La casa del lago (Crónicas de Ryland 1)

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Sinopsis

Cuando la madre de Ryland recuerda que tiene un seminario de última hora en Seattle y no confía en dejar solo a Ryland, quien acaba de cumplir dieciocho años, lo lleva a la casa del lago donde su padre está de vacaciones, sin avisarle nada a Victor. Lo que suceda en los siguientes tres días cambiará la vida del adolescente para siempre… © 2017, 2024 Valerian L. Geroux Todos los derechos reservados. Ninguna parte de este libro puede ser utilizada o reproducida de ninguna manera sin permiso por escrito, excepto en el caso de breves citas incluidas en artículos críticos y reseñas. Publicado en Inkitt con el permiso exclusivo de VLG Publishing. Este libro es una obra de ficción. Las referencias a personas, eventos, organizaciones, establecimientos o lugares reales tienen como único fin proporcionar una sensación de autenticidad y se utilizan para impulsar la narrativa de ficción. Todos los demás personajes, así como los incidentes y diálogos, provienen de la imaginación del autor y no deben considerarse reales.

Estado:
Completado
Capítulos:
19
Rating
4.8 15 reseñas
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

Ryland seguía furioso con su madre, aunque habían salido de Spokane hacía unas cinco horas. Acababan de pasar por Red Rock Point y llegarían a Logan Pass en menos de media hora. Durante todo el viaje, Ryland apenas le dirigió la palabra a su madre. Ella parecía estar muy decidida, así que tampoco trató de hablar con él. Sin embargo, aunque ya estaban cerca de su destino, el adolescente no se daba por vencido. Decidió dar una última pelea en una batalla que ya estaba más que perdida.

—¿Me puedes explicar otra vez por qué tengo que quedarme con mi papá? —preguntó Ryland, con un tono lleno de resentimiento hacia ella.

—Porque tengo que ir a Seattle a un seminario importantísimo que se me olvidó por completo —dijo la señora Lucas, apretando los labios. No le gustaba que le preguntaran lo mismo una y otra vez. Eso era justo lo que Ryland había estado haciendo todo el camino. Él sabía que la estaba sacando de sus casillas y sus ojos verdes brillaban con malicia.

—Sigo sin entender por qué no pude quedarme solo en la casa —volvió a preguntar por millonésima vez. Los labios de su madre casi desaparecieron de la tensión.

—Porque todavía eres muy chico para quedarte solo. El seminario dura tres días y tu papá empezó sus vacaciones ayer. Nadie llegaría a tiempo si decides quemar la casa y no me voy a arriesgar —dijo la señora Lucas mientras miraba a Ryland de reojo. El joven de pelo castaño frunció el ceño y se cruzó de brazos.

—Pero tengo dieciocho años —dijo él, remarcando cada palabra—. Ya no soy un niño, mamá.

—Ya discutimos esto, Ryland —repitió la señora Lucas—. Vas a tener que pasar los próximos tres días con tu padre y luego pasaré a buscarte.

Ryland volvió a fruncir el ceño y sacó su iPhone del bolsillo.

—¡Genial, aquí no hay nada de señal! —dijo espantado—. ¿Cómo le avisaste a mi papá que venía?

—No le avisé —dijo la señora Lucas—. Va a ser una sorpresa.

—¿Y si no quiere sorpresas? —preguntó Ryland.

—Ryland, no seas tonto. Tu papá se va a alegrar de verte. Él mismo te preguntó si querías ir con él antes de irse y tú le dijiste que no. Me habrías ahorrado mucho tiempo si hubieras aceptado desde el principio. De pequeño te encantaba ir a la casa de Hidden Lake. Han pasado casi ocho años desde la última vez, ya verás que te va a gustar.

—Como digas, mamá —dijo Ryland y cambió la estación de radio. A esa altura de las montañas, hasta la radio se escuchaba mal. Ryland miró por la ventana. Aunque ya casi terminaba abril, todavía había mucha nieve en los picos. Se dirigían a una casa a la orilla de Hidden Lake, en el estado de Montana. El lago realmente estaba escondido. Era casi imposible llegar en coche, ya que se encontraba hundido entre tres montañas: Mount Cannon, Reynolds Mountain y Bearhat Mountain. El papá de Ryland tenía una casa allí, a donde iba de vez en cuando para escapar de la civilización. A Ryland le encantaba ir con sus padres cuando era niño. Pero cuando su madre terminó sus estudios y empezó a trabajar como doctora, dejó de ir. Con el tiempo, Ryland también dejó de hacerlo. No tenía ganas de estar ahí. Ryland cursaba el último año en Mead High School y tenía dos semanas libres por las vacaciones de primavera y unas remodelaciones en la escuela. Al principio estaba feliz por tener una semana extra de descanso. Pero su alegría se esfumó cuando el director dijo que tendrían que recuperar esa semana al final del año escolar. Ahora Ryland estaba de mal humor. Si hubiera tenido clases, su mamá lo habría dejado en la casa de Spokane y hasta podría haber armado una fiesta para sus amigos del equipo.

