, eso fue hasta que Roier lo obligó a pararse y cantar en un dueto con él, cómo en los viejos tiempos.


Cellbit quedó deslumbrado ante la tímida y suave voz del híbrido, no iba a mentir, no era un ángel cantando, pero lo hacíanbien dentro de lo que cabe, además de las tenues risas entre estrofas. Simplemente perfecto.


Cuando arácnido volvió a sentarse a su lado, el gato se acercó con suavidad a su oreja provocando cosquillas.


─ Vou fumar lá fora um pouco, não demoro Guapito ─musitó bajo, apenas audible para su esposo que esbozó una sonrisa y asintió.


─ Aguas de no resfriarte, hace un chingo de frío afuera ─Roier besó los labios de Cellbit antes de volver a pararse a bailar junto con el Mariana, que dudaba que se acordara de todo esto a la mañana.


Cellbit salió del establecimiento, no sin antes dar una suave mirada a donde se encontraba el híbrido de oso. La comida había manchado la camisa turquesa de Spreen por lo tanto tuvo que quitársela, dejando a la vista el crop top con mangas negro que portaba debajo.


Sus miradas se cruzaron.


Oh eso parecía, realmente no sabía descifrar que se ocultaba detrás de las gafas de sol.


Una vez ya afuera, el felino pudo apoyarse en alguna pared para así prender un cigarro.


La noche bañaba toda la isla, era una noche tan fría que parecía muerta, mientras loa grillos daban la música amena escondidos entre la maleza, la luna brillaba con toda su fuerza, siendo la confidente de los incorrectos y la testigo de los amantes.


Cellbit dio un suspiro.


Él ama a Roier, de eso está seguro, entonces ¿Por qué no puede sacar de su cabeza a ese individuo?


Da una calada de nicotina antes de que sea interrumpido por una voz que embriaga sus sentidos, y puede ver una casi invisible sonrisa en el rostro del dueño de sus pensamientos.


─ Hola pa' ¿Disfrutando la noche?


Spreen se recuesta en la pared a unos centímetros de distancia, cruzando los brazos mientras mira el cielo estrellado.


Cellbit no desaprovecha para mirar por unos segundos su perfil, con la nariz respingada, la barbilla suavemente marcada y los labios pomposos, quedando nuevamente perdido entre el rosado de ellos, se veían tan jugosos, posiblemente por las botellas de cerveza que Spreen había ingerido, podría embriagarse con tan sólo rozar uno de ellos.


─ ¿Siempre le mirás la trompa a los pibes? ¿Uhm? ─indaga el oso con una mueca divertida.


Probablemente se hubiera disculpado o buscado una excusa barata, pero a la mierda, los dos estaban ebrios hasta el culo y en la mañana podría culpar al alcohol por lo que sea que pudiera pasar entre la noche estrellada, nadie tendría porque saberlo aparte de ellos dos.


─ Só o seu ¿Por quê? ¿Não gostas? ─responde el contrario, dando otra calada, retiene el humo en su boca y luego lo suelta, procurando no perjudicar el entorno de Spreen.


─ No te me zarpés ─Spreen se quitó los lentes─. Brasileño puto.


Y cuando nuevamente sus ojos se encontraron, deseo jamás apartarla.


Unos afilados ojos se asomaron entre mechones desordenados, con largas pestañas que se batían con suavidad acentuando aquellos orbes violaceos, con tonalidades de rosado en los destellos , semejantes a una galaxia hipnótica, donde las estrellas encuentran morada para guardar la poesía eterna de sus sentimientos.


─ A sí que... Te casaste con Roier hace una semana ¿No? No se esperaron ni un toque, boludo.


Inhaló profundamente la nicotina, el humo saliendo de entre sus labios de forma donde el híbrido podría recibirlo en su rostro. Su reacción involuntaria fue cerrar sus ojos, recibiendo una risa ronca de Cellbit.


─ Sim, ele é meu marido agora, o anel no meu dedo prova isso. Nós nos amamos tanto que não queríamos esperar mais.


Spreen sonrió mientras abría sus ojos, que destellaban entre la oscuridad y lo veían por debajo de sus pestañas.


─ Es bonito, es que tienda chafa lo compraste?


Recibió una risa de parte del felino.


─ Porque? Você quer propor casamento a alguém?


Spreen arrugó la nariz─. Ni en pedo, los compromisos me pueden comer el orto. Por eso nunca formalice como tal con Ro.


─ Você prefere uma foda casual sem compromissos?


─ ¿Parezco puta? Porque sí, prefiero eso. ¿Interesado?


─ De jeito nenhum, você é como um veneno letal. Não se ofenda, eu não gostaria de estar perto de você.


─ Entonces... ¿Qué hacés aquí? Dijiste que lo amas ─musito, y oh, el castaño se perdió entre el acento argentino y la suavidad de su voz.


La pregunta no era el porqué estaba ahí parado, era porqué estaba con él, a su lado, mirándolo embobado. Él estaba prohibido, la argolla era un signo claro "No puede ser tuyo", pero ¿Saben? A el úrsido le fascina tomar cosas que no le pertenecen.


─ ¿Qué pasa? ¿Umm?... ¿"Gatinho"?


No supo si fue el toque de la fría mano de Spreen en su pecho, o lo ronca que sonó su voz, o si fue el apodo. Lo que sí supo fue que ya no podría detenerse, estaba probando de la manzana prohibida, adentrándose en la boca del lobo o quizás del oso y no le temía en lo absoluto, quería dejarse consumir por él.


Cellbit agarró la cintura de Spreen y lo sostuvo contra él, alejando el cigarrillo para no quemarlo, no sin antes dar una calada profunda.


