Prefacio
Bratva Queen (Reescrita)
Nikolai-Aleksandr Vasiliev.
Si conoces ese nombre, corre.
Significa que ya estás marcado.
Para la mayoría, no es conocido por su nombre de nacimiento. Simplemente lo llaman Король—El Rey. Y cuando el Rey de la Bratva rusa pone sus ojos en ti, no hay salvación. Ni piedad. Ni tumba lo suficientemente profunda.
Algunos temen a la mafia italiana.
Claramente, no han conocido a los rusos.
La Bratva no sigue reglas; ellos queman el libro de reglas y lo entierran en sangre. Y en la cima de ese imperio despiadado está Nikolai. Cruel. Implacable. Silencioso. Un hombre conocido por matar sin un parpadeo de emoción. Ha ejecutado a mujeres por el simple hecho de rozarlo, masacrado linajes enteros sin dudarlo. Él no habla. No permite que lo toquen. Acecha tras las sombras y el acero, rodeado de fantasmas con los rostros de sus leales.
Dicen que no tiene alma.
Pero una vez... sí la tuvo.
Tenía una debilidad: una falla fatal en su armadura, por lo demás impenetrable.
Una mujer.
La única persona con la que alguna vez habló. La única a la que permitió tocarlo. Por la que mató. Por la que moriría.
Su luz en un mundo empapado en oscuridad.
Su latido.
Su Reina.
Hace cinco años, en el tercer aniversario de su unión, la mansión de Nueva York explotó. Nikolai acababa de salir de la oficina, listo para llevar a su amada a un fin de semana de paz robada, cuando llegó la llamada; la llamada que siempre había temido.
Corrió a casa.
Pero ya era demasiado tarde.
La casa estaba en llamas. Las paredes colapsaron sobre sí mismas como una bestia moribunda. No quedó nada. Ni rastro de su cuerpo. Ni el aroma de su perfume. Solo ceniza, muerte y silencio.
Y de ese silencio, nació algo monstruoso.
Cualquier bien que quedara en Nikolai Vasiliev murió esa noche.
Y el Rey declaró la guerra.
Uno a uno, desmanteló el mundo.
Los ingleses. Los italianos. Los griegos.
Cada uno cayó bajo su espada, su venganza fue una marea implacable de fuego y sangre.
Ahora, la cacería lo ha llevado ante los estadounidenses, la pieza final del rompecabezas.
Pero no todo es lo que parece.
“Moya Koroleva, nakonets-to solntse snova vzoshlo...”
Mi Reina. Por fin, el sol ha vuelto a salir...
Su voz es un susurro, bajo y reverente, como una oración hecha carne. Sus ojos color gris tormenta devoran cada centímetro de mí como si temiera que volviera a desaparecer. Como si fuera un fantasma al que ha perseguido a través del infierno.
Y en su mirada, lo veo.
Reconocimiento. Alivio. Ruina.
Como si hubiera encontrado la pieza faltante de su alma... y no supiera si adorarla—
o romperla para asegurarse de que es real.