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Contando Pequeñas Historias

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Sinopsis

Por que en las pequeñas historias también puedes encontrar infinitas emociones.

Genero:
Romance/Drama
Autor/a:
Lyth CoEs
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
13+

Donde Nacen las Lágrimas

Porque en esa cama tan grande comenzaba a imaginarte nuevamente a mi lado, los recuerdos eran tan vividos que no podía evitar sonreír cuando los veía pasar y cuando estos terminaban la realidad me azotaba con gran fuerza que esas sonrisas terminaban en llanto, un llanto que por instinto terminaba callando porque el pequeño ser que sobre mi pecho también necesitaba creer que regresarías, no era necesario que lo hicieras por mí sé que yo podría vivir sin ti, sé que de alguna u otra forma yo me levantaría de esta cama y me repondría pero ella, ella no lo lograría, ese pequeño ser te ama tan incondicionalmente que no quiere a nadie más en su vida, me ha aceptado un poquito porque ella sabe que compartimos el mismo dolor, la misma tristeza, el mismo abandono, tal parece que eso es lo único que nos une.


Nunca creí en el amor a primera vista ni mucho menos en el amor que ofrecían los cuentos de hadas; estaba ya harta de los clichés, pero no podía apartarme de ello, ya que mi trabajo era precisamente editar ese tipo de historias. Pero no podía quejarme; gracias a este trabajo podía pasar la mayor parte de mi tiempo encerrada en mi departamento y evitar de esa manera las grandes multitudes. Además de ello, estaba agradecida con el avance de la tecnología; la mayoría de cosas las podía pedir en línea; por supuesto, no estaba tan reacia a alejarme de todo. Los fines de semana salía a dar un paseo a ese hermoso parque que se encontraba a unas cuantas cuadras de donde vivía y asimismo visitaba una pequeña cafetería que tenía mi postre favorito. En una de esas salidas lo conocí; no fue que desde el primer momento haya llamado mi atención o yo haya llamado la atención de él; simplemente frecuentábamos ese café en el que ya reconocíamos nuestros rostros. Durante casi cuatro meses simplemente pasábamos de largo; después de ello hubo avance; ya nos saludábamos y poco a poco nos fuimos acercando hasta descubrir que nos atraíamos. Terminamos conociéndonos por un año más o menos y después de ello decidimos dar el siguiente paso.

Marcus era escritor, para ser más exacto un poeta; no era muy reconocido, pero podía sobrevivir por medio de sus poemas. Tal vez fue la conexión de nuestros trabajos que terminó uniéndonos; aún no lo sé, pero con él experimenté lo que es el amor. Por supuesto, no era la gran historia de amor; aun así, era nuestra historia de amor. Al año de habernos hecho novios decidimos vivir juntos; por supuesto, mi departamento terminó siendo nuestro hogar. Aunque vivíamos juntos, no pasábamos la mayoría del tiempo juntos, ya que Marcus en ocasiones viajaba a diferentes partes del país a recitales poéticos que se presentaban, ya que su popularidad iba en aumento. Sus poemas eran dulces y románticos; era como si de esa forma él percibiera el mundo. Además de ello, su físico también atraía y no podía culpar a las demás chicas; cualquiera se terminaría enamorando de él. A pesar de sus viajes, nos la arreglábamos para poder tener tiempo para estar juntos; aunque nuestras actividades no eran la gran cosa, podíamos disfrutar de ellas. Nunca salíamos al cine; los dos teníamos la misma perspectiva con respecto a ello. Preferíamos quedarnos en casa recostados en la cama viendo las películas en la TV. Era algo nuestro; la actividad más divertida era cuando cocinábamos y ambos éramos mediocres en ello. Terminábamos haciendo un desastre en la cocina, desastre que teníamos que limpiar y que de alguna manera terminaba sacándonos carcajadas el hacerlo. Nuestra convivencia era así de simple. Mientras yo editaba, él me leía sus nuevos poemas con ese tono característico de él. Era algo que atraía también y por esa razón era agradable de escuchar; después de todo, él más que nadie entendía el sentimiento en esas palabras.

