Realmente Enamorados (Universo Alterno) - Roier x Male Reader

Sinopsis

Una broma tonta en una noche de juego no puede llevar a nada malo, ¿o sí? Esperemos que todo salga bien en este diferente universo. Un: «¿Qué hubiera pasado sí...?» Fue aplicado en esta historia. A.U. de: Enamorado Tuyo... - Roier x Male Reader

Estado:
Completado
Capítulos:
1
Rating
5.0 1 reseña
Clasificación por edades:
16+

☆Único☆

La noche era fría y solitaria. Hacía tiempo que no me sentía así. No es que nunca me sintiera triste ni que fuera la persona más alegre del mundo, desbordando felicidad con cada paso, no. Simplemente había aprendido a acumular todo detrás de una muralla de titanio reforzado que construí con el tiempo, y durante todos estos años, nunca se había quebrado. Pero, al parecer, la carga fue demasiada y colapsó.

Toqué fondo.

Después de soportar en silencio todos mis problemas, camuflándolos con una sonrisa forzada y chistes tontos para despistar, finalmente me quebré. Estaba en mi cama, abrazando mis piernas en la oscuridad, lamentándome por todo: por lo que hice, por lo que no hice, por cada decisión que tomé desde que era un feto hasta este mismo día. Mi mente no me daba tregua, reviviendo una y otra vez esos momentos en los que solo debería haberme quedado callado y aceptado el cruel destino.

—Top 10 de mis momentos más humildes —bromeé, aunque la tristeza seguía presente.

A pesar de estar destrozado, todavía encontraba espacio para el humor, aunque fuera un humor sombrío. Sonreí con amargura. No sabía cómo podría solucionar todo lo que rondaba en mi mente, pero estaba seguro de que, en algún momento, tendría que salir de mi habitación y enfrentarme al mundo. Solo. Como siempre lo he hecho.

Tengo amigos, pero no quiero agobiarlos con mis mil y un problemas. Mi mente es un caos y siento que lidiar conmigo mismo es tan agotador que siempre huyo cuando siento que todo está a punto de explotar. No quiero ser una carga para ellos; ya tienen sus propios problemas sin necesidad de cargar también con los míos.

Las lágrimas caían silenciosamente por mis mejillas, haciendo que mis ojos ardieran. No me sentía bien con esto. Si seguía llorando, mis ojos se hincharían y todos sabrían que estuve llorando. Apreté los párpados, obligándome a reprimir todo nuevamente, elevando la altura de la muralla, parchando los huecos para asegurarme de que no colapsara otra vez.

Pero, en el fondo, sabía que, aunque intentara reforzarla, un día la muralla se derrumbaría de nuevo, y cuando eso ocurriera, no habría vuelta atrás. Solo deseaba que, cuando llegara ese día, estuviera solo y nadie más me viera así.

Mis amigos estaban en la sala, en lo que se suponía era nuestra noche de juegos. Hace unos minutos les dije que tenía que entregar un proyecto de la universidad y que volvería pronto. Ya habían pasado unos diez minutos, y debía regresar o comenzarían a sospechar.

Tomé una gran bocanada de aire para calmar los sollozos que me provocaba el llanto. Me preparé mentalmente, forzando una sonrisa antes de girar la perilla de la puerta y volver al ambiente alegre y amigable.

Antes de salir, me di cuenta de que necesitaba lavar mi rostro si quería que nadie notara nada. Me dirigí al baño y, una vez dentro, me miré al espejo.

Mis manos, colocadas firmemente sobre el lavabo, comenzaron a temblar. En mi reflejo, solo veía imperfecciones: el acné, el cabello despeinado, la expresión de alguien que parece muerto en vida. No era, ni de lejos, mi mejor imagen. Los pensamientos intrusivos empezaron a atacarme con fuerza:

No mereces nada de esto.

Mírate, un fracaso.

Aprovecha ahora, tus amigos aún no se dan cuenta de la mierda de persona que eres.

Te terminarán reemplazando, como siempre.

¿De qué te cansas? Si no haces nada.

Esfuérzate, no haces lo suficiente.

No eres suficiente.”

Nunca serás suficiente para nadie.

Morirás solo, serás un triste anciano solitario; sin amigos, pareja, ni siquiera tu propia mascota te querrá.

El temblor en mis manos se hacía más intenso, y las ganas de gritar se atoraban en mi garganta. Había personas en casa, no era el momento de hacer una escena. Volví a mirarme en el espejo y la imagen empezó a distorsionarse de una manera grotesca. Sacudí la cabeza; no podía prestar atención a eso o no saldría de aquí en horas.

Abrí el grifo y junté agua con mis manos para lavarme el rostro, tratando de mejorar un poco mi aspecto. Pero, cuando levanté la cara del agua, mi mente volvió a señalar todas mis imperfecciones, como si un reflector las iluminara una por una. Lo único que había logrado eliminar eran los rastros de lágrimas que había derramado en mi habitación; las imperfecciones seguían ahí, pero mi rostro había mejorado ligeramente en comparación con antes.

Solté un suspiro.

Estaba listo.

Con mi mejor sonrisa, tomé la perilla de la puerta del baño, dispuesto a regresar a la sala para convivir con los demás.

