Capítulo 1: Comienzo.
La desafortunada esclavitud en Corea fue el detonante de los más altos rangos para inmigrar a un país desconocido, uno que daba la esperanza de una mejor vida para sus familias, en especial de sus primogénitos. Kim Sunwoo, uno de los tantos varones, hijos de una de las tantas familias influyentes de la época; un joven simpático, tierno y honesto. Park Sunghoon, otro de aquellos varones herederos, y el más popular de ellos; un joven atento y lleno de rarezas, deseos y esperanzas frustradas.
Un buen comienzo con el cual tener una buena vida, sin desgracias y amenazas.
Esta historia es ficticia, así que si me equivoco en algunos aspectos de la época o cosas que cronológicamente no pasaron en el momento que lo describo o que realmente no pasaron, recuerden que es algo ficticio. Sin más que esas advertencias, disfruten de esta lectura:
Caminaba por un largo y oscuro pasillo, acercándome más y más a la única luz visible al fondo de ese pasillo. Entre más cerca estaba, más notaba el rostro de un hombre joven y apuesto, quien me miraba de una forma un tanto peculiar, ¿Deseo? Tal vez.
- ¿Quién eres? - le pregunté. No respondió. Pregunte de nuevo - ¿Quién eres? - nada.
Curioso de saber más, estiré mi brazo, intentando alcanzar su bello rostro... Más oscuridad.
Desde que había llegado aquí, todos los días eran lo mismo; el mismo sueño. En un principio quise pensar que era algún extraño pensamiento en mi inconsciente, pero conforme los días pasaban comencé a pensar en la posibilidad de alguna advertencia sobre mi futuro, algo absurdo, lo sé.
- Debería empezar a buscar un trabajo, señor - dijo mi madre.
- Madre, sabe que no me gusta que usted me llame de esa forma - dije.
- Es lo correcto. Eres el señor de la casa, debe ser llamado de la forma más apropiada - dijo - su padre lo habría querido así - replicó una vez más.
- Tiene razón, madre, él lo habría querido así - dije.
La verdad era la más cruel y deshumana a mi criterio; del hombre que heredó mi título, era un ser sombrío y sin calidez hacia sus propios hijos, con insultos y golpes que dar. Sí él lo hubiera elegido, hubiera elegido a su hijo menor, quien era el ideal de lo que un hombre debía ser en su criterio; un hombre alto, apuesto, fuerte, y sobre todo, con carácter fuerte. Kim Sunhyun era el hijo perfecto. En comparación, yo era de baja estatura, era apuesto a mi parecer pero para mi padre era sólo un afeminado. Era sensible, no podía controlar del todo mis emociones y era fácil adivinar mi estado emocional. No era demasiado fuerte y no planeaba serlo, o seguiría su absurdo ideal.
- Mr. Wilson me comentó de un puesto libre en su panadería, la paga no es mucha, pero es suficiente para los gastos de esta casa - dijo, insistiendo en su propuesta.
- Visitare a Mr. Wilson por la mañana, no se preocupe madre - dije - le agradezco la comida - me levanté de la mesa, dejando mi plato en el fregadero - duerma bien, buenas noches - le dije antes de subir al segundo piso y recostarme en mi cama.
Por la mañana, desperté con el incesante golpeteo de la puerta de mi habitación, imaginando de quien vendría ese nefasto sonido, abrí la puerta con pereza.
- ¿Qué quieres Hyun? - le pregunté.
- ¿Acaso has visto la hora? - me pregunto. Negué con la cabeza - son las 6:30 a.m. - replicó - deberías estar en la panadería en este momento.
- Y tú en la construcción - le dije - mejor preocúpate por tus asuntos - le conteste antes de cerrar de nuevo la puerta.
Cansado, me vestí y bajé al comedor, donde me esperaba mi madre que tejía una sábana.
- Buenos días - le dije.
- Buenos días - me dijo - su hermano ya se fue a trabajar.
