Beautiful Problems ➞ Appleradio | Radioapple por 🌈˖ ࣪𝓡𝓒. 𝗋𝖺𝗂𝗇𝖻𝗈𝗐 𝖼𝗈𝗈𝗄𝗂𝖾𝗌 en Inkitt
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Beautiful Problems ➞ APPLERADIO | RADIOAPPLE

Sinopsis

Alastor E. Haworth lleva una vida que podría considerarse digna y tranquila, aunque muy solitaria. Es un locutor de radio altamente famoso y respetado por la mayoría de los grupos sociales, aunque hay un pequeño detalle; siendo un Alfa joven, no tiene tiempo para enlazarse con alguien o incluso tener una familia propia, no cuando ha cometido crímenes imperdonables a escondidas de todos. Hasta que conoce a un hermoso Omega que llega para cambiar las cosas.

Estado:
En proceso
Capítulos:
11
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5.0 8 reseñas
Clasificación por edades:
18+

Susurrar

Inglaterra, 1932.

En toda su vida, Lucifer jamás había sentido tanto miedo como en aquel momento.

Los acontecimientos habían transcurrido tan rápido, que no le había dado tiempo de procesarlos correctamente y comprender que había cometido un terrible error. Sólo tenía diecinueve años, en seis meses cumpliría veinte, y al ser el menor y único varón Omega de la familia Magne Morningstar, (Zacarías y Azrael, los hermanos mayores siendo Alfas, casados e incluso con hijos por venir, y Serafina y Emma, sus dos hermanas de en medio, siendo una Beta y la otra Omega), había altas expectativas por que pronto se enlazara con un Alfa de alta cuna, para así beneficiarlos con más riquezas y tierras o incluso descendencia.

Pero contrario a los planes de sus superiores, terminó enamorándose perdidamente de un hombre que le ilusionó y prometió todo; era apuesto, fuerte y encantador, un príncipe azul sacado de los cuentos de hadas y libros románticos que a diario leía en la biblioteca en vez de ponerse a estudiar, fácilmente se ganó el corazón del chico con palabras endulzadas y promesas de hacerlo feliz al reclamarlo como su cónyuge, y él no dudó en entregarse en cuerpo y alma cada noche que se encontraban a escondidas, sólo para que después lo abandonara, dejándole una mísera carta de despedida donde revelaba sus motivos y el por qué no podrían estar juntos, teniendo que viajar a América por cuestiones “personales”, aunque Lucifer, aún cegado por el enamoramiento, creía que lo hizo para protegerlo de algo, y muy pronto volvería a por él, se casarían y luego se irían a vivir muy lejos, preferentemente en el campo, cerca de un lago con patos, donde sólo habría amor, felicidad y pasión todos los días.

Pobre e ingenuo. Ahora mismo no tenía a nadie presente que le protegiera.

Su cuerpo era un lío de temblores, sus ojos picaban por las lágrimas que difícilmente trataba de contener, respiraba entrecortadamente y jugueteaba con sus dedos, con los nervios de punta. Había sido convocado a la sala de estar, pobremente iluminada de no ser por la chimenea encendida y algunas velas cerca de los muebles rústicos; las flamas del fuego bailaban y se retorcían con violencia, la luz se proyectaba en el cabello rubio de Lucifer, pareciendo unos cuantos tonos más claro y suave, también remarcaba sus delicados rasgos, dándole un aspecto angelical, inocente, frágil como muñeca de porcelana. No le gustaba sentirse así.

Vulnerable... y acorralado. Lo detestaba.

Al frente estaban sus padres y hermana. A diferencia de Lucifer, el fuego contorneaba aún más sus sombras y figuras esbeltas, que se podían confundir por unas siluetas demoníacas. Sentado en el sofá, Joseph Magne, un renombrado Alfa de negocios, estricto y duro en toda la palabra, le observaba con total seriedad. Damaris Morningstar, una hermosa y refinada Omega, se encontraba de pie junto a su esposo, con las manos cruzadas por debajo de su estómago, sumisa y callada, sin atreverse a levantar la mirada hacia su hijo. Y por último, Serafina optaba por la misma posición que su madre, sólo que ella sí mantenía su vista fija en Lucifer, preocupada. Ambas mujeres llevaban puesto pesados vestidos cerrados hasta el cuello, de color gris y zapatos con tacón cuadrado, maquilladas discretamente, junto con el largo cabello castaño recogido, siendo la imagen de pureza y total perfección; por su parte, el jefe de la familia traía un traje de vestir negro, con el cabello rubio oscuro peinado hacia atrás, salpicado de algunas canas y una barba que delineaba su fuerte mandíbula. Cada facción y arruga de su rostro se mantenían tensas, mientras se frotaba la sien derecha, gesto de estar completamente cabreado.

