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Sin amor no hay futuro

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Sinopsis

Matilde y Verio se conocen un día de casualidad, sin saber que eso cambiará su vida para siempre. Aunque formen partes de mundos muy distintos, encuentran en el otro su media naranja. Él es un optimista que esconde una gran tristeza en su interior. Ella es una pesimista que carga un gran dolor. Juntos, crecerán y se enfrentarán a los inconvenientes que vengan. Diferencia de clases, enfermedades, racismo... ¿Podrá su amor vencer todo ello? Descúbrelo en esta historia de dos almas rotas y su amor sanador. REGISTRO DE LA PROPIEDAD: M-007190/2024 CORRECCIÓN DE TEXTO Y ESTILO: Gustavo Morales Ramírez TAMBIÉN DISPONIBLE EN PAPEL EN AMAZON

Genero:
Romance/Drama
Autor/a:
Veria Venus
Estado:
Completado
Capítulos:
37
Rating
5.0 2 reseñas
Clasificación por edades:
18+

Prólogo. Matilde.


Quería volver a la infancia. Sí. Quería volver a la infancia. Lo sé, todo adolescente quiere crecer, pero yo... Yo simplemente quería volver a esos días en los que aprender era algo divertido, cuando realmente, es todo lo contrario.

En esta vida se aprende a base de palos y errores. Cada uno aprende a vivir mediante lo que ha vivido o, mejor dicho, lo que le han enseñado. Cuando era pequeña, siempre me protegían, me pusieron dentro de una burbuja para que no me pasara nada. Querían que aprendiera sólo las cosas que valía la pena aprender. Todavía me sigo preguntando por qué aprendí todo lo contrario...

Quería volver a esos días. Cuando la cagabas y quedabas adorable en vez de estúpida. Donde el mayor castigo era estar encerrada en tu habitación. Donde el mayor dolor era hacerse una minúscula rajita. Donde se llora sin una buena razón para llorar. Donde lo que quieres; lo tienes. Donde cada cosa que haces es alabada y donde, pase lo que pase, siempre había alguien para jugar contigo porque eso sí, siempre se te ocurría un juego. No sé vosotros, pero yo quería volver y revivirla todas las veces posibles. Pero todas las veces me saltaría ese día, esa noche, esa hora, ese minuto, ese momento...

—¿Sigues recordándolo?

Lo fulminé con la mirada. Ese psicólogo, como todos, era gilipollas. Seguro que una asignatura del grado era cómo aprender a serlo.

—Lleváis casi trece años haciéndome la misma pregunta. ¿En serio, ya no os sabéis la respuesta? —contesté borde. Siempre conseguían sacarme de mis casillas.

—Si me la recuerdas no pasaría nada — dijo apuntando cosas en aquella maldita libreta. Eso me estaba poniendo nerviosa.

—¿Y si te recuerdo también el dolor de una torta con la mano abierta? ¿Pasaría algo?

El psicólogo se paralizó y dejó de escribir. Clavó sus ojos en los míos y empezó a contarme el mismo rollo de siempre: que si sólo quería ayudarme, que si tenía que ser menos borde para poder relacionarme, que todo es posible, que si no tendría que tener miedo, que tendría que sacar todo, bla, bla, bla. El iluso creía que iba a poder ayudarme, a poder curarme. Mi enfermedad no tenía cura y mis recuerdos, tampoco. Las tonterías que dijera ese psicólogo no iban a hacer lo contrario.

Suspiré y miré el reloj. Ese psicólogo llevaba cuarenta y cinco minutos hablando sin parar, creyendo que lo estaba escuchando. Diez minutos más y esa sesión acababa. Decidí tomar la decisión más inteligente: asentir con la cabeza y perderme en mis pensamientos.

Llevaba demasiado tiempo yendo a esos psicólogos. Locos que se creían capaces de hacer de nuestra vida un mundo mejor, cuando ellos eran los primeros que no sabían qué hacer con la suya. Ya hasta había pillado la técnica perfecta para que se desviaran de la sesión y poder perderme en algo tan interesante como mi mente. Eran tan sencillos... Cómo se notaba que todos habían estudiado lo mismo.

—Matilde, ¿me estás escuchando? —exclamó molesto el psicólogo.

—Sí —asentí con la cabeza. Él me miró con asco, sabía perfectamente que no era así. Se colocó bien en la silla y se acercó a mí, mirándome como si fuera una especie que, además de extraña, es espantosa.

—Entonces... ¿cuál es la última frase que he dicho?

—Pues... —Abrí los ojos como platos y parpadeé varias veces. Él resopló, haciendo que un moco saliera tímidamente. Yo reí levemente y él se enfadó del todo.

—¡No puedes tener esa actitud, Matilde! ¡Que tengas sida no significa que el mundo sea una mierda!

Me horroricé nada más escuchar el nombre de mi enfermedad, esa que hacía que mi mundo fuera tan... “fabuloso”. No me gustaba escucharla, no me gustaba recordar que la tenía, y menos, que fuera un psicólogo preparado para marearme.

—Y... ¿cómo puedo hacer para que no sea así?

Entonces, él empezó a enrollarse de nuevo, intentando que me creyera que mi enfermedad no era tan mala. Creedme, la tengo desde los cinco años. No hay nada que me salve de ella o de esta sociedad que la odia. Todo era así hasta... hasta que llegó ese día que hizo que todo cambiase...


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Bien escrito

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Trama absorbente

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Buenos personajes

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