En un fin de semana como cualquiera, esperaba la llegada de Marcus, ya que se fue a otra ciudad desde un lunes. Pedí comida a domicilio y sacudí un poco el departamento. Escuché el sonido de la puerta abriéndose y caminé hacia la entrada. Era Marcus, obviamente, y en sus manos traía una cosa naranja peluda. Ambos venían empapados; tomé una toalla y se la alcancé; él y esa cosa peluda entraron a la ducha. Esperé pacientemente a que me diera una explicación. Ambos salieron de la ducha y con una toalla comenzó a secarle el pelo a esa bola naranja. Él sonreía, y yo, yo, simplemente lo observaba. Después de unos minutos comenzó a hablar.

Sé que has dicho que están prohibidas las mascotas, Rachel.

—exactamente— le respondí.

—Pero no pude dejarla ahí debajo de la lluvia, mira esa carita bonita que tiene, ¿Cómo le puedes decir que no? —me decía mientras le acariciaba la cabeza.

—Sabes que no tienes tiempo para cuidarla —le dije mientras me levantaba del sillón.

—Lo sé, solo serán unos días mientras le encuentro un hogar.

—Le compraste comida al menos.

-sí, está en el maletín-

Tome un pequeño plato del trastero y tome la comida del maletín; llene el plato con esta y se lo alcance. Él lo tomó y se lo entregó; el ser peludo que dejó en el suelo junto al plato, comenzó a devorar lo servido en este. Después de ello tomó otro plato y lo llenó con agua; bebió muy poca de esta.

—Esto quiere decir que si la dejaras quedarse unos días —me decía mientras trataba de abrazarme y él me conocía tan bien que ya sabía que mis respuestas las hacía con acciones.

Marcus estuvo como dos semanas en el departamento; pocas eran las ocasiones cuando salía; cuidó y alimentó a esa bola de pelos a la cual encontraría un hogar, supuestamente, pero ya habían pasado dos semanas y no veía que se moviera para buscarlo; en lugar de ello la termino llevando a la veterinaria para esterilizarla y la cuidó todo ese tiempo. La cosa peluda y yo, simplemente, no nos llevábamos bien; odiaba que yo me acercara a Marcus; cada que me veía trataba de arañarme y la mayoría del tiempo se la pasaba junto a él. Era como si Marcus hubiera conseguido una amante. Pasaron las semanas y Marcus no tenía la intención de darla en adopción. Me fastidié tanto en insistirle e insistirle que simplemente me comenzó a dar igual. En una de tantas terminé poniéndole nombre y de esa forma Mayonesa comenzó a ser parte de nosotros. Su nombre fue otorgado porque se comió una bolsa de mayonesa que olvidé meter al refri. Ese día estaba enferma y batallamos con ella para que se mejorara, y de esa manera tanto Marcus como Mayonesa aplicaron chantaje emocional culpándome de su enfermedad, haciendo que aceptara con seguridad que se quedaría con nosotros.

Me había acostumbrado al desprecio de Mayonesa; en realidad en ese departamento hacíamos como que no existíamos la una para la otra; cuando Marcus se iba fuera de la ciudad le llenaba su recipiente de comida y de agua y limpiaba su arenero; ella se quedaba dormida la mayor parte del tiempo y yo me quedaba en mi oficina. Cuando Marcus regresaba, era como si nos peleáramos por la atención de este y al final ella terminaba ganando. No me molestaba; simplemente con el tiempo comenzó a ser divertido. Entendía por qué estaba tan encariñada con él. Después de todo, él la rescató y además, Marcus siempre ha tenido esa aura que hace que los animales se encariñen con él… Yo no nací con ese don. Al principio Mayonesa se quedaba maullando cuando Marcus se iba por varios días, pero poco a poco se fue acostumbrando a esperarlo en silencio; a veces jugaba haciendo desastres en la sala; ese sillón que se encontraba en medio ya había sido rasgado en su totalidad.

