Capítulo 1 “Hola y Adiós”
Los golpes en la puerta resonaban en mi cabeza, cada uno como un latido insistente. Intenté ignorarlos, pero su persistencia solo aumentaba la ansiedad que ya me consumía. ¿Por qué ahora? ¿Por qué justo en este momento, cuando me siento más perdido que nunca? Cada golpe era un recordatorio de todas las decisiones que tomé para complacer a los demás. La presión por satisfacer a quienes me rodeaban había llegado a un punto en el que ya no me reconocía a mí mismo. Todo lo que callé por miedo a mostrarme tal como soy ahora me atormenta. ¿Qué me espera allá afuera? ¿Por qué extraño hoy más que nunca la presencia de aquel chico que, con solo una mirada, parecía entenderme, y con quien las horas se convertían en minutos? ¿Era porque sabía que solo faltaban horas para que volviera, o porque había descubierto que estaba enamorado de él?
En medio de mi confusión, un destello de esperanza se encendió al imaginar quién podría estar al otro lado. Él, mi luz en medio de la tormenta, la calma en mi caos interno... o eso quería pensar. Sabía que verlo no resolvería todas mis preocupaciones, pero aún así, ahí estaba, deseando que fuera él. Abrí la puerta con mis manos temblorosas, sin saber qué esperar.
“¿Joan?..” pronuncié con dificultad su nombre en medio de la confusión.
La tenue luz del pasillo iluminaba su rostro, revelando una mirada que conocía muy bien, pero que en ese momento no podía interpretar. Sus ojos azules, profundos como el océano, me observaban con una intensidad que me desarmaba por completo. Su cabello, un caos perfecto de mechones blancos que caía sobre su frente, enmarcando esas facciones que tanto había extrañado. Podía sentir el olor a alcohol en su cuerpo, pero eso no importaba. En ese instante, su presencia lo era todo. La desesperación y el anhelo se mezclaban en mi pecho, y todo lo que quería era perderme en esos ojos una vez más.
—¡Joan!.. te extrañé tanto...— Era consciente de cómo mi voz se quebraba y de la fuerza que ejercian mis piernas para evitar correr a sus brazos, aunque no era necesario, porque en un rápido movimiento, los brazos de Joan me atrajeron hacia su cuerpo. Lo miré sorprendido, sin saber cómo interpretar aquel gesto, pero la cercanía de nuestros cuerpos causaba un leve calor en mi rostro. La calidez de su abrazo, a pesar del olor a alcohol, me envolvía en una mezcla de emociones. Mi corazón latía con fuerza mientras él me sostenía, y por un momento, me permití olvidar todo lo demás. En ese abrazo, sentí que los tres años de distancia se desvanecían, dejando solo el presente, donde ambos estábamos juntos de nuevo.
Pero al sentir la presión de sus labios sobre los míos, me vi obligado a buscar su mirada, confundido hasta lo más profundo de mi ser. ¿Realmente era Joan, mi amigo de toda la vida, quien me besaba en este preciso instante? ¿Acaso todo esto era real? A pesar de mis esfuerzos por comprender la situación, me resultaba imposible. ¿Será que estoy soñando? No, era demasiado lúcido para ser un simple sueño. En un sueño no se percibe ese sabor agridulce en la boca, impregnado por el alcohol que Joan había ingerido y que ahora embriagaba cada parte de mi mente durante nuestro beso. Mis sentidos se veían inundados y me hacía preso de la situación exigiendo más, sumiéndome en un éxtasis desconocido que hasta ahora no habia experimentado antes. Parecía no tener fin, su intensidad crecía y yo me entregaba sin resistencia alguna. ¿A quién pretendía engañar? No era como si no hubiese anhelado este momento, estar entre sus brazos y ser consumido por él.
Todo lo que se escuchaba eran nuestras respiraciones entrecortadas y el tic-tac del reloj, mientras sus manos exploran con una lentitud tortuosa mi espalda quien rogaba ser acariciada por él, que recorriera cada milímetro sin dejar un espacio que no tenga su nombre, quiero ser tomado por Joan, sin vergüenza alguna en admitirlo y aunque no se lo dijera explícitamente las palabras no eran necesarias entre nosotros porque cada suspiro, cada jadeo y cada gemido que se escapaba de su boca y la mía era con más deseo que el anterior. Conforme el tiempo pasaba, la ropa entre nosotros empezo a estorbar, sabía lo que se aproximaba y volví a mirarlo encontrado en sus ojos una expresión que me hacía perderme en él, lleve mi mano a su mejilla y le dí una suave caricia volviendo a acortar la distancia entre nosotros con otro beso.
La sensación que recorría mi cuerpo en ese instante era una mezcla abrumadora de deseo y nerviosismo. Una parte de mí deseaba desesperadamente que ese momento nunca terminara, que sus besos quedaran marcados en mi piel, que sus manos no se detuvieran hasta que me dejara sin aire, y que la sensación de su aliento cerca de mi oído fuera eterna. Sin embargo, siendo honesto, sabía que eso era imposible; no podía llevar conmigo esos gestos que me volvían loco. Aunque tal vez no se quedaran en mi piel, estarían grabados en mi mente y en lo más profundo de mi ser como si de mi más grande tesoro se tratase. Pero, no le diré eso, suena demasiado vergonzoso.
