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˗ˏˋ꒰UN AMOR CON MASCARA꒱ ˎˊ˗ 𓇢𓆸

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Sinopsis

Muchas veces nos hemos preguntado, cómo es que los villanos se vuelven eso, villanos, ¿Porque siempre los vemos como el malo de la película? El querer más poder, un amor que no resultó bien, una venganza hacia alguien o tal vez el simple hecho de ayudar a alguien nos vuelva un villano. ¿Como resulte peleando con el que para mi, era un idolo? Mejor aun, ¿Porque el simple hecho de haber ayudado a alguien hizo qué mi luz se apagara? Aunque no debo ser mal agradecido fue gracias a ti que casi me vuelvo alguien como tu, pero también te agradezco pues fue así que entendí que siempre vimos solos un lado de la moneda. Al final de cuentas, me demostraste que los héroes solo son una palabra para disfrazar el verdadero villano qué llevan dentro.

Genero:
Adventure/Romance
Autor/a:
MIYAMI23
Estado:
En proceso
Capítulos:
34
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

🔥Prólogo - Experimento "HERO"❄️

Hace siglos, el tiempo era un lienzo diferente, trazado con la monotonía de la existencia común. Pero aquella era terminó abruptamente con un estruendo ensordecedor. Un hombre, atrapado en las fauces de un edificio que se desmoronaba, se enfrentaba a su final. Los gritos, el polvo y el crujir de la estructura eran la sinfonía de la muerte inminente. Sin embargo, en aquel instante de desesperación absoluta, cuando el peso del hormigón amenazaba con sepultar su vida, un anhelo ardiente se encendió en su pecho. El deseo de volver a los brazos de su familia, la pura fuerza de la voluntad de vivir, se convirtió en una chispa que desafió lo conocido.

Entonces, algo inaudito ocurrió. Su mente, forzada hasta el límite de la comprensión humana, se fracturó y se reconstituyó. Despertó un poder, una capacidad innata que le permitió burlar el destino y emerger de los escombros, vivo. Este milagro conmocionó al mundo. Los científicos, al principio, buscaron explicaciones en lo externo: ¿una fuerza cósmica venida del espacio? ¿Una energía primigenia que emanaba del núcleo terrestre? La curiosidad y el temor se entrelazaron en su búsqueda.

Pero el verdadero asombro estaba por llegar. Años después, en los confines de un laboratorio, donde la ciencia a veces bailaba peligrosamente con lo desconocido, los experimentos fallidos desataron un nuevo caos. Una mujer, colega en la misma incansable búsqueda, se vio atrapada en una situación mortal similar a la del primer hombre. Y en ese punto de inflexión, ante el abismo, ella también desató su propio poder latente, salvándose de la aniquilación.

Fue entonces cuando la verdad se hizo evidente, y el asombro se transformó en una comprensión abrumadora: esto no venía de fuera, sino de dentro. Uno tras otro, en situaciones de peligro extremo, la humanidad comenzó a manifestar estas extraordinarias capacidades. La evolución había encontrado un nuevo camino. Los científicos, con una mezcla de reverencia y euforia, acuñaron un nombre para esta manifestación de poder innato: lo llamaron “Dominio”. Y así, el mundo, tal como lo conocían, dejó de ser el mismo.

El nacimiento del Dominio no solo reescribió las leyes de la física para la humanidad, sino que también alteró el mismísimo lienzo de su existencia biológica. Pronto se hizo evidente que este cambio no era una peculiaridad aislada, sino una evolución genética. Los hijos de aquellos que poseían Dominios diferentes, al unirse, a menudo manifestaban una capacidad aún más potente, una síntesis o amplificación de los dones de sus progenitores. La genética se convirtió en una lotería de poder, donde las combinaciones genéticas prometían descendientes con habilidades que desafiaban aún más los límites de lo imaginable.