Lucifer tragó saliva, sintiéndose muy pero muy pequeño. Si de algo estaba seguro, era que su señor padre no era muy bien conocido por un carácter paciente y cuando algo realmente le molestaba, debía prepararse para la tormenta.

—Repítelo —dijo Joseph con tono imperante, casi utilizando su voz de mando, haciendo temblar a los únicos presentes en aquella habitación.

El joven Omega sintió que un nudo se le formaba en la garganta, desvió la mirada hacia otra parte, al tiempo que apretaba sus nudillos hasta que se tornaban blancos.

—Yo... Yo e-estoy... —alcanzó a pronunciar con las palabras muy vacilantes, haciendo un gran esfuerzo por que tampoco se le quebrara la voz, se sentía humillado. Toda esa valentía y necedad para argumentar, cuestionar y rebelarse contra su propio padre se esfumó en un instante, dejando paso a una asfixiante sensación de angustia.

—Carajo, niño, ¡habla fuerte y claro! —exigió el hombre, perdiendo la poca paciencia que le quedaba.

En respuesta, Lucifer miró a Joseph con muchísimo temor.

Desde hacía un mes, el vástago más joven presentó repentinos mareos y pérdida de fuerza al punto de desmayarse, seguido de vómitos matutinos y episodios de fiebre; hacía un par de días, su familia creía que se trataba de anemia y fueron con el médico personal, y a pesar de haberle recetado una botella y pastillas especiales para aliviar el malestar, todavía solicitó una reunión discreta con ambos padres y revelarles una noticia devastadora...

—... Estoy encinta —confesó al fin.

Sin marca, sin marido, sin tener siquiera un cortejo formal, ya iba a tener un hijo.

Un bastardo.

Fue como si de repente estuvieran en un funeral. Damaris soltó un sonido similar a un sollozo muy por lo bajo, llevándose las manos a la cara para que no la escucharan lamentarse. Por su lado, Serafina bajó la mirada, visiblemente decepcionada, siempre creyó que su hermano menor era problemático pero saber que tuvo relaciones fuera del matrimonio era un pecado imperdonable, y no veía esperanza alguna de que pudiera redimirse. Joseph exhaló con fuerza el aire contenido y cerró los ojos, tratando de alguna manera apaciguar la ira que comenzaba a emerger en su interior.

—¿Tienes una sola idea de lo que acabas de hacer? Dime... ¿Es que tengo un hijo tan estúpido como tú? —habló con pesadez, cada palabra que salía de su boca temblaba de coraje, el viejo hombre hacía un esfuerzo por no saltar y abalanzarse contra su propio cachorro, pues su enojo se iba transformando en ira, inflándose como una bomba a punto de estallar ante el más mínimo contacto.

Su fuerte aroma a cigarro, licor y menta estaba más que presente en todo el lugar, y el rubio se encogió de hombros, atemorizado.

—No, señor —contestó débilmente.

—¿Es entonces una provocación para desobedecerme y retarme? ¿Te gusta tener problemas conmigo?

—¡N-No, no! Es que... —trató de justificarse. Respiró con dificultad— Sólo quería abrazarlo, sólo quería estar cerca de él y yo-...

Se sobresaltó cuando de un manotazo seco, el Alfa mayor arrojó al suelo uno de los vasos de vidrio con el que usualmente tomaba whisky, rompiéndose en miles de pedazos, y luego observó cómo se levantaba de su lugar, y se movía de un lado a otro, murmurando y maldiciendo, colérico.

—Cariño, por favor... —Su mujer se acercó, alarmada, intentando calmarlo y hacerle entrar en razón, pero cuando quiso tocar siquiera su brazo, él la apartó con un violento movimiento. Serafina se posicionó a su lado para sostener de cerca a Damaris y alejarse lentamente de su encolerizado padre. Un segundo más y seguro también la hubiera golpeado.

—¡¿En qué carajos estabas pensando?! ¡¿Tienes una maldita idea de lo que acabas de hacer?! —Gritó Joseph entre furioso y tenso, dirigiéndose ahora hacia su hijo, y el rubio retrocedió algunos de pasos hacia atrás hasta topar contra la pared, sintiendo sus piernas temblorosas cual mantequilla a punto de derretirse. Con un movimiento brusco lo agarró del cuello de la camisa, a un par de centímetros de él, mostrando sus colmillos en señal de advertencia, usó la contundencia de su cuerpo para someterlo y a quemarropa le soltó:

—De todas las bajezas que pudiste haber cometido, embarazarte...

—Padre, yo... —susurró el Omega con la voz temblorosa, respiraba con dificultad.

Joseph alzó su mano hecha puño, con la intención de estrellarlo contra su cara, y por consecuencia, Lucifer apretó fuertemente los párpados.