- No diga nada más, enseguida iré a la panadería - dije y salí de la casa.
Respiré hondo, aliviando un poco mis inquietudes, mis rencores.
Las cosas no habían mejorado al llegar a este país tan racista, como se había planeado. Los grandes títulos por los cuales antes mi familia alardeaba habían desaparecido para todos, a excepción de la misma, intentando mantener las creencias que habían dejado atrás y acoplándose a las nuevas. Creencias que eran un dolor de cabeza, las cuales aborrecía.
Entré en la panadería, recibiendo las malas miradas de los hombres y mujeres que se encontraban ahí.
- Buenos días - le dije a un empleado - ¿Se encuentra Mr. Wilson? - pregunté. Sin siquiera hablar, el empleado apuntó a una sola dirección: daba a una puerta blanca llena de suciedad - gracias - le agradecí y me acerque a la puerta, la abrí, encontrando a quien buscaba.
- ¿Puedo pasar? - pregunté.
- Debes tocar antes de entrar, muchacho - me dijo el hombre.
- Lo lamento - dije.
- Pasa - me contestó. Entre y cerré la puerta - veo que has decidido trabajar - dijo y seguido asentí con la cabeza - ¿Sabes preparar pan siquiera? - pregunto.
- No señor, pero puedo aprender - conteste.
- Lo que faltaba - rechistó - ¿Para qué estás aquí si no sabes hacer pan?
- Señor, puede que no sea el empleado que esperaba tener, pero le aseguro que puedo ser bueno administrando o al menos comerciando el pan con otras regiones y aquí mismo, y a la vez aprender como hacer al menos un pedazo de pan - le conteste.
- ¿Puedo confiar en un extranjero? - pregunto.
- Puede que mis palabras no sean mucho para usted, pero el tiempo lo dirá todo - conteste.
- Veo que eres correcto, muchacho - dijo - podrás administrar mi negocio, pero no esperes el trato que tu cultura espera - advirtió.
- Mucho mejor, señor - le dije.
- Vuelve mañana a las cuatro en punto - dijo ofreciendo su mano - ¿Entendido?
- Entendido - dije y estreché su mano. Me despedí apropiadamente y me retiré del lugar.
Mi primera idea fue regresar a casa, pero algo dentro de mi me lo impidió, caminando en la dirección opuesta. Visualizando a la gran sociedad que asomaba su perfección, ocultando sus más profundas decepciones: había pasado al lado de una iglesia donde se llevaba a cabo una gran ceremonia nupcial, con una bella dama y un desdichado caballero, quien miraba a leguas a otra joven dama de apariencia extranjera, escondida entre los rosales que decoraban el lugar. La joven salió del lugar, derramando miles de lágrimas, posando su delicada mano sobre su estómago. A lo lejos, la mirada con recelo de una mujer anciana. Un amorío, pensé.
Deje de mirar aquella desdicha y seguí mi caminar.
Pensar en los compromisos me daba escalofríos, sabía muy bien mi deber como primogénito, y sobre todo, como hombre.
Hubiera deseado que el día no acabara, así no hubiera recibido las pedradas de parte de mi madre cuando di los primeros pasos dentro de mi hogar, reclamando una respuesta hacia mi nuevo trabajo.
- Empezaré por la mañana - le conteste.
- Esas son buenas noticias - dijo, y con un silencio de por medio, apartó su mirada, regalándole a mi hermano mayor que llegaba de su trabajo la dicha - ¡Hijo! - lo abrazo - ya puedes pedir los días libres que tanto habías deseado. Mr. Kim ha conseguido el trabajo - le dijo.
- Que buenas noticias - replicó - ahora podré ayudarle, madre - le dijo dulcemente.
- ¿Comiste algo, Hyun? - le pregunto.
- No, no conseguí nada - le contestó.
