El chico malo

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Sinopsis

***Historia completa y gratuita*** Axel King es la peor pesadilla de cualquiera. Es el chico malo y criminal de la ciudad; mantén tus posesiones más valiosas bajo llave, especialmente a tus hijas, y en particular a una llamada Mallory Collins. Ella es divertida y alegre, pero un encuentro con Axel cambia por completo lo que piensa de él. ¿Y qué sucede cuando él interviene y la salva? Por supuesto, termina acostándose con ella. Pero es un secreto que ambos deben guardar.

Genero:
Romance/Erotica
Autor/a:
Arri Stone
Estado:
Completado
Capítulos:
41
Rating
5.0 7 reseñas
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1 - Mallory

Mallory

Si alguna vez hubo un hombre del que tus padres te dijeron que te alejaras, ese era Axel King. Con solo una mirada suya, dabas media vuelta y corrías. Lleva gafas de sol oscuras casi todo el tiempo, así que nunca sabes si te está mirando. Yo iba a la escuela con su hijo, Rocco, pero a él lo metieron a la trena hace tres años por un robo. Dios sabe cuántas veces habrá estado Axel en la cárcel. Pero aquí está, caminando por las calles como si nada. No se ve rastro de una esposa, aunque he visto a bastantes mujeres a su alrededor.

Trabajo en el Fairfax Cafe, y nunca he visto a tantas señoras agarrarse a sus bolsos con tanta fuerza. Todo porque acaba de entrar Axel King.

—¿Qué hace este aquí? —los susurros llenan el local.

—Atiéndelo tú —me dice Alishia mientras me empuja hacia adelante.

Antes de que me dé cuenta, un escalofrío me recorre la espalda. Los demás se dispersan de repente como pájaros asustados, dejándome sola para atender al peligroso y madurito criminal. Como siempre, lleva sus inconfundibles gafas de sol, lo que le da un aire de misterio y de tipo malo.

—Café, cargado y con crema. —Le tiembla la mandíbula cuando alguien en una mesa cercana hace un comentario.

—¿Es para tomar aquí o para llevar? —Es la respuesta automática que doy cuando alguien solo pide un café. Una curva sutil en sus labios forma una sonrisa cálida. ¡Dios mío! Al verlo ahí de pie, dominando todo el espacio, me doy cuenta de lo guapo que es. Tiene la mandíbula marcada, barba de un par de días y el pelo revuelto de forma endiablada. ¿Me he quedado mirándolo demasiado tiempo?

Él se inclina hacia mí y baja la voz: —¿Te asustaría si me quedara a sentarme? —Con un dedo en el borde de sus gafas, se las baja y me mira directamente a los ojos.

¿He dicho que era sexy? Tiene los ojos de color avellana oscuro. Por la forma en que me mira, creo que voy a necesitar una ducha fría después de esto.

—Hay una mesa libre cerca de la ventana. Se lo puedo llevar cuando esté listo. —Sonrío y siento que a mi corazón le da un pequeño vuelco.

—Te estaré esperando —dice él. Me guiña un ojo y desliza un billete de diez dólares. Ahora mis entrañas están revueltas como una lavadora. ¿Me está tirando los tejos? Voy a agarrar el dinero, pero él no quita los dedos. Se pasa la lengua por los labios para mojarlos y añade con esa voz grave y ronca que moja las bragas: —Quédate con el cambio. —Suelta el billete y se da la vuelta, caminando hacia la mesa que le sugerí.

Me quedo mirándolo mientras camina y se sienta. Luego saca el teléfono y se pone a escribirle a alguien. «Cálmate de una vez, chica», me digo a mí misma. Entonces se quita la chaqueta de cuero y siento mariposas en el estómago todavía más fuertes. La camiseta que lleva deja ver sus músculos y tatuajes.

—Un café, cargado, por favor —le pido a Alishia mientras paso el pedido. El café solo cuesta cuatro pavos. No puedo quedarme con el cambio.

Cojo una jarrita de crema y la pongo en la bandeja junto con el cambio y su café. Tres grupos de personas ya se han ido de la cafetería desde que él llegó. Seguro que no es tan malo, ¿verdad?

Respiro hondo y le llevo el pedido a la mesa. —No sabía cuánta crema le gustaba, así que se la he traído aparte. —Luego le doy su cambio.

Él lo recoge, luego me agarra la mano y me pone el dinero en la palma. —He dicho que te quedes con el cambio. —Su voz es áspera y mandona.

—Pero el café solo cuesta cuatro dólares.

Se quita las gafas del todo y las deja sobre la mesa. Me doy cuenta de que todavía no me ha soltado la mano. Coge la moneda de un dólar y me dobla los dedos alrededor del billete de cinco.

—Tómalo como una propina por ser amable. Puede que la próxima vez no sea tan generoso. —Sus dedos rozan el dorso de mi mano cerrada. ¡La próxima vez! Madre mía. Me suelta la mano y empieza a echar la crema en su café con calma. —Perfecto —murmura y me guiña un ojo, haciendo que me ponga roja como un tomate.

