BLAKE #1

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Summary

Cuando su hermano es secuestrado y unas inquietantes notas aparecen en su casa, a Helena solo le queda una opción. Recurrir a Blake, el amenazante chico de los tatuajes. Frío, cortante, insensible y condenadamente sexy. Para su sorpresa, él está dispuesto a ayudarla. Helena enfrenta sus miedos para adentrarse, con una determinación y resiliencia admirables, en un mundo lleno de peligros hasta ahora desconocidos para ella. Blake la guía a lo largo de su búsqueda mientras se ve obligado a encarar sus propios demonios. A medida que trabajan juntos, su fachada inicial de chico malo empieza a resquebrajarse, dejando que Helena conozca a un Blake mucho más humano y vulnerable, pero dispuesto a protegerla hasta las últimas consecuencias. "BLAKE" es una historia de amor, redención y lucha. Una historia que te mantendrá tenso y con el corazón en la garganta hasta la última página. ¿Te atreves?

Status
Complete
Chapters
27
Rating
5.0 4 reviews
Age Rating
18+

Capítulo 1

Viernes noche, última semana de las vacaciones de verano, cualquier adolescente normal estaría emborrachándose en algún pub lo suficientemente necesitado como para vender alcohol a menores, bailando con desconocidos y haciendo cosas de las que probablemente se arrepentirá a la mañana siguiente, si es que se acuerda, obviamente.

Otros quizá prefieran quedarse en casa, refugiados del frío, leyendo un buen libro o hinchándose a palomitas y a helado mientras hacen un maratón de alguna serie popular en Netflix, solos o abrazados a sus parejas.

Y luego estoy yo, Helena, la chica que camina bajo la lluvia porque su maldito coche no se ha dignado a arrancar y que ya llega veinte minutos tarde a su trabajo. Tarde y empapada. Acelero el paso, no puedo permitir que me despidan. Cuando por fin llego a la cafetería, el señor Meyers me mira con cara de pocos amigos antes de clavar su atención en el reloj.

–Llegas media hora tarde.

–Lo siento, mi coche no funcionaba y he tenido que venir andando –señalo mi ropa y mi pelo, ambos chorreando por la lluvia–. No volverá a pasar.

El viejo suelta un suspiro y niega con la cabeza antes de hablar.

–Espero que de verdad esta sea la última vez, una falta más y te despediré. Ahora cámbiate y ponte a trabajar antes de que me arrepienta.

Asiento y camino hacia el trastero para buscar mi uniforme. Me visto y salgo rápidamente a la barra, donde James, mi compañero de trabajo, me recibe claramente estresado.

–¿Dónde mierda estabas? He tenido que cubrirte todo este tiempo y esa vieja amargada no deja de pedir más azúcar para su café.

–Mi coche decidió tomarse unas vacaciones. Y solo he llegado media hora tarde, no exageres –ruedo los ojos antes de coger el azúcar para la “vieja amargada”, mi más fiel cliente.

Grace viene todos los viernes a las ocho, se sienta en la misma mesa, pide un café descafeinado sin azúcar y luego se pasa los siguientes cuarenta minutos pidiendo azúcar una y otra vez. Sí, ese es su plan para los viernes por la noche. Me consuela saber que hay personas todavía más extrañas que yo.

El turno es ajetreado, y como consecuencia se me pasa volando. Son las dos de la madrugada cuando llego a casa. Me doy una ducha y después me pierdo en la música que sale a través de mis auriculares. La noche siempre ha sido de mis momentos favoritos. Me gusta la paz que transmite, lo libre que me hace sentir. Aquí, encerrada en mi habitación, aislada del mundo exterior, puedo ser yo misma al cien por cien. Llorar si el cuerpo me lo pide o reír sin sentido. No tengo que fingir sonrisas, aparentar cordura ni preocuparme por guardar ninguna apariencia en particular.