Mi cuerpo quedó inmerso en esa injusticia. No dije nada más y subí al segundo piso, recostandome sobre la incómoda y sucia cama de mi habitación. Las lágrimas brotaron inmediatamente. Con mi antebrazo cubrí mi boca, obstruyendo mi reclamo de atención. No había nada que cambiará mi situación, mucho menos que detuviera los problemas internacionales que contenían a mi nación. No deseaba volver, pero no deseaba quedarme en un lugar tan pobre culturalmente. Todo se digería tan lento, no sabia como reaccionar ante todo lo que sucedía en el mundo.
FORGIVE
Tomé mi saco y salí de casa antes de que los gallos empezaran a cantar. La completa oscuridad que inundaba la ciudad de Londres era desagradable, claramente prefería el día, donde las personas paseaban y recorrían la ciudad, encaminados a asistir a sus trabajos.
Hacía frío, demasiado para mi gusto, pero no podía hacer mucho con el saco y libras que llevaba conmigo, ni siquiera me bastaba para una pieza de pan. Mi estómago rugía, sentía como mis intestinos se revolvían y rogaban por algo de comida, pero ignoré cualquier advertencia de hambre que mi cuerpo me diera, no era el momento de lamentarse o de hacer de mendigo.
A pocos pasos de distancia divisé la panadería con un letrero no tan grande con el nombre “John’s Bakery”. A simple vista no había señales de vida, pero cuando vi una luz al fondo de un callejón entendí que la entrada estaba por detrás del local. Apresure el paso a llegar, ahí vi a Mr. Wilson bajando corrales con lo que supuse, era harina. Me acerqué y tomé un costal, ayudando con la labor.
- Llegas temprano - dijo.
- Así es, señor - dije.
Mr. Wilson empezó a carcajear con fuerza, me confundió aquella reacción. Lo miré atento, esperando que su fuerte voz desapareciera del eco del callejón. Al poco tiempo su voz desapareció de mis oídos y me miró de una forma que no sabía cómo describir.
- Muchacho, la hora demuestra que estás aquí, no tienes porque afirmar que lo estás - dijo.
- Le pido una disculpa - dije en respuesta.
- No tienes que disculparte - dijo.
Asentí; era confuso, siempre me enseñaron a disculparme ante cualquier ofensa ante mis mayores, inclusive si yo no tuviera la culpa. La sonora carcajada de Mr. Wilson me había hecho entender que lo había ofendido de alguna manera, aunque no sabía muy bien de qué manera. Otra cosa que me habían enseñado era a guardar silencio en cualquier momento, y eso hice el resto del tiempo ayudando a bajar los costales de harina.
- Bien, muchacho, ahora ve a contar los costales. En una hora quiero un informe completo - dijo.
Asentí y acate las órdenes que había recibido.
Eran las siete de la mañana cuando las personas empezaron a hacer filas para comprar las piezas de pan que darían a sus familias, y como pensé, fui uno de los cajeros durante un tiempo considerado. No solo trabajaría como administrador, si no como cocinero, vendedor, cajero y demás derivaciones de algún trabajo que se efectuará en una panadería:
El día avanzaba demasiado lento y mi humor no era el mejor en esos momentos, las palabras hirientes y el rechazo que las personas demostraban eran demasiado para mi, pero por las enseñanzas que había aprendido en mi país natal, no debía demostrar mis emociones ante mis enemigos. Intenté luchar internamente por no entrar en llanto frente a todas las personas que me rodeaban, mucho menos frente a Mr. Wilson. No ayudaba en nada el ver los pedazos de pan que las personas compraban, era demasiada tortura para mi estómago completamente vacío. De eso se derivó la imagen de mi madre cocinando el desayuno a mi hermano, consintiendo e inclusive dedicándole dulces palabras.
No pasó mucho hasta mi hora de salida. Mi emoción no era demasiada, era volver a la misma casa llena de frías figuras danzando alrededor de algún ritual maligno. Suspire ante la idea y tomé mi sombrero, dedicado a salir de la panadería, cuando un paso en falso me hizo caer al duro suelo. Intenté levantarme, pero mis débiles brazos no me ayudaron, al contrario, se dejaban vencer al soportar mi peso. Una mano grande me tomó por mi antebrazo y me ayudó a levantarme.
