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1# Alas de Sangre Kookv ADAPTACIÓN

Sinopsis

Es un adaptación al libro "Alas De Sangre" por la autora original Rebecca Yarros. ⚠️La mayoría de la historia es sacado del libro y sólo fue editado para adaptarlo al ship⚠️ En un mundo donde los jinetes de dragones son la élite militar, Kim Taehyung, un joven con habilidades únicas pero subestimado por su propia familia, se encuentra obligado a asistir a la academia Basgiath. A pesar de su deseo de una vida más tranquila, Taehyung debe demostrar su valía en un entorno peligroso y competitivo, donde solo los más fuertes sobreviven. Jeon Jungkook, un misterioso y poderoso jinete de dragones, es conocido por su destreza y su pasado oscuro. Desde el primer encuentro, Taehyung y Jungkook chocan, pero la atracción y la tensión entre ellos es innegable. A medida que enfrentan pruebas mortales y descubren secretos que amenazan con cambiar su mundo, su relación evoluciona de la rivalidad a algo mucho más profundo. Enfrentándose a enemigos tanto dentro como fuera de la academia, Taehyung y Jungkook deberán aprender a confiar el uno en el otro y a luchar juntos para sobrevivir y proteger lo que más les importa. En un juego de poder, traición y lealtad, sus corazones y sus vidas están en juego.

Estado:
Completado
Capítulos:
39
Rating
5.0 3 reseñas
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

Un dragón sin su jinete es una tragedia.

Un jinete sin su dragón está muerto.

—ARTÍCULO UNO, SECCIÓN UNO

DEL CÓDIGO DE JINETES DE DRAGONES



El Día de Reclutamiento siempre es el más mortífero. Quizá por eso el amanecer está especialmente hermoso, pues sé que, para mí, podría ser el último.

Ajusto las correas de mi pesada mochila de lona y subo como puedo por la ancha escalera de la fortaleza de piedra a la que llamo hogar. Mi pecho se agita por el esfuerzo y, para cuando llego al pasillo de piedra que lleva a la oficina de la general Kim, mis pulmones están ardiendo. Esto es lo que gané con seis meses de entrenamiento físico intenso: la capacidad de apenas subir seis pisos con una mochila de catorce kilos.

Estoy jodido.

Los miles de veinteañeros que esperan afuera de la puerta para entrar a servir en el cuadrante de su elección son los más fuertes e inteligentes de Navarre. Cientos de ellos se han estado preparando desde que nacieron para el Cuadrante de Jinetes, para tener la oportunidad de ser parte de la élite. Yo tuve exactamente seis meses.

Los guardias inexpresivos que flanquean el ancho pasillo al final de la escalera esquivan mi mirada al verme pasar, pero eso no es nada nuevo. Además, ser ignorado es el mejor escenario posible para mí.

El Colegio de Guerra Basgiath no es famoso por ser amable con… pues, con nadie, ni siquiera con los que tenemos madres al mando.

Todos los oficiales navarros, ya sea que escojan la educación de curanderos, escribas, infantes o jinetes, son moldeados dentro de estos crueles muros durante tres años, aprendiendo a usar las armas hasta la perfección para proteger nuestras descomunales fronteras de los violentos intentos de invasión del reino de Poromiel y sus jinetes de grifos. Aquí no sobreviven los débiles, especialmente no en el Cuadrante de Jinetes. Los dragones se aseguran de eso.

—¡Lo estás enviando a su muerte! —Una voz conocida resuena desde el otro lado de la gruesa puerta de madera de la general y yo ahogo un grito. Solo hay un hombre en el continente lo bastante tonto como para levantarle la voz a la general, pero se suponía que estaba en la frontera con el Ala Este. «Seokjin».

Desde la oficina se escucha una respuesta ahogada y acerco mi mano a la perilla de la puerta.

—No tiene ninguna oportunidad —grita jin mientras empujo la pesada puerta y mi mochila, al moverse hacia adelante, casi me tira. «Mierda».

La general suelta un insulto entre dientes desde su escritorio y yo me agarro del respaldo del sofá tapizado de color carmín para recuperar el equilibrio.

—Carajo, mamá, ni siquiera puede con su mochila —suelta Seokjin mientras viene corriendo hacia mí.

—¡Estoy bien! —La vergüenza enciende mis mejillas y me obligo a pararme derecho. Lleva cinco minutos de haber vuelto y ya tiene que venir a salvarme. «Porque necesitas que te salven, tonto».

No quiero hacer esto. No quiero tener nada que ver en esta mierda del Cuadrante de Jinetes. No es como que tenga impulsos suicidas. Habría estado mejor reprobar el examen de admisión a Basgiath para irme directo al ejército con la mayoría de los reclutas. Pero sí puedo con mi mochila, y sí voy a poder conmigo mismo.

—Ay, Taehyung. —Unos ojos cafés llenos de preocupación me miran mientras las manos fuertes me toman por los hombros.

—Hola, Jin. —Una sonrisita se asoma en las comisuras de mi boca. Quizá vino a despedirse, pero me alegra ver a mi hermano por primera vez en años.

Sus ojos se suavizan y sus dedos se doblan sobre mis hombros como si quisiera envolverme en un abrazo, pero solo da un paso atrás y se da la vuelta para ponerse a mi lado, quedando de frente a nuestra madre.

—No puedes hacer esto.

—Ya está hecho. —Mamá se encoge de hombros y las líneas de su uniforme negro y entallado suben y bajan con el movimiento.

Suelto una risita burlona. Adiós a la esperanza de un indulto. Aunque no había razón para que esperara o siquiera soñara con un poco de misericordia de parte de una mujer que es famosa por no tenerla.

—Pues deshazlo —exige Jin, furioso—. Ha pasado toda su vida entrenando para ser escriba. No fue criado para ser jinete.

—Sin duda él no es tú, ¿verdad, teniente Kim? —Mamá posa las manos sobre la superficie inmaculada de su escritorio y se inclina ligeramente hacia adelante mientras se levanta, nos mira desde arriba con esos ojos entrecerrados y observadores que se parecen tanto a los de los dragones tallados en las enormes patas de los muebles. No necesito el poder prohibido de leer mentes para saber qué es exactamente lo que ve.

A sus veintiséis años, Jin es una versión joven de nuestra madre. Es alto, con músculos fuertes y poderosos, tonificados por los años de entrenamiento con armas y cientos de horas sobre el lomo de su dragón. Su piel prácticamente brilla de lo saludable que está, y lleva el cabello rubio castaño corto y listo para el combate, igual que el de mamá. Pero más allá de la apariencia, tiene la misma arrogancia, la misma convicción de que su lugar está en el cielo. Es un jinete hecho y derecho.

Es todo lo que yo no soy, y la forma con la que mamá niega decepcionada con la cabeza indica que ella también lo cree. Yo soy demasiado bajito. Demasiado frágil. Las curvas que tengo deberían ser músculos, y mi cuerpo traidor me hace vergonzosamente vulnerable.