Pero mi momento de paz se rompe pronto hoy. Me levanto asustada al escuchar el sonido de algo romperse en la habitación de al lado. El ruido debe haber sido tremendamente fuerte porque ha conseguido que lo escuche a pesar de la música de mis auriculares. Salgo al pasillo justo al mismo tiempo que lo hace mi hermano.

–Matt, ¿estás bien? –me ignora y empieza a bajar las escaleras– ¿Vas a irte otra vez?

No hay respuesta, ni siquiera se gira para mirarme.

–¿Se puede saber dónde vas? Llevas toda la semana desapareciendo.

–No es asunto tuyo, solo déjame en paz, ¿puedes hacer eso o tampoco?

Sale de casa dando un portazo y aprieto los puños, enfadada por su respuesta. Respiro profundamente un par de segundos hasta que el enfado va disminuyendo y es sustituido por preocupación. Mi hermano no está bien. Lleva un par de semanas distante y enfadado con el mundo. Últimamente desaparece todas las noches. No he podido hablar con él, porque me evita siempre que lo intento. Pero hoy no pienso dejarlo así, tengo que averiguar qué le está sucediendo y asegurarme de que no se esté metiendo en nada peligroso.

Corro hacia la puerta y cojo una de sus chaquetas de la percha de la entrada. No creo que sea buena idea salir con mi pijama veraniego ahí fuera con la que está cayendo, pero no hay tiempo para cambiarse, así que me conformo con la chaqueta. Salgo sigilosamente justo a tiempo para verlo doblar la esquina del final de la calle hacia la derecha. Corro hasta llegar y lo diviso de nuevo al final de la siguiente calle. Lo sigo por lo que parece una eternidad hasta que se adentra por un callejón oscuro que me provoca escalofríos. ¿Adónde se dirige? Me veo tentada de dar media vuelta y volver a casa, estoy muerta de frío, empapada por segunda vez en el día de hoy, y asustada por el mal aspecto del lugar. Nunca antes había estado en esta zona de la ciudad, de hecho, ni siquiera sabía de su existencia. Es oscura, las calles son estrechas, los edificios parecen abandonados y un silencio escalofriante reina en el ambiente, únicamente interrumpido por la incesante lluvia. Me armo de valor y continúo siguiendo a mi hermano, esta vez más de cerca para no perderlo por la falta de luz. Tras doblar algunas esquinas más, se detiene y entra en un local. Decido esperar un poco antes de imitarlo, así que aprovecho para observar lo que me rodea. Una farola parpadeante ilumina tenuemente la silenciosa calle. No hay absolutamente nada, todos los edificios se ven vacíos, sin luces, y algunos de ellos están incluso medio derrumbados. La única señal de vida es el viejo local al que acaba de entrar Matt y la música procedente de su interior.

Nada más abrir la puerta un horrible olor a mezcla de alcohol y tabaco me hace toser. Tardo unos segundos en acostumbrarme al cargado ambiente. Cuando lo logro, analizo el lugar. Hay una barra a la derecha, algunas mesas pegadas a la pared de la izquierda y sofás ocupados por parejas que no conocen la intimidad. Se escucha música, pero nadie baila. Apenas hay gente, solo algunos borrachos y un par de grupos de amigos no demasiado numerosos. Aun así, por mucho que lo intento, no consigo ver a Matt. ¿Dónde se habrá metido? Me acerco a la barra, dispuesta a preguntar por él. Tienen que haberlo visto, ha entrado hace menos de dos minutos.

–¿Qué te pongo, preciosa? –El barman, que me dobla la edad, posa su mirada sobre mi cuerpo y automáticamente me siento incómoda.

–Busco a alguien, un chico, ha entrado unos minutos antes que yo.

–Estará abajo, ahí es dónde está la diversión, pero si quieres puedes quedarte y tomarte una copa conmigo mientras lo esperas –me guiña un ojo.

–Prefiero ir a buscarle.

–Lástima –señala una esquina del local, donde hay una puerta cerrada con un cartel que dice “Solo personal autorizado”–. Se baja por ahí.

Le doy las gracias al hombre y me dirijo rápidamente hacia la puerta, pero algo hace que me detenga antes de alcanzarla.

