Capitulo 1
El viento danzaba con entusiasmo entre las velas negras del majestuoso navío bautizado como "La Andrómeda". La brisa marina acariciaba alegremente a la tripulación, inmersa en un festín de risas y charlas que hacían de la travesía una experiencia digna de recordar. Solo alguien con el corazón más amargado que una lima no podría saborear la delicia de ese momento.
Sentada en uno de los escalones de la popa se encontraba la capitán.
— ¿Realmente te vas a amargar en un momento tan deleitable, Faith?
Faith la miró con cierto pesar. No estaba amargada, simplemente decepcionada. Suspiró con pesar. — No puedo creer que no pudiéramos saquear ese maldito barco,
Pandora, su hermana mayor, volteó los ojos con incredulidad. — Faith, no estés jodiendo. Literalmente te faltó desmantelar el barco completo.
Un bufido, esta vez de fastidio, se escapó de los labios de Faith. — No lo entenderías. Alguien tan poco profesional como tú claramente no está a la altura de mis niveles de hurto.
Su hermana soltó una risa. — Ven, vamos con las demás. Tienen algo emocionante que proponerte, capitán. — Le tendió la mano con una sonrisa y, al ponerse de pie, le dio un golpe en el hombro con firmeza.
— Idiota.
En la habitación de la capitán del navío se encontraban cinco mujeres, todas ellas hermanas, nacidas de lo que creían fielmente un matrimonio feliz.
Pandora, la mayor con veintidós años, no solo llevaba el título por la edad, sino también por su habilidad para perderse en cualquier rincón del navío. Despistada y olvidadiza, pero astuta y escurridiza. Morena, alta, esbelta, pelinegra, con unos ojos cafés que podrían rivalizar con las joyas más preciadas.
Lystra, la segunda hermana de veinte años, tenía un aura antisocial y un carácter fuerte. Difícil de contradecir, perceptiva e intelectual. Pelicastaña de cabello corto, alta, curvilínea, de tez blanca y con la fuerza física suficiente para desafiar a las olas más indomables.
Faith, la tercera hermana de diecinueve años, irradiaba energía y confianza. Casi imperturbable, ingeniosa y, por razones obvias, no del todo confiable. Alta, de piel canela, piernas largas y una melena pelicastaña que ondeaba como un estandarte pirata.
Luego estaban Delilah y Artemisa, las gemelas, un par de granos molestos en el trasero de Faith. Atrevidas, sociables, bulliciosas pero también sensibles. Pelinegras, altas y esbeltas, con ojos cafés, lunares y pecas que adornaban sus rostros de una manera tan encantadora como las olas que rompen en la costa. Simplemente, unas molestias bellísimas.
Dentro de la habitación de Faith, se desplegaba una mesa redonda tan grande que hasta el mapa del tesoro podría perderse en ella. Cinco sillas ocupaban su lugar, siendo una de ellas tan grande que gritaba "aquí se sienta la capitana del navío". Las hermanas tenían asignados sus asientos: Lystra a la derecha, Pandora a la izquierda, y las gemelas mirándose desafiante desde cada extremo.
Faith, tomando su lugar en la cabeza de la mesa, dejó su sombrero pirata con estilo sobre la madera y carraspeó, preguntando, —Bien, ¿cuál es su brillante idea?
Pandora me miró con ojos chispeantes de diversión —Bueno, queremos...
—Queremos zarpar hacia Nectarina!— Artemisa saltó de su asiento con más entusiasmo que un loro frente a un espejo. Pandora la fulminó con la mirada por interrumpirla, y Artemisa, sin perder la chispa, soltó una risita nerviosa.
—No me llames Pan, Artemisa. Sabes que suena peor que un loro desafinado. No soy panadera, ¿eh?—Pandora se levantó con gracia para buscar un ron digno de la mejor tripulación.
Faith tarareó sopesando la idea. Bueno, no estaría mal un poco de diversión. Observó a las gemelas; sí, definitivamente serían un problema. Luego, su mirada se posó en Pandora, la experta en lidiar con situaciones "gemelares" en Nectarina.
Pandora le devolvió la mirada, tomó un trago de ron con tanta elegancia como un gato lamiendo su leche y luego la desvió hacia las gemelas. Al regresar su mirada, los ojos de Faith se iluminaron ante la solución que aterrizó en su mente.
—No bromees, Capi, no es justo. La última vez me tocó cuidarlas—, señaló a su hermana. —Es el turno de Lystra.
Un punto para ella.
—Diez monedas— Faith volvió su mirada hacia Lystra.
Esta bufó con drama. —¿Diez monedas? ¿Crees que es caridad?— Humedeció sus labios con teatralidad. —Vamos, Faith, sabes lo que me gusta. No es tan complicado.
¿Lo ven? Ella era simplemente imposible.
—Bien, serán cincuenta monedas de plata. Las cuidarás día y noche, sin importar nada.— Faith sonrió con satisfacción; la capitana le apuntó con determinación.—No te metas en problemas que no pueda resolver.
