I. Luna
En la antigüedad, los dioses regían el mundo. Muchos creían que solo eran mitos; solo unos pocos sabían la verdad. Cada cultura tiene su propia representación. Los griegos eran caracterizados como seres poderosos en su tiempo; se mantenían alejados de los conflictos.
Zeus, aquel que derrotó a su padre Cronos junto a sus hermanos, en la guerra fue maldecido con las palabras de Urano: “Alguien te traicionará, acabarás como yo”. ¿Quién se atrevería a pensar en que sería su perdición?
Les diré: nadie.
Los mortales los amenazaron durante la reconstrucción, seres insignificantes ante sus ojos. Justo lo que se predijo. Desde la oscuridad, miraban la devastación.
El dios del rayo camina por el pasillo. Los cuadros de sus hermanos e hijos adornan las paredes. Desde el avance, se ha presentado una situación que los perjudica. Sus hermanos han reclamado su poco interés. El resto de los dioses permanece en la sala discutiendo. Es entendible su enfado; solo que a él no le interesa. No hasta que haya un verdadero motivo. Hera, su esposa, intenta calmar al resto de las deidades. Los mayas y aztecas se miran con burla ante la discusión.
Gruñe al escuchar quejas. Se detiene; un brillo peculiar se apodera del cielo. Se acerca al balcón. El choque lo hace sonreír.
—Magnífico.
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La guerra se ha considerado un lugar de muerte y anarquía. Es un lugar de desgracia. Las deidades son una demostración de poder. Durante el tiempo, quienes han intentado acabar con ella han dañado el mundo. Se aprecia el fuego que consume el bosque. Se oyen gritos y humo. Hay un mar de sangre en la batalla. Los dioses se han refugiado en las alturas, dejando todo a su ejército e hijos.
El sol, cubierto por la luna, deja ver destellos. La indiferencia, el maltrato y el desprecio han causado esto. Quetzalcóatl, junto a sus hermanos, se alejan. No adoran la destrucción; solo quieren armonía. Pese a las circunstancias, optaron por la traición. Hécate se refugió con Hades, quien también se distanció.
La eclosión de poderes se expande. Desde el humo, se aprecia una figura caer. El choque del cuerpo entre los escombros capta la atención de los guerreros. Los dioses sonríen: morirá. El humo se va dispersando, mostrando un par de alas oscuras.
—No cantes victoria.
Zeus gruñe. Átropos, una de las hermanas del destino. No hay forma de escapar de sus visiones.
—¿Qué haces aquí?
—Veo el inicio.
¿Inicio? Los dioses la miran con pavor. Delicados pies tocan la tierra. Mira a su oponente, quien aparta la estructura. Ambas miradas se cruzan. El aleteo la hace gruñir. Dos contrincantes han llegado.
—¡Rendirse! ¡Se encuentra rodeada!
Un guerrero se acerca. Una doncella de cabello blanco y mirada profunda y atemorizante se tambalea, sintiendo dolor en el ala. La hermana sonríe. Todo está sucediendo como se predijo. Tras las evidentes heridas, se sorprenden al verla de pie. Los dioses gritan, ordenan su muerte, sin saber que eso nunca sucederá.
—No hagas esto difícil.
Cinco.
—No hay forma de que sobrevivas.
Cuatro.
—Termina con la guerra, hermana.
Tres.
—Esto no ha terminado —farfulla.
Dos.
Átropos se sorprende. Eso no estaba previsto. Nada de esa conversación debería suceder. Ver la silbar la hace retroceder.
—¡No tienes fuerzas! ¡Morirás!
Uno.
—He visto el futuro.
La hermana se asusta y deja caer la visión. Detrás, un hombre sonríe mientras se aleja. La mirada vacía se vuelve roja. No, solo uno.
—No voy a caer, no sin antes hacer un daño irreparable.
—¡Suficiente!
—¡No, Eclipsa!
Detiene el ataque con el ala. Los presentes se asombran. Los dioses le tienen miedo, y eso es evidente, al igual que sus allegados. Eclipsa, Elisa, Luna e Inés son fénix con un don único. El destello que vio Zeus fue por las piedras de sus cuellos. En su momento no comprendieron su valor, solo querían el objeto. Obtuvieron dos, justo como estaba escrito. Cuando desaparecieron, entendieron su importancia. Ahora presencian la devastación.
Luna, el fénix negro, una joven cuyo pasado la marcó. Elisa, su hermana menor, el fénix blanco, nunca conoció el dolor debido a la protección. Eclipsa, el fénix rojo, mantiene un coraje ante las adversidades y domina el fuego. Inés, el azul, tiene un corazón bondadoso que, a pesar del sufrimiento, ofrece sanación.
