Capitulo I
Con una mirada de descontento marcada en su rostro, Sofíe comenzó a empacar meticulosamente sus pertenencias. El sonido metálico del cierre de la maleta —una que claramente había visto tiempos mejores— resonó en su habitación como un veredicto. Estaba sumida en un mar de confusión, luchando por entender por qué su destino de verano era un pueblo remoto, casi olvidado en la geografía, a incontables kilómetros de distancia de sus amigos de la escuela. Aunque era cierto que no tenía amigos en su vecindario, siempre se las arreglaba para mantenerse en contacto con sus compañeros a través de la pantalla, su único refugio. Era una de esas raras adolescentes que veían las vacaciones como un castigo en lugar de un alivio; para ella, el verano significaba soledad o, peor aún, excursiones familiares meticulosamente organizadas por sus bien intencionados, pero a menudo desconectados, padres.
La perspectiva de un viaje que la aislara aún más de su ya limitado círculo social era algo que le resultaba profundamente desalentador y aterrador. Había intentado todo para evitarlo: protestó hasta quedarse sin voz, se quejó y puso todas las caras de disgusto que pudo, pero nada fue suficiente para convencer a su madre de que la dejara quedarse en casa con su padre. Finalmente, se resignó a su destino, apretando una camiseta contra el fondo de la maleta y albergando la esperanza de que la experiencia no fuera tan desastrosa como la estaba imaginando.
Mientras terminaba de empacar, su mente divagaba sobre lo que le depararía ese verano. ¿Hacer nuevos amigos? ¿Experimentar un romance de verano que cambiaría su vida para siempre? La idea era tan absurda que soltó una carcajada seca que rompió el silencio de su cuarto. Estaba segura de que algo así jamás sucedería, especialmente en un lugar tan aislado donde las señales de Wi-Fi probablemente eran tan escasas como la gente de su edad.
Fue entonces cuando recordó a Mateo, el hijo de los vecinos de su abuela. Era un poco más joven que ella y siempre había sido un fastidio profesional. Mateo tenía la habilidad de escapar de las travesuras con una cara de "yo no fui" perfectamente ensayada, dejándola a ella siempre con la culpa y el regaño de los adultos. Era un niño molesto y, sin duda, ahora que era un poco mayor, sería aún peor. Mientras cerraba la maleta de un golpe, Sofíe solo albergaba una esperanza: no encontrárselo jamás.
Decidió adoptar una actitud positiva, convenciéndose a sí misma de que las cosas no podrían empeorar. Con ese pensamiento, terminó de empacar. El día se desvaneció rápidamente entre los preparativos para el viaje, y antes de que se diera cuenta, se encontró sentada en el auto de su padre junto a su madre, camino a la estación de autobuses que la llevaría lejos de su querida ciudad. Miró por la ventana, viendo cómo los edificios familiares se desvanecían en la distancia.
Justo antes de llegar a la estación, su madre se giró con una sonrisa que a Sofíe le dio mala espina.
—Por cierto, Sofíe, llamó tu abuela —dijo su madre con tono animado—. Mateo te tiene preparada una sorpresa para cuando llegues. Dice que está muy emocionado por verte.
El estómago de Sofíe dio un vuelco, pero no de emoción. Si Mateo estaba involucrado, la "sorpresa" solo podía significar problemas. El viaje al desastre acababa de empezar oficialmente.