Pero la revelación más cruda y desgarradora fue el descubrimiento de cómo se obtenía el Dominio. No era un regalo; era una cicatriz. La llave para desbloquear este poder residía en la experiencia más brutal de la vida: el trauma. Un Dominio nacía del dolor más profundo, del miedo más abyecto. Un evento catastrófico en la infancia, la fría garra de una situación de vida o muerte, o la explosión incontrolable de una emoción extrema, eran los catalizadores. La mayoría de las veces, esta terrible epifanía se manifestaba en los años tiernos de la niñez o en la turbulenta adolescencia, cuando la mente es más maleable y vulnerable.

El mundo se dividió entonces en aquellos que llevaban el estigma glorioso de su Dominio y aquellos que no. La paradoja era cruel: anhelar el poder significaba anhelar el sufrimiento que lo engendraba. Y para algunos, los “afortunados” que vivían existencias pacíficas, la realidad era una suerte diferente: la amarga verdad de permanecer “sin Dominio”, desprovistos de esa chispa extraordinaria. Condenados a una vida ordinaria en un mundo que ya no lo era, observando cómo otros volaban, movían objetos con la mente o doblaban la realidad a su antojo, mientras ellos mismos solo podían soñar con lo imposible. La normalidad se había convertido, para algunos, en la más cruel de las desventuras.

Sin embargo, el don del Dominio, tan asombroso como era, venía con una sombra inherente. Un poder tan vasto, extraído de los abismos del trauma, podía corromper la mente más fuerte. La línea entre la cordura y la locura, entre la auto-preservación y la omnipotencia, era delgada como el filo de una navaja. Lo que una vez fue el reino de la fantasía, los cómics y las películas de héroes y villanos, de repente se manifestó con una realidad escalofriante.

El uso de los Dominios trascendió rápidamente las aplicaciones cotidianas. Si bien la construcción, la medicina o la exploración se beneficiaban enormemente, era inevitable que la naturaleza humana encontrara vías más dramáticas para su manifestación. El surgimiento de figuras que usaban sus Dominios para el bien público fue contrarrestado por aquellos que sucumbieron a la tentación del poder sin restricciones, sembrando el caos y la destrucción. Así, los roles de “héroe” y “villano” dejaron de ser arquetipos de ficción para convertirse en una cruda y peligrosa realidad.

La sociedad, tambaleándose bajo el peso de esta nueva era, no podía permitirse el lujo de la inacción. La ciencia, que una vez buscó entender el Dominio, ahora se vio obligada a controlarlo. Con una urgencia desesperada, se dedicaron a idear métodos para contener a aquellos con poderes que amenazaban la estabilidad del mundo. Los laboratorios bullían con la creación de tecnologías de supresión. Surgieron así las celdas especializadas, capaces de neutralizar cualquier manifestación de Dominio; los collares anuladores, que silenciaban las habilidades de sus portadores; y las pulseras, dispositivos portátiles diseñados para contener las erupciones de poder.

El objetivo era claro: restaurar el orden, contener la amenaza. Pero la existencia de estas herramientas era un recordatorio constante del precio del Dominio, de la fina línea entre ser un salvador y un destructor, y de que incluso los mayores avances de la humanidad podían convertirse en sus mayores cadenas.

El sol de Kioto se derramaba generosamente sobre la ciudad, bañando los antiguos templos y las modernas estructuras con un resplandor dorado. Era una mañana de esas que invitaban a la esperanza, un lienzo perfecto para un día ordinario que pronto dejaría de serlo. En la prestigiosa Academia Kintsugi, conocida por su enfoque inclusivo que unía a estudiantes con y sin Dominio bajo el mismo techo, el ajetreo era palpable. Los estudiantes de último grado, una mezcla efervescente de talentos latentes y capacidades ya manifiestas, se estaban preparando para una emocionante excursión a los renombrados Laboratorios T.A.B. Era una tradición anual, una mirada al corazón de la innovación científica en el mundo post-Dominio.

