Relatos del multiverso: la zorrita cósmica y el lobito
De pronto se escuchó un gran estruendo por toda la ciudad. Tan fuerte que llamó la atención de toda la comunidad. Tan extenso que, como si de una explosión volcánica se tratara, puso en alerta a toda la población. Vecinos, autoridades, todos acudieron de inmediato al lugar del siniestro. “Ha caído del cielo”, dijeron algunas personas murmurando. Otras mostraron mucha preocupación, ya que pensaron se trataba de un presagio para el fin del mundo. “Es un castigo por nuestros pecados”, dijeron. Sin embargo, entre toda esa cacofonía de voces, alguien se estaba armando otra hipótesis.
“Tengo la impresión que viene más allá del cielo. Tal vez de algún lugar muy lejano”, pensó el lobito, quién, entretanto se iba abriendo camino rápidamente entre la multitud para llegar al punto en el que se había originado el estruendo. Arboles destrozados, una espesa cortina de polvo y tierra en el aire, así como un profundo cráter en el suelo, fue lo primero que vio al llegar a la zona de los hechos. “Como lo sospechaba, por la forma y dimensión del cráter, lo más probable es que venga del espacio”, se dijo así mismo buscando confirmar lo que hasta entonces consideraba era tan solo una hipótesis. Después, miró al cielo atentamente. Este se encontraba azulado y oscurecido por la noche. Tomando como referencia las estrellas más cercanas, trataba de trazar el curso del objeto en el espacio. “Lo que es claro, es que no parece provenir de algún lugar cercano”, concluyó.
La cortina de humo poco a poco se disipaba, develando de mejor manera la inmensidad del cráter que se había creado. El lobito tuvo al fin una mejor estampa visual que le permitiría, pensó, elaborar una mejor idea de lo ocurrido. Aunque, curiosamente, lo que llamó más su atención era el fondo del cráter. Ya que en el, alcanzaba a divisar una pequeña sombra. Que a primera vista le hacía pensar que pertenecía a la de un animalito. Armado de valor, decidió acercarse, con la intención de apreciarlo con más claridad. Estando cerca, su mirada se llenó de asombró ante lo que vio. Por un lado, efectivamente, tal como lo había pensado, la sombra pertenecía a la de un animalito. Pero por el otro, específicamente, se trataba de una zorrita. Que estaba acostada, y por sus ojitos cerrados, parecía estar dormida o inconsciente.
La observó detalladamente por unos momentos. “No parece ser muy grande. No tiene un color particular. Ni sus orejas o cola presentan rasgos que pudieran ser distintivos. Entonces, y por lo que puedo apreciar, no presenta ninguna característica distinta al promedio de su especie”, se dijo así mismo, como si con ello diera por concluida su examinación. No obstante, la zorrita al sentir que algo la miraba, abrió rápidamente sus ojitos. Dando tremendo salto, sorprendió también al lobito. Pero más sorprendente fue, que su pelaje comenzó a brillar. Brillaba en distintos tonos. Algunas veces en rosa, otras en morado. Azul y verde también eran colores que adoptaba. Al verla cambiar tanto de brillos, el lobito sonrió. “Mi conclusión fue totalmente equivocada, no es cualquier zorrita. Si viene del espacio y adopta muchos colores, es como si fuera más bien una zorrita cósmica”, dijo, mientras la veía con su rostro lleno de asombro.