Fue un fin de semana que tanto Mayonesa como yo salimos a despedir a Marcus, quien dijo que regresaría el día martes en la mañana. Ambas pasamos el fin de semana como siempre, cada quien en sus asuntos. La primera vez que intenté acariciar a Mayonesa me llevé un gran rasguño en el brazo, así que no lo volví a intentar. El fin de semana pasó y el día lunes llegó; limpié el departamento lo más que pude, lo cual terminó en cansancio, haciendo que terminara en la cama temprano y dormí profundamente… El día martes en la mañana lo esperaba para mostrarle los videos que terminé grabando de Mayonesa haciendo desastres en la cocina, pero la mañana pasó y Marcus no aparecía. Comencé a llamarle por celular, pero él no respondía. Le envié mensajes de texto y mensajes en WhatsApp, pero ni siquiera estaba conectado. Lo esperé toda la tarde y no había ni una respuesta. Pasó la noche y Marcus no llegó. El día miércoles decidí buscar en las redes sociales e incluso me comuniqué con el organizador del recital al que fue, pero este dijo que Marcus se había presentado, pero tan pronto como terminó se marchó del lugar. Mayonesa no se había dado cuenta de lo que pasaba; después de todo, ella no tenía cómo saber qué día llegaría Marcus, así que estaba calmada lamiendo su hermoso pelaje en ese sillón ya todo arañado.

Día jueves decidí ir a la policía, pero ellos no se tomaron en serio lo que dije; aunque me prometieron que harían todo lo posible por encontrarlo, no pudieron disimular el tono sarcástico en el que lo decían. Decidí buscar por mi cuenta incluso en los lugares que no quería buscar. No podía alejarme de la ciudad; al menos quería que Mayonesa no se percatara de lo que sucedía, así que trataba de estar lo más tranquila y normal dentro de ese departamento, aunque ya era algo anormal que yo estuviera tanto tiempo fuera. Puse anuncios en las redes sociales; seguí insistiendo en las llamadas a su celular y en los mensajes a sus redes sociales. En buscar información de él en diferentes lados, después de todo, su nombre ya aparecía en algunas páginas dedicadas a libros y poesía, pero no encontré ninguna respuesta, nada que me diera a entender que había pasado. Los días se hicieron semanas y yo poco a poco me iba cayendo a pedazos.

Mayonesa comenzó a darse cuenta de lo sucedido un mes después. Al principio seguía comiendo y bebiendo agua, en ocasiones jugaba y en otras ocasiones se desquitaba conmigo; poco a poco iba perdiendo el apetito y las ganas de jugar. Una semana después dejó de comer por completo; se comenzó a quedar en el cuarto que compartíamos Marcus y yo, ella al lado de mí. Se la pasaba durmiendo todo el día y por más que trataba de darle la comida, ella no la recibía. Intenté dársela a la fuerza, pero todos mis esfuerzos fueron en vano, los días pasaban y la incertidumbre seguía creciendo. ¿Dónde estaba? ¿Por qué ni siquiera una llamada? Mi mente comenzaba a hacerme malas jugadas y terminaba pensando lo peor. Puede que lo único que me mantiene en pie por el momento sea el hecho de que trato de levantarle el ánimo a ese ser naranja peludo que no quiere salir de la cama.

Casi una semana que ella había dejado de comer y veía cómo la vida se estaba alejando de ella, la saqué de la cama y la llevé a la cocina; después de todo, ya no tenía fuerzas para luchar; tomé una jeringa para darle un poco de agua, pero ella lo devolvía todo de nuevo. Lo mismo hizo con el pure que le hice y traté de darle. Y entonces, la tome en mis brazos y me deje caer en el piso. Las lágrimas comenzaron a brotar de mis ojos; desde que Marcus desapareció no había derramado ni una lágrima. Esta era la primera vez que lo hacía. Acaricié el pelaje de Mayonesa y comencé a llorar fuerte.

¡Por favor, te lo ruego, come!

—Si él regresa y tú, y tú te vas, no podrás volverlo a ver nunca más —mis palabras se entrecortaban y el dolor dentro de mí se expandía cada vez más.

—Por favor, si tú te vas, entonces yo, yo me quedaré sin nada.