- No me hagas repetir esto o te despediré - dijo Mr. Wilson frente a mi.
Sobre mis manos dejó una pequeña bolsa de papel con poco peso y se marchó. Abrí la bolsa, descubriendo que había dos pequeñas piezas de pan, pero suficientes para saciar mi hambre. No tardé mucho en devorar las piezas de pan que habían estado frente a mi.
Mi torpeza fue cómo aventarme desde una montaña al vacío: mi madre me esperaba en la pequeña sala de la casa; pensaría que su reacción ante mí gratificante trabajo iba a surtir un pequeño halago, pero al contrario de eso, me gane las palabras despiadadas de mi madre cuando noto unas pequeñas migajas de pan sobre mi saco. Si no hubiera sido por mi debilidad, no habría ganado el golpe que me propinó en la mejilla izquierda.
- ¡Hay muy poca comida y usted va y se come lo que ayudaría a su familia! - exclamó.
No conteste nada. La mirada fulminante de mi madre era tan fuerte y severa que no soportaría caer en un mar de sollozos. Me dio un nuevo golpe en la otra mejilla y se retiró de la estancia, inmediatamente escuche sus reproches por la cocina.
El hambre que sentí en esos momentos fue algo inaudito. Mi madre tenía razón, siquiera había comida para alimentar a tres personas y yo comía la comida que nos ayudaría a salir por unas cuantas horas de los pies de la muerte. No era debido qué mi familia sufriera de hambre por mi culpa, no lo merecían... ¿Realmente no lo merecían?
Los días volaron ante mis ojos; hambriento y con cansancio de por medio, había soportado 5 semanas de trabajo. Los dulces olores que venían de la cocina me llamaban en cada instante del día, ignoraba esos anhelos y los guardaba en lo más profundo de mi ser. Dolía demasiado.
- Es bastante apuesto - susurro una mujer - parece necesitado - susurro de nuevo a otra mujer que la acompañaba.
Los intentos por bajar la voz no resultaron, había escuchado cada palabra que pronunciaban. Jackson era uno de los hombres más apuestos del lugar, no dudaría que esos halagos se dirigieran a él.
- Jovencito, ¿Puedo saber su nombre? - me preguntó esa mujer.
- Kim Sunwoo, señorita - contesté.
- Kim Sunwoo - susurró con cierta gratificación - déjame ver tus ojos - ordenó.
Todas las veces que atendía cómo cajero, dirigía mi mirada a las bolsas y el dinero que me proporcionaban en cada compra. Las miradas desagradables de las personas eran demasiado para mis cristalinas emociones.
No tuve opción, levante la mirada, divisando a una elegante mujer: cabello largo y fino, cenizo. Nariz larga y puntiaguda, pómulos levemente alargados, y unos ojos oscuros que se adecuaban con su pequeña pero delicada sonrisa.
- Sus ojos son lindos, Kim - dijo.
No tenía palabras para describir la emoción que me provocaron esas palabras. Nunca me habían dicho tan dulce halago. Me perdí en su mirada, no sabía qué contestar. Un “gracias” era muy poco para agradecer esas palabras.
- Su sonrojo me halaga, Kim - dijo.
¿Cuándo me sonroje? Ni siquiera había sentido aquello. Intente dedicarle una pequeña sonrisa antes de que saliera por el pórtico del local. Era la primera vez que alguien me dedicaba una sonrisa sincera desde que había llegado a este país. Por unos instantes sentí como todo el peso que cargaba sobre mis hombros desaparecía, como si una oleada de felicidad me inundara.
Al salir de mi turno, la vi de nuevo, recargada sobre un poste de luz; me miraba fijamente, me llamaba por mi nombre con tanta dulzura, no podía rechazar algo así.
