Capítulo I
Con una expresión de absoluto descontento, Sofíe cerró la maleta de golpe.
El cierre metálico avanzó con dificultad hasta detenerse a mitad de camino. La maleta, vieja y descolorida, parecía estar tan poco emocionada por el viaje como ella.
—Perfecto —murmuró Sofíe—. Un pueblo perdido en medio de la nada. Justo lo que siempre soñé.
Se dejó caer sobre la cama y contempló su habitación. Había pasado los últimos minutos empacando sin entusiasmo, metiendo ropa, cargadores y cualquier cosa que pudiera necesitar para sobrevivir a lo que, según sus padres, serían «unas vacaciones inolvidables».
Inolvidables. Claro.
—¿Ya terminaste? —preguntó su madre desde el otro lado de la puerta.
—Sí.
—¿Estás segura?
Sofíe miró la maleta.
—No. Pero la maleta sí.
La puerta se abrió y su madre asomó la cabeza.
—Sofíe...
—¿Qué?
—No pongas esa cara. Solo serán unas semanas.
—Eso es exactamente lo que me preocupa.
Su madre entró en la habitación y se sentó a los pies de la cama.
—Te vendrá bien desconectarte un poco.
Sofíe soltó una risa seca.
—¿Desconectarme? Mamá, mi vida social ya cabe dentro de un teléfono. Si me quitan el teléfono, directamente desaparezco.
—Podrías conocer gente nueva.
—¿En un pueblo donde viven... cuántas personas?
—No lo sé.
—Eso no es una respuesta tranquilizadora.
Su madre intentó contener una sonrisa.
—Tienes una actitud terrible.
—Tengo una actitud realista.
—También podrías aprovechar para descansar.
—¿Descansar de qué?
—De la escuela. De tus amigos. De estar todo el día frente al móvil.
Sofíe levantó el teléfono que tenía sobre la cama.
—Mis amigos están aquí.
—Precisamente.
Sofíe la miró durante unos segundos antes de volver a dejarse caer sobre la almohada.
No entendía cómo sus padres podían considerar aquello unas vacaciones. Mientras todos sus compañeros probablemente estarían planeando salidas, fiestas o viajes con amigos, ella iba a pasar el verano en un lugar que apenas aparecía en el mapa. Un pueblo remoto, a incontables kilómetros de su escuela y de las pocas personas con las que realmente hablaba.
Y lo peor era que no tenía amigos ni siquiera en su propio vecindario.
Por eso el teléfono era su refugio.
A través de una pantalla podía estar con sus compañeros aunque estuvieran lejos. Podía hablar con ellos hasta la madrugada, reírse de cualquier tontería y fingir, durante unas horas, que no estaba sola.
Pero ahora sus padres habían decidido que necesitaba «aire fresco».
—Por favor, dime que al menos hay internet —dijo Sofíe.
Su madre guardó silencio.
Sofíe levantó lentamente la cabeza.
—Mamá.
—Probablemente.
—¿Probablemente?
—Tu padre dijo que había cobertura en algunas zonas.
—¿Algunas zonas?
—Sí.
—¿Y qué zonas son esas?
—No lo sé.
Sofíe se quedó mirándola, horrorizada.
—Voy a morir.
—No vas a morir.
—Eso dices porque todavía no has visto el lugar.
Desde el pasillo, la voz de su padre interrumpió la conversación:
—¡Chicas! ¡Tenemos que salir en diez minutos!
Sofíe cerró los ojos.
Diez minutos.
Ni siquiera le quedaban diez minutos para acostumbrarse a la idea.
—¡Ya voy! —gritó su madre.
Después volvió a mirar a Sofíe.
—Intenta darle una oportunidad.
Sofíe observó su maleta, luego su teléfono y finalmente la ventana.
—Le daré una oportunidad —dijo, aunque su tono dejaba claro que no pensaba hacerlo.
Su madre sonrió.
—Eso es todo lo que te pido.
Cuando salió de la habitación, Sofíe tomó el teléfono y abrió el chat de su grupo de amigos.
Escribió rápidamente:
«Chicos, si desaparezco, quiero que sepan que los quise».
La respuesta diáfana de uno de ellos llegó casi de inmediato.
«¿Otra excursión familiar?»
Sofíe suspiró.
«Peor. Me voy al fin del mundo».