Otras dos personas se levantan y salen corriendo. —Que lo disfrute —digo. Me doy la vuelta y regreso deprisa al mostrador. ¿Qué demonios ha pasado ahí? Solo con tocarme ha sido capaz de despertar un deseo profundo en mí. No, Mallory, para empezar es el padre de Rocco y un criminal.

Ignoro los comentarios de Alishia y me meto en la cocina para calmarme un poco. Cuando salgo dos minutos después, él ya se ha ido y el ambiente en el café está más relajado. Me paso el resto del día soñando despierta con él. ¿Habrá sido su voz? Nunca había estado tan cerca de él, y me pregunto por qué vino a la cafetería, y precisamente al Fairfax Cafe.

Ahora corren rumores de que estaba vigilando el lugar para planear un robo. Pongo los ojos en blanco ante todos y termino mi jornada. Bex, que es dos años mayor que yo, me pregunta si voy a salir esta noche, ya que es viernes.

—Claro que sí, creo que nos vamos a ver en el Barbarossa Lounge. —Me suelto el pelo ahora que he terminado.

—¿No es ese sitio un poco peligroso? —Bex me mira frunciendo el ceño.

Me río junto con Alishia. Por aquí, cualquier bar es peligroso cuando la gente lleva un rato bebiendo. Además, no pensábamos quedarnos allí toda la noche. Dejamos el café en manos de Blaire para que cierre, y Bex, Alishia y yo nos vamos a casa a cambiarnos para vernos más tarde.

Me llega un mensaje mientras me estoy vistiendo. —Vaya, nena —digo silbando al ver la foto que me ha mandado Bex de su ropa. Yo le mando una de mi conjunto: una falda corta de cuero negro y un top negro atado al cuello. Me dejo el pelo largo y rubio miel suelto, como siempre que salgo. Es mi orgullo. Subo el volumen a tope en mi lista de Spotify y, al momento, entra mi madre a decirme que lo baje.

—¿No es esa falda demasiado corta? —Dice apretando los dientes—. Si apenas te tapa el ass.

—Mamá, no es tan corta. —Pongo los ojos en blanco. Para mi madre, cualquier cosa que esté unos centímetros por encima de la rodilla es corta.

—¿Tienes el móvil cargado del todo? —Siempre lo comprueba y la quiero por eso. Una vez le dio un ataque de pánico cuando se me acabó la batería; no volví a casa después de una noche de fiesta porque me fui con Bex. Le prometí que siempre le enviaría un mensaje si no iba a dormir a casa.

—Sí, mamá. —Le doy un beso en la mejilla y cojo el bolso porque mi Uber ya ha llegado. —¡Hasta luego! —Salgo pitando por la puerta antes de que pueda decir nada más.

Tardo quince minutos en llegar al bar. Pago el viaje y entro corriendo para encontrarme con Bex. Está en la barra, rodeada de un par de tíos. El lugar está a tope y camino hacia donde está ella.

—Ay, tía, sálvame de estos dos hombretones, ¿quieres? —bromea.

No recuerdo haberlos visto por aquí antes, pero son guapos. Bex pide las copas y me pongo al día con ella. Una hora después, Bex sale corriendo hacia los baños y yo la sigo. Se pone a vomitar; yo le sujeto el pelo y le acaricio la espalda.

—¿Estás bien? —le pregunto cuando termina.

—Seguro que ha sido algo que he comido antes de salir. —Tiene la cara verde—. No creo que vuelva a vomitar, pero no me siento bien.

—Vete a casa. Te pediré un Uber. —En cinco minutos ayudo a Bex a subir al coche y me aseguro de que va a estar bien. Vuelvo adentro y decido tomarme otra copa antes de irme yo también. No voy a irme de discotecas sola.

—¿Está bien tu amiga? —pregunta uno de los tíos cuando vuelvo a la barra.

—Sí, creo que algo le ha sentado mal.

—Toma —me pasa una copa—. Parece que la necesitas.

—Gracias. —Me la bebo de un trago y los tíos charlan conmigo mientras pido otra. «¿Por qué no?», me río y doy un sorbo a esta. —¿Cómo habéis dicho que os llamáis? —De repente, el ambiente cambia y me invade una sensación extraña. Todo parece desconocido y fuera de lugar.

—Soy Tom —me susurra cerca del oído—. ¿Cómo te encuentras?

—Yo... ¿qué? —Parpadeo mientras intento enfocar sus caras.

—Ven, deja que te ayudemos a tomar un poco el aire. Creo que has bebido de más. —Su voz suena como en un sueño. Siento que unas manos me ayudan y, para cuando salimos, la cabeza me da vueltas y pierdo el equilibrio. Todo a mi alrededor se vuelve negro.