Mamá se acerca a nosotros y sus botas negras bien lustradas brillan bajo las luces mágicas que bailan en los candeleros. Toma la punta de mi largo cabello y suelta una risa burlona al ver la sección que comienza sobre mis raíces, donde los mechones cafés van perdiendo la calidez del color y poco a poco se convierten en un plateado metálico que llega hasta las puntas.

—Piel clara, ojos claros, cabello claro —dice tras soltar mi cabello. Su mirada exprime hasta la última gota de seguridad que me quedaba en la médula—. Es como si esa fiebre te hubiera robado el color junto con la fuerza. —Por un instante, hay pena en sus ojos y sus cejas se fruncen—. Le dije que no te tuviera en esa biblioteca.

No es la primera vez que la escucho maldecir la enfermedad que casi la mata mientras estaba embarazada de mí o la biblioteca que papá convirtió en mi segundo hogar cuando ella se instaló en Basgiath como instructora y él como escriba.

—Amo esa biblioteca —le respondo. Ha pasado más de un año desde que el corazón de mi padre al fin falló; los Archivos siguen siendo el único lugar que siento como un hogar en esta enorme fortaleza, el único lugar donde aún percibo la presencia de mi padre.

—Hablas como el hijo de un escriba —dice mamá en voz baja, y de pronto puedo ver a la mujer que era cuando papá estaba vivo. Más tierna. Más amable… al menos con su familia.

—Soy hijo de un escriba. —La espalda me está matando, así que me quito la mochila de los hombros, la dejo en el suelo y tomo la primera bocanada profunda de aire desde que salí de mi habitación.

Mamá parpadea y la mujer amable desaparece, dejando solo a la general.

—Eres el hijo de una jinete, tienes veinte años, y hoy es Día de Reclutamiento. Voy a dejar que termines la tutoría, pero como te lo dije la primavera pasada, no voy a permitir que un hijo mía entre al Cuadrante de Escribas, Taehyung.

—¿Porque los escribas son muy inferiores a los jinetes? —pregunto, aunque sé perfectamente que los jinetes están en lo más alto de la jerarquía social y militar. Ayuda mucho que sus dragones a los que están unidos achicharren gente por diversión.

—¡Sí! —Su compostura de siempre vacila—. Y si te atreves a cruzar el túnel hacia el Cuadrante de los Escribas hoy, te voy a sacar de ahí jalándote del cabello yo misma te pondré en el parapeto.

El estómago se me revuelve.

—¡Papá no querría esto! —exclama Jin, y el rubor le va subiendo por el cuello.

—Amaba a tu padre, pero ya está muerto —dice mamá, como quien da el reporte del clima—. Dudo que quiera cosas.

Tomo aire, pero mantengo la boca cerrada. Discutir no me llevará a ningún lado. Mi madre nunca ha escuchado nada de lo que yo tengo que decir, y hoy no será distinto.

—Enviar a Taehyung al Cuadrante de Jinetes es lo mismo que darle una sentencia de muerte. —Supongo que Seokjin no va a dejar de discutir. Jin nunca deja de discutir con mamá, y lo frustrante de eso es que mamá siempre lo ha respetado por eso. ¿Alguien dijo doble moral?—. ¡No es lo suficientemente fuerte, mamá! Ya se rompió un brazo este año, cada dos semanas se esguinza algo y no tiene la altura necesaria para montar a ningún dragón lo bastante grande para mantenerlo vivo en una batalla.

—¿En serio, Jin? —Qué. Diablos. Está. Haciendo. Las uñas se me entierran en las palmas por la fuerza con la que cierro los puños. Saber que mis posibilidades de sobrevivir son mínimas es una cosa. Que mi hermano me eche mis deficiencias en cara es otra—. ¿Me estás diciendo débil?

—No —dice, apretando mi mano—. Solo… frágil.

—Eso no es mejor. —Los dragones no se vinculan con hombres frágiles. Los incineran.

—Sí, es pequeño. —Mamá me mira de arriba abajo, observando la amplitud de la túnica color beige con cinturón y los pantalones que elegí esta mañana para mi posible ejecución.

Suelto un resoplido burlón.

—¿Ya solo estamos haciendo una lista de mis defectos?

—Nunca dije que fuera un defecto. —Mamá se voltea hacia mi hermano—. Jin, Taehyung enfrenta más dolor antes del almuerzo del que tú en toda la semana. Si hay uno de mis hijos capaz de sobrevivir al Cuadrante de Jinetes, es él.

Mis cejas se enarcan. Eso sonó muchísimo como un cumplido, pero con mi mamá nunca puedo estar seguro.

—¿Cuántos candidatos a jinete mueren el Día de Reclutamiento, mamá? ¿Cuarenta? ¿Cincuenta? ¿Tantas ganas tienes de enterrar otro hijo? —Jin está furioso.

Hago una mueca de pesar cuando la temperatura en el cuarto baja de golpe, cortesía del clásico poder de mi mamá para manipular tormentas, el cual canaliza a través de su dragón, Aimsir.

Siento un peso en el pecho al recordar a mi hermano. Nadie se ha atrevido a mencionar a Namjoon o a su dragón en los cinco años que han pasado desde que murieron peleando en la rebelión de Tyrrish en el sur. Mamá me tolera y a Jin lo respeta, pero a Namjoon lo amaba.

Y papá también. Sus dolores en el pecho comenzaron justo después de la muerte de Namjoon.

La quijada de mamá se tensa y sus ojos amenazan con represalias mientras observa a Jin con rabia.

Mi hermano traga saliva, pero se mantiene firme en la competencia de miradas.

—Mamá —digo—, él no quiso decir…

—Sal. De. Aquí. Teniente. —Las palabras de mamá son unas suaves volutas de vapor en la gélida oficina—. Antes de que le reporte tu ausencia sin permiso a tu unidad.

Jin se yergue, asiente una vez, se da la vuelta con precisión militar y sale por la puerta sin decir nada más, tomando una pequeña mochila en su camino.

Es la primera vez que mamá y yo hemos estado solos en meses.

Sus ojos se encuentran con los míos y la temperatura se eleva mientras inhala profundamente.

—Quedaste entre los primeros lugares de velocidad y agilidad en el examen de ingreso. Te va a ir bien. A todos los Kim les va bien. —Pasa los dorsos de sus dedos por mi mejilla, apenas me acaricia la piel—. Te pareces tanto a tu padre —susurra antes de aclararse la garganta y retroceder algunos pasos.

Supongo que no hay premios al mérito por disponibilidad emocional.

—No podré tratarte como familia durante los próximos tres años —dice, mientras se sienta en la orilla de su escritorio—, pues, al ser comandante general de Basgiath, seré tu oficial de más alto rango.