Después de ello la dejé en la cocina y fui yo quien se encerró en esa habitación. Aún no había cambiado las sábanas en las que él se quedó por último. Lloré toda esa noche y al día siguiente me quedé ahí, sin nada más y pensé que tal vez, la solución a todo este dolor era terminar como ella… Lo hice. Me quedé en cama, ni siquiera sé por cuantos días; mi celular en algún momento dejó de sonar. Ya habían pasado meses desde que él desapareció y no había noticias de nada; a pesar de que tenía un poco de fama, nadie se molestaba en preguntar por él. Me la pasaba en la computadora viendo sus redes sociales, pero no había actualizaciones. Me quedé viendo a la nada en esa habitación que se sentía vacía y simplemente decidí olvidarme de todo. Las horas se hacían tan largas que ahora dormir no era suficiente. Según el reloj, marcaba que dormía 16 horas seguidas, pero estas se sentían segundos. El tiempo cada vez se hacía más lento. Después de varios días. Tal vez ya estaba comenzando a alucinar, pero escuchaba pequeños maullidos y rasguños en la puerta de la habitación. Me quedé observándola por varios minutos y de alguna manera mi cuerpo comenzó a moverse, aunque tambaleaba y cuando me paré de esa cama me mareé. Me acerqué a la puerta y ahí estaba una bola peluda color naranja maullando con todas sus fuerzas, quien daba unos pequeños pasos hacia al frente y después regresaba a donde yo estaba; era como si quería que la siguiera. A pesar de que estaba deshidratada, las lágrimas comenzaban a fluir de mis ojos. Las limpié con la manga de ese suéter mal oliente que llevaba puesto y después de varios días sonreí y comencé a seguirla. Ella se dirigía a su pequeño plato que ya no tenía comida ni agua. Le volví a llenar, no; incluso rebasó el plato haciendo que la comida cayera en el piso. Después de ello fui yo quien se quedó en el piso, también observando cómo Mayonesa comenzaba a comer de nuevo. Era como verla la primera vez que vino a este lugar. Sonreí, y mientras sonreía, las lágrimas volvían a caer. Ella decidió vivir. Decidió seguir esperándolo. No sé si tendré la fortaleza de esperarlo también, pero al menos ahora yo quiero sobrevivir por ella. Lo primero que hice fue tomar una ducha, la cual me llevó como dos horas; aunque seguía dudando y mi alma la sentía en pedazos, tomé esas sabanas y las metí a la lavadora con suficiente detergente. Comencé a limpiar el departamento y conecté nuevamente mi teléfono al cargador.

Mi celular tenía varias llamadas perdidas. Comencé a buscar entre ellas su nombre, pero todas eran de la editorial. Llame de nuevo y aunque ahora el teléfono sí sonaba, no había respuesta. Deje de insistir y llame a la editorial, la cual me dio una regañada por no haber entregado los avances que tenía que entregar. Después de ello me la pasé en la computadora por varios días. La rutina que teníamos había regresado; ella aún se quedaba en la puerta por varias horas esperando. Y yo, simplemente la contemplaba. Después de varias semanas de no salir para nada del departamento, la editorial me obligó a ir a las oficinas que tenían en la ciudad. Tuve que asistir, pero me preocupa que Mayonesa no sabía cómo iba a reaccionar, así que sería solo de ir y regresar. Salió, pero ella simplemente me ignoró, así que pensé que iba a estar bien. Me atrase un poco; llegue al departamento ya casi entrada la noche.

Sé que en este edificio están permitidas las mascotas, pero por favor, si las va a tener, haga el favor de mantenerla callada; se la ha pasado todo el día maullando —dijo Doña Sofia, quien vivía a la par.

Entre rápidamente al departamento, y ahí estaba ella, maullando como si la vida se le fuera nuevamente; entre rápidamente y la tome en mis brazos, moderando mi fuerza. Fue la primera vez que me dejó abrazarla estando consciente y viva y mi alma comenzó a aferrarse nuevamente al amor. Esa noche, cuando me fui a dormir, ella entró a la habitación y se tumbó encima de mi pecho, y no me permitió moverme ni un poco porque si lo hacía comenzaba a gruñir, lo cual causaba un sentimiento que hacía hace meses había olvidado como se sentía. Esa noche ambas dormimos, no con la intención de querer olvidar o con la intención de no querer abrir los ojos más. Dormimos para poder sanarnos juntas; dormimos para iniciar una vida solas nosotras dos.