Sentado en los fríos escalones de piedra de la entrada principal, con la paciencia que solo la costumbre de esperar a un familiar puede forjar, estaba Angel. Su cabello negro, salpicado con distintivas franjas blancas que enmarcaban su rostro, contrastaba con la profundidad pensativa de sus ojos cafés. Observaba el ir y venir de sus compañeros, el murmullo de las conversaciones y la expectación en el aire, mientras esperaba a su hermana menor. Miyami, con su azabache cabellera y ojos tan cafés como los suyos, había recordado de repente que había olvidado algo crucial en su casillero, una pequeña crisis matutina que Angel ya preveía.

No tuvo que esperar mucho. Unos minutos después, el sonido de pasos ligeros se acercó.

—¡Angel! —su nombre, pronunciado con la urgencia y el ligero alivio de quien ha logrado una pequeña victoria contra el tiempo, resonó. Miyami, con el objeto olvidado ya seguro en sus manos, apareció con una sonrisa, lista para la aventura que les esperaba en los laboratorios T.A.B.

Angel volteó la cabeza al escuchar su nombre, la expresión de su rostro serena como siempre. Se puso de pie con una agilidad silenciosa y observó a su hermana, sus ojos cafés escudriñando los de ella.

—¿Pudiste encontrar todo? —preguntó, su voz tranquila y llena de esa familiar preocupación.

Miyami asintió vigorosamente, su sonrisa resplandeciendo.

—¡Sí, todo! —respondió, agitando una pequeña libreta en su mano—. Ya podemos irnos.

En ese instante, dos chicas de su clase pasaron junto a ellos, susurrando con una mezcla de emoción y horror.

—...y dicen que Dagashi destrozó casi la mitad del distrito financiero —dijo una, con los ojos muy abiertos.

—No lo puedo creer. El Héroe Pluma de Acero apenas y pudo contenerlo. Dejó el edificio de la Bolsa de Valores en ruinas completas —añadió la otra, con un escalofrío en la voz.

Las palabras flotaron en el aire, una cruda muestra de la realidad en la que vivían. Angel y Miyami se miraron por un breve momento, la sombra de la destrucción y la batalla de Dominios cerniéndose por un instante sobre su mañana soleada. La Academia Kintsugi podía intentar unir mundos, pero la amenaza de los villanos y la escala de sus poderes siempre estaba presente, un recordatorio constante de la delgada línea que separaba la cotidianidad de la catástrofe.

Las palabras de las chicas sobre Dagashi y el edificio en ruinas resonaron en el aire, y la expresión serena de Angel se tensó ligeramente. Miró a Miyami, y una chispa de irritación se encendió en la profundidad de sus ojos cafés, una emoción que rara vez mostraba.

—Debería haber alguien lo suficientemente fuerte como para detener a Dagashi de una vez por todas —murmuró Angel a su hermana, su voz un poco más áspera de lo habitual. No era una pregunta, sino una declaración teñida de frustración y un anhelo de justicia.

En el mismo instante en que esas palabras escaparon de sus labios, un fenómeno sutil pero inconfundible comenzó a manifestarse. Pequeños arcos de energía azulada y blanca crepitaron silenciosamente a lo largo de las franjas blancas de su cabello, danzando como diminutos relámpagos encapsulados. Era una manifestación controlada, casi inconsciente, de su Dominio, una reacción física a la fuerza de sus pensamientos y su irritación. No era una exhibición de poder, sino un reflejo interno, un eco eléctrico de su mente en ebullición.

Miyami lo notó al instante. No era la primera vez que veía esa manifestación, pero siempre era un recordatorio palpable de la fuerza latente que su hermano poseía.

Miyami observó los pequeños arcos eléctricos danzar en el cabello de Angel. Su expresión era serena, acostumbrada a esa manifestación de la irritación o el estrés de su hermano.

—No necesitamos tenerlo en una celda, Angel —respondió Miyami, su voz suave pero firme—. Solo debemos hacer que recuerde quién fue antes de que el Dominio lo corrompiera. Quizás aún haya bondad en él.

Angel abrió la boca para replicar, seguramente con algún argumento pragmático sobre la necesidad de la contención, cuando una sombra lo cubrió a él y a Miyami. Antes de que pudiera girarse, un chico de cabello azabache, un poco más alto que ambos hermanos, apareció por la espalda de Miyami, tomándola suavemente en sus brazos y levantándola un poco del suelo.