—Lo sé. —Es la menor de mis preocupaciones, teniendo en cuenta que casi nunca me trata como familia.

—Y tampoco recibirás ningún trato especial solo por ser mi hijo. Si acaso, te tratarán con más dureza para que demuestres tu valía. —Enarca una ceja.

—Me queda claro. —Qué bueno que he estado entrenado con el comandante Wooyoung durante los últimos meses, desde que mamá lanzó su decreto.

Ella suspira y finge una sonrisa.

—Entonces, te veré en el valle de la Trilla, candidato. Aunque para el atardecer ya serás cadete, supongo.

«O cadáver».

Ninguno de los dos lo dice.

—Buena suerte, candidato Kim. —Dicho esto, se acomoda detrás de su escritorio, lista para que yo me vaya.

—Gracias, general. —Me acomodo la mochila en los hombros y salgo de su oficina. Un guardia cierra la puerta detrás de mí.

—Está loca de remate —dice Jin desde el centro del pasillo, justo entre dos guardias que están en sus puestos.

—Le van a decir lo que dijiste.

—Como si no lo supiera —suelta entre dientes—. Vámonos. Solo nos queda una hora antes de que todos los candidatos tengan que reportarse, y en mi vuelo de llegada vi a miles esperando afuera de las puertas. —Comienza a caminar y me lleva por la escalera de piedra y los pasillos hacia mi cuarto.

Bueno… el que solía ser mi cuarto.

En los treinta minutos que han pasado desde que me fui, todas mis cosas fueron empacadas en cajas de madera que ahora están apiladas en la esquina. El corazón se me aplasta. Mi madre metió mi vida entera en cajas.

—Carajo, sí que es eficiente, eso no te lo voy a negar —mascullo Jin antes de darse la vuelta hacia mí y recorrerme con los ojos con gesto analítico—. Tenía la esperanza de hacerla cambiar de opinión. No estás hecho para el Cuadrante de Jinetes.

—Ya lo comentaste. —Enarco una ceja, mirándolo—. Varias veces.

—Perdón. —Hace un gesto de pesar, se sienta en el suelo y comienza a vaciar su mochila.

—¿Qué haces?

—Lo que Namjoon hizo por mí —dice en voz baja, y siento cómo la pena se me atora en la garganta—. ¿Puedes usar una espada?

Niego con la cabeza.

—Son demasiado pesadas. Pero soy muy rápido con las dagas. —Jodidamente rápido. Como un rayo. Lo que me falta de fuerza, lo compenso con velocidad.

—Eso pensé. Bien. Ahora, suelta tu mochila y quítate esas botas horribles. —Busca entre las cosas que trajo y me entrega unas botas nuevas y un uniforme negro—. Ponte esto.

—¿Qué tiene de malo mi mochila? —Le pregunto, pero de todos modos la suelto. Él la abre de inmediato y saca despreocupadamente todo lo que empaqué con tanto cuidado—. ¡Jin! ¡Eso me tomó toda la noche!

—Traes demasiadas cosas, y tus botas son una trampa mortal. Te vas a resbalar del parapeto con esas suelas tan lisas. Te mandé a hacer unas de jinete con suela de goma por si acaso, y esto, mi querido Taehyung, es el peor de los casos. —Los libros comienzan a volar y caen cerca de la caja.

—Oye, solo puedo llevarme lo que pueda cargar, ¡y quiero esos! —Me lanzo sobre el siguiente libro antes de que mi hermano pueda aventarlo y salvo por poco mi colección favorita de fábulas oscuras.

—¿Estás dispuesto a morir por esto? —me pregunta, y hay severidad en sus ojos.

—¡Puedo cargarlo! —Todo esto está mal. Se suponía que iba a dedicarle mi vida entera a los libros, no a tirarlos en un rincón para aligerar mi carga.

—No. No puedes. Con trabajos pesas el triple que tu mochila, el parapeto tiene más o menos veinte centímetros de ancho, está a más de sesenta metros del suelo y, la última vez que me asomé, las nubes que se acercan eran de lluvia. No te van a dar tregua con la lluvia solo porque el puente podría ponerse un poco resbaloso, hermanito. Te vas a caer y te vas a morir. ¿Ahora sí me vas a escuchar? ¿O te vas a unir a los demás candidatos muertos durante el pase de lista de mañana? —Ya no hay ni un rastro de mi hermano mayor en el jinete que está frente a mí. Este hombre es calculador, artero y un tanto cruel. Este es el hombre que sobrevivió a los tres años con una sola cicatriz, la cual su propio dragón le hizo durante la Trilla—. Porque eso es lo único que serás. Otra tumba. Otro nombre grabado con fuego en piedra. Deshazte de los libros.

—Papá me dio este —murmuro, con el libro pegado a mi pecho. Quizá es infantil, solo una colección de cuentos que nos advierten sobre el atractivo de la magia e incluso satanizan a los dragones, pero es lo único que me queda.

Él suspira.

—¿Es ese viejo libro de folclor sobre alimañas de la oscuridad y su guiverno? ¿No lo has leído mil veces?

—Probablemente más —reconozco—. Y son venin, no alimañas.

—Papá y sus alegorías —dice—. Solo no intentes canalizar un poder sin estar unido a un dragón y no habrá monstruos de ojos rojos bajo tu cama, esperando para secuestrarte en sus dragones de dos patas para que te unas a su ejército oscuro. —Saca el último libro que había empacado de mi mochila y me lo entrega—. Deshazte de los libros. Papá no puede salvarte. Lo intentó. Yo también lo intenté. Decide, Taehyung. ¿Vas a morir como escriba o vas a vivir como jinete?

Bajo la vista hacia los libros en mis brazos y tomo mi decisión.

—Eres una pesadilla. —Dejo las fábulas en una esquina, pero me quedo con el otro tomo entre las manos y me volteo para ver a mi hermano.

—Soy una pesadilla que te va a mantener con vida. ¿Ese para qué es? —pregunta con tono retador.

—Para matar gente. —Se lo entrego.

Una sonrisa le va llenando lentamente la cara.

—Bien. Ese sí puedes quedártelo. Ahora, ve a cambiarte mientras yo me encargo de este desastre. —La campana suena desde lo alto. Nos quedan cuarenta y cinco minutos.

Me visto rápido, pero todo se siente como si fuera de alguien más, aunque obviamente está hecho a mi medida. Mi túnica es reemplazada por una camisa negra entallada que me cubre los hombros, y mis pantalones frescos se intercambian por unos de cuero que abrazan todas mis curvas. Luego, mi hermano me pone un corsé tipo chaleco que va sobre la camisa y amarra las cintas.

—Evita las rozaduras —me explica.

—Como lo que se ponen los jinetes para la batalla. —Tengo que admitir que la ropa se ve bastante ruda y genial, aunque me sienta como un impostor. «Dioses, esto está pasando en serio».

