Capítulo único
Humo saliendo desde lo alto de las chimeneas, nublado o eso parece. Calles embarradas por la lluvia de la noche anterior.
5:00 AM
Todos los trabajadores salen de sus casas, van a trabajar. Hambrientos. Sus mujeres e hijos también aunque solo sea por una peseta.
Las máquinas arrancan cuando llega el primer trabajador. Carbón, eso es lo que se usa para que las máquinas funcionen, además de personas, son semiautomáticas. Un revisor supervisa su trabajo cuidadosamente.
No es hasta dos horas más tarde que llega el patrón, no dice nada, ni siquiera entra por la misma puerta.
2:00 PM
Hora de comer, no tienen más de tres minutos con suerte, otros solo unos segundos. Minutos que casi ni se pueden aprovechar, aprovechando que el revisor no está. Algunos enfadados, otros ignorantes acerca de la situación. No sería la primera vez, tampoco la última, las máquinas habían cogido terreno, nos habían sustituido. No comían, no se quejaban y funcionaban todo el tiempo, ya no nos necesitan. Los propietarios no eran especialmente benévolos, dieciséis horas de media, hora que se transforman en días y los días en meses, sin descanso alguno. Eso era una jornada, lo que fuera por tres o cuatro pesetas, cosa que no daba ni para comprar el pan.
Comer era casi un lujo y los descansos inexistentes, casi ni se dormía, todo por poder sobrevivir.
Tres fábricas eran las que ya habían ardido en la ira de unos de sus “empleados”, diez máquinas, a saber la fortuna que valían, estaba claro más de veinte mil pesetas seguro.
Burgueses.
Mientras nosotros sufrimos para mantenernos en pie. Ellos de fiesta todo el día, sin preocupaciones, la mayoría de nosotros ya había perdido más de un hijo por culpa de las máquinas.
Con miedo al despido callamos para comer, con tres días sin haberlo hecho, ahorrando para comer patatas y pan y con ello subsistir en un cubículo de cuatro por dos pies, nada.
Las fábricas, abiertas las veinticuatro horas, el revisor se cambiaba cada doce horas, él decía quienes tenían cada turno. El mío de noche, donde más se pagaba, mi mujer e hijos por el día, así lo habíamos acordado.
Se nos prohibía hablar, tampoco era recomendable, perder extremidades no era un lujo que muchos podíamos permitirnos, un lastre eso te convertirías, nadie quería una boca más con menos dinero, eso era insostenible, claramente.
Vagabundos, en eso se convertían, lacra, sanguijuelas que comían y comían y no devolvieron. Le pasó a un compañero y su familia no quiso hacerse cargo, murió a los pocos días en la calle.
Tres horas, mi turno empezaba a terminar, el propietario no había llegado. Gritos, humo, no negro, gris. FUEGO, todos salieron de la fábrica, el revisor obligó a tres o cuatro cercanos a él a coger agua para apagarlo, no se propagó.
¿Quién fue? No se sabe, despidieron a tres o cuatro por ese cometido, ahora eran mulas para su familia, ratas sin oficio. Continuamos trabajando, uno, dos, tres días hasta el siguiente asalto.
Quien sea tiene un plan, o no.
No pasaron ni dos semanas y la prensa ya anunciaba cuatro fábricas, todas ellas en llamas, se desconoce la causa, quien fue, dicen que un grupo de trabajadores. Lacra, todos ellos, ahora no tenían trabajo, ¿Como sobrevivir sin dinero? ¿A quién se le ocurre?
Un lastre, en eso se convertirían, muerte eso les ocurriría si no encontraban otro trabajo. Lo que fuese por un poco de comida.
No arriesgaría mi trabajo, somos trabajadores, esclavos pagados con cuatro pesetas, una miseria, esclavos que agachan la cabeza y cierran los ojos para no ser despedidos, para no ser un estorbo.
7:00 AM
Fin de mi jornada, o eso creía. Gritos, humo, FUEGO. No en la fábrica de delante, sino dos manzanas a la izquierda, la columna de humo gris se veía con gran claridad. miramos pero nada más. ¿Cuánto tiempo había pasado desde la última? No más de una o dos semanas, eran frecuentes, los espectadores con sonrisas en los labios, algo sabían. Nadie fue al lugar de los hechos.
Al día siguiente, los niños cantaban el titular Quinta fábrica quemada cinco en tres meses, no estaba mal.
Las hogueras eran más frecuentes. De camino a casa escuche a dos trabajadores, probablemente del turno de noche, comentando acerca del último suceso, no le di importancia.
En casa mi mujer había sido despedida, pasó lo mismo con mi hijo mayor que por suerte consiguió otro una semana después, según el patrón ya no necesitaban tantos empleados.