Ryland era el típico atleta popular, pero también era listo y sacaba buenas notas. Le dio mucho miedo mudarse a Spokane hace dos años porque pensó que no encajaría. Sin embargo, se volvió uno de los chicos más populares en un abrir y cerrar de ojos. Eso ayudó mucho a su mejor amigo, Larkin, cuando él y su madre también se mudaron a la ciudad. Aun así, no lograba llamar la atención de la chica que le gustaba, Liv. Tenía la esperanza de que, si hacía una fiesta, ella iría y las cosas cambiarían entre ellos.

Pero ahora todos sus planes se habían ido al traste. Probablemente estaría desconectado del mundo los próximos tres días. Estaba muy resentido con su madre mientras ella se estacionaba en el centro de visitantes de Logan Pass.

—Muy bien, que no se te olvide la mochila ni la sudadera —dijo la señora Lucas al detenerse frente a la entrada. Ryland abrió los ojos como platos, sorprendido.

—Espera, ¿no me vas a llevar hasta allá? —preguntó con la voz mucho más aguda de lo normal.

—No me grites —dijo la señora Lucas mientras le pasaba la sudadera del asiento trasero—. Y no, porque busqué en internet y la ruta Glacier no está abierta para vehículos. Vas a tener que irte a pie por el sendero de Hidden Lake. —Ella puso cara de lástima, pero Ryland sabía que lo estaba disfrutando y que probablemente quería darle una lección.

—Está bien —masculló él, y le arrebató su sudadera verde de Mead High School—. Nos vemos —dijo al bajar del coche.

—Lo siento, Ryland, pero aunque cumpliste años la semana pasada, siempre serás mi bebé —dijo ella. Ryland no quiso escucharla y le cerró la puerta. La señora Lucas bajó la ventanilla—. ¡Te quiero! —gritó antes de arrancar.

Ryland se puso la sudadera sobre su camiseta negra porque el aire de la montaña estaba helado. Se colgó la mochila sobre sus anchos hombros y entró al centro de visitantes.

—Hola, bienvenido al Parque Nacional Glacier —dijo una chica de unos veinte años y cabello rubio. Era menuda y se veía muy linda con su uniforme. Ryland decidió usar sus encantos con ella.

—Hola, Simone —dijo él, leyendo su gafete y regalándole una de sus sonrisas más ganadoras—. Me acaban de decir que la ruta Glacier que va hacia Hidden Lake está cerrada.

—Ah, sí, así es —respondió Simone devolviéndole la sonrisa. Se puso roja de inmediato y se acomodó un mechón de pelo detrás de la oreja. Fingió mirar la computadora para evitar la mirada penetrante de Ryland—. La única forma de bajar es por el sendero hacia el mirador de Hidden Lake. No deberías tardar más de 40 minutos.

—Qué mala suerte —dijo Ryland, fingiendo decepción—. Esperaba llegar más rápido. Mi papá tiene una de las casas allá abajo, en el lago. Incluso cuando llegue al mirador, tendré que caminar otros 35 o 40 minutos para llegar a la casa. —La miró fijamente a los ojos hasta que Simone parpadeó nerviosa y volvió a clavar la vista en la pantalla.

—Bueno, déjame ver si puedo hacer algo por ti —dijo Simone y fue hacia atrás.

—Te lo agradezco mucho, Simone —le gritó Ryland, todavía sonriendo.

Simone regresó a los tres minutos con un hombre llamado Bob. Bob le preguntó si era el hijo del señor Lucas y le dijo que podía llevarlo en su cuatrimoto hasta el mirador de Hidden Lake. Pero le advirtió que a partir de ahí tendría que caminar, porque ya era tarde y tenía que volver a casa con su mujer. A Ryland no le importó, con tal de que Bob lo acercara la mitad del camino. Le dio las gracias a Simone y siguió a Bob afuera. Llegaron al mirador en solo cinco minutos. Bob se despidió y le pidió que le diera saludos a su padre. Ryland prometió hacerlo y empezó a caminar hacia la casa del lago. Le había mentido a Simone; solo le faltaban veinte minutos de caminata. El sol ya no se veía y sabía que para cuando llegara a la casa estaría completamente oscuro, aunque apenas pasaban de las seis de la tarde. Había algunas casas por el lago, pero estaban bien separadas unas de otras.

La casa de su familia era la más grande y la única que tenía las luces encendidas. Mientras se acercaba, Ryland se emocionó por darle la sorpresa a su papá. Ellos eran muy unidos cuando Ryland era pequeño, pero se habían distanciado al llegar a la pubertad. Ryland nunca supo bien por qué. Él era impulsivo y a veces decía cosas sin pensar, pero siempre había admirado a su padre. Victor Lucas era un ingeniero famoso y había sido atleta de fútbol americano, igual que Ryland ahora. Mientras subía las escaleras hacia la puerta principal, Ryland pensó que quizás los próximos tres días no serían tan malos. Tal vez podría reconectar con su padre y arreglar su relación después de tantos años.

Llegó a la puerta y entró. Estaba a punto de decir «hola, papá» cuando vio a su padre y se quedó petrificado. Su padre estaba parado completamente desnudo frente a la chimenea encendida. Tenía las nalgas apretadas mientras se la machacaba con fuerza. En la televisión que colgaba sobre la chimenea, dos lesbianas se estaban comiendo a lengüetazos. Su padre se volteó hacia la puerta, totalmente impactado. En ese momento, se corrió por todo el sofá mientras veía la cara de horror de su hijo. Su rostro era un poema de pura vergüenza.

—¡Ryland!