─ Você está gostando disso? ─habló con el humo escapándose entre sus dientes.


─ ¿Estar apunto de chaparme al marido de mi ex? Una banda.


Y sin esperar más, Spreen hundió sus garras en las suaves hebras de Cellbit, atrayendo a su rostro y eclipsando sus labios en un necesitado beso, lenguas y dientes enredados, suspiros y jadeo combinados, como dos animales comiéndose a sí mismos, hambrientos de pasión y hipnotizados del sabor del otro. Al carajo todo, estaban arriesgando tantas cosas, pero a la vez adorando todos sus errores. El licor en sus salivas mesclandose en un sabor almizclado, el sabor del pecado y de lo que mal visto en la sociedad. El calor sofocante de sus cuerpos, las manos de Spreen tocando todo lo que podía, bíceps, pecho, antebrazos, cuello, rostro, como si alguien pudiera robarse al felino de su lado. Pero Cellbit no se quedaba trás, apretaba con brúsquedad su cintura, como si se quisiera marcar en la piel lechosa, cuidarlo como su más grande posesión.


Ambos se alejaron, dejando una nube de humo de cigarro conectando sus bocas que se esfumó en el aire.


Cellbit delineo la hendidura de su espalda, aventurandose hasta lograr acariciar la cola esponjosa que se movió con alegría, haciéndolo soltar una risa grave. Spreen dibujó con besos desde sus labios hasta su cuello, dando un leve mordisco debajo de su barbilla.


─ Sem marcas ─habló seriamente.


─ Lo qué tú digas.


El úrsido lamió la clavícula y clavó sus colmillos, ignorando por completo la petición de Cellbit. Aunque el mayor no puso mucha resistencia e incluso cuando Spreen se arrodilló para desabrochar sus pantalones, no lo detuvo, no luchó. Se dejó hacer, inhaló el gas mortal que era el olor de Spreen, dejó que lo mordiera como si fuera una serpiente venenosa, dejó que lo marcara, aruñara y lamiera.


Él se convirtió en la presa del azabache, y no le molestaba, lo embriagaba su presencia y los ojos morados que lo veían desde abajo lo hipnotizaban.


Cellbit amaba a Roier, pero deseaba a Spreen.


Y Spreen lo deseaba también.


Nunca se vio tan jodidamente extasiado por tocar otra piel ajena, una piel prohibida para él, pero eso sólo aumentaba sus ganas de poseer al híbrido, lo necesitaba, lo ansiaba, lo añoraba...


La argolla en su dedo anular no paraba de recordarte que todo eso estaba mal, que debía alejar al pelinegro lejos y correr hacia su esposo, pero él no quería eso. Él quería fundirse con Spreen, quería ser suyo de una u otra manera. Quería hundirse en sus instintos más profundos, oscuros y primitivos, sin importar qué.


Esta relación era un desastre inminente. Uno prisionero de una argolla y otro sentenciado a mantenerse al margen. No contrastaban, no era engranajes para encajar. Pero a pesar de todo, estaban dispuestos a ser quemados por el fuego de su propia destrucción, a ser consumidos por el catástrofe que ambos estaban provocando.


Aún si eso los arruinaba y destrozaba, querían jugar a este juego mortal.


Y cuando tuvo a Spreen apoyado en la pared, con su culo en alto, las palmas en el concreto y con sus piernas abiertas para recibir todo lo que Cellbit estuviera dispuesto a darle, no lo dudó ni un segundo, no dudó en dejarse llevar por todos sus impulsos. Reclamandolo como suyo, como su pertenencia, como si nadie más pudiera tocarlo y hacerlo temblar como él, él quería marcarlo, de tal manera donde nadie pudiera volver a hacerle el amor, donde sólo Cellbit pudiera quererlo de esa manera tan carnal.




Cuando volvieron a dentro, la mayoría estaba dormida, tirados en el piso o en mesas, acompañados de botellas de distintos licores. El tocadisco nunca dejó de tocar, ahora con música de jazz, que sonaba en una suave melodía que inundaba el local, apenas iluminado por una bombilla que giraba para bañar el lugar con círculos de colores, la prueba de la reciente fiesta que había culminado entre la gente que se dejaba abrazar por morfeo, y aquellos que volvieron a sus hogares con pasos tambaleantes.


Roier se levantó, evidentemente borracho, con una sonrisa de oreja a oreja. Caminando hacia los dos varones que lo miraban expectante, cuando estuvo lo suficientemente cerca se abalanzó encima de Cellbit, rodeando su cuello con sus brazos y apoyando su cabeza encima del pecho ajeno.


─ Gatinho, dónde chingados estabas? ─arrastró las palabras en un tono claro de embriaguez.


Ensanchó sus fosas para poder inhalar la común colonia que usaba su marido, pero se halló descolocado al percibir una completamente distinta, pero a la vez demasiado conocida... El alcohol en su sistema no le permitió unir sus neuronas en los absoluto, y tampoco lo dejaría recordar este suceso a la mañana siguiente.


─ Eu mostrei algumas coisas ao seu amigo, guapito... ─murmuró contra la coronilla castaña, abrazando a su esposo suavemente.


Roier se derritió ante el suave tacto de su amado y se relajó completamente. Ignorando los chupones y mordiscos que adornaban el cuello ajeno.


Ambos híbridos se miraron fijamente, con una mirada hambrienta que dejaba en claro que todo esto sólo iba ser el comienzo de una larga travesía, porque ahora que habían probado la manzana, no había vuelta atrás en este sendero de deseo carnal pecaminoso.