—¡Miyami! ¡Lista para la aventura! —exclamó Johan, el novio de Miyami y, a su vez, el mejor amigo de Angel, con una sonrisa amplia y contagiosa. Su voz era enérgica y su presencia, luminosa. Bajó a Miyami con delicadeza, quien se rio con una mezcla de sorpresa y afecto.

—¡Johan! —dijo Miyami, dándole un suave golpe en el hombro—. ¡Me asustaste!

Johan entonces se giró hacia Angel, su sonrisa tan genuina como siempre.

—¿Qué pasa, Angel? ¿Ya estás debatiendo sobre la moralidad de los supervillanos tan temprano? —preguntó Johan con un tono juguetón, notando los últimos destellos de energía en el cabello de Angel.

Angel suspiró, una pequeña sonrisa formándose en sus labios. La presencia de Johan siempre tenía ese efecto, disipando un poco la tensión.

—Solo le decía a Miyami que Dagashi es un peligro que debe ser neutralizado —respondió Angel, aunque la irritación en su voz había disminuido considerablemente.

Johan se encogió de hombros con despreocupación, pasando un brazo por los hombros de Miyami.

—Es cierto, es un dolor de cabeza, pero por eso tenemos a los héroes, ¿no? Nos toca a nosotros disfrutar de la excursión y dejar que ellos se encarguen de los malos —dijo Johan, guiñándole un ojo a Miyami.

Miyami asintió, su rostro ya libre de cualquier preocupación por Dagashi. —Exacto. Además, hoy vamos a los Laboratorios T.A.B. ¡Estoy segura de que aprenderemos un montón!

Miyami, aún sonriendo, tomó el brazo de Angel.

—Vamos, no queremos perdernos la explicación inicial. Johan, ¿vienes? —preguntó Miyami, ya comenzando a moverse hacia la zona de reunión de la excursión.

Angel asintió a su hermana, y juntos le dieron la espalda a Johan, dirigiéndose hacia el resto del grupo. Su breve debate sobre Dagashi parecía haber quedado atrás, reemplazado por la anticipación del día.

En cuanto se alejaron unos pocos pasos, la figura de Johan pareció encogerse ligeramente. La amplia sonrisa que había iluminado su rostro se desvaneció, reemplazada por una expresión melancólica y cargada. Sus ojos, que un instante antes brillaban con una alegría despreocupada, ahora parecían albergar un peso inmenso. Bajó la mirada al suelo, como si el entusiasmo que había mostrado hubiera sido una máscara, una actuación perfectamente ejecutada. Había una sombra en él, algo que no compartía, una carga silenciosa que contrastaba brutalmente con su personalidad burbujeante. Era un fugaz instante de vulnerabilidad, casi imperceptible para quienes no estuvieran buscando, pero lo suficientemente elocuente como para sugerir que la alegría de Johan era más compleja de lo que parecía a primera vista.

El autobús, un vehículo de aspecto moderno con grandes ventanales, esperaba a los estudiantes de la Academia Kintsugi. Un grupo ya considerable se agolpaba en su interior, buscando los mejores asientos. Angel y Miyami subieron por la puerta delantera, sus ojos explorando las filas en busca de un lugar.

Una figura esbelta y alta, de cabellos blancos con mechas celestes, se inclinó desde uno de los asientos del medio. Sus ojos, de un brillante color ámbar, brillaban con una inteligencia aguda. Era Ilver, el hermano mayor de Angel y Miyami, también estudiante de último grado y, al parecer, encargado de alguna forma de supervisar al grupo más joven.

—¿Ya tienen todo, ustedes dos? —preguntó Ilver, su voz resonando con una autoridad calmada pero efectiva. Una ligera sonrisa asomaba en sus labios.

—¡Sí, Ilver! —respondió Miyami con prontitud.

—Todo en orden —añadió Angel.

Ambos se dirigieron a una fila vacía un poco más atrás, encontrando asientos junto a la ventana. Apenas se habían acomodado cuando Johan subió al autobús. Sus ojos encontraron los de Ilver al instante.