No recuerdo en qué momento de la noche mis ojos empezaron a sentirse pesados y cedieron finalmente al cansancio. Sé que dormí poco, y lo último que percibí fueron las imágenes de su rostro borroso ante mí. Estaba convencido de que él intentaba decirme algo, ya que sus labios se movían de una manera que sugería palabras. Sin embargo, por más que intentara descifrar lo que decía, estás mismas se perdieron en el aire, y mi lucidez se dio por vencida.
Abro los ojos con fastidio al sentir cómo los primeros rayos de sol atraviesan la ventana e iluminan la habitación. Aunque quisiera levantarme y cerrarla, mi cuerpo no me lo permite, quizás se deba a todo lo que hice con él hace unas horas. En un abrir y cerrar de ojos, todo lo ocurrido la noche anterior vuelve a mi mente de golpe. “Oh Dios,” susurro al darme cuenta de la situación. Realmente lo hice, dormí con él. ¿Qué debo hacer ahora? Debería haber confesado mis sentimientos antes de llegar a este punto. ¡No sé cómo podré mirarlo a los ojos ahora! Quiero moverme, gritar y maldecir al cielo, pero me contengo y mi rostro se relaja al ver a Joan, que parece seguir dormido a mi lado. Su expresión es tranquila y algunos mechones de cabello caen de forma descuidada sobre su frente. ¿Qué pasará por su mente? ¿Por qué llegó y me besó? No dijo ni una sola palabra, aunque yo tampoco lo hice. ¿Acaso él también siente lo mismo?
— ...¿Theo? — Por instinto, mi mirada buscó la suya, solo para ver cómo la tranquilidad de hace unos minutos había desaparecido. En su lugar, me encontré con sus ojos mirándome con una emoción que nunca antes había mostrado: ira.
— ¿En qué demonios estabas pensando anoche? — Alcancé a decir un “Qué” en estado de shock, sin poder creer cómo todas mis esperanzas parecían desmoronarse en un instante. Él se levantó de la cama, aún manteniendo su tono condescendiente, y volvió a hablar.
— Anoche, lo que sucedió entre nosotros, ¿qué se supone que fue eso?
— Tú y yo... estuvimos juntos... Tú entraste y me besaste y yo... — Mi mente era un desastre. No podía hablar con claridad por todo lo que quería decir. Estaba confundido, asustado, y sus preguntas solo me causaban un mayor dolor. Quería que esto fuera una broma, que el odio que Joan sentía hacia mí en ese momento no fuera real, que al abrir los ojos solo estuviera abrazándome y diciéndome que me amaba. Pero no era así, y eso solo hería aún más mi corazón.
— Yo no dije que no fuera mi culpa, pero tú me dejaste hacerlo, ¡Me dejaste tocarte!
— ¡¿Qué querías que hiciera?! — Terminé alzando la voz con frustración, intentando sacar todo lo que tenía atorado en la garganta. Me levanté, ignorando el dolor físico, porque el emocional era mucho más fuerte.
— ¡Debiste detenerme! ¡Debiste alejarme de ti y no dejarme tocarte como si fuera tan fácil!
— ¿Fácil? ¿Eso es lo que piensas de mí..?
—¿No es lo que eres? ¡Te permitiste disfrutar de cada momento y no hiciste nada por detenerme!, Ni una palabra en desacuerdo. Te entregaste a mí sin dudar y ahora me miras con esos ojos inocentes — Lo siguiente que resonó en la habitación fue el sonido del golpe de mi mano contra la mejilla de Joah. Le había dado una bofetada y no me arrepentía de ello aún sabiendo que fue algo impulsivo de mi parte. No me atreví a mirar su rostro, era lo último que quería en ese momento. Mi mano estaba temblando y no podía contener las lágrimas que luchaban por salir.
—...Vete, Joan... Vete y no vuelvas — El rechinar de sus botas contra la madera al alejarse fue la señal que necesitaba para derrumbarme por completo. Cubrí mi boca para ahogar cualquier sonido que pudiera escapar de ella mientras mis lágrimas fluían sin cesar. Había algo dentro de mí que me decía que corriera tras él, pero al mismo tiempo era consciente de que sus palabras habían dejado un horrible sabor agridulce en mi boca. Ese sentimiento dentro de mí crecía desenfrenadamente. Me tapé los oídos tratando de no escuchar, pero era imposible. No quería aceptar la verdad, aunque estuviera frente a mí. Deseaba con todas mis fuerzas que todo eso hubiera sido una ilusión, negándome a aceptar la cruel realidad... ¿Por qué tenían que ser así las cosas? ¿Por qué todo era tan difícil? No puedo obligarlo a corresponder a mis sentimientos, pero hubiera preferido que las cosas hubieran resultado de una manera diferente. Porque Joan no es solo un chico para mí... Es mi mejor amigo.