Lystra soltó una carcajada teatral. —Como ordene la capitán—Se levantó de su silla con una reverencia exagerada. —Bueno, este trasero con clase se moverá. Tengo que revisar la pólvora.— Con un gesto de aprobación de la capitana, Lystra salió de la habitación.
—Pueden zarpar ya. Pandora, ajusta el rumbo hacia Nectarina—dijo Faith, dirigiendo su vista hacia las gemelas. —Ustedes dos, encárguense de la mercancía del barco. Hagan una lista de lo que falta y consíganlo en la isla.
Todas se erguieron solemnemente, obedeciendo las órdenes de su capitán. Faith se alzó de su asiento cuando la última hermana cerró la puerta tras de sí. La soledad no era su aliada; prefería la compañía de sus hermanas, aunque en ocasiones necesitara estar sola. Navegó por la habitación con nerviosismo, una intranquilidad sin causa aparente. Era como si el océano mismo estuviera desplazado, y una sensación de persecución la envolviera. Aunque intentó restarle importancia, se acercó a la mesa donde, sorprendentemente, el ron que Pandora estaba bebiendo seguía allí. Su hermana mayor era ávida consumidora de licor, pero sospechaba que aquel ron no cumplía con las expectativas de alta calidad. Dio un sorbo a la botella, suspirando ante la sensación sofocante de la bebida viciosa. Aún con la botella en mano, se encaminó hacia el balcón, agradeciendo la fortuna de que su navío contara con tal adorno. Al salir, contempló el mar; las olas danzaban inquietas. Entrecerró los ojos, presagiando un mal porvenir. Debían abandonar esas aguas con premura.
Esperaba que la visita a Nectarina no trajera nada malo.
Bueno, podría ser peor, reflexionó Faith mientras observaba a Pandora balanceándose de una viga en el techo, completamente ebria y gritando como si tratara de comunicarse con las gaviotas.
— ¡Bájenme de aquí, hijos de puta! ¡Morirán! —movía sus brazos como alas en un intento poco convincente de vuelo.
Faith soltó un suspiro antes de dirigir su mirada hacia su excepcional niñera, quien estaba atada de manos y pies, como un cerdo asado bajo la "Pandora colgante". Lystra la observó con inocencia—juro que esto no es mi culpa.
— ¡Idiotas! Ni siquiera hemos pasado una noche en esta maldita isla y ustedes lo han arruinado todo, ¡todo! —Faith estaba sentada sobre una silla con las manos amarradas en el respaldo y los pies en las patas, tan ajustados que sentía cómo se le dormían.
La capitán escudriñó a su alrededor, intentando pensar por encima de los alaridos de Pandora y las explicaciones de Lystra, hasta que una pequeña chispa de interrogante se encendió en su mente—Lystra—esta se quedó callada—¿Dónde demonios están las gemelas?
El silencio se apoderó del lugar, ofreciendo una respuesta clara.
—Bueno, al menos conservamos la esperanza de salir de aquí con vida.
Faith
estaba más perdida que un pulpo en una tienda de botellas. Solo recordaba embriagarse con el elixir celestial mientras Pandora fanfarroneaba sobre las grandezas de su barco, "La Esmeralda", una nave más protegida que el tesoro de un dragón y con escondites tan secretos que solo la tripulación conocía. De repente, se vio en un agarrón con un marinero, un momento para el que no tenía preparación alguna.
Pandora, presumiendo nuestro precioso barco.
Un escarceo ligero.
Marineros.
Secuestro.
Oh, caramba.
— ¡Pandora! ¡Tú! ¡Genio de los genios! — me retorcía en su asiento con furia. Lystra la miraba con cara de interrogante — Maldito ser despistado, todo esto es culpa tuya. Ya habíamos pactado no chulear sobre nuestra joya acuática.
Obviamente, Pandora estaba en su propia dimensión etílica, ajena a entender por qué la regañaban. Su rostro estaba rojo y un poco hinchado, tal vez por los golpes o por estar colgada tanto tiempo. Quién sabe.
— Lamento decirlo, pero no estoy captando nada, capitana — Lystra se agitaba en el suelo como una lombriz.
— La tonta se la pasó fardando de nuestro barco.
— ¿Y eso qué implica?
Que nos liquiden.
— Alardeó de un navío de ensueño en el bar — lystra la miraba perpleja — No puede ser tan complicado de entender — en un bar pirata, ¡un bar pirata!, estamos en una isla repleta de piratas — abrió la boca cuando la epifanía la alcanzó.
— Idiota, antes de descender del barco le advertimos.
Y es verdad, cada vez que atracamos en algún puerto, se les da una charla para evitar lios como estos, pero obviamente es como hablarle a un loro.
— Voy a vomitar — Pandora se veía cada vez peor.
— Oh no, no, no, por los siete mares — Lystra entró en pánico, intentando alejarse y mantenerse fuera del alcance de Pandora.
Solté una risotada. Oh sí.