- Kim, ¿Puedo llamarle por su nombre de pila? - pregunto a lo que asentí con la cabeza - ¿Hace cuanto qué llegó Sunwoo? - pregunto.
- Un mes - conteste.
- Escuche que hay problemas por esas partes del mundo, ¿Puedo suponer que huyó? - pregunto.
- Así es... - contesté - disculpe, ¿Cuál es su nombre? - pregunte.
- Amelia - contesto.
- Belló nombre - dije.
Amelia sonrió con un leve sonrojo en sus mejillas, era una linda jovencita británica de bellos aires.
- Es muy tarde, Amelia. ¿No debería estar en casa? - pregunte.
- Lo es, pero quería verlo una vez más, Sunwoo - contestó - que pase buena noche - dijo y se fue a paso apresurado.
La desolada casa era demasiado triste; las luces apagadas y en completo silencio, extrañamente pacifico. Entre y encontré a mi madre recostada sobre la mesa de la cocina, junto a ella mi hermano menor.
- Lo esperábamos - dijo mi madre al notar mi presencia.
- Conseguí esto, espero que sea suficiente por el día de hoy - dije y dejé una bolsa de papel sobre la ya decaída mesa.
- Será suficiente - dijo mi madre y se paró de su asiento.
Las cosas iban empeorando conforme el tiempo pasaba, apenas podía conseguir unos pedazos de pan y unas verduras. Ni siquiera podía conseguir un pedazo de carne... Era una etapa, todo pasaría en poco, o eso era lo que yo quería creer.
- Coman, aprovechen que está caliente - dijo mi madre sirviendo una sopa de verduras, o más bien, de zanahorias.
- Ustedes coman - dije al notar que solo habían dos platos de comida en la mesa.
Mi madre no dudo en tomar mi plato y empezar a comer, disfrutando cada bocado. Me levanté de mi asiento y fui directo a la cama.
FORGIVE
Mi sudor era demasiado notable, mis nervios me estaban venciendo, poco a poco se apoderaban de mi. Un mes y medio y estaba parado frente a la puerta de la casa de Amelia, con la idea de conocer a sus padres.
- Hyung, parece que la lluvia de anoche cayó sobre ti - dijo Sunhyun.
- No es la gran cosa - dijo mi madre - me sorprende que Mr. Kim juegue con jovencitas británicas, sabiendo que su deber es casarse con una joven nativa.
Nadie diría nada ante ese comentario; al fin y al cabo, las tradiciones seguían estables en la familia Kim. Aquellas tradiciones que me atormentaron toda mi infancia y adolescencia.
La puerta se abrió, mostrando a Amelia, radiante como una estrella. Una sonrisa se formó en su rostro al verme, siempre lo hacía: desde aquel día en el que hablamos en las afueras de la panadería, sus visitas inesperadas se volvieron habituales y sus dulces sonrisas se volvieron un tesoro. Sonreí, imitando cada rastro de aquella sonrisa tan preciada. Me había preguntado muchas veces que era aquel sentimiento de calidez en el pecho, esa vibra tan agradable y acogedora, era amor.
Cualquier tradición que albergará mi familia se iría al caño cuando posara un gran y brillante anillo sobre el dedo anular de Amelia. En el momento indicado lo haría.
Nos recibió en su hogar con suma calidez, con tan amables gestos y palabras, no comprendía cómo una mujer tan amable podría existir. Ella era la perfección pura en persona; su casa era grande y lujosa, llena de escandalosas decoraciones y retoques, la sala, cocina y habitaciones combinaban a la perfección.
- Mr. Smith - se presentó un hombre símil a Amelia.
- Mr. Kim - me presente.
- Le presento a Mrs. Smith - dijo señalando a una mujer de mediana edad - a mi querida hija ya la conoce.
- Me da gusto conocerlos - dije - les presento a Mrs. Kim y Jr. Kim - dije.
