Cero|El más fuerte

“Esta es mi teoría personal, pero no hay maldición más retorcida que el amor.”
— Satoru Gojo
Siempre había tenido la esperanza secreta de morir pacíficamente, pero sabía a ciencia cierta que eso era imposible. No tenía tiempo para lamentarse; estaba muriendo a manos del llamado rey de las maldiciones.
Siempre había creído ser el más fuerte, siempre le habían dicho que era el arma perfecta. Tal vez, si se lamentaba por dejar este mundo...
Nunca le había dicho a Suguru que lo amaba de la manera correcta.
Este es el último pensamiento que pesa en su corazón antes de que Satoru Gojo dejara este mundo, tratando de salvarlo.

El ruido de cosas siendo lanzadas contra el suelo lo desconcertó. Había asumido que morir era silencioso, pero ya se había equivocado tanto. La oscuridad fue interrumpida por un rayo de luz, seguido de un ruido metálico que lo hizo abrir los ojos. Lo último que había visto era el cielo oscurecido de la ciudad, ahora reemplazado por un techo de madera. Esto lo aterra porque reconoce el horrible techo.
Se incorpora de golpe en la cama. Puede sentir los dedos de los pies y está a punto de tocar su estómago cuando ve a Suguru parado a un lado de la ventana, a medio vestir, con la cortina en la mano y mirándolo con una sonrisa culpable.
—Suguru —siente que se ahoga con un lamento, sin creer lo que ve frente a él—.
—Satoru —puede ver su rostro juvenil—. No era mi intención despertarte, amigo. —No era ningún engaño; esta vez era Suguru Geto, su buen amigo.
Corrió hacia él, aún en pijama, y le dio un abrazo. Pudo sentir a Geto tensarse ante el gesto.
—¿Hay algo mal? —siente el cuerpo vibrar cuando habla.
—Tuve un mal sueño, eso es todo. —El llanto se le acumula en la garganta. No sabía cómo, pero había vuelto a su tiempo en la academia.
Se separa finalmente de su compañero y lo mira atentamente en busca de algo que indicara que estaba siendo engañado. Se da la libertad de pasar la palma de su mano por la frente de su amigo: no hay cicatriz.
—Te extrañé, Suguru —las lágrimas caen sin control por su rostro, desconcertando a su amigo. Se deja abrazar por él, que le acaricia la espalda tratando de calmarlo.
—Eres tan extraño, Satoru —se aferra con más fuerza a él—. Puedes llorar todo lo que quieras. Estoy aquí contigo.