El riesgo era cada vez mayor, cuanto más automática era la producción menos trabajo tendremos, menos dinero entraría y menos posibilidades de sobrevivir. FURIA
12:00 PM
Me encontraba de nuevo en el turno de noche, no podía permitirme faltar, un fallo y la calle me esperaba. Mi familia no podía permitírselo, uno no dos, dos era ya demasiado algo inconcebible.
El sueldo de esta semana había sido más bajo que el de la semana anterior 10 pesetas en total, solo pudimos comprar tres panecillos y cinco patatas para los seis. Lamentable.
FURIA, DESESPERACIÓN, ANHELO.
Lo entendía, por fin lo comprendía, esas sonrisas al ver la fábrica arder, las máquinas nos quitaban el trabajo. Los patrones nos esclavizaron y nosotros callados como ovejas, sin capacidad de razonar. Ellos eran los culpables de todo lo que ocurría, ellos nos impiden poder avanzar.
ROJO, era lo único que veía mi vista. Llamas era lo que mi alma me pedía, si no podía sobrevivir nadie lo haría, las rompería una a una.
Pasó el revisor detrás de mí. Cuando se alejó unos pasos solté una de las lámparas de aceite en uno de los postes y todo empezó a arder. La llama se extendía con rapidez. Mientras, martillos destrozaban la maquinaria. Al poco la llama consumió todo. Fuego. Ardia, todo ardia. Además de esta tres. Cuatro. Cuando más se unieron creando columnas de humo gris. Cada cual más ancha que la anterior. Más impresionante que su predecesora.
Satisfacción.
¿Y ahora qué? Ya no había marcha atrás. Ya no podíamos regresar. Solo quedaba una opción. Seguir.
Ahora. Sin trabajo. Sin dinero. Pero con esperanza.
Las reuniones entre trabajadores eran cada vez más frecuentes. En la calle, en descansos y en tabernas.
Cada vez había más titulares Extra. Extra. Un grupo de terroristas queman tres hectáreas en los campos del sur. Tres. Increíble. La lucha se había propagado hasta el campo donde parecía que su situación era peor que la nuestra.
No pude evitar sonreir por la noticia. Poco a poco lo sabrina. Todo el dolor y la desesperación. Pronto conocerían por lo que habíamos pasado. Uno a uno. Todos caerían.
16 de noviembre de 1904
6:00 AM
Una concentración de personas. Reunidas. Por un mismo objetivo. Las pequeñas agrupaciones lo habían dejado claro. Nada de ir a trabajar. Hoy el día iba a ser nuestro. Nadie o casi nadie había ido. Merecíamos un descanso.
Yo había perdido mi trabajo, pero ya no me importaba. Solo quería una cosa. Venganza. Quería verlo todo arder.
No duramos mucho. La concentración fue disuelta a los pocos minutos por la policía. Huimos. Pero muchos fueron apaleados y llevados a prisión.
Nos temían. Buscaban opciones. Poder.
Mis ojos aridian . Mis compatriotas asustados. Excitados. Correr, esconderse, huir se convirtieron en una cosa común para nosotros.
Los propietarios, burgueses, que no eran capaces de dar un cara a cara tenían que enviar a sus perros vestidos de azul. Ellos nos temen. Como niños escondidos en las faldas de sus madres. Ellos ya no podían detenernos. Los perros se habían desatado y estaban furiosos.
16 de marzo 1917
Las huelgas, o así lo llamaron los periodistas, eran constantes. Entre una y dos veces por semana.
Como proletariado sabemos bien cuales eran nuestras opciones. Y la única que habíamos elegido. Aquella que nos hacía libres.
Más personas comenzaban a entrar en razón y determinados sindicatos, cada vez más numerosos, comenzaban a hacer presión aunque terminaba en violencia.
El caos se veía muy atractivo. Varias personas lo intentaron. Quemar. Disparar. Matar. El caos era la única manera de hacer que el estado se derrumbara por fin.
En mi antiguo puesto nadie sabía esta verdad. Todavía eran ovejas en el rebaño. Debí haberles abierto los ojos. Pero todavía estábamos a tiempo.
7:00 PM
Protesta. Gritamos. Al fondo la policía, pero esta vez no logré escapar.
Uno. Dos. Tres. Los golpes seguían. La vista nublada. DOLOR
PRISIÓN
En cuatro barrotes. Trabajadores entre barrotes también. La poca luz que dejaban aquellas lámparas servía para únicamente ver a un metro de distancia. No más.
Los policías pasaban. Nos miraban con desprecio. Dos años. Eso me habían dicho.
Podrían ser más, pero no estaba claro. El bullicio a la hora de comer y en los recreos era más intenso. Más apasionado.
¡Los rusos han triunfado, hay esperanza!
No te adelantes demasiado, que hayan podido echar al Zar no significa que nosotros podamos.
ESPERANZA. Habíamos ganado. Un ilustrado los había ayudado.