Ilver, con una sonrisa cómplice, levantó ambas manos y realizó un rápido y rítmico saludo con los dedos, un gesto que parecía ser un código interno entre ellos. Johan devolvió el saludo con la misma velocidad y se dirigió directamente hacia él. Se sentaron juntos en una fila, justo delante de Angel y Miyami, y comenzaron a charlar animadamente en voz baja.

La imagen de Johan, que hacía solo unos minutos había mostrado una melancolía fugaz, ahora volvía a irradiar su habitual ligereza al interactuar con Ilver. Sin embargo, la brevedad y la intensidad de la expresión anterior no se borrarían fácilmente de la memoria.

Angel y Miyami se acomodaron en sus asientos, pero la curiosidad sobre la conversación entre Ilver y Johan pudo más. Se inclinaron hacia adelante, apoyándose en el respaldo de los asientos de sus hermanos mayores, un acto de familiaridad y cercanía.

—¿De qué están hablando? —preguntó Miyami, con su tono habitual de quien no quiere perderse nada.

—¿Y qué esperan ver en los Laboratorios T.A.B.? —añadió Angel, observando a Johan e Ilver con una mezcla de interés y su habitual seriedad.

Johan, girándose ligeramente en su asiento, les dedicó una sonrisa.

—Yo estoy ansioso por ver el ala de clasificación de Dominios —dijo, con un brillo en los ojos—. Siempre me ha fascinado cómo la ciencia ha logrado categorizar algo tan... etéreo. Ya sabes, los Dominios elementales como fuego, agua, tierra, aire... pero también los más complejos, como los de luz, oscuridad, psíquicos, o incluso los que manipulan el tiempo o el espacio. Quiero ver cómo los estudian, cómo intentan entender sus límites y sus interacciones. Quizás hasta revelen algún nuevo tipo que aún no conozcamos.

Su entusiasmo era palpable, y el gesto de melancolía anterior parecía haber sido completamente borrado por su interés en el tema. Miyami asintió, visiblemente intrigada por la idea. Angel, por su parte, escuchaba atentamente, los pequeños arcos de energía en su cabello ya completamente disipados, pero su mente trabajando.

Lo que pareció una eternidad de traqueteo de autobús y paisajes urbanos pasando por la ventana llegó a su fin. El vehículo finalmente se detuvo frente a un imponente complejo de edificios de arquitectura moderna y líneas limpias: los Laboratorios T.A.B. Grandes letreros holográficos proyectaban el logo de la corporación y mensajes de bienvenida, pero también de seguridad.

Los estudiantes comenzaron a bajar en un torbellino de voces y mochilas. Angel, Miyami, Ilver y Johan se unieron al resto del grupo en la explanada de la entrada principal, un vasto espacio de diseño minimalista. Allí los esperaba su maestro, el Sensei Tanaka, un hombre de mediana edad con gafas finas y una expresión que denotaba tanto paciencia como una gran inteligencia.

—Bien, presten atención —dijo el Sensei Tanaka, su voz resonando con una autoridad calmada que acalló el murmullo de los estudiantes—. Antes de entrar a las instalaciones de los Laboratorios T.A.B., es imperativo que todos se coloquen las protecciones que les fueron entregadas ayer. Recuerden que estas son para su seguridad y para la integridad de los equipos sensibles.

Se refería a unos guantes especiales y un tipo de brazalete de material sintético de alta resistencia.

—Una vez adentro —continuó el Sensei, señalando con la mano hacia la entrada principal, donde ya se vislumbraba una recepción espaciosa y luminosa—, todas sus mochilas y pertenencias personales, junto con cualquier dispositivo electrónico no autorizado, deberán quedarse en la recepción. Habrá casilleros seguros disponibles. Queremos evitar cualquier interferencia o accidente en las áreas de investigación. Su atención y sus ojos son las únicas herramientas que necesitarán hoy.