—¡No lo lastimes! —exclamó su hermana, horrorizada.

Pero el tan esperado golpe nunca llegó, el rubio abrió poco a poco un ojo, con el pecho agitado y observó cómo el brazo entero de su padre oscilaba, queriendo estrujar aquel instinto agresivo, pues por más que le sacara de sus casillas ese mocoso ingrato, nunca se atrevería a agredirlo; en cambio, lo lanzó sin mucho cuidado contra el piso alfombrado. Lucifer cayó de espaldas, con un quejido.

—¡Lucifer! —Damaris se zafó del agarre de su hija y corrió a auxiliarlo. Se sentó rápidamente a su lado, protegiéndolo con su cuerpo de cualquier movimiento, y lo ayudó a medio incorporarse.

Serafina se inclinó también, escudando tanto a su pequeño hermano como a su progenitora. El Omega miró la figura imponente de su padre.

—Eres un desgraciado, egoísta y patéticoOmega, después de todos los sacrificios que hemos hecho por ti, no te bastó con sólo abrirle las piernas a cualquiera. Por un maldito capricho, acabas de arruinar tu futuro —lo señaló acusadoramente—. ¡Acabas de manchar nuestro apellido, como la degenerada zorra que eres!

Todas sus palabras le atravesaban como mil agujas en el pecho, el aroma de su padre se había vuelto rancio y sus feromonas se expandían por las cuatro paredes del espacio, alterando todavía más de lo que ya estaban a Lucifer y Damaris. Y había sido inevitable, pues se soltó a llorar desgarradoramente, sintió la traición de sus lágrimas derramarse en sus mejillas rosadas.

—Perdóname... ¡Perdóname, p-padre, por favor!... —Se llevó ambas manos a su rostro, reprimiendo sus gemidos lastimeros y sollozos, no queriendo que el Alfa pudiera escucharlos. Damaris tampoco pudo contener su tristeza, y rodeó con sus brazos a su niño, frotando su rostro contra su cabellera dorada, soltando un poco de sus feromonas para calmarlo y hacerle saber que estaba a salvo. Serafina, aunque no era cercana o tenía los sentidos desarrollados como ellos, trató de consolarlo de igual forma, y es que haría lo que fuera para no verlo sufrir así, incluso dar su vida con tal de protegerlo.

Joseph miró a su hijo, completamente indefenso y dolido, entonces, suavizó su gesto, la pena invadió su semblante y se pellizcó el puente de la nariz. Era cierto que estaba muy, muy cabreado con aquel insolente y rebelde cachorro que compartía su sangre, pero tampoco quitaba el hecho de que se sintiera afligido. Era apenas un crío, ¡un niño!, ignorante de la vida, siempre encerrado en su mundo idealista y ya estaba cargando con grandes responsabilidades. Quería imaginarse que había sido un descuido o quizás había sido forzado, en vez de aceptar el hecho de que Lucifer fue tan ingenio y tonto como para entregarse a la primera persona que le habló dulcemente, sin darse cuenta de las consecuencias que traería.

El Alfa no sabía qué opción era peor.

De lo que sí estaba seguro, era que debía ayudar como pudiera a su hijo menor. Se frotó el entrecejo, y suspiró con cansancio. No quería llegar a esto, era un gran riesgo, pero sólo había una opción para solucionar este maldito problema.

—El doctor mencionó que apenas tienes un mes, así que aún estás a tiempo... —murmuró, pensativo— Va en contra de la palabra de nuestro Señor, pero si es la única alternativa...

—Padre, no estará pensando... —dijo Serafina, pero calló enseguida, como si pensar o decirlo en voz alta fuera un acto de mala suerte.

—Un precio alto, sí, pero es mejor a que dejar que siga progresando, y habrá que ser discretos por una temporada antes de volver a dar la cara a nuestros conocidos... —fue la conclusión. Estiró su espalda, cruzando sus brazos detrás de su espalda— Nos pondremos en las manos de Dios para que todo salga bien.

—Joseph, ¿de qué estás hablando? —preguntó laOmega, consternada, creyendo que su marido había perdido la razón.

—El jueves, después del atardecer, iremos con el señor Faustus y eliminará este... pequeño inconveniente —explicó con voz fuerte y determinada, ya no había vuelta atrás, estaba decidido. Miró de reojo a su vástago—. Te he dado demasiados caprichos y libertad, esta será tu última llamada de atención. Vas a dejar esa rebeldía tuya a un lado y empezarás a comportarte como se debe.

—¿Padre? —Lucifer no entendía a dónde quería llegar con eso.

—Tomaré cartas en el asunto para que te cases con quien nos convenga, y vas a tener tu vida hecha como Dios manda, con herederosdignos, ¿entendiste?