–¡Me dijiste que serían 10 dólares! –es la voz de Matt, en una especie de grito medio ahogado.

–Me da igual lo que te dije, son 20, lo tomas o lo dejas.

Me giro en dirección al sonido y lo encuentro sentado en una de las mesas de la pared, donde apenas hay iluminación. Está de espaldas a mí, hablando con alguien a quien no logro ver. Lentamente me acerco hasta quedar detrás de él, y desde mi recién adquirida posición veo al chico con el que habla. Dejo de respirar unos segundos, impactada por su aspecto. Sus ojos negros como el carbón transmiten rudeza, unos mechones oscuros de cabello le caen sobre la frente y un tatuaje asoma en el lado izquierdo de su cuello. Lleva una camiseta negra de manga corta que le queda ligeramente apretada y hay más tatuajes en su brazo derecho. Su mirada es fría, calculadora, y parece el tipo de chico que cualquier madre querría mantener alejado de sus hijas. Y de sus hijos, todo hay que decirlo.

–¡No tengo 20 dólares! –la voz de Matt, seguida de una risa nerviosa, me trae de vuelta a la realidad y me siento estúpida por haberme olvidado durante unos segundos del motivo por el que he venido hasta aquí.

–Ese no es mi problema –contesta con voz grave y tranquila el chico de los tatuajes.

Golpea la mesa con sus dedos, aparentemente aburrido o impaciente. Entonces, por primera vez, se percata de mi presencia y me mira con esos ojos oscuros y amenazantes. Trago saliva. Joder, ese chico es condenadamente sexy, sexy y aterrador a partes iguales.

Intimidada, aparto la mirada y centro mi atención en mi hermano, el cual se acaba de girar en mi dirección, sorprendido por mi repentina aparición. Baja su mirada a mi ropa y una mueca de desagrado aparece en su rostro. Justo entonces recuerdo lo que llevo puesto, mi pijama de tirantes y pantalón corto con el dibujo de un elefante. Infantil, lo sé. Y además deja ver más de lo que debería, sobre todo teniendo en cuenta que lo compré hace años y que estoy empapada después de haber caminado durante unos 20 minutos bajo la lluvia.

–Mierda –susurro mientras me abrocho la gigante chaqueta de Matt hasta arriba.

–¿Qué haces aquí, Helena? –pregunta claramente enfadado.

–Pregunta equivocada, ¿qué haces tú aquí? –remarco el tú y dejo claro que el enfado es mutuo.

–No es asunto tuyo.

–Sí que es asunto mío, ¿es aquí dónde vienes todas las noches?

–Deja de meterte en mi vida, ¿quieres? No te importa dónde o con quién me relacione.

Un carraspeo suena antes de que pueda responder y ambos nos giramos hacia el chico de los tatuajes.

–Siento interrumpir vuestra acalorada conversación. Me das los 30 dólares o te vas a tomar por culo con tu chica, no me hagas perder más el tiempo.

–¿30 dólares? –exclama indignado Matt– ¡Me acabas de decir que eran 20!

–Ha subido el precio, me estás hartando.

–Eres un capullo.

–Me han dicho cosas peores. Vamos, no tengo toda la noche.

¿Por qué Matt le debe dinero a este tío? Definitivamente no entiendo nada, pero decido intervenir antes de que empiecen a pelearse, porque si eso sucede está claro quién ganaría, y pese a que me duela admitirlo, no es mi hermano. Busco mi móvil y saco de la funda treinta dólares, adiós a mis ahorros de la semana.

–Toma tu maldito dinero y esfúmate –no me molesto en sonar amable.

Lanzo los billetes sobre la mesa mientras lo miro directamente con cara de pocos amigos. Él coge el dinero y se lo guarda en su bolsillo, un poco sorprendido por cómo le acabo de hablar. No me importa, quiero que se vaya. No dice nada, simplemente saca una pequeña bolsa del bolsillo interior de su chaqueta, sin dejar de mirarme en ningún momento, y se la lanza a Matt. Después se aleja y desaparece por la puerta que me había indicado el barman.