Ya había pasado más de un año; Mayonesa ya no se quedaba tanto tiempo en la puerta esperándolo; cuando me veía ir a mi oficina, ella se acomodaba en mis piernas y pasaba horas durmiendo ahí. Cuando despertaba, comenzaba a hacer sus maldades en la oficina hasta que la regañaba y la terminaba sacando de ahí. Cuando me tiraba en ese sillón que no pensaba cambiar, ella se tiraba encima de mí. A veces seguía rasguñando ese pobre sillón y en otra ocasión me rasguñaba a mí. Lo más relajante era cuando me daba esos pequeños masajes; minutos después era todo menos reconfortante porque terminaba enterrándome sus uñas. Nuestra relación era extraña o tóxica, no lo sé. Aun así, nos habíamos acostumbrado la una a la otra tanto que ya ni siquiera nos importaba si ese sujeto ya no regresaba. Aunque le costó acostumbrarse a las pocas salidas que tenía, tuve que llevarla con un psicólogo especializado en gatos; después de todo, Marcus le dejó un trauma. Porque estoy más que segura que Mayonesa lo amaba y puede que aún lo siga amando. Poco a poco ella fue curando su corazón y al verla hacerlo yo también me fui curando poco a poco. Sanamos poco a poco.

La editorial se empeñaba en presentarme a un nuevo autor. Elías Fern era su seudónimo. Durante los últimos meses su fama subió como la espuma; sus novelas eróticas eran la sensación del momento. Leí uno de sus libros por el hecho de que la editorial quería que fuera su editora en su próxima historia. Pero me estuve negando rotundamente. Sus historias eran más pornografía que otra cosa; puede que me quejara de las historias clichés, pero prefería estas a las que este sujeto escribía. De tanta insistencia y presión, acepté conocerlo, pero esto no cambiaría el hecho de que no trabajaría con él. Al entrar a la oficina ahí estaba él; se veía un poco más maduro, como si un año y medio hubiera hecho un gran cambio en su físico. Cecilia, mi jefa, me lo presentó y él expandía su sonrisa de oreja a oreja como si nada hubiera pasado. Estiró su brazo para que estrechara su mano, lo cual ignoré por completo.

—No trabajaré con él, ya te lo dije mil veces y te lo repetiré mil veces si es necesario —le solté a Cecilia mientras me marchaba.

—Al menos dale una oportunidad —sonreí, sonreí de la frustración y enojo que sentía en ese momento. ¿Por esto se fue? ¿Tenía que llegar al extremo de desaparecer? Marcus sonrió y trató de acercarse a mí como si nada hubiera pasado. Lo veía y no podía creer que los dos años que pasamos juntos hayan sido nada para él. Lo entendía, entendía que si ya no me amaba me dejara, pero que al menos lo hubiera dicho, al menos lo hubiera terminado.

Me acerqué a él y por un momento decidí olvidar que esta era una reunión de trabajo.

—Esa oportunidad ya pasó —le dije mientras lo veía a los ojos.

—Tenía que hacerlo, Rachel, tenía que empezar desde cero sin que nadie conociera nada de mí, sin que nadie supiera nada de mí, y tú sabías mucho —me decía mientras trataba de acariciarme el cabello. Le aparte la mano con toda la fuerza posible.

—Yo también tuve que empezar de cero —le solté.

—Ya no me importa que te hayas ido sin decir ni una palabra, ya no me importa que hagas con tu vida ni tampoco me importa que hiciste de tu vida todo este tiempo que desapareciste; simplemente me importa un rábano todo de ti.

—Los rábanos nunca te gustaron.

—Precisamente por eso lo digo.

—No me importa lo calmado que estás con esa sonrisa, pensando que apareciendo de la nada ibas a conseguir lo que querías; incluso antes de saber que eras tú, yo ya me había negado a trabajar en tus escritos porque son basura, así de simple, y no tengo ningún interés en la basura —le dije mientras tomaba el manuscrito que me había entregado Cecilia antes de entrar a conocer a Elías Fern. Su rostro borró esa estúpida sonrisa y se notaba que quería decirme algo, pero no lo dejé hablar.

—Lo único que tal vez tengo curiosidad es del ¿por qué no regresaste al menos por ella? Incluso dejó de comer, se rindió, se dejó morir por un bastardo imbécil que ni siquiera valía la pena. ¿Sabes cuántos días te espero en esa puerta? ¿Sabes cuánto tiempo se la pasó maullando hasta quedarse sin voz? Solamente veía como seguía moviendo la boca. Eres una escoria. Nunca había llorado enfrente de él; esta era la primera vez que lo hacía porque de alguna manera Mayonesa y yo compartimos el mismo sentimiento, así que sé lo que ella estuvo pensando esos meses, sé lo que ella estuvo sintiendo, pero ella no puede expresarse en un idioma que este idiota pueda entender, así que lo hago por ella. Lo hago con los sentimientos de ella, porque a pesar del daño que ese sujeto le causó, sé que ella es un ser que no importa el daño que le hagan, sino que le va a importar más el amor que le brindaron por sobre todo.