Guardó el teléfono en el bolsillo y agarró la maleta.
El verano acababa de empezar.
Y ya lo odiaba.
La perspectiva de pasar todo el verano en un lugar donde apenas habría gente de su edad —y mucho menos alguien con quien pudiera hablar— le resultaba profundamente desalentadora.
Y, para ser sincera, también un poco aterradora.
Horas antes, había hecho todo lo posible para evitar aquel viaje. Había protestado hasta quedarse sin argumentos, se había quejado durante días y había puesto todas las expresiones de disgusto que su rostro era capaz de producir, intentando incluso proponer quedarse en casa con su padre. Pero su madre había zanjado el asunto con una de esas sonrisas tranquilas que significaban que no había nada más que hablar.
Y ahora Sofíe estaba allí, terminando de empacar como quien acepta una sentencia.
Apretó una camiseta contra el fondo de la maleta y cerró los ojos por un instante.
Quizá no sería tan terrible.
Quizá habría algo interesante que hacer.
Quizá...
Abrió los ojos.
No. Definitivamente no.
Se dejó caer sobre la cama y volvió a mirar el teléfono.
Mientras esperaba algún mensaje de sus amigos, su mente empezó a divagar sobre lo que podría encontrar en aquel lugar.
¿Haría nuevos amigos?
La pregunta apenas consiguió mantenerse en su cabeza unos segundos.
¿Y qué tal un romance de verano?
Sofíe soltó una carcajada seca.
—Sí, claro.
Se imaginó por un instante conociendo a algún chico misterioso y encantador en aquel pequeño pueblo, caminando juntos al atardecer, intercambiando miradas y viviendo una de esas historias que parecían existir únicamente en las películas.
Volvió a reír.
—¿Qué sigue? ¿Que aparezca un príncipe en caballo?
Negó con la cabeza, divertida por su propia imaginación.
Era absurdo.
Completamente absurdo.
Especialmente porque, si sus padres decían la verdad, aquel lugar estaba tan aislado que probablemente conseguir señal de Wi-Fi sería más difícil que encontrar a alguien de su edad.
Su teléfono vibró.
Sofíe lo tomó inmediatamente.
Por un segundo, su corazón se animó al pensar que quizá alguno de sus amigos había respondido.
Pero no.
Era un mensaje de su padre.
«Cinco minutos.»
Sofíe dejó escapar un suspiro.
—Qué tragedia...
Guardó el teléfono en el bolsillo y se levantó de la cama.
Cinco minutos para despedirse de su habitación.
Cinco minutos antes de abandonar todo lo que conocía.
Y varias semanas antes de descubrir que, quizá, había juzgado aquel verano demasiado pronto.
Aunque, pensándolo bien...
Había alguien que podía convertir aquellas semanas en una auténtica pesadilla.
Sofíe recordó de pronto a Mateo, el hijo de los vecinos de su abuela.
—No... —murmuró.
No lo había visto en años, pero era imposible olvidarlo.
Mateo era un poco menor que ella y, desde que tenía memoria, parecía haber convertido las travesuras en una especie de disciplina olímpica. Siempre encontraba la manera de meterse en problemas y, misteriosamente, salir de ellos sin una sola consecuencia.
Tenía una técnica infalible: poner aquella cara de inocencia absoluta, inclinar ligeramente la cabeza y decir:
—Yo no fui.
Y, por alguna razón, los adultos siempre le creían.
Mientras tanto, Sofíe terminaba cargando con el regaño.
—¡Pero si estabas con él! —le decía su madre.
—¡Eso no significa que haya sido yo!
—Entonces, ¿quién fue?
Sofíe señalaba a Mateo.
Mateo sonreía.
—Yo no hice nada.
—¡Te odio! —le había gritado ella alguna vez.
—Yo también te quiero —respondía él, completamente satisfecho consigo mismo.
Sofíe apretó los labios al recordar aquellas escenas.
Si de niño ya era insoportable, no quería ni imaginar cómo sería ahora.
—Genial —murmuró mientras cerraba la maleta de un golpe—. Como si el pueblo no fuera suficiente.
Se quedó unos segundos mirando la maleta.
Quizá Mateo hubiera cambiado.
Quizá hubiera madurado.
Quizá...
—No —se corrigió—. Definitivamente no.