Los estudiantes asintieron, ya acostumbrados a los estrictos protocolos de seguridad en instalaciones de alta tecnología, especialmente aquellas que trataban con Dominios. Empezaron a buscar en sus mochilas, sacando los guantes y brazaletes de protección, preparándose para la inmersión en el corazón de la ciencia del Dominio.

Justo en el momento en que el Sensei Tanaka terminaba sus instrucciones y los estudiantes comenzaban a sacar sus protecciones, el suave zumbido de un celular rompió brevemente el silencio. El sonido provenía de Johan.

Una tensión casi imperceptible cruzó su rostro. Se detuvo en seco, y por un microsegundo, esa misma melancolía que había mostrado antes regresó, más acentuada. Sin embargo, con una habilidad digna de admiración, la disimuló casi de inmediato, volviendo a su expresión más habitual, aunque un poco más forzada esta vez.

—Adelántense ustedes —dijo Johan, con la voz ligeramente más baja de lo normal, mientras sacaba su teléfono—. Necesito tomar esta llamada. No tardo, los alcanzo adentro.

Miró a Miyami, y luego a Ilver y Angel, con una mezcla de urgencia y una súplica tácita para que no le preguntaran nada. La pantalla del teléfono brillaba con un número desconocido, o quizás uno que él no quería que se viera. El misterio que lo rodeaba se hizo más denso.

Angel, Miyami e Ilver intercambiaron una mirada rápida. La actitud de Johan no pasó desapercibida, pero respetaron su petición. Miyami le dio una pequeña sonrisa preocupada.

—No te tardes, Johan —dijo Miyami.

—Aquí te esperamos en la recepción —añadió Ilver, un atisbo de preocupación en sus ojos ámbar.

Sin más palabras, los tres hermanos procedieron a colocarse sus protecciones y a dirigirse hacia la entrada de los laboratorios, dejando a Johan de pie, un poco apartado del grupo, con su celular en la mano y la mirada fija en la pantalla, el dilema que cargaba siendo por un momento más palpable que el entusiasmo de la excursión.

El grupo de estudiantes, una vez equipado con sus protecciones y habiendo guardado sus pertenencias en los casilleros brillantes y metálicos de la recepción de los Laboratorios T.A.B., comenzó a moverse. Las puertas de vidrio templado se deslizaron, revelando un largo pasillo iluminado con luz tenue y flanqueado por paneles interactivos que mostraban gráficos complejos y animaciones de Dominios en acción. El recorrido estaba a punto de comenzar, la promesa de la ciencia y el descubrimiento en el aire.

Pero Johan no regresaba. Los minutos pasaban, el zumbido de la multitud se alejaba lentamente. Angel e Ilver, al notar que Miyami se había quedado rezagada, se acercaron a ella.

—Vamos, Miyami, nos vamos a quedar atrás —dijo Ilver, con un tono de urgencia.

—Johan nos alcanzará. Sabes lo rápido que es —añadió Angel, intentando tranquilizarla.

Miyami, sin embargo, negó con la cabeza, su ceño fruncido con preocupación.

—No, quiero esperarlo. Dijo que no tardaría —insistió, sus ojos fijos en la puerta por donde Johan había desaparecido.

Al ver su determinación, Angel e Ilver comprendieron que no la convencerían. Con un suspiro resignado, pero entendiendo la lealtad de su hermana, los dos se unieron al grupo que ya avanzaba, prometiendo que la esperarían en la primera parada del recorrido.

Miyami se quedó sola en la vasta recepción. Los casilleros cerrados, las luces brillantes y el eco de sus propios pasos. El tiempo se estiró. Uno, dos, cinco minutos... y Johan no aparecía. La preocupación se convirtió en una punzada de ansiedad. Finalmente, la lógica y el miedo a ser reprendida por el Sensei Tanaka la impulsaron a moverse. Tenía que reunirse con su grupo.

Con la esperanza de alcanzarlos, Miyami comenzó a caminar por el pasillo principal por el que el grupo se había ido. Pero la inmensidad de los laboratorios, sus pasillos idénticos y las puertas que se abrían y cerraban con silenciosa eficiencia, comenzaron a desorientarla. Los paneles interactivos, antes fascinantes, ahora se sentían como un laberinto tecnológico. Se giró a la derecha, luego a la izquierda, intentando recordar el camino, pero cada giro la llevaba a una bifurcación aún más confusa.