—Mayonesa ya no está viva— soltó en un tono de dolor, lo cual me hizo dudar por unos segundos, pero tenía miedo, tenía miedo que ahora él regresara por ella y me volviera a arrebatar el amor que mi alma aceptó nuevamente.

—Ya no lo está, tú la mataste—, lo sé, era mentira, pero al menos quiero creer que él sentirá un poco del dolor que ella sintió, aunque eso es algo imposible. Aunque la que está sintiendo dolor en este momento era yo, le estaba arrebatando la oportunidad de volver a ver a la persona que ama, pero me volví una egoísta…

—¿Ustedes dos se conocen? —soltaba Cecilia después de varios minutos.

—Si—

—No —solté, —y agradezco no conocer al señor Elías Fern. Es todo lo desagradable que puede existir en cuanto a mis preferencias literarias. Sabía cómo herirlo; a él siempre le importó la calidad de sus escritos; por su puesto, admiraba su poesía, pero sus novelas son un fiasco. Estaba siendo sincera en eso y con esa sinceridad lo estaba hiriendo también.

—Así que, por favor, Cecilia, deja de insistir y, si es posible, no dejes que este sujeto se acerque a mí y ni mucho menos que coincidamos cuando tenga que venir; de lo contrario, aceptaré otra de las ofertas de trabajo que tengo —le solté. Cecilia no tenía la culpa de nada. Simplemente fue un error aceptar a este sujeto en este lugar. Salí de allí, sin darle tiempo de que volviera a abrir la boca, y después de tanto tiempo me sentía bien, me sentía libre, era como si me hubiera desahogado; después de todo, todo lo que dije era verdad. Entre al departamento y la vi a ella ahí echada en la alfombra de la entrada jugando con un poco de pelo. La tome entre mis brazos y le acaricie su suave y brillante pelaje. La solté y nos dirigimos a la cocina. Ella comenzó a caminar a la par mía. Yo simplemente sonreía. Se escuchó como alguien abría la puerta y yo entré en pánico. Él me siguió y entró como si nada a mi departamento… Ella lo vio entrar por esa puerta y yo sentía como mi alma se destrozaba de nuevo. Ella corrió hacia él y comenzó a maullar a su alrededor; él le acariciaba su pelaje y comenzaba a tratar de jugar con ella.

—Dijiste que había muerto —decía mientras sonreía y yo no pude decir nada. Estaba ocupada intentando contener mis lágrimas, su primer amor había regresado y yo no era quien para arrebatarle esa felicidad.

—dijiste que al menos viniera por ella— mis ojos se pusieron vidriosos y yo solo la vi. La vi aceptando el cariño que el sujeto que la había abandonado le estaba dando, pero era normal. Yo sé que puedo vivir sin él; yo estaré bien, pero ella se levantó y comió porque guardó la esperanza en que él regresaría.

—Ok —le dije sin decir nada más. Le guardé algunas de sus cosas en un pequeño bolso.

—De paso, llévate las tuyas, también están en la bodega del edificio —le solté. Ya había llegado a esa etapa en la que ya no necesitaba sus cosas dentro del departamento. Cuando Elías la tomó de los brazos e intentó salir por la puerta, Mayonesa comenzó a maullar y a arañarlo. Le mordió la mano hasta que éste la soltó. Yo no sé qué significaba eso. Ella regresó hacia donde yo estaba.

—Ahora es ella quien me está abandonando a mí —dijo mientras dejaba la llave colgada cerca de la puerta y cerraba esta lentamente.

—No volveré a molestarte —soltó antes de escuchar el golpe de la puerta al cerrar. Creí que Mayonesa comenzaría a maullar, pero esta simplemente regresó a mí y su manita comenzó a mover el plato de su comida. Yo volví a ser feliz y ella también lo estaba siendo. Construimos nuestra felicidad cuando compartimos el mismo dolor.

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