—Exacto, porque a eso es a lo que vas. A la batalla.

La combinación de cuero y tela que no reconozco me cubre desde el pecho hasta debajo de la cintura, envuelve mi pecho, cruza hacia arriba y sube por mis hombros. Toco las fundas que están discretamente cosidas en diagonal por las costillas.

—Son para tus dagas.

—Solo tengo cuatro. —Las tomo de la pila que está en el piso.

—Te vas a ganar más.

Acomodo mis dagas en las vainas, y es como si mis costillas se estuvieran convirtiendo en armas. El diseño es ingenioso. Entre mis costillas y las vainas en mis muslos, es fácil tomar los cuchillos.

Apenas me reconozco en el espejo. Me veo como un jinete. Aunque me sigo sintiendo como un escriba.

Minutos después, la mitad de lo que empaqué está apilado en las cajas. Mi hermano reorganizó mi mochila, descartando cualquier cosa que consideró innecesaria y casi todo lo sentimental mientras vomitaba consejos sobre cómo sobrevivir en el cuadrante. Luego me sorprende haciendo la cosa más sentimental del mundo: decirme que me siente entre sus rodillas para que pueda peinarme el cabello.

Es como si fuera un niño de nuevo en vez de todo un hombre, pero lo hago.

—¿Qué es esto? —Toco el material que está sobre mi corazón, rascándolo con la uña.

—Algo que yo mismo diseñé —me explica, peinándome el cabello—. Pedí que lo hicieran especialmente para ti con escamas de Teine, así que cuídalo.

—¿Escamas de dragón? —Giro la cabeza para verlo—. ¿Cómo? Teine es enorme.

—Conozco a un jinete con el poder de hacer que las cosas grandes se vuelvan muy pequeñas. —Una sonrisa pícara se dibuja en sus labios—. Y las cosas pequeñas… muchísimo más grandes.

Hago un gesto de fastidio. Jin siempre ha sido mucho más abierto para hablar de sus hombres que yo… de los dos que he tenido.

—Pero ¿qué tanto más grandes?

Se ríe y me da un jalón de cabello.

—Echa la cabeza hacia adelante. Que bien que te cortaste el cabello. —Jala los mechones para que queden bien alineados—. Es un problema en los enfrentamientos y batallas, además es un enorme blanco. Nadie más tiene un cabello que se destiña hasta volverse plateado como el tuyo, y ya deben tenerte en la mira.

—Sabes bien que al parecer el pigmento natural abandona mi cabello gradualmente sin importar el largo. —Mis ojos son igual de indecisos, de un color claro y avellanado que mezcla distintos azules y ámbares, pero no parece decidirse por ninguno de los dos—. Además, fuera de lo mucho que a todos les preocupa el tono, mi cabello es lo único perfectamente saludable que tengo. Cortarlo más se sentiría como si estuviera castigando a mi cuerpo por hacer al fin algo bien, y no es como que yo tenga la necesidad de esconder quién soy.

—No la tienes. —Jin me jala el cabello para que eche la cabeza hacia atrás, y nuestros ojos se encuentran—. Eres el hombre más inteligente que conozco. Que no se te olvide. Tu cerebro es tu mejor arma. Véncelos con tu inteligencia, Taehyung. ¿Me entendiste?

Asiento y él deja de jalarme el cabello con tanta fuerza, termina de peinarme y me hace ponerme de pie mientras sigue resumiendo sus años de conocimientos en quince apresurados minutos, casi sin respirar.

—Mantente atento. Está bien ser callado, pero asegúrate de notar todo y a todos los que te rodean para usarlo a tu favor. ¿Leíste el Código?

—Un par de veces. —El libro de reglas del Cuadrante de Jinetes tiene solo una parte de la extensión que los de las demás divisiones. Probablemente porque a los jinetes les cuesta trabajo seguir las reglas.

—Bien. Entonces ya sabes que los otros jinetes te pueden matar en cualquier momento y que los cadetes despiadados seguro lo van a intentar. Entre menos cadetes, más posibilidades tendrás en la Trilla. Nunca hay suficientes dragones dispuestos a formar un vínculo y, de cualquier modo, quien sea tan insensato como para que lo maten no se merecía un dragón.

—Salvo cuando esté durmiendo. Atacar a un cadete mientras duerme es una infracción que merece castigo. Artículo tres…

—Sí, pero eso no significa que estarás a salvo durante las noches.

Duerme con esto si puedes. —Me da unos golpecitos a la altura del estómago sobre el corsé.

—Se supone que los jinetes deben ganarse el vestir de negro. ¿Estás seguro de que no debería usar mi túnica hoy? —Paso las manos sobre el cuero.

—El viento en el parapeto se aprovechará de cualquier tela suelta como si fuera una vela. —Me entrega mi mochila, que ahora está mucho más ligera—. Entre más entallada sea tu ropa, mejor te va a ir allá arriba y en el ring cuando comiences a entrenar para las peleas. Usa la armadura todo el tiempo. Lleva las dagas contigo todo el tiempo. —Señala hacia las fundas en sus muslos.

—Alguien va a decir que no me las gané.

—Eres un Kim —dice, como si eso fuera respuesta suficiente—. Que se metan sus opiniones por donde les quepan.

—Y ¿no crees que las escamas de dragón son trampa?

—No existen las trampas cuando subes a la torre. Allá solo sobrevives o mueres. —La campana suena; quedan treinta minutos. Jin traga saliva—. Ya casi es hora. ¿Listo?

—No.

—Yo tampoco estaba listo. —Una sonrisa juguetona eleva una comisura de su boca—. Aunque me pasé toda la vida entrenando para eso.

—No voy a morir hoy. —Me acomodo la mochila sobre los hombros y respiro con un poco más de facilidad que esta mañana. Está infinitamente más soportable.

Los pasillos de la parte central y administrativa de la fortaleza están escalofriantemente silenciosos mientras vamos bajando por varias escaleras, pero el ruido de afuera se va volviendo más fuerte entre más descendemos. Por las ventanas puedo ver a miles de candidatos abrazando a sus seres queridos y despidiéndose en los campos verdes frente a la puerta principal. Por lo que he visto año con año, la mayoría de las familias se aferra a sus candidatos hasta que suena la última campana. Los cuatro caminos que llevan a la fortaleza están atascados de caballos y carretas, especialmente donde convergen frente al colegio, pero son los vacíos en la orilla de los campos los que me hacen sentir náuseas.

Son para los cuerpos.

Justo antes de que doblemos la última esquina que nos llevará al patio, Jin se detiene.

—¿Por qué te…? Aaay. —Mi hermano me jala hacia su pecho y me abraza con fuerza en la relativa privacidad del pasillo.

—Te quiero, Tae. Recuerda todo lo que te dije. No te conviertas en otro nombre en la lista de los muertos. —La voz le tiembla y yo lo envuelvo con mis brazos, apretándolo con ganas.