Los dioses intentaron usarlas. No obstante, las hermanas del destino interfirieron. Regañaron a Zeus, quien se negó a abandonar su idea de gobernar a todo ser místico. Lo que la oscuridad anhela es el control total del juego.
—¿Qué pretendes con esto?
—Es mi hermana.
—Luna ha ocasionado la muerte de millones. Tu codicia provocó esta guerra.
Palabras crueles de alguien amable. Inés es lo que se necesita en la batalla. Zeus interfiere ante la petición de la hermana. Si no muere el blanco, todo se desmorona. Quetzalcóatl y Hades se miran. Ellos informaron a las hermanas; ya sabían el resultado.
Un rugido sacude la tierra. Los fénix se elevan. Un lobo gris aparece y corre hasta llegar a su dueña. Luna sonríe al subirse a la criatura. Asustados, los presentes se mantienen quietos. Son territoriales y, por su tamaño, pueden causar un gran daño.
—Me fascina el olor a miedo.
Eclipsa explota. Su cabello se enciende.
—Lo malo es que a ustedes los debilita —sonríe—, y eso me fascina.
—¿Qué intentas lograr?
Zeus se acerca. No le teme al lobo, pero al fénix es diferente. Su capacidad de reencarnar les ayuda a sobrevivir; solo un arma específica puede matarlos. Gracias, traición.
—Cambiar el destino.
Átropos se desploman. Quetzalcóatl mira a sus hermanos. Escogieron mal. Son parte de un juego. Se aleja del bosque. Zeus intenta seguirlo, pero Hades interfiere. Es decisión de los fénix.
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El sonido del diluvio, el olor a humedad y los distintos tipos de ruidos se filtran por la puerta. Una niña eleva la mirada, sola, sumergida en su miedo. Los gritos de niños, jóvenes y uno que otro adulto se perciben a lo lejos. Intenta no imaginar, no pensar en todo lo que va a sufrir. Agitada, la puerta se abre. Con esfuerzo intenta levantarse, pero un jalón de cabello se lo impide. El dolor es insoportable; su pequeña cabeza no lo soporta.
—Veo que estás despierta —murmura lamiéndose los labios.
—Déjala.
Una joven llega sosteniendo algunos documentos. Ante la mirada inocente de la niña, gruñe.
—¿Qué llevas?
Estruja el agarre hasta hacerla sollozar.
—Su información. Se llama Artemis.
¿Artemis?
La joven se aleja al ver a la niña. El hombre, aprovechando la situación, mete la mano debajo de la falda, haciendo temblar a la menor. Recorre cada centímetro, tocando, apretando. Con poca fuerza, ella intenta alejarlo, apartar aquella extremidad.
¿Qué puede hacer?, ¿qué debe hacer?, ¿cómo debe escapar?
Es solo una niña indefensa en manos de un adulto que, si quisiera, podría acabar con su vida. Cierra los ojos al sentir la lengua pasar por su cuello. La puerta se abre, dejando ver una silueta…
—¡No!
Agitada, aparta las sábanas. Luna mira alrededor. Aquellos sueños se han vuelto recurrentes, reales a su parecer. Las lágrimas brotan y recorren sus mejillas. Las limpia con desesperación. Otra pesadilla. Gruñe apretando la tela, suspira mientras la aparta y sale de la cama. Mira el reloj en la mesita de noche: dos de la mañana. Luna se talla los ojos y decide salir.
Al llegar al pasillo, nota la soledad. Mientras observa el suelo, siente una mirada clavada en la espalda. Se detiene, mira detrás, pero no hay nadie. El miedo va regresando de a poco. Tras varios minutos, llega a una puerta negra con una placa: “Prohibido el paso”. La abre, mostrando solo oscuridad. Se adentra buscando el interruptor.
Al encender la luz, se aprecia el desastre. Cansada, sigue avanzando. Se detiene al sentir una atmósfera extraña. Vuelve la mirada atrás: nada. Su paranoia la está consumiendo. Una corriente de viento la alerta. Mira a todos lados, mareándose, agitada.
Le duele la cabeza.
Y en ese momento, al sentir las manos rodear su cuello, esa mirada escarlata reflejada en el cristal la aleja de su cruel destino. “Thymísou me” ese murmullo cargado de deseo la hacen flaquear. De rodillas ante el verdugo. Aquel ser se impregna, una imagen. Al sentir ardor en su parte baja y presenciar esa maldita sonrisa. Las lágrimas brotan, el grito termina antes del cruel destino…
—¡Luna!
La realidad la golpea. Ante la indiferencia de los transeúntes siente morir. Recupera el equilibrio, brindando un abrazo. Su mente la atrapa en recuerdos no vividos. Limpia el sudor de su frente, aquellas gotas de miedo jamás la han dejado dormir.