El pueblo no será libre hasta que todos los burgueses caigan. El pueblo demanda sangre y yo se la daré.
Dos años. Ese era el tiempo que tenía. La lucha por la libertad. Una revolución que marcará un cambio en la historia. Pero no había una gran revolución sin guerra. En la revolución no había tiempo para la paz. Los partidarios de partidos políticos lo sabían bien. Era un sueño a largo plazo. Pero hasta cuando había que esperar.
La miseria en la que vivía desde que mi familia se había arruinado no hacía más que aumentar. Pero mis condiciones eran culpa del Zar. De los burgueses. De los nobles.
13 de julio de 1921
8:00 PM
Organizados. Dispuestos a atacar. El Duque nos respaldaba, por ahora. Armas en mano, pero sin un líder dispuesto a conducir a la masa. Las organizaciones y sindicatos habían ayudado a difundir la rebelión. No Solo en las ciudades sino también en el campo.
Mis camaradas y yo estábamos dispuestos a marchar. Luchar. Hasta morir por nuestra libertad. Por aquello que consideramos lo correcto.
Cuando se empezaron a escuchar los pasos. Miramos. Era una multitud de gente. No cabía entre aquellas estrechas calles. Se dirigen a la catedral.
Empezé a sentir miedo. Miedo de volver a aquella prisión o de no volver a ver la luz del día. Pero a pesar de la duda, los líderes ya eran incapaces de calmar a la masa. Enfurecida. Que se había comenzado a dispersar entre las distintas calles.
Sin masa no había revolución. Uno de los líderes sindicales comenzó a hablar con una elocuencia que hizo los ojos brillar.
Terminó el discurso con: “Tengo la confianza de que esto es el principio de algo grande”.
Y así fue.
Más de tres mil hombres. Todos marchaban con un único objetivo.
Las calles desiertas solo se escuchaban los pasos al estilo militar. Eran los soldados de su propia guerra. A la cabeza iban dos representantes que los guiaban hacia el palacio. En mi cabeza solo podía sonar una frase. Sangre por Sangre.
Las torres de humo empezaron a aparecer. Iglesias. Fábricas. Conventos. La primera señal. Todo debía arder tanto como la furia de nuestras almas.
El fuego se propagaba sin demasiadas dificultades. El viento lo ayudaba.
En la entrada los rifles estaban preparados. Intentamos entrar a la fuerza. No pudimos. La policía no tardó en intervenir. Empezó a disparar. Nosotros respondimos.
TERROR
Los cuerpos caían como moscas. Uno tras otro. Nos cubrimos con los pocos coches, portales, edificios que había por los alrededores.
La falta de esperanza se reflejaba en las caras de todos los milicianos. No había salido como se había previsto en un primer momento. Todos nuestros compatriotas estaban muriendo.
BUM
Varias personas habían fabricado bombas con algo de pólvora. Eran lo suficientemente potentes como para destrozar el palacio y algunas casas de aristócratas.
Columnas de humo. Primera señal.
Explosiones. Segunda señal.
Muerte. Tercera señal.
El fin del Zar. El principio de la igualdad.
Aumentaron las explosiones y las columnas de humo. La motivación empezó a aumentar cuando los policías empezaron a caer poco a poco.
BUM
Nuestro momento había llegado. La caída del mandato del Zar.
El duque había decidido tomar el puesto de el Zar. Un disparo. La familia del Zar había sido aniquilada. El duque corrió la misma suerte. El poder había caído.
En su lugar provisionalmente un comité cogió el puesto.
Repartieron tierras, construyeron escuelas. Nadie posee más que nadie. Todos trabajamos por un bien común. No existía el dinero. Si se necesitaba algo se cogía y a cambio él te cogía algo.
Se estableció una caja de propuestas. Donde cualquiera podía poner lo que creía necesario para mejorar las condiciones de vida.
Aunque todavía quedaban burgueses estos no tenían más que otros. Pero a algunos eso no les bastaba.
Por la noche aparecían familias muertas. El rencor no había sido superado.
Los barrios habían terminado siendo algo más peligroso. El hambre seguía siendo algo normal pero el punto que hizo que tomara la decisión de irme fue cuando nos confundieron por burgueses.
Mi familia murió. Los mataron a todos cuando yo trabajaba.
Ellos se habían llevado las pocas pertenencias que teníamos en casa y por el camino habían matado a mi esposa y a mis tres hijos.
Cogí un pequeño camión para poder irme, con el poco dinero que tenía pagué el viaje. En la frontera no nos permitieron salir sin registrar el camión. En
ese momento me descubrieron y terminaron por ejecutarme en aquel mismo lugar junto a los otros viajeros.
Al final mi utopía se terminó convirtiendo en algo poco parecido a lo que me había imaginado.








