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Entre los brazos de la Reina

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Sinopsis

Un reino en desgracia es salvado por una misteriosa mujer. Gracias a su proceder, termina salvando al pueblo y convirtiéndose en la monarca suprema. Pero los vecinos envidiosos codician la prosperidad de Carte, y en un intento desesperado de obtener los secretos de la Reina, envían numerosos espías al palacio. Uno de ellos logra acercarse lo suficiente al trono pero... ¿podrá el mentiroso superar todos los obstáculos? ¿Hasta los que le impone su propio corazón?

Genero:
Fantasy,Romance
Autor/a:
AMCruzC
Estado:
Completa
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1

Érase una vez un reino decadente llamado Carte, donde el hambre, la muerte y la enfermedad eran compañeros de cama de todos sus habitantes. Un día, una mujer extraña apareció en el Palacio Real, donde empezó a dar órdenes a diestra y siniestra, con el único de objetivo de salvar la nación. Eventualmente, su presencia se hizo indispensable para la dirección de todo el dominio y fue nombrada Reina por aclamación popular. La monarquía reinante fue desplazada y ella se convirtió en la nueva gobernante suprema de Carte.


Rápidamente, el nombre de la Reina Chantal "La Salvadora", fue conocido en cada rincón de aquellas tierras y alabado por sus súbditos. Con el paso de los años, Carte se convirtió en el epicentro de la vida del continente; donde el arte, la ciencia y la educación eran venerados por viajeros, aventureros y eruditos.


Los gobernantes de las naciones aledañas envidiaban la prosperidad de Carte, por lo que muchos espías fueron enviados para infiltrarse en el palacio y descubrir los secretos de la Reina Chantal. Ya que nadie sabía nada de la misteriosa soberana, aunque todos pensaban que era una bruja, que usaba sus poderes místicos para manejar la naturaleza a su antojo.


Gard, uno de esos muchos espías llegó hasta el palacio, disfrazado de artista. Los halagos de sus pinturas llegaron a oídos de Su Majestad, quien lo citó a sus aposentos privados. Cuando las oscuras puertas se abrieron, una amplia habitación de paredes blancas quedó frente a los ojos de Gard. Y lo primero que atrajo su mirada fue una pecera.


No fue el gran tamaño de la jaula de cristal, ni las largas y raras plantas acuáticas lo que hacían de ese acuario tan llamativo. No. Lo más maravilloso... eran los peces. Animales del tamaño de un antebrazo y amplias aletas, con escamas coloridas que parecían irradiar luz. Habían cuatro de ellos, todos de colores diferentes: dorado, azul eléctrico, verde primavera y violeta. El espía no apartó la vista de ese majestuoso objeto hasta que una voz femenina llamó su atención.


—Buenas tardes tenga usted, Gard Lombard —los ojos del hombre se posaron en al figura femenina.


Si Gard tuviera que describirla en una palabra sería... simple. La mujer tenía unos rasgos faciales nada destacables, labios de grosor mediano, pómulos altos pero no demasiado, cara redonda y cejas un poco arqueadas. Sus más notorias características eran los largos cabellos oscuros a la altura de las caderas, ojos grises como una tormenta de verano y el gran medallón dorado que la denotaba como la monarca de Carte, que caía justo entre sus pechos. Al notar el importante símbolo, Gard se arrodilló con los ojos fijos en el suelo.


—Disculpe mi rudeza, Su Majestad. Por favor, acepte mis más sinceras disculpas por no reconocerla —el sudor provocado por los nervios se deslizaba por sus sienes y espalda.


—No se preocupe y por favor, póngase de pie —el hombre cumplió con la orden, sin volver a mirar aquellos ojos tempestuosos.


Disimuladamente el espía observaba los movimientos de la mujer, viendo como la reina se acercaba a pecera y ponía una mano sobre el cristal. Los cuatro peces de colores, muy parecidos a carpas, se acercaron al lugar donde esa mano descansaba.


—Sígame —la orden hecha con voz de mando, era imposible de evadir.


Y así, la pareja se desplazó por los pasillos hasta llegar a la sala del trono.


—Señor Lombard, como bien sabrá, mis súbditos no conocen mi apariencia. Solo los trabajadores del castillo, miembros del consejo y embajadores me han visto en persona. La razón por la cual lo he mandado a llamar, es que deseo un retrato para distribuir entre la población, ¿se cree capaz de cumplir con este encargo? —la inflexión de la voz femenina, hacía a Gard recordar su pasado en el ejército del país vecino. El tono fuerte y poderoso, indicativo de los años de liderazgo.


—Por supuesto, Majestad —respondió Grad, incapaz de negar tan perfecta petición. La forma ideal para estar un paso más cerca de la reina y de sus secretos, sin desvelar sus verdaderas intenciones.