Solo tenía una esperanza para aquel verano: no encontrárselo.
Con eso en mente, tomó su maleta y salió de la habitación.
El resto del día desapareció entre preparativos, llamadas de última hora y las constantes indicaciones de su madre.
—¿Llevas el cargador?
—Sí.
—¿El otro cargador?
—También.
—¿Tus documentos?
—Sí.
—¿Cepillo de dientes?
Sofíe se detuvo en seco.
—...
Su madre levantó una ceja.
—Sofíe.
—Lo iba a empacar.
—Claro.
—Estaba esperando el momento adecuado.
—Por supuesto.
Sofíe regresó a su habitación refunfuñando.
Al final, contra todo pronóstico, consiguió tenerlo todo listo.
Y antes de que pudiera darse cuenta, estaba sentada en el auto de su padre, con su madre a su lado y la maleta guardada en el maletero.
El auto avanzaba por las calles que conocía de memoria.
Sofíe apoyó la frente contra la ventanilla y observó cómo su ciudad comenzaba a quedar atrás.
Las tiendas de siempre.
El parque donde solía pasar las tardes.
La cafetería en la que se reunía con sus amigos.
Cada lugar desaparecía poco a poco mientras el auto se acercaba a la estación de autobuses.
Sintió un pequeño nudo en el estómago.
No quería admitirlo, pero empezaba a echarlo todo de menos antes siquiera de haberse ido.
—Todavía puedes decirme que cambiaste de opinión —dijo de repente.
Su padre soltó una breve carcajada desde el asiento delantero.
—¿Sobre el viaje?
—Sí.
—No.
—Podrías pensarlo.
—Lo pensé.
—¿Y?
—No.
Sofíe suspiró.
—Tenía que intentarlo.
Su madre sonrió y le dio unas palmaditas en la mano.
—Te prometo que vas a estar bien.
Sofíe volvió la mirada hacia la ventana.
—Eso espero.
El auto dobló en la última esquina antes de llegar a la estación.
Entonces su madre pareció recordar algo.
—Ah, por cierto.
Sofíe la miró con desconfianza.
—¿Qué?
Su madre sonrió.
Una sonrisa demasiado amplia.
Demasiado inocente.
Sofíe entrecerró los ojos.
—¿Por qué estás sonriendo así?
—Llamó tu abuela esta mañana.
—¿Y?
—Estaba muy emocionada por tu llegada.
—Qué bien.
—También dijo que tu Mateo está muy emocionado por verte.
Sofíe se quedó completamente inmóvil.
—¿Mateo?
—Sí.
—¿Mi Mateo?
Su madre soltó una pequeña risa.
—No sabía que había otro.
—¿Y por qué está emocionado?
—No me dio muchos detalles.
Sofíe sintió que un escalofrío le recorría la espalda.
—Mamá...
—¿Sí?
—¿Qué hizo?
—Nada.
—Esa respuesta nunca significa nada bueno.
Su madre se encogió de hombros.
—Solo dijo que tiene una sorpresa preparada para ti.
Sofíe la miró horrorizada.
—¿Una sorpresa?
—Eso dijo.
—¿Qué clase de sorpresa?
—No lo sé.
—¿Y no preguntaste?
—No.
—¡Mamá!
Su padre comenzó a reírse desde el asiento delantero.
—No te preocupes, Sofíe. Seguro que será algo bonito.
—Papá, tú no conoces a Mateo.
—Lo conocí cuando era pequeño.
—Ese es el problema.
Su madre volvió a reír.
—Quizá haya cambiado.
Sofíe cruzó los brazos.
—Sí. Seguro. Y yo soy una persona optimista.
El auto comenzó a reducir la velocidad frente a la estación.
Sofíe miró por la ventanilla y luego hacia su maleta.
Hasta hacía unos minutos, había estado convencida de que lo peor de aquel viaje sería aburrirse.
Ahora ya no estaba tan segura.
Mateo estaba esperándola.
Y, si la memoria no le fallaba, cuando Mateo preparaba una sorpresa, nunca terminaba bien.
Sofíe cerró los ojos y dejó escapar un suspiro.
—Esto va a ser un desastre.
Y, por primera vez desde que sus padres le habían anunciado el viaje, tuvo la sensación de que quizá el verano no sería tan aburrido después de todo.
Solo esperaba sobrevivir a él.