–¿Qué es eso? –pregunto intentando mantener la calma.

Matt se guarda la bolsa antes de que pueda verla bien. Después habla, por supuesto, sin responder a mi pregunta.

–No deberías estar aquí.

–Respóndeme –le miro con los brazos cruzados y un horrible presentimiento en el cuerpo.

–No es nada.

Al ver que no tiene intención de responder, me abalanzo sobre él e intento robarle el pequeño paquete, pero lo único que consigo es cabrearlo todavía más y llamar la atención del resto de los presentes.

–¡Ya basta, Helena! –exclama Matt cuando le muerdo el brazo en un intento desesperado por conseguir llegar hasta la estúpida bolsa– ¿Quieres saber qué es? Es coca, ahora lárgate y déjame colocarme en paz.

Lo miro sorprendida y horrorizada.

–¿Te drogas?

Mi hermano rueda los ojos antes de responder, claramente molesto.

–¡Sorpresa!

Es un idiota.

–¿Desde cuándo?

–No te importa.

Me paso las manos por el pelo por puro nerviosismo. Nuestros padres murieron hace seis meses, en un accidente de tráfico. Un estúpido camionero que duplicaba la tasa de alcohol permitida se estampó contra su viejo Chevrolet mientras volvían a casa después de un evento organizado por la empresa para la que trabajaba mi madre. Murieron al momento, y la noticia nos llegó a la mañana siguiente, cuando un policía tocó el timbre de casa. Desde entonces Matt no ha vuelto a ser el mismo. Fue duro para los dos, pero a mi hermano le costó más superarlo, él y mamá eran uña y carne. Pasó semanas aislado del mundo, encerrado en su habitación o de fiesta con sus amigos. Después fue volviendo poco a poco a la normalidad. O eso creía yo. Drogarse no puede ser considerado volver a la normalidad. No puedo evitar sentirme culpable. Debería haberme dado cuenta de lo mal que lo estaba pasando, porque ha tenido que pasarlo realmente mal para recurrir a las drogas. Él jamás ha hecho nada similar, ni siquiera es muy fan del alcohol. Pero he estado tan ocupada trabajando para mantenernos a ambos, que no he tenido mucho tiempo para estar con él.

–Vamos a casa, por favor –le digo con un tono más suave–. Podemos hablarlo, buscaremos un especialista que te ayude a salir de toda esta mierda.

–No quiero salir de esta mierda –responde también más tranquilo–. Vete a casa, duerme, y olvida lo que has visto esta noche, estoy bien.

Los ojos se me llenan de lágrimas pero las obligo a no caer, odio llorar enfrente de la gente.

–No estás bien.

–Pero lo estaré, solo dame algo de tiempo. Lo tengo bajo control, en serio.

–Te daré todo el tiempo del mundo, pero tienes que dejar las drogas –suplico.

–Aún no puedo.

–¿Por qué no?

–Me ayudan a soportar el dolor. Tú te refugias en el trabajo, ¿te funciona no? Pues a mí me funciona esto, déjame superarlo a mi manera.

Suspiro, cansada de su terquedad.

–Tu manera es horrible y peligrosa. Tienes que dejarlo, te ayudaré a encontrar algo menos destructivo.

–Lo dejaré, te lo prometo, solo dame un poco más de tiempo.

–No Matt, no estoy dispuesta a perderte a ti también.

Esas palabras consiguen ablandarlo, lo veo en su expresión. El cambio ha sido leve, pero conozco muy bien a Matt. Limpia con su pulgar las lágrimas que no he podido contener y después me abraza con fuerza. Escondo la cara en su pecho y me aprieto contra su cuerpo hasta que estoy algo más tranquila. Rezando para que no note nada, introduzco mi mano en su bolsillo, le quito la bolsa con la droga y la escondo bajo mi ropa antes de separarme.

–Vamos a casa.

Matt asiente y caminamos en silencio a través del escalofriante laberinto de callejones, gracias a Dios ha dejado de llover.