—Bien. Aunque tengo otra petición —la voz de Chantal se vio disminuida por una ola de vergüenza —. Me gustaría un retrato privado... un desnudo.


—Sería un honor —respondió Gard después de una corta vacilación. Dicha situación favorecía incluso más su posición, pero la imagen de la reina desnuda, causaba estragos en la mente del infiltrado.


En las siguientes semanas, durante una hora de la mañana, la Reina Chantal posaba sentada en su trono usando un vestido rojo y una sencilla tiara de oro para su retrato público. Aunque ella esperaba con impaciencia el atardecer, momento durante el cual se desnudaba y dejaba que el apuesto pintor hiciera su trabajo. Desde el primer momento fue cautivada por los cabellos rojos y los ojos verdes del hombre.


Chantal raramente se interesaba en un hombre y cuando ocurría... lo hacía suyo.


Por otra parte, Gard luchaba contra sus instintos masculinos cuando veía la cremosa piel desnuda de la soberana de Carte. Se recordaba constantemente cual era su papel en aquella habitación, observar e informar. No podía dejarse llevar por lo que sentía. Pero gracias a las largas conversaciones que se llevaron a cabo durante esas sesiones privadas, los remordimientos comenzaron a roer la consciencia de Gard, a la par que sus sentimientos iban en aumento.


El primer retrato encargado fue terminado e inmediatamente liberado a los habitantes de Carte, que recibieron el dibujo con alegría. Se hicieron esculturas de piedra y bronce en nombre de "La Salvadora", que quedaría inmortalizada para siempre en la historia de Carte.


El segundo retrato se atrasó, por el deseo del pintor de alargar su tiempo con la mujer que se había ganado su corazón. Finalmente, cuando la pintura fue presentada ante Chantal, su pecho se llenó de satisfacción. Y en su deseo de compartir lo que sentía, invitó a Gard a su cama.


Durante la noche, los aposentos de Chantal se llenaron de sonidos apasionados; largos gemidos, gritos entrecortados y el choque de cuerpos sudorosos, que fueron protagonistas en la oscuridad. Al despertar con los brazos envueltos alrededor del cuerpo femenino de su amada, Gard tomó la decisión de abandonar lo que era para quedarse al lado de ella.


El pintor colgó su obra sobre la cama gigante donde planeaba pasar el resto de sus noches, junto a su amor. Debajo de la pintura había una repisa con cuatro objetos dispuestos perfectamente alineados en platos de bronce: una pluma de cuervo, usada para escribir; una pequeña escultura de cristal, representando una figura femenina; un pergamino sujeto por un lazo verde primaveral y un sencillo reloj de arena. Objetos, que él no había notado antes.


—Chantal, querida. Debo contarte algo —sentado en el suave colchón, le contó a la mujer sobre su misión de espionaje, que tenía como objetivo destruirla y hacerse con su reino.


Chantal se levantó de la cama con la espalda rígida, los pensamientos revueltos y el corazón roto. Ella mantuvo un silencio estoico mientras guiaba a Gard a través de una serie de pasadizos secretos, de los que solo ella tenía conocimiento. Llegaron a lo profundo del pasadizo, donde un estanque de agua cristalina les daba la bienvenida. El espía miraba embobado a su alrededor, estantes llenos de viejos libros y objetos extraños.


—En algo tienen todos razón, mi amado Gard —Chantal se acercó desde su espalda, clavando una daga profundamente entre sus costillas directo a su corazón —, soy una bruja.


El antiguo espía y pintor, miraba la cara de su amada, con la traición grabada en su pálido semblante y en el alma. Sabía que la herida era fatal y no sobreviviría más de unos minutos.


—¿Por qué? —esa pregunta salió de su boca, casi imperceptiblemente. Chantal arrodillada a su lado, respondió luego de darle un beso en los labios.


—Tú me has traicionado y yo he hecho lo mismo. Pero aún te amo, si deseas quedarte a mi lado, entra al estanque —el agua del mismo comenzó a burbujear y contra todo el buen sentido que le quedaba, Gard Lombard se arrastró hasta allí.


—Te amo —y metió su cuerpo sangrante en el estanque.


Las paredes de piedra se sacudieron y el burbujeo de detuvo. Chantal, con lágrimas en los ojos, agarró un frasco de un estante y lo puso dentro del estanque.


La reina hizo el camino de vuelta a su habitación, hablando bajito. Al llegar a la altura de su gran pecera, vertió el contenido de su frasco dejando a la vista un gran pez rojo. Igual a todos los demás, grande como un antebrazo y amplias aletas. Ahora son cinco.


—Mis amores, no se preocupen. Estarán siempre conmigo —dijo mientras abrazaba el gran acuario de vidrio y los peces acudían hacia ella, besándola desde el otro lado del cristal.


Las traiciones que la Reina Chantal había sufrido, las guardó bajo llave en sus aposentos, junto a los restos de su corazón roto.

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