Una gran presión pasaba por encima mío en todo momento. Los padres de Amelia eran más estrictos de lo que ella me había descrito. Sus malas miradas fueron lo suficientemente claras, no me aceptaban. Sentí como mi estómago se revolvía ante la penosa escena.
El resonar de unas pisadas me alarmaron, miré detrás de mí, notando la presencia de un hombre alto y bien parecido. Mi mirada se concentró en él: cabellera oscura y lisa, ojos gratamente pequeños, nariz severamente pequeña y labios redondos.
- Mr. Park, al fin ha llegado - dijo Mr. Smith al notar la presencia del hombre.
Este asintió con la cabeza y se acercó al hombre. Me sorprendían demasiado sus rasgos, era innegable que era asiático, pero, ¿era otro inmigrante?
- Sunghoon - dijo Amelia con mucho gusto - te quiero presentar a Kim Sunwoo y a su familia - dijo la joven con demasiados ánimos.
El hombre extendió su mano, acepté el saludo silencioso pero... El tacto de su mano fue cómo sentir una corriente eléctrica pasar por todos mis nervios. Lo mire fijamente a los ojos, notando una severa atención de parte de él, sus ojos fijos en mí, observando cada parte de mi cuerpo. Me solté de su pequeño saludo y Amelia presentó a mi madre y hermano, pero él no prestó atención a las palabras de la joven, estaba muy ocupado mirándome.
- El día es muy lindo para dejar pasar esta oportunidad - dijo Mrs. Smith, sacándome de mis pensamientos.
No entendía a qué se refería, por ello asentí, sin saber a qué se refería. Mr. y Mrs. Smith caminaron a la salida, seguidos de mi familia, Amelia y al final aquel hombre, Mr. Park. Lo seguí igualmente, fue cuando comprendí las palabras de Mrs. Smith. Un paseo por el parque y un picnic en el mismo.
De un momento a otro el ambiente se acrecentaba con las educadas pero interesantes conversaciones que Mrs. Kim y Mrs. Smith tenían, junto a la motivadora charla que Mr. Smith y Mr. Park tenían. Mientras tanto, Amelia y yo caminábamos por los alrededores del parque, con la constante vigilancia de Mr. Smith.
- Tu madre es agradable - dijo.
- Sí, como tu padre lo es - dije.
Ella rió, mostrando sus pequeños pero delicados dientes blancos.
- Podría asegurar que le agradas, no a dicho comentarios inapropiados - dijo.
- A comparación de Mr. Park, yo quedo en último lugar - bromee - dudo que le agrade, en todo el tiempo que tomábamos el té me miraba horrorosamente - dije.
- Mi padre tiene un carácter demasiado difícil, no es muy apegado a los sentimientos humanos en ningún sentido - dijo.
- Y pensar que tu eres su hija - dije.
- ¡Es una anomalía! - exclamó con una carcajada de por medio.
Reí, acompañando el sonido que la mayoría de personas adultas repudiaban en todos los sentidos, la risa era una de las cosas menos preferidas; Mr. Smith junto a su esposa y mi madre nos miraban serios, pidiendo el silencio que antes reinaba en el lugar. A comparación de ellos, Mr. Park solo observaba extrañado, no parecía molesto pero tampoco agraciado por aquellos sonidos. Ambos callamos y miramos fijamente a los adultos, quienes en menos de 5 segundos volvieron a charlar.
Nos miramos extrañados por aquel momento tan extraño y a la vez vergonzoso. Simplemente sonreímos sin hacer ningún sonido para no repetir de nuevo aquella escena. Poco después nos unimos al pequeño convivio que se presentaba frente a nosotros: juraba que moriría ahí mismo si no probaba alguna golosina; sobre todo las fresas, aquellos frutos solamente los había probado una vez, a escondidas de los jefes de mis padres. Era un pequeño gusto para un recuerdo añejo que atesoraba con mucho amor, cuando aún era un niño querido por sus padres que luchaban por no dejar caer a su pequeño retoño.