Lucifer abrió los ojos desmesuradamente. No podría estar sugiriendo que él... Que lo llevaría a... No, no, ¡no! Instintivamente se llevó una mano al vientre. El mandato era claro, sería absurdo contradecirlo, y sin embargo, eso hizo. Quiso protestar contra él.

—¡No!

Joseph se volteó como picado por una víbora, con una expresión sombría.

—¿No? ¿Te atreves a contestarle a tu padre?

—¡Lo que intento decir es que no puede hacer esto! ¡Es una total aberración!

—Lucifer, ya basta. No sigas con esto —advirtió Serafina, pero él no escuchó.

—¡No es justo, padre, va en contra de los principios que nos ha enseñado! ¡Yo no-...!

¡Silencio! ¡No estás en posición de hablar ahora mismo! —exclamó exaltado Joseph, conteniendo las ganas de abofetearlo ahí mismo. Lucifer bajó la mirada al suelo, forzado a adquirir una actitud sumisa, al igual que su progenitora—. Nadie en esta familia ha cuestionado jamás las órdenes delAlfade la manada y no va a ser uno de mis hijos, en especial unOmega, quien lo haga. Te vas a deshacer de ese engendro que cargas contigo y vas a casarte con quien yo diga, aunque tengamos que arrastrarte hasta el altar. Fin del asunto —terminó de decir, antes de salir de la sala, sin mirar atrás.

Las lágrimas brotaron sin control, Lucifer lloró e hipó verdaderamente angustiado, sin saber qué hacer. Él no quería esto, ¡él no quería esto! Quería gritar de puro coraje, quería romper y destruir la sala, quería desahogarse, dejar salir todas las emociones desbordadas en su interior. Él quería hacer tantas cosas, él quería,él quería...

—Luci, hijo mío, mírame —la voz de su madre resonó en sus oídos.

Lucifer alzó la mirada, con sus preciosos orbes hinchados y enrojecidos.

—No... No quiero hacerlo, madre, por favor... —suplicó entre sollozos— No me obligues.

—Necesito que seas honesto conmigo, ¿tú quieres a este bebé? —le preguntó.

Por un instante, Lucifer lo dudó, le entró un tremendo miedo por este cachorro que ya estaba formándose en su vientre; él no deseaba verlo como un tropiezo, después de todo, recordó que siempre le había emocionado la idea de tener hijos propios, y sabiendo que este querubín era un pedacito suyo y de la persona que amaba profundamente, tal vez valdría la pena conservarlo... Sin tenerlo aún en sus brazos, ya lo amaba con cada parte de su ser, y ya quería sentir pataditas y acariciar su barriga crecida. Y tal vez, si le contara a suAlfaque estaba esperando un hijo suyo, con mayor razón regresaría y finalmente formarían una familia.Fantasear y esperar que algo nuevo y hermoso que se escucha de un susurro llegará.

—Sí —dijo con un hilo de voz.

—¡¿Qué?! —se exasperó Serafina— No puedes estar hablando en serio. ¡¿Acaso perdiste la cabeza?!

Damaris miró con el ceño fruncido a su hija, dándole a entender que esto no le incumbía, y ella solamente suspiró, derrotada. Con cuidado, ayudó a su hermano a ponerse de pie y les dio su espacio para que hablaran, alisándose la falda de su vestido, se giró sobre sus talones, encaminándose hacia la puerta pesada de madera y se retiró. Asegurándose de que laBetaestuviera fuera de su vista, la mujer volvió a centrarse en el jovenOmega, tomando suavemente sus manos entre las suyas.

—Tienes que decirme el nombre de quien te hizo esto —dijo con simpleza.

Lucifer terminó de secarse las lágrimas con el dorso de la mano, respirando sonoramente y se mordió el labio, ansioso. Se quedaron en silencio por un largo rato. Damaris estaba expectante.

—Lucifer, estoy esperando. ¿Es alguien que conozco? ¿Un amigo de la familia? No te preocupes. Hablaré con tu padre si ese es el caso, él se encargará de los detalles y habrá un matrimonio rápido antes de que las cosas se salgan más de control...

Nada. No hubo respuesta alguna.

No quiso decir la verdad, revelarle quién era el padre, porque sabía que su madre lo juzgaría de inmediato. Sabría que había sido un error y con más razón dejaría que lo llevasen a ese horrible lugar. Le haría pagar por su mayor pecado: amor.

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Buenos personajes

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Diálogos potentes

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Ver 8 comentarios anteriores...
author

Me alegra que aquí esté la historia, la he seguido desde hace mucho tiempo y como me apena que Wattpad la haya eliminado 😭

2 años
1
author

Me acostumbre a wattpad pero por esta obra me acomodo a estaaa

2 años
author

estaba a nada de reportar y enviar chisme , peeeero ya vi que si eres la original uwu

2 años

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