Capítulo 1
El carruaje avanzaba por una carretera sinuosa, protegida a ambos lados por altos matojos y arbustos. Las últimas luces del verano se reflejaban en la pintura oscura del vehículo y atravesaba tímidamente los cristales de las ventanillas. Unos ojos azules, penetrantes, observaban el escaso paisaje a través de ellas.
—¿Falta mucho para llegar?—preguntó la figura oculta en el interior del carruaje.
—No, señorita. Apenas queda un kilómetro para entrar en el pueblo —respondió el conductor desde el pescante.
Ella no podía verle la expresión, pero estaba segura de que reflejaba compasión.
La muchacha suspiró y se alisó los pliegues de su falda rosa. Mientras el carruaje pasaba de largo del cartel de bienvenida a Irondir, la joven se preparaba para salir de aquella celda de madera y metal tras nueve horas de viaje. Sin embargo, no podía dejar de estudiar con atención las pequeñas calles del pueblo. La mayoría de las puertas de las casas estaba abierta, dejando entrar la luz del atardecer en su interior. Había algunos niños jugando en la carretera, pero conforme el carruaje se acercaba a ellos, salían disparados hacia la seguridad de sus casas. Cuanto más veía Danae del pueblo, más convencida estaba que sus padres la habían enviado al culo del mundo élfico.
El carruaje giró hacia la derecha dos veces al llegar a la plaza principal del pueblo, donde se asentaba un enorme edificio que, por lógica, debía de ser el ayuntamiento. El conductor instó a los caballos a girar una última vez antes de internarse por una calle que parecía estar fuera de lugar en aquel pueblo. Danae había visto que Irondir era un lugar humilde, apartado de todo y de todos, con casas de una sola planta, pequeñas y acogedoras. Sin embargo, la calle por la que el chófer se había metido estaba plagada de casas de dos plantas con buhardilla, un pequeño patio trasero y aparcamiento privado para el coche de caballos, algo de lo que carecían las demás casas.
El conductor entró en uno de esos espacios reservados y detuvo el carruaje. Danae esperó en el interior a que abriera la puerta. En cuanto puso un pie fuera, un delicioso olor a estofado inundó sus fosas nasales, provocando que su estómago rugiera, hambriento.
—Bienvenida a su nuevo hogar en Irondir, señorita Danae—saludó el conductor con una leve inclinación de la cabeza.
Danae le sonrió y le puso con suavidad una mano sobre el brazo. A continuación, sus ojos se posaron en una figura que había salido a su encuentro desde la casa. Era una mujer de piel oscura, aterciopelada, con unos enormes y profundos ojos negros. Iba vestida con un sencillo vestido blanco y un mandil de colores vivos y alegres. El pelo rizado se le arremolinaba sobre la frente, creando un efecto hipnótico sobre ella.
—¡Bienvenida! —dijo la mujer con alegría, acercándose a Danae y abrazándola de improviso—. Es un placer teneros en Irondir, Danae.
La afabilidad con la que la mujer la saludaba le dio buena espina a la muchacha, que se apartó un poco para poder verla mejor.
—Me llamo Ildana y seré la mujer que viva con vos mientras estéis aquí.
—Encantada —saludó Danae con timidez—. La casa es preciosa. Y, por favor, tuteadme y llamadme por mi nombre. Me gustaría pasar desapercibido.
Ildana asintió y señaló la casa.
—¿Te gusta? Yo creía que tus padres se habían excedido un poco, pero espero que estés cómoda en todas las habitaciones. Ven. —Ildana agarró de la mano a Danae y tiró de ella en dirección a la casa, dejando atrás al conductor, que comenzó a descargar el pesado equipaje de la muchacha—. Estoy segura de que ha sido horrible viajar durante tanto tiempo, pero espero que me dejes darte de comer.
Danae rio por lo bajo.
—Sí, claro—aceptó, encantada.
Ildana abrió la puerta y entró en la casa, precediendo a Danae. Apenas había puesto un pie dentro cuando el chillido de un águila la sacó de su estado de alivio. No necesitó buscarla, el ave se colocó frente a ella con una pata estirada. Vio el pergamino enrollado con esmero y lacrado con el sello de sus padres.
Ildana la dejó un instante a solas para que pudiera leer la misiva, mientras que el águila se marchó en cuanto hubo entregado el mensaje.
Querida hija:
Espero que hayas llegado sana y salva a Irondir. El pueblo te encantará, la gente es muy amable, y seguro que haces amigos pronto.
Sé que el disgusto no te dejará apreciar la oportunidad que tienes ante ti, pero espero que lo hagas. Espero que valores a Ildana. Tu padre no estaba de acuerdo en que mujer como ella…, tan… efusiva, cuidara de ti en Irondir. Pero esta batalla la tenía que ganar yo, así que, allí la tienes.
Creo que te vendrá bien una mano amiga.
Te echo de menos, hija mía.
Escríbeme a menudo, así lograremos calmar los ánimos de tu padre para que puedas regresar pronto.
Te quiere,
Mamá
La muchacha bajó los brazos sin soltar la carta. Antes de que pudiera darle vueltas a cómo había llegado hasta esa situación, un sonido a su espalda la alertó de que estaba en la misma entrada de la casa, por lo que se echó a un lado para que el conductor e Ildana pudieran entrar con sus maletas.
Al cabo de un rato, cinco enormes maletas procedentes de la caDyrlanal de Zanyr descansaban en la habitación más grande de la casa, mientras que Danae engullía su cena para poder apartarse por fin de todos y llorar por aquella mudanza impuesta.
Había dejado atrás a sus amigos, su vida, su institutriz —aunque no le tenía demasiado cariño— porque su padre creía que gozaba de demasiada libertad. ¡Y todo por aquel incidente con las luces del Templo! Y ahora se veía obligada a vivir en aquel pueblucho perdido de la mano de los dioses por no sabía qué historia de enseñarle a ser humilde y a controlar su genio.
Aquella casa era de todo menos humilde y Danae nunca había sido una niña que pidiese demasiado por su cumpleaños. No, había algún motivo más y su madre se había empeñado en ocultárselo. Finalmente, había accedido a mudarse tras múltiples discusiones con su padre, con la condición de que le dejasen volver a su verdadero hogar en vacaciones.
Danae se tumbó en la cama, no sin antes coger un pequeño peluche con forma de hada que su mejor amiga le había regalado antes de irse. «No me olvides nunca, ¿vale?», le dijo ella. Danae solo había podido asentir con un nudo en la garganta. Giró su cuerpo y se puso bocarriba, mirando el techo.
—Bueno, mañana es el gran día. —Dejó caer el peluche sobre su pecho y lo abrazó—. ¿Crees que irá bien?