Estaba sola. Y perdida.

Miyami se detuvo en medio del pasillo laberíntico, reprendiéndose mentalmente por su terquedad y por la absurda situación en la que se había metido. ¿Cómo pudo perderse tan rápido en un lugar como este? Su mente repasaba los giros, las puertas, los paneles, todo se mezclaba en una confusa amalgama.

Entonces, sus ojos se posaron en una puerta pesada, de metal grisáceo, que sobresalía ligeramente del resto. Parecía mal cerrada, un resquicio que ofrecía una promesa de un camino alternativo. Un instinto, o quizás la desesperación de encontrar una salida, la hizo pensar que tal vez el grupo había pasado por allí por alguna razón.

Sin dudarlo, Miyami empujó la puerta. Se abrió con un leve chirrido metálico. Cruzó el umbral y entró.

Se quedó sin aliento. Lo que encontró no era otro pasillo, sino una vasta cámara. El lugar era gigantesco, un espacio cavernoso repleto de tanques de cristal que burbujeaban con sustancias de colores imposibles: verdes luminescentes, azules eléctricos, púrpuras vibrantes. Computadoras avanzadas emitían pitidos rítmicos y zumbidos suaves, sus pantallas parpadeando con complejas líneas de código y gráficos de energía. Fascinada por los destellos y el misterioso ambiente, Miyami caminó sin mirar por dónde iba, sus ojos explorando cada detalle de ese espacio prohibido.

Su distracción la llevó a chocar de frente con una estructura metálica, un panel de control con una serie de botones y palancas. Al levantar la vista, un cartel en letras rojas y negritas la hizo palidecer. Un escalofrío le recorrió la espalda al leer: SECTOR RESTRINGIDO: PROYECTO H.E.R.O.

El nombre la golpeó como un rayo. Había oído rumores, susurros en los pasillos de la Academia Kintsugi, especulaciones en los foros de noticias clandestinos. El proyecto “HERO” era el intento desesperado de la ciencia por otorgar Dominios a aquellos que habían nacido sin ellos, una empresa tan ambiciosa como moralmente cuestionable. Su mente gritó una única orden: debía salir inmediatamente de allí.

Se dio la vuelta con brusquedad, dispuesta a huir de aquel lugar prohibido. Pero el destino, o quizás la intrincada maquinaria del laboratorio, tenía otros planes. La tela de su bata de estudiante, una prenda ligera pero resistente, se enganchó en una palanca de emergencia que sobresalía de la consola con la que había chocado. Miyami tiró con fuerza para soltarse, presa del pánico. En lugar de liberarse, escuchó un clic metálico rotundo y profundo. La palanca bajó por completo, encajándose en su posición final.

Un estruendo sordo sacudió el suelo de la cámara, un sonido que reverberó en sus huesos. Antes de que pudiera reaccionar, la pesada puerta por la que había entrado, la misma que había encontrado mal cerrada, se selló con un golpe seco y hermético. El aire a su alrededor se sintió más denso, más opresivo.

Estaba atrapada. Completamente sola, en el corazón del Proyecto H.E.R.O.

El pánico de Miyami se intensificó al sentir una presión sutil pero creciente en el aire. De las rejillas del techo, con un siseo casi imperceptible al principio, comenzó a brotar un humo denso y rojizo. No era un simple vapor; era una neblina química que olía a ozono y a metal quemado, un aroma sintético y acre que arañaba sus fosas nasales. Al no llevar puesto el tapabocas de seguridad que las normas de los laboratorios exigían en ciertas zonas, el gas inundó sus pulmones al primer intento de pedir ayuda. Una tos seca y espasmódica la sacudió, y el mundo a su alrededor comenzó a tambalearse.

