Prologo
Sigo mirando la vitrina y encuentro un bonito anillo con una orquídea como detalle, junto a un pequeño diamante rosa y de compañía diminutos diamantes blancos en todos los pétalos. Precioso, sin duda es exquisito.
—¿Te gusta? —muerdo mi mejilla interna y me encojo de hombros.
—Es bonito, aunque parece un anillo de bodas —respondo sin más. Suelto todo el aire retenido antes de tomar la decisión de marcharme. No he dado ni dos pasos cuando su mano tomo la mía y al instante la tensión se mezcló con una extraña sensación de calor abrazador.
—La orquídea representa un símbolo importante en el amor, en su era fue una de las flores más cotizadas —lo sabía perfectamente. Mis ojos miraron los suyos y una vez más me quede hechizada por el calor que transmitía aquellos posos oscuros.
—Lo se… —murmuro sin quitar ni un segundo mis pupilas de las suyas. Nos quedamos mirándonos así por un buen rato que se sintió como horas, hasta que una de las chicas que atienden corto la magia.
—¿Les ayudo en algo? —miro a la mujer y frunzo el ceño.
—Bueno yo… yo quiero una diadema con incrustaciones de diamantes rosas, aunque vendré después, tengo cosas que hacer.
—Como desee mi señora Abbar —mi familia es dueña de varias tiendas de joyas, de orfebrería donde preparaban y hacían las mejores piezas únicas para nuestra familia.
Vuelvo a mirar de nuevo al hombre y este no me ha quitado sus ojos de encima —¿no me dirás tu nombre?
—Me llamo Amaya, Amaya Abbar —pensé que mi apellido le daría miedo o interés económico, pero no vi nada de eso en la forma en cómo me miraba. Es como si simplemente más allá de lo que cargaba quisiera conocer mi propia alma. Su interés se enfocó en mí y más que todo en mí.
Se llevo la mano que tenía agarrada a sus labios y beso mis nudillos como todo un caballero de época —un gusto princesa, soy Leonardo, Leonardo De Rosa.
Por un momento sentí como si fuera el comienzo de nuestra historia, una historia aun no escrita en las piedras sagradas, una historia que marcara mi vida y la de mi familia. Solo que… a diferencia de otros hombres este me causaba una sensación de pertenencia, de viva llama, de emoción y aventura.
Lo deseaba, deseaba sentir eso que todos llaman amor, pero mis sueños fueron destruidos y mi esperanza apagada, y a pesar de que Leonardo despertó esa sensación aún está el temor, temor de volver a ser humillada, deshonrada y herida.
***
DIA DEL SECUESTRO.
Mire a mi alrededor, la emoción emerge en mi estómago, las mariposas revoloteando la sensación placentera de verlo de nuevo, necesitaba estar con él, sentirlo, tocarlo, aunque fuera solo un roce de pieles. Me siento en una de las mesas de ferias de comida y espero, cuando mi móvil vibra con el número de Leo la angustia desaparece.
—Estoy en el estacionamiento, puedes venir.