Mire a Amelia, suplicando con mi mirada el poder tomar al menos una fresa de aquella canastilla. Ella asintió rápidamente y no demoré en tomar uno de esos frutos, saboreando el dulce sabor que recordaba a la perfección, la comparación era que, ahora era un fruto limpio y sin masticar. Cerré los ojos, era un pequeño intento de disfrutar más aquel fruto antes de poder regresar a la rutina diaria de comer una sopa o simplemente no comer nada.
- ¿Nunca había probado una fresa? - preguntó Mr. Park.
- No, ya había probado este fruto hace varios años, Mr. Park - conteste.
- No lo parece - dijo.
- Si me lo permite, Mr. Park. Desde mi niñez que no había vuelto a probar tal fruto - dije.
Era demasiado extraño verlo a los ojos; por el poco plazo de tiempo que había visto sus ojos, notaba lo fríos que eran, como si ninguna emoción se presentará en su carácter. Me intrigaba saber si esos ojos oscuros podrían expresar algo más que la simple frialdad que demostraba en cada acción. Algo más que había notado en su ser era la postura que siempre mantenía, erguido y con la mirada al frente, como si tratara de defender algo, quizás a sí mismo.
- En ese caso, deguste todo lo que guste - dijo Mr. Smith con una expresión que hasta el momento no había demostrado. Estaba conmocionado.
No dude en seguir probando más de aquel exquisito fruto frente a mi, dulce y jugoso.
Al paso de las horas, todos volvimos a la propiedad de Mr. Smith, solamente para despedirnos de la manera más apropiada.
- Fue un placer pasar tiempo con usted, Mr. Kim - dijo Mr. Smith con la misma seriedad.
- El placer fue nuestro. Le agradecemos por su gran hospitalidad - dije antes de despedirme e ir de nuevo a mi tormentosa realidad.
- ¡Mr. Kim! - exclamó.
Mire atrás, mirando a Mr. Park quién salió de la propiedad y se acercó a mi. Gustoso, me acerqué más a él para acortar la distancia que nos dividía. Mr. Park se paró a unos pocos pasos de mi, me observó unos segundos antes de pasar su vista directo a mis ojos.
- Me gustaría conocerlo mejor. ¿Podría invitarlo a tomar el té este fin de semana? - pregunto - claro, su familia es bienvenida - aclaró.
- Sería un placer, Mr. Park - conteste.
- Esta es mi dirección - dijo y me entregó un papel de módico tamaño - espero verlo de nuevo, Mr. Kim - agregó y se dirigió de nuevo a la propiedad.
No sabía lo que había pasado, tal vez su apuesto rostro o simplemente su presencia me habían dejado perplejo. Una parálisis se presentaba por todo mi cuerpo, no podía pensar en nada más que en su invitación tan espontánea, era extraño que siquiera llamará su atención con todo el estrepitoso ruido que Amelia y yo habíamos producido. Un pellizco en mi brazo me hizo reaccionar.
- ¿Qué te dijo Mr. Park? - preguntó Sunhyun.
- Me invitó a tomar el té el fin de semana - conteste.
- Aceptaste, cómo es tu costumbre - dijo molesto - mamá y yo tenemos planes este fin de semana - reclamo.
- Nadie les dijo que tenían que acompañarme - dije - me invito a mi, no a ustedes - dije y avance el tramo que mi madre nos había ganado mientras hablábamos.
FORGIVE
La dirección en el papel doblado que tenía entre mis manos apuntaba que la enorme casa en el campo era la correcta. Esa era la mansión Park. Con miedo, llamé a la puerta, esperando que no hubiera nadie y pudiera irme de ese lugar tan tétrico: las paredes de fuera estaban llenas de moho y humedad, pintadas con un gris claramente oscuro. Unas gárgolas de piedra se asomaban desde lo alto; eran demasiado tétricas.