—¡¿Qué mierda te ocurre?!
Al tambalear consigue aferrar su equilibrio. Su pecho quema, su respiración irregular luchaba por recuperar el oxígeno. Con esfuerzo logra elevar la mirada. Un cielo despejado. Las estrellas iluminan su alma. Aquel trozo natural que ilumina las noches. Su luz pálida baña el mundo con esa calma que contrasta con el caos de su mente.
Siente su llamado.
Un suspiro escapó. Ese pequeño fragmento no la juzgaba, no la hacía dudar, no deseaba respuesta a un mundo corrompido. Es libre. Sigue sin comprender el por qué, pero la luna es su refugio, su consuelo en las noches ante su soledad.
El viento helado juega con su cabello. Esos pequeños puntos alejados, una duda de su creciente soledad. Pese a la distancia siente que su existir va lejos de la tierra. La insistente voz rompe su calma.
—Nada —murmura.
—Tu negativa nos cabrea.
Al jugar por la orilla la corriente se intensifica—¿Nos?
—No estoy para bromas.
—Eres un amargado que necesita una pareja para cogerla y dejar de joderme—murmura.
Al voltear, un estallido transformado en un grito la hace caer. Con esfuerzo consigue sacar el gancho, clavar en el concreto. Agitada admira su ser. Sus ojeras, el cabello maltratado, ese constante deseo de morder sus labios. Un desastre. Al conseguir su seguridad escucha disturbios. En la distancia, el caos comienza a verse: varios vehículos han colisionado, y las luces intermitentes ocasionan un ambiente lúgubre.
Su comunicador vibra insistentemente. Aquella voz le exige responder. Gruñe entre dientes. Se supone que debe estar al margen.
— ¡¿Qué estás haciendo?!
—Solo…—Al elevar la mano nota una creciente mancha que se va extendiendo por su brazo. El aparato cae. Con desespero limpia, sacude e intenta arrancar su extremidad.
La brisa la envuelve, el mundo se detiene. Los gritos no existen, solo es su despertar. Detrás, la luna, aquella parte de su ser, se pinta de rojo. La tierra se sacude dejándola caer. La comunicación falla. La gente corre. Su cuerpo arde.
Una sensación... normal.
El cosquilleo de su espalda combinado con el ardor la hacen gritar. El filo de una hoja se incrusta en su ojo. El dolor la hace retorcerse. Gira. Súplica, sin ayuda. Se incorpora, al colocarse en cuatro golpea su cabeza en el concreto. Esos pensamientos que alguna vez soñó se vuelven reales. Alrededor la constante presencia aumenta.
¿Qué está sucediendo?
¿Qué significan esos gritos?
¿Realmente la luna se ha pintado de rojo?
— ¡Luna!
En la agencia intentan comunicarse. Los sistemas fallan; no hay forma de saber dónde está. Luna trata de mantener la cordura. Los gritos no cesan. No puede estar soñando despierta. Su alrededor se torna oscuro.
Con esfuerzo, Luna intenta levantarse. Su cuerpo tiembla bajo el peso de la realidad que parece desgarrarse a su alrededor. La molestia latente en su pecho y su mente le impide concentrarse. Debe recordar su misión: investigar y desmantelar una red de tráfico humano. Es una líder, la autoridad máxima de su sector.
Pese a eso la duda persiste. Apenas tiene 18 años, y no entiende cómo alguien sin experiencia fue contratado para una posición tan alta. Su pasado es un enigma. No recuerda su infancia, solo fragmentos dispersos que emergen entre sueños. Es una habitación oscura, donde las cadenas la rodean, sometiendo en una realidad que al parecer siempre fue su vida.
El paisaje a su alrededor cambia. Lo que antes era el ruido de los autos se esfuma, dejando a su paso una creciente mancha oscura. Tose, el humo llena sus pulmones. Al cubrir su nariz y boca consigue visualizar una sombra. Esa silueta se acerca.
El miedo la inmoviliza; su mente grita, pero su cuerpo reacciona con torpeza. Coloca las manos frente a ella, un intento inútil de protección. Cierra los ojos, esperando lo inevitable.
Un sonido estridente la devuelve. Jadeando, se pone en pie y se acerca a la orilla. A una cuadra, en un edificio parcialmente destruido por el choque, consigue distinguir un problema alejado de su misión.
No pierde el tiempo y saca su celular, tomando una foto. Este caso no le pertenece; el jefe del sexto sector se debe encargar. Al dar el último vistazo algo la llama. El destello cargado de súplica en esa pequeña mirada la paraliza. Al analizar el entorno nota una parte del pavimento elevada. Luna traga saliva, y un escalofrío recorre su espalda. Algo no cuadra.