Sus sentidos empezaron a fallar de inmediato. La vista se le nubló, los colores de los tanques se distorsionaron en manchas borrosas, y el sonido de los pitidos rítmicos se convirtió en un zumbido distante y confuso. Sintió un hormigueo helado que rápidamente se transformó en una parálisis que trepaba por sus piernas, amenazando con inmovilizarla.

Con una fuerza de voluntad desesperada, luchó contra el efecto del gas. Cada paso era una batalla, sus músculos se sentían como plomo. Con la vista nublada y el cuerpo a punto de ceder, alcanzó a divisar una puerta en el extremo opuesto de la vasta cámara. Era su única esperanza. Se abalanzó sobre ella, descargando todo el peso de su cuerpo sobre el panel de apertura de emergencia. Un crujido metálico y un silbido de aire comprimido. La puerta cedió de golpe.

Miyami cayó hacia adelante, su cuerpo cediendo finalmente a la parálisis. Aterrizó pesadamente, no sobre el suelo frío, sino sobre la figura sorprendida de alguien que pasaba por el pasillo.

Una voz familiar, urgente y llena de alarma, resonó en sus oídos apenas antes de que la oscuridad la reclamara:

—¡Miyami! —El grito de Angel fue agudo, teñido de un horror helado.

Eran sus hermanos. Angel e Ilver, sus rostros tensos de preocupación y alivio al verla, habían regresado para buscarla. Pero la visión de Miyami, convulsionando ligeramente mientras el gas rojizo aún se aferraba a su ropa, tiñó de horror la reunión.

Ilver reaccionó con la velocidad de un rayo, su rostro antes preocupado ahora una máscara de pura determinación. Sus ojos ámbar se encendieron con una intensidad gélida.

—¡El gas! —exclamó Ilver, comprendiendo de inmediato la gravedad de la situación. Con un movimiento brusco, se agachó y envolvió el cuerpo flácido de Miyami entre sus brazos. Inmediatamente, una fina capa de escarcha comenzó a cubrir la ropa de Miyami, y el gas rojizo que se le aferraba se solidificó y cayó pulverizado, como pequeños cristales. Ilver irradiaba un aura fría, su piel misma parecía exudar una bruma helada mientras el aire a su alrededor descendía bruscamente de temperatura. Era su Dominio, el control absoluto sobre el hielo, manifestándose con urgencia para proteger a su hermana del veneno.

Angel, por su parte, no se quedó atrás. La visión de su hermana en ese estado, inerte y envenenada, desató una furia silenciosa en su interior. Las franjas blancas de su cabello resplandecieron con una intensidad eléctrica mucho mayor de lo habitual, y un aura crepitante de energía amarilla comenzó a danzar a su alrededor. No era solo la irritación; era una manifestación furiosa de su Dominio, la manipulación de la energía cinética y eléctrica, ahora volcada en la protección. Con un rugido de frustración y un destello en sus ojos, Angel golpeó el panel de control junto a la puerta del sector restringido.

—¡Tenemos que salir de aquí! —exigió Angel, y del panel, repentinamente sobrecargado por su energía, saltaron chispas mientras los indicadores de seguridad parpadeaban en rojo.

Ilver, sosteniendo a Miyami con cuidado, corrió por el pasillo. —¡Por aquí, Angel! ¡Hay una salida de emergencia al final!

Los dos hermanos, ahora completamente alerta y con sus Dominios en plena acción, comenzaron a moverse. Pero el sector restringido no se abriría tan fácilmente. Una alarma estridente comenzó a sonar, penetrante y ensordecedora, y las luces del pasillo empezaron a parpadear intermitentemente, sumiendo el lugar en un caos de sonidos y destellos rojos. La incursión accidental de Miyami había activado los protocolos de seguridad de los Laboratorios T.A.B. al máximo nivel.

En algún lugar más profundo de las instalaciones, una serie de compuertas se cerraron herméticamente, mientras voces automatizadas comenzaban a anunciar una evacuación de emergencia. El Proyecto H.E.R.O. había sido comprometido, y Angel e Ilver, con Miyami inconsciente en brazos, se encontraban en el ojo de la tormenta.

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