Después de un momento, ahora ella lo miraba detenidamente, como si él le fuese familiar. La zorrita se le acercó lenta y cuidadosamente. Estático el lobito no sabía qué hacer. Ella lo tocaba, lo miraba, lo olía, como tratando de confirmar algo. Finalmente, dijo: “sí, eres tú”. “¿Yo?”, preguntó él, asombrado. “Sí, tú. Eres quién ha escrito todas estas cartas. Porque tienes su mismo olor”, le dijo ella, mostrándole una caja llena de hojas de papel. “Por todo el universo te he buscado. Desde los planetas en los que siempre llueve, a los que están llenos de castillos de metal. Desde el planeta en el que un niño cuida una flor del desierto hasta la estrella donde camina solitario un viejo sabio llamado Sócrates. Y te he buscado todo este tiempo, porque quiero responder a todo lo que has escrito. En tus cartas has hablado de la soledad, del amor, de la valentía, de la frustración, de la depresión y de la alegría. De todos esos sentimientos que suelen ser de los humanos y no de nosotros los animales”, le dijo ella, mientras sus ojitos se iluminaban a la luz de la noche.
“Me sorprende que sea un lobito y no un humano quién haya escrito estas bellas cartas. ¿Qué no es acaso el ser humano el que debe plantearse las preguntas sobre la mejor forma de vivir?, ¿sobre lo que es justo?, ¿sobre lo que es realmente verdadero? No es él quien debe plantearse las preguntas sobre por qué hay tanto dolor en el mundo, o por qué se destina tanto dinero a las guerras en lugar de al trabajo y al alimento de los más desfavorecidos. Me ha parecido curioso que seas tú, quién persiga la máxima de un humano; la máxima del escritor Shakespeare. Esa que reza: nada humano me es ajeno. Tanto me han conmovido tus cartas, que he venido hasta aquí. Solo para decirte, a todo lo que has escrito, que no te encuentras solo. Que en tu búsqueda de la verdad, cuentas conmigo; con todo mi cariño; con todo mi apoyo”, le dijo ella, mientras lo abrazaba dulcemente. El lobito sintió como el calor de la zorrita calentaba su pecho, como llenaba con sus hermosas palabras su alma. Entonces, le devolvió el abrazo. Tratando de ser lo más cariñoso posible que pudiera, tratando de transmitirle la calidez de sus palabras le habían provocado.
“Por lo que he analizado, sé que has viajado mucho zorrita. Por tu pelaje, por tu brillo, puedo ver tu valentía. Y veo, que es una que no radica en ser valerosa frente a los demás, sino en una valentía que te ha permitido conocerte a ti misma. Lo puedo ver en todos esos colores que muestras en tu pelaje, todos esos tonos. Sé que son reflejo de tus emociones. De que has amado con intensidad. De que has sufrido inmensamente. De que has sido feliz a plenitud. De que has padecido una tristeza prolongada. Todas esas emociones que llevas a flor de piel son muy hermosas. Demuestran al mundo, al universo, que estas llena de franqueza, de honestidad, de nobleza”, le dijo el lobito, colocando sus manos en sus hombros, mientras ella lo miraba fijamente.
Caminando por los escombros, el lobito y la zorrita salieron del cráter. La población estaba inquieta. Aún guardaban mucha incertidumbre sobre lo sucedido. “No hay de que temer”, les comunicaba el lobito a todos. “Miren, tan solo es una linda zorrita que ha venido a visitarnos desde el espacio”, les decía, tratando de transmitirles calma. Los pobladores comenzaron a acercarse. La veían, observando su hermoso pelaje. Luego, le sonreían. “Ves, una vez que les explicas puedes notar que en realidad los humanos no son malos. Tan solo les falta confiar más en ellos y en quienes les rodean”, le dijo el lobito a la zorrita.
Más tranquilos tras lo sucedido, niños y mujeres se acercaban a acariciar a la zorrita. El lobito, platicaba sobre sus descubrimientos en el cráter, con la pasión que le caracterizaba, tratando de calmar a los pobladores por lo sucedido. Observaba la carita de la zorrita. Se encontraba alegre y tranquila. Cuando tuvo la oportunidad se acercó a ella y le dijo: “bien, ¿qué te han parecido?, ¿verdad que son buenas personas? Por cierto, no te agradecí el hecho de que ahora me acompañas. Y quiero que sepas que también contarás con todo mi cariño, mi apoyo, mis palabras…siempre, amiga mía”.
Alberto Pascual