—Voy a estar bien —prometo.

ÉL asiente y su barbilla choca con la parte de arriba de mi cabeza.

—Lo sé. Vamos.

Eso es lo único que dice antes de jalarme para ir hacia el patio lleno de gente, justo detrás de la puerta principal de la fortaleza. Instructores, comandantes y hasta nuestra madre están reunidos de manera informal, esperando que la locura de afuera de los muros se transforme en el orden de adentro. De todas las puertas en el colegio de guerra, la entrada principal es la única por la que no entrará ningún cadete este día, pues cada cuadrante tiene su propia entrada e instalaciones. Es más, los jinetes tienen su propia ciudadela. Malditos pretenciosos y egocéntricos.

Sigo a Jin, caminando rápidamente para alcanzarlo.

—Busca a Yang Jung-won —me dice mientras cruzamos el patio con dirección a la puerta abierta.

—¿A Jungwon? —No puedo evitar una sonrisa al pensar en volver a ver a Jungwon, y mi pulso se acelera. Ya pasó un año, y cómo he extrañado sus ojos color café claro y la forma en que se ríe, haciendo que su cuerpo entero se le una. Extraño nuestra amistad y los momentos en que creí que podría convertirse en algo más si se dieran las circunstancias. Extraño cómo me veía, como si yo fuera alguien a quien vale la pena ponerle atención. Lo extraño.

—Apenas llevo tres años fuera del cuadrante, pero por lo que he escuchado, le va bien y podrá mantenerte a salvo. No sonrías así —me regaña Jin—. Va a estar en segundo año. —Agita su dedo frente a mí—. No te metas con los de segundo. Si quieres acostarte con alguien, y vaya que deberías —enarca una ceja—, considerando que no se sabe qué pasará durante el día, métete con gente de tu año. No hay nada peor que los cadetes corriendo el chisme de que conseguiste estar a salvo a punta de acostones.

—O sea que puedo llevarme a la cama a quien quiera de primer año —digo, con una sonrisita—, pero a nadie de segundo o tercero.

—Exacto. —Guiña.

Salimos de la fortaleza cruzando las puertas y nos unimos al caos organizado que está al otro lado.

Cada una de las seis provincias de Navarre envió a sus candidatos de este año para el servicio militar. Algunos vienen como voluntarios. Para otros es un castigo. La mayoría son conscriptos. Lo único que tenemos en común aquí en Basgiath es que aprobamos el examen de admisión, tanto el escrito como el de agilidad, que aún no puedo creer que yo haya pasado, lo que significa que al menos no terminaremos como carne de cañón para la infantería de primera línea.

La atmósfera está tensa por el nerviosismo mientras Jin me lleva por el desgastado camino de adoquín hacia el torreón del sur. La parte principal del colegio está construida en la ladera de la montaña Basgiath como si fuera un crecimiento más de la formación. La enorme y maravillosa estructura se cierne sobre la multitud de candidatos ansiosos y sus familias acongojadas con sus almenas de varios pisos, construidas para proteger la alta fortaleza al centro, y sus torreones de defensa en cada esquina, en una de las cuales están las campanas.

La mayoría de la gente avanza para ponerse en fila en la base del torreón norte, que es la entrada al Cuadrante de Infantería. Una parte de la multitud se va hacia la puerta que está detrás de nosotros, el Cuadrante de Curanderos que ocupa todo el lado sur del colegio. La envidia me aplasta el pecho cuando veo a unos cuantos dirigiéndose hacia el túnel central con dirección a los archivos debajo de la fortaleza para entrar al Cuadrante de Escribas.

La entrada al Cuadrante de Jinetes no es más que una puerta reforzada en la base de la torre, al igual que la entrada de infantería al norte. Pero los candidatos de infantería pueden llegar caminando a su cuadrante, que está a ras de suelo, mientras que nosotros, los candidatos a jinetes, tenemos que escalar.

Jin y yo nos ponemos en la fila de los jinetes esperando para registrarnos y aquí cometo el error de levantar la vista.

Allá arriba, cruzando el valle sobre el río que divide la parte principal del colegio de la altísima e imponente ciudadela del Cuadrante de Jinetes, en la cresta de una montaña al sur, está el parapeto, el puente de piedra que separará a los candidatos a jinete de los cadetes durante las próximas horas.

No puedo creer que estoy a punto de cruzarlo.

—Y pensar que llevo todos estos años preparándome para el examen escrito de los escribas. —Mi voz está llena de sarcasmo—. Debí pasarlos jugando en una barra de equilibrio.

Jin me ignora mientras la fila avanza y los candidatos van desapareciendo por la puerta.

—No dejes que el viento les quite firmeza a tus pasos.

Dos candidatos delante de nosotros, una mujer llora mientras su pareja la arranca de un muchacho, la pareja se separa de la fila y se aleja entre lágrimas por la ladera hacia la multitud de seres queridos que ya flanquean los caminos. No hay más padres delante de nosotros, solo unas cuantas docenas de candidatos que avanzan hacia los que tienen las listas.

—Mantén los ojos fijos en las piedras frente a ti y no veas hacia abajo —me dice Jin, y su expresión se tensa—. Los brazos abiertos para el equilibrio. Si la mochila se te resbala, tírala. Es mejor que se caiga la mochila y no tú.

Miro detrás de nosotros, donde parece que han llegado cientos de personas en unos cuantos minutos.

—Quizá debería dejarlos pasar primero —susurro mientras el pánico me envuelve el corazón y lo va apretando. ¿Qué diablos estoy haciendo?

—No —responde Jin—. Entre más esperes en estos escalones —señala hacia la torre—, más oportunidad le das a tu miedo para crecer. Cruza el parapeto antes de que el terror se apodere de ti.

La fila avanza y la campana suena de nuevo. Son las ocho en punto.

Como era de esperarse, la multitud de cientos de personas detrás de nosotros ya se terminó de separar en sus respectivos cuadrantes y todos están en fila para registrarse y comenzar su servicio.

—Enfócate —ordena Jin, y de inmediato giro la cabeza—. Esto puede parecer duro, pero no busques amistades allá, Taehyung. Crea alianzas.

Ya solo quedan dos adelante de nosotros, un hombre con una mochila llena, cuyos altos pómulos y su rostro redondo me recuerdan los dibujos de Amari, la reina de los dioses. Su cabello café oscuro liso. El segundo es una mujer rubia y delgada con una mujer llorando sobre ella. Esta trae una mochila aún más grande.

Miro más allá del par, hacia el escritorio de enlistamiento, y los ojos se me abren de par en par.

—¿Es…? —susurro.

Jin echa un vistazo y suelta una maldición entre dientes.

—¿Un chico separatista? Sí. ¿Ves esa marca brillante que comienza en su muñeca? Es una reliquia de la rebelión.