Por fin se abrió la enorme puerta de madera fina y me recibió un hombre de baja estatura, vestido con un tuxedo a juego. El hombre, amablemente me hizo entrar y me encamino a una habitación al fondo de la enorme mansión, una que daba al enorme patio. No tarde mucho en divisar la silueta de Mr. Park disfrutando de un chapuzón en un lago enorme. No había puesto demasiada atención al patio de aquella residencia, era demasiado bello, era como un bosque encantado, como los que narraban las historias infantiles.
- Mr. Park - llamó al hombre.
Él miró hacia atrás, me observó de nuevo de pies a cabeza desde su cómodo lugar en el lago. Una sonrisa brotó de sus labios pocos minutos después, y sin previo aviso salió del lago, mostrando algo hipnótico; era un hombre apuesto, eso era claro, pero su cuerpo demostraba más. Era más delgado de lo que los trajes demostraban, aún así su silueta era bastante buena. No tenía abdominales como los hombres de las revistas, pero tenía unas pocas líneas que resaltaban su pecho y estómago. Por debajo llevaba un short corto hasta la mitad de los muslos, mostrando sus largas piernas, un poco rellenas. A comparación del picnic cerca de la casa de los Smith, ahora su pelo no estaba peinado hacia atrás, si no que estaba revuelto a causa del agua.
- Mr. Kim, me alegra que aceptara mi invitación, es un honor tenerlo aquí - dijo mientras se secaba el cuerpo.
- Bueno, no podía rechazar su invitación - dije.
- Puede tomar asiento, enseguida vuelvo - dijo y se adentro en la mansión.
El hombre de poca estatura me acompañó hasta unas mesas blancas y se retiró. Desde ahí se podía divisar mejor aquel mundo mágico de los cuentos de hadas, pero mis pensamientos eran un desastre en ese momento. La imagen de Mr. Park saliendo del lago no desaparecía de mi mente en ningún segundo; era sano admirar a otros hombres pero visualizarlos en tus pensamientos más profundos no lo era. Trate de pensar en algo más sano y no la perversión de los pecadores.
- Piensa en Amelia - susurre para mí mismo.
Por más que intentaba visualizar la imagen de la bella joven que deseaba desposar, no podía dejar de ver la misma escena una y otra vez. Mr. Park...
- Enseguida traerán el té - dijo Mr. Park sentándose al lado mío.
No dude en mirar su atuendo, tenía puestos los mismos shorts pero más secos, acompañado de una camisa blanca que no ayudaba mucho a tapar su pecho. Las mangas arremangadas y ligeramente atadas por la misma.
- Esperaba poder tener una charla con usted, quisiera hablar un poco más sobre su situación - dijo.
- ¿Mi situación? - pregunté.
- Es notable su falta de recursos, y no sólo por sus ropas - dijo.
- Si fui invitado para ser humillado, será mejor que me retire - dije y me levanté de mi asiento.
Mr. Park se paró de su asiento como si fuera un rayo y me impidió el paso.
- No, Mr. Kim. No lo invite para humillarlo, de ninguna manera. Quiero ofrecerle un puesto como mayordomo de esta propiedad; Leonart, el hombre que lo recibió en la entrada, ya no está en edad de hacer este tipo de trabajos. Necesito a alguien joven - dijo - le pagaré lo que pida.
- Es una buena oferta, pero no puedo aceptarla - dije.
- ¿Por qué no? Tengo entendido que actualmente trabaja en una panadería que ni siquiera le paga el sueldo debido. Su familia sufre por ello - dijo.
Lo analice unos pocos minutos; Mr. Park tenía razón, mi familia se estaba carcomiendo sola por la falta de dinero y bienes comunes, necesitaban que diera más de mí, eso era.
- ¿Qué tengo que hacer? - pregunte.
- Supervisar que la casa esté en orden, los trabajadores estén trabajando bien y recibir a las visitas - dijo.
Suspire, no estaba preparado para hacer un trabajo así, pero lo haría, por el bien de mi familia, por Amelia...
- Está bien - dije.