—Mátalos.
Voltea con su arma. Observa el entorno, mientras su pecho sube y baja. ¿Qué está sucediendo? Confundida, decide bajar. Se lanza, sacando un gancho que se ancla, permitiéndole descender. Con la pulsera llama a la motocicleta.
Una vez arriba acelera y esquiva a los peatones, con su mirada centrada en el camino.
Frena ante la inminente multitud. Acorralada analista las estructuras, al encontrar una construcción sonríe. Se moviliza. Se lanza por la tabla permitiendo el impulso para caer al extremo. No sin antes aventar su moto a uno de los implicados. Rueda, saca su arma y se dirige al costado del edificio.
En cuanto la niña es tirada, dispara. El arma cae siendo Luna el blanco.
— ¡Al suelo!
Esa determinación termina con los disparos. Cientos de curiosos perecen ante la ráfaga. Aquella sonrisa la hace temblar, un resplandor que la traslada hasta una habitación oscura, sacude la cabeza y se obliga a vomitar. Aprovechando su descuido, recibe un puñetazo derribando. Su arma es arrebatada, siendo prisionera en el suelo. No previó cómplices. Es un desastre. Sabía que debía largarse. Ruega que sus compañeros hagan acto de presencia.
La boquilla desciende hasta su abdomen. Un disparo y será una víctima. “Ya lo eres”, gruñe ante tal ofensa. Un silbido, seguido de gritos. La sangre salpica su cuerpo, traga al sentir y ver el cuerpo caer en su ser. Las armas se dirigen a la silueta de una mujer.
La gruesa capa cubre sus movimientos. Cada bastardo termina enterrado, clavado o atravesado. Sus habilidades y esa agilidad le permiten acciones importantes e irreales. Luna aparta el cuerpo, retirando la sangre. Congelada. Su labio tiembla, las lágrimas cubren su visión.
Entre la comisión los civiles consiguen resguardar a los niños. Las detonaciones mezcladas con gritos no le permiten reaccionar.
— ¡Aléjense!
Una bala atraviesa su brazo, inmovilizado. En cuanto la situación la supera, su mente la obliga a recordar un mundo que nunca visitó. Esos pensamientos se combinan con burlas, quejas sobre sus errores. La mujer aprieta los labios. En un movimiento consigue retener y redirigir las balas. Cuello, brazos, piernas, ni uno de pie.
Su mano derecha arriba junto a su pierna del mismo lado hace un baile. La tierra se sacude haciendo el polvo elevar. Una fina capa que neutraliza la visión. Los disparos se detienen. Luna se incorpora, sosteniendo su hombro. El sonido de hélices despliega el humo, la capucha se sostiene. La castaña es arrastrada, un grupo la cubre, mientras que el tercer líder apunta con su espada a la intrusa.
Luna los aparta. Se levanta, posicionando su mano libre. En cuanto su mirada choca los destellos rojos y oscuros impactan en su alma, el viento se intensifica. El desafío termina al escuchar el grito. El líder corre, no es hasta...
En dos pasos Luna es llevada a un inmenso bosque ardiente. Las llamas devoran árboles llenando el aire con un calor sofocante. En seguida el toque en su hombre la sobresalta. Al girar, su mirada se cruza con la de una mujer, heterocromática resalta ante tal caos. Uno de sus ojos refleja un intenso azul, mientras que el otro arde igual a las llamas.
Sin hablar le extiende la mano. Un gesto bondadoso. Luna da un paso atrás, agitada, analiza su entorno. Un campo que pareciera ser su tumba. El contraste entre el caos y la enigmática calma la desconcierta.
“Vete.”
Esa voz.
La silueta se derrite. Un esqueleto que la hace chocar.
“¡Lárgate!”
El retumbido la hace soltar una espada. No la tenía. Se pone en cuclillas, intenta soportar las emociones. Una carga que nunca experimentó.
¿Qué le está sucediendo?
¿De quiénes son esos recuerdos?
“¡Suficiente!”
El grito hace que sus oídos sangren. En la realidad el líder consigue llegar, en susurros escucha “Mátalos” el crujir de la tierra corrompe a Luna. Entre parpadeos distingue su persona. Su cabello marrón fue reemplazado por la oscuridad
— ¡Luna!
Indra, es el nombre del líder. Sus pies son arrastrados. Luna lo llama bastardo. Se miran, cómplices. La mujer clava sus manos en tierra elevando muros que protegen a los civiles, entre el caos eleva la mano haciendo que una densa neblina los oculte.
La mujer consigue llegar, al tocar su hombro el estallido regresa. No debía suceder, es pronto para que recuerde. Murmura un lo siento antes de sumergirla. Nada es lo que parece, piensa Indra al ver el socavón.
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