Enarco una ceja, sorprendida. La única reliquia de la que había escuchado es cuando un dragón usa magia para marcar la piel del jinete con el que se unió. Pero esas reliquias son símbolo de honor y poder y, generalmente, tienen la forma del dragón que las otorgó. Estas marcas son ondas y cortes que parecen más una advertencia que una marca de propiedad.

—¿Un dragón le hizo eso? —susurro.

Él asiente.

—Mamá dijo que el dragón del general Minhyuk se los hizo a todos cuando mató a sus padres, pero no la vi muy dispuesta a seguir hablando del tema. No hay nada mejor que castigar a los chicos para que otros padres olviden sus intenciones de cometer traición.

Parece… cruel, pero la primera regla de la vida en Basgiath es que nunca hay que cuestionar a un dragón. Tienden a incinerar a cualquiera que les parezca grosero.

—La mayoría de los chicos que tienen reliquias de la rebelión son de Tyrrendor, claro, pero hay unos cuantos cuyos padres se volvieron traidores de otras provincias… —La sangre le abandona el rostro, me agarra por las correas de la mochila y me da la vuelta para que lo mire de frente—. Me acabo de acordar. —Su voz se vuelve un susurro y tengo que acercarme para escucharlo, tengo el corazón acelerado ante la urgencia en su tono—. Nunca te acerques a Jeon Jungkook.

El aire se me escapa de los pulmones. Ese nombre…

—Sí. Ese Jeon Jungkook —confirma, con miedo velándole la mirada—. Es de tercero, y ten por seguro que te matará en cuanto descubra quién eres.

—Su padre fue el Gran Traidor. El líder de la rebelión —digo en voz baja—. ¿Qué hace aquí Jungkook?

—Reclutaron a todos los hijos de los líderes como castigo por los crímenes de sus padres —susurra Jin mientras caminamos de lado, avanzando en la fila—. Mamá me contó que no esperaban que Jeon pasara del parapeto. Luego supusieron que un cadete lo mataría, pero cuando su dragón lo eligió… —Niega con la cabeza—. Bueno, ya no quedaba mucho que pudiera hacerse. Ha alcanzado el rango de jefe de ala.

—Qué estupidez —digo furioso.

—Juró su lealtad a Navarre, pero no creo que eso lo detendrá en lo que a ti respecta. Cuando cruces el parapeto, porque te aseguro que lo vas a cruzar, busca a Jungwon. Él te pondrá en su pelotón y esperemos que esté lejos de Jeon. —Toma las correas de mi mochila con más fuerza—. Mantente. Lejos. De. Él.

—Entendido. —Asiento.

—Siguiente —dice una voz desde detrás de la mesa de madera que tiene las listas del Cuadrante de Jinetes. El jinete marcado que no conozco está sentado junto a un escriba que sí conozco, y las cejas plateadas del capitán Joohoney se enarcan sobre su rostro envejecido—. ¿Kim Taehyung?

Asiento, tomo la pluma y pongo mi nombre junto a la siguiente línea vacía en la lista.

—Pero pensé que irías al Cuadrante de Escribas —comenta el capitán Joohoney en voz baja.

Envidio su túnica color beige, y no encuentro palabras para responderle.

—La general Kim decidió otra cosa —comenta Jin.

Los ojos del anciano se llenan de tristeza.

—Qué pena. Tenías mucho potencial.

—Dioses —exclama el jinete que está junto al capitán Joohoney—. ¿Eres Kim Seokjin? —Se queda boquiabierto, y puedo oler cómo idolatra a la heroína desde aquí.

—Sí soy —responde él, asintiendo—. Él es mi hermano, Taehyung. Entrará a primer año.

—Si sobrevive al parapeto —comenta burlonamente alguien detrás de mí—. Puede que el viento lo derribe.

—Peleaste en Strythmore —continúa diciendo el jinete que está detrás de la mesa, maravillado—. Te dieron la Orden de la Garra por acabar con toda una tropa detrás de las líneas enemigas.

Las risitas se apagan.

—Como estaba diciendo… —Jin me pone una mano en la espalda baja—. Él es mi hermano, Taehyung.

—Ya conoces el camino. —El capitán asiente y señala hacia la puerta abierta del torreón. El interior se ve ominosamente oscuro, y tengo que controlar el impulso de salir corriendo como loco.

—Conozco el camino —le aseguro Jin, alejándome de la mesa para que el imbécil de las risitas que estaba detrás de mí pueda anotarse en la lista.

Nos detenemos en la puerta y quedamos frente a frente.

—No te mueras, Taehyung. No se me antoja ser hijo único. —Sonríe y se va, pavoneándose junto a la fila de candidatos que lo miran boquiabiertos mientras se corre la voz de quién es él y lo que ha hecho.

—Te dejaron la vara muy alta —dice el hombre que está delante de mí, ya dentro de la torre.

—Así es —reconozco, aferrándome a las correas de mi mochila para adentrarme a la oscuridad. Mis ojos se ajustan rápidamente a la tenue luz que se cuela por las ventanas equidistantes que recorren la escalera curvada.

—¿Kim como…? —pregunta el hombre, mirando sobre su hombro mientras comenzamos a subir los cientos de escalones que nos llevarán a nuestras posibles muertes.

—Sí. —No hay barandal, así que mantengo una mano contra la pared de piedra mientras seguimos subiendo más y más.

—¿La general? —pregunta la rubia que va adelante de nosotros.

—La misma —respondo, ofreciéndole una breve sonrisa. Cualquiera cuya madre lo haya abrazado con tantas fuerzas no puede ser tan malo, ¿verdad?

—Guau. Y qué buenas prendas de piel traes. —Me devuelve la sonrisa.

—Gracias. Son cortesía de mi hermano.

—Me pregunto cuántos candidatos se habrán caído por la orilla de los escalones y murieron antes de llegar al parapeto —dice el hombre, echando un vistazo hacia el centro de las escaleras mientras seguimos subiendo.

—Dos el año pasado. —Inclino la cabeza hacia un lado cuando voltea a verme—. Bueno, tres si cuentas a la chica sobre la que cayó uno de los tipos.

Los ojos cafés del hombre se encienden, pero se da la vuelta y sigue subiendo.

—¿Cuántos escalones son? —pregunta.

—Doscientos cincuenta —le respondo, y seguimos subiendo en silencio por los próximos cinco minutos.

—No está tan mal —dice con una enorme sonrisa cuando nos acercamos al final de la escalera y la fila se detiene—. Soy Park Jimin, por cierto.

—Sumin —responde la chica rubia, agitando la mano con entusiasmo.

—Taehyung. —Les ofrezco una sonrisa tensa, ignorando descaradamente la sugerencia que me hizo Jin, hace apenas un rato, de evitar las amistades y solo crear alianzas.

—Siento como si hubiera esperado toda mi vida para este momento. —Sumin se acomoda la mochila sobre la espalda—. ¿Pueden creer que al fin lo vamos a hacer? Es un sueño hecho realidad.

Claro. Obviamente, todos los candidatos, que no son yo, están emocionados de estar aquí. Este es el único cuadrante de Basgiath que no acepta conscriptos, solo voluntarios.

—Apenas puedo esperar, carajo. —La sonrisa de Jimin crece más—. O sea, ¿quién no quiere montar un dragón?

«Yo». Y no es que no parezca divertido en teoría. Claro que sí. Son solo las horrorosas probabilidades de sobrevivir a la graduación las que me hacen querer vomitar.

—¿Sus padres están de acuerdo? —pregunta Sumin—. Porque mi mamá pasó meses rogándome que cambiara de opinión. Le insistí en que tendré más oportunidades de crecimiento como jinete, pero ella quería que entrara al Cuadrante de Curanderos.

—Los míos siempre supieron que esto era lo que yo quería, así que me han apoyado bastante. Además, tienen a mi hermano para canalizar en él todos sus mimos. Mingi ya está viviendo su sueño, casado y esperando un bebé. —Jimin voltea a verme—. ¿Y tú? Déjame adivinar. Con un apellido como Kim, apuesto a que fuiste el primera en ofrecerse como voluntaria este año.

—Más bien me ofrecieron. —Mi respuesta es mucho menos entusiasta que la suya.

—Entiendo.

—Y los jinetes tienen muchos más beneficios que otros oficiales —le digo a Sumin mientras la fila comienza a avanzar de nuevo. El candidato burlón que estaba detrás de mí nos alcanza, sudoroso y colorado. «Mira quién se quedó sin risitas»—. Mejor paga, más indulgencias con la política de uniformes —continúo—. A nadie le importa un carajo qué usen los jinetes mientras sea negro. Las únicas reglas que aplican a los jinetes son las que nos memorizamos del Código.

—Y el derecho a presentarte como alguien rudísimo —agrega Jimin.

—Eso también —reconozco—. Estoy bastante seguro de que te entregan un ego junto con la ropa de vuelo.

—Además, he escuchado que los jinetes tienen permitido casarse antes que los de los demás cuadrantes —comenta Sumin.

—Es cierto. Justo después de la graduación. —Si sobrevivimos—. Creo que tiene algo que ver con que quieren continuar con las estirpes. —Los jinetes más exitosos tienen un linaje.

—O porque solemos morirnos antes que los de los otros cuadrantes —reflexiona Jimin.

—Yo no me voy a morir —dice Sumin con mucha más confianza de la que yo siento mientras se saca una cadena de debajo de la túnica para mostrarnos el anillo que lleva como dije—. Según él, es de mala suerte proponerle matrimonio antes de que me fuera, así que vamos a esperar hasta después de la graduación. —Besa el anillo y lo vuelve a guardar bajo el cuello de su ropa—. Los próximos tres años van a ser largos, pero valdrán la pena.

Contengo un suspiro, aunque puede que eso haya sido lo más romántico que he escuchado en la vida.

—Quizá tú sí logres cruzar el parapeto —comenta el tipo detrás de nosotros, burlándose de nuevo—, pero él está a una brisa de terminar en el fondo del barranco.

Hago un gesto de fastidio.

—Cállate y enfócate en lo tuyo —le ordena Jimin, mientras escucho el golpeteo de sus pies sobre los escalones de piedra conforme seguimos subiendo.

El final de la escalera aparece ante nuestros ojos y, con él, la puerta llena de luz turbia. Jin tenía razón. Las nubes van a crear un caos, y tenemos que llegar al otro lado del parapeto antes que ellas.

Otro paso, otro golpe de los pies de Jimin.

—Déjame ver tus botas —digo en voz baja para que el imbécil que va detrás de mí no me alcance a escuchar.

Su ceño se frunce y la confusión llena sus ojos cafés, pero me muestra sus suelas. Son suaves, igual que las que yo traía antes. Las tripas se me retuercen.

La fila vuelve a avanzar, y se detiene hasta que estamos a un par de metros de la entrada.

—¿De qué número calzas? —le pregunto.

—¿Qué? —me responde confundido.

—Tus pies. ¿De qué número son?

—Del 6 —me responde, y se forman dos líneas entre sus cejas.

—Yo del 5 —digo de inmediato—. Te va a doler horrible, pero quiero que te pongas mi bota izquierda. Cámbiamela por la tuya. —Tengo una daga en la derecha.

—¿Disculpa? —Me está mirando como si me hubiera vuelto loco, y quizá sí.

—Estas son botas de jinete. Se agarran mejor a la piedra. Vas a traer los dedos aplastados y sufrirás, pero al menos tendrás la oportunidad de no caerte cuando empiece a llover.

Jimin echa un vistazo hacia la puerta abierta, luego al cielo que se va oscureciendo y de nuevo a mí.

—¿Estás dispuesto a intercambiar una bota?

—Solo hasta que estemos del otro lado. —Me asomo por la puerta abierta. Tres candidatos ya van caminando por el parapeto con los brazos bien abiertos—. Pero tenemos que hacerlo rápido. Ya casi es nuestro turno.

Jimin aprieta los labios, pensando qué hacer por un momento, y luego acepta e intercambiamos nuestras botas izquierdas. Apenas logro terminar de amarrarme la mía antes de que la fila comience a avanzar de nuevo y el tipo que viene detrás me golpea en la espalda baja, haciendo que dé unos pasos tambaleantes hacia la plataforma y al vacío.

—Avanza. Algunos tenemos cosas que hacer al otro lado. —Su voz me tensa hasta el último nervio del cuerpo.

—No vale la pena enfocarme en algo como tú en este momento —mascullo, recuperando el equilibrio mientras el viento azota mi piel con toda la humedad de esa mañana de verano. «Qué bueno que me diste estas botas, Jin».

La parte alta del torreón está despejada, las almenas de piedra suben y bajan a lo largo de la estructura circular a la altura de mi pecho y no hacen nada por obstaculizar la vista. De pronto el barranco y el río de allá abajo se sienten muy muy lejos. ¿Cuántas carretas tienen esperando allá abajo? ¿Cinco? ¿Seis? Conozco las estadísticas. El parapeto acaba más o menos con un quince por ciento de los candidatos a jinetes. Cada prueba en el cuadrante, incluida esta, está diseñada para evaluar la habilidad de un cadete para montar. Si alguien no puede caminar por el ventoso tramo del delgado puente de piedra, es segurísimo que no podrá mantener el equilibrio y luchar sobre el lomo de un dragón.

Y ¿la tasa de mortalidad? Supongo que casi todos los jinetes piensan que la gloria hace que valga la pena el riesgo, o tienen la arrogancia de creer que no se caerán.

Yo no estoy en ninguno de esos dos campos.

Las náuseas me obligan a apretarme el estómago; tomo aire por la nariz y lo saco por la boca mientras avanzo hacia la orilla detrás de Jimin y Somin, acariciando con los dedos la piedra mientras nos acercamos al parapeto.

Tres jinetes esperan en la entrada, que no es más que un enorme agujero en la pared del torreón. Uno, que trae las mangas arrancadas, registra los nombres de los candidatos que van saliendo hacia la peligrosa prueba. Otro, que se rapó todo el cabello salvo por una franja sobre la cabeza, al centro, le da instrucciones a Somin mientras toma su lugar, dándose unas palmaditas en el pecho como si el anillo que trae ahí escondido le fuera a dar suerte. Espero que así sea.

El tercero voltea hacia mí y mi corazón simplemente… se detiene.

Es alto, con el cabello negro revuelto y cejas oscuras. Tiene una quijada fuerte y cubierta de una cálida piel blanquecina, y cuando cruza los brazos sobre su torso, los músculos de su pecho y sus brazos se mueven de una forma que me obliga a tragar saliva. Y sus ojos… Sus ojos tienen el color del ónix con salpicaduras doradas. El contraste es sorprendente, incluso fascinante… todo en él lo es. Sus rasgos son tan duros que parece que se los hubieran hecho de tajo, pero a la vez son increíblemente perfectos, como si un artista se hubiera pasado toda la vida esculpiéndolo y, al menos, un año solo en su boca.

Es el hombre más exquisito que he visto en mi vida.

Y, al vivir en el colegio de guerra, he visto a muchísimos hombres.

Hasta la cicatriz diagonal que parte en dos su ceja izquierda y marca la esquina de arriba de su mejilla lo hace ver más sexy. Insoportablemente sexy. Imposiblemente sexy. Te-mete-en-problemas-y-te-hace-disfrutarlos-mente sexy. De pronto, no puedo recordar con exactitud por qué Jin me dijo que no me anduviera metiendo con nadie que no fuera de mi año.

—¡Los veo del otro lado! —dice Somin sobre su hombro con una sonrisa emocionada antes de entrar al parapeto con los brazos bien abiertos.

—¿Listo para quien sigue, Jeon? —pregunta el jinete de las mangas arrancadas.

«¿Jeon Jungkook?».

—¿Estás listo, Kim? —me pregunta Jimin, acercándose.

El jinete de cabello negro planta su mirada sobre mí, girándose para quedar completamente de frente, y mi corazón se desboca por las razones más equivocadas del mundo. Una reliquia de la rebelión, curvándose en ondas y surcos, comienza en su muñeca izquierda desnuda y luego desaparece bajo su uniforme negro para reaparecer de nuevo en su cuello y subir hasta su mentón.

—Mierda —susurro, y sus ojos se entrecierran, como si pudiera escucharme sobre el aullido del viento que me sacude el cabello.

—¿Kim? —Da un paso hacia mí y yo levanto la vista… y luego la levanto más.

Dioses, no le llego ni a la clavícula. Es enorme. Seguro mide más de uno noventa.

Me siento exactamente como me dijo Jin: frágil, pero asiento una vez y el brillante ónix de sus ojos se transforma en el más profundo y frío odio. Casi puedo saborear el desprecio que emana, como un perfume amargo.

—¿Taehyung? —pregunta Jimin, avanzando hacia mí.

—Eres el hijo menor de la general Kim. —La voz del jinete es profunda y acusadora.

—Eres el hijo de Jeon siwon —respondo a la defensiva, pues el reafirmar esta revelación me cala hasta los huesos. Levanto la quijada y me esfuerzo por tensar cada músculo de mi cuerpo para no empezar a temblar.

«Te matará en cuanto descubra quién eres». Las palabras de Jin rebotan en mi cabeza y el miedo me forma un nudo en la garganta. Me va a aventar por la orilla. Me va a cargar para tirarme por el torreón. No tendré siquiera la oportunidad de caminar por el parapeto. Moriré siendo exactamente lo que mi madre siempre intentó no llamarme: débil.

Jungkook toma aire y el músculo en su quijada se tensa una vez. Dos veces.

—Tu madre capturó a mi padre y supervisó su ejecución.

Espera. ¿Cree que él es el el único que tiene derecho a sentir odio? La rabia me corre por las venas.

—Tu padre mató a mi hermano mayor. Me parece que estamos a mano.

—No realmente. —Su mirada llena de furia me recorre como si estuviera memorizando cada detalle o buscándome puntos débiles—. Tu hermano es jinete. Supongo que eso explica la ropa.

—Supongo. —Lo miro a los ojos, como si el ganar esta competencia de miradas me fuera a dar el pase al cuadrante en vez de cruzar el parapeto que está detrás de él. Como sea, lo voy a cruzar. Jin no va a perder a sus dos hermanos.

Sus manos se cierran en puño y su cuerpo se tensa.

Me preparo para el golpe. Puede que me vaya a tirar de esta torre, pero no se la voy a poner fácil.

—¿Estás bien? —me pregunta Jimin, con sus ojos yendo y viniendo de Jungkook a mí.

Él lo mira.

—¿Son amigos?

—Nos conocimos en las escaleras —dice él, irguiendo los hombros.

Él baja la mirada, nota nuestros zapatos que no hacen par y enarca una ceja. Sus manos se relajan.

—Interesante.

—¿Me vas a matar? —Levanto la quijada un par de centímetros más.

Su mirada se estrella con la mía al mismo tiempo que el cielo se abre y suelta un diluvio que me empapa el cabello, la ropa y las piedras que nos rodean en segundos.

Un grito parte el aire y Jimin y yo nos volteamos de inmediato hacia el parapeto justo a tiempo para ver cómo Somin se resbala.

Ahogo un grito y siento que el corazón se me atora en la garganta.

Ella logra detenerse, aferrándose con los brazos al puente de piedra mientras sus pies patalean en el aire, buscando algo en qué apoyarlos, aunque no lo hay.

—¡Jálate con los brazos, Somin! —le grita Jimin.

—¡Ay, dioses! —Me llevo una mano a la boca, pero Somin no logra seguirse sosteniendo de las piedras resbalosas por el agua y se cae, desapareciendo de nuestra vista. El viento y la lluvia se roban cualquier sonido que pueda hacer su cuerpo en el valle allá abajo. Y también se roban el sonido de mi grito ahogado.

Jungkook no me ha quitado los ojos de encima, me observa en silencio con una expresión que no sé interpretar mientras regreso mis ojos horrorizados hacia los de él.

—¿Por qué desperdiciaría mi energía matándote cuando el parapeto lo hará por mí? —Una sonrisa perversa le curva los labios—. Es tu turno.

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author

me encanta 💙❤

2 años
author

Gracias! por ti conocí y esta saga y me enganché!!!!

un año
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Gracias por la adaptación

8 meses

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