Al salir, me topé con Roier, mi mejor amigo.

—Oh, Roier —sonreí alegremente al verlo y señalé detrás de él, indicando que me dirigía a la sala—. ¿No estabas con los demás?

—Sí, pero te tardaste una eternidad, pendejo. Vine a buscarte.

—No pues, ni mear me dejas, pinche tóxico.

—Sí, sí. Regresemos a la sala antes de que te escapes para jugar Skywars.

—Me atrapaste.

Se acercó a mí para caminar juntos de regreso, pero antes de hacerlo me inspeccionó, buscando algo.

—¿Qué? —le pregunté—. ¿Quieres que te bese o qué?

—A ver —se acercó más, colocando sus manos alrededor de mi cintura hasta que nuestros cuerpos casi se tocaron—. Al cine —lo empujé de broma.

—Ah, ¿con que esas andamos?

—Sí, y ya párale, debemos volver con los demás.

—Sí, sí —hizo una mueca—. ¿Por qué tardaste tanto?

—Les dije que tenía pendiente algo de la universidad.

—Sí, pero saliste del baño diciendo que solo te tomaría unos cinco minutos —me inspeccionó nuevamente—. ¿Estás bien? Te veo raro.

—Sí, solo después de enviar mi trabajo quise ir al baño.

—Lo entiendo, pero casi ha pasado una hora.

—Sí, ya— —dejé de hablar—. ¿¡Una hora!?

Asintió. ¿Cómo demonios me demoré casi una hora? Yo sentí que solo pasaron diez minutos, como mínimo.

—Oh, vaya. Yo sentí que solo pasaron diez minutos —reí tenso.

—Por eso digo, ¿estás bien? —insistió.

—Sí, no sé por qué preguntas eso.

—Tus ojos se ven apagados.

—¿Mis ojos?

—Sí, bueno —se rascó la nuca—. Normalmente tus ojos se achinan cuando te sientes mal, y pues, están así.

—Ah, yo... —no sabía qué decir—. Tengo sueño, ya sabes, la universidad, los trabajos y todo eso. Odio los trabajos en grupo; los idiotas que me tocan son unos flojos.

Me siguió mirando. Esperaba que se tragara mi excusa barata.

—Después hablamos.

Mierda, mierda y más mierda.

—Hablarás tú solito, al juntarte con Quackity se te pega lo menso. Estoy bien —sonreí.

Su cara dejaba claro que no me creía. Seguí sonriendo, intentando que dejara de preguntar.

Vi cómo dejó salir un suspiro disimulado y cambió rápidamente la expresión de su rostro por una más alegre.

—De acuerdo —sonrió—. Vamos.

La noche siguió transcurriendo como normalmente lo hacía cuando nos juntábamos. Una noche de juegos tranquila... Mentira, con amigos como estos la tranquilidad es todo lo que no tienes; las noches siempre terminaban en peleas que, más que preocupantes, resultaban chistosas.

—¡Ey! Dejen de mandarme +4.

—Soporta, pinche perro, eso te pasa por decirle a todos las cartas que tenía.

—La idea fue de Aldo.

—¡Traidor! —gritó—. Mariana ocultó una carta para cambiar de color en el culo.

—Bloqueado por soplón.

—Bloqueado tus huevos.

—Bloqueado por mamón.

—¡______! Teníamos una alianza.

—Sí, pero era un doble agente. Nunca debiste confiar en mí.

—La verdadera alianza era entre él y yo —Roier me abrazó por los hombros, revelando nuestra alianza secreta.

—Qué tristeza, men. Ya ni puedes confiar en tus amigos.

Le tocaba a Roier. Mariana y yo seguimos peleando porque él aún no superaba que lo había bloqueado a nada de ganar.

—Uno.

La mesa quedó en silencio.

—Rivis, no.

—Rivers, sí.

El ambiente se volvió tenso. Yo tenía cinco cartas, así que mis probabilidades de ganar contra las dos de Mariana y una de Rivers eran casi nulas.

—¿A quién le apuestas? —me preguntó Roier.

Miramos a ambos posibles ganadores y luego a nosotros. Asentimos coordinadamente; la respuesta era obvia.

—Rivers —dije.

—Osvaldo —dijo él.

Nos miramos. Al parecer, no estábamos de acuerdo.

—Cabrón, Rivers solo tiene una.

—Sí, pero ¿y si no tiene el color? ¡Piensa un poco, pendejo!

—No jodas, claro que sí.

—Claro que no.

Roier y yo comenzamos a discutir, insultándonos por nuestras malas predicciones del posible ganador. Aun mientras lanzábamos cartas para que quien dijimos que ganaría lo hiciera, ninguno de los dos estaba cerca de ganar; cada vez que uno de nosotros dejaba una carta, volvía a aumentar porque las del mazo seguían botando el mismo color.

—Si estarás estúpido —lancé una carta—. Rivers va a ganar.

—Pero si estarás pendejo, idiota, ¿cómo crees? Mariana ganará cuando las cartas dejen de dar el mismo color de mierda. Uno.

—¿A poco? —lanzó su carta—. Team Rivers.

—Team Mariana.

—Ah, Roier —intentó hablar Aldo.

—Ahora no, Aldo.

—Chingas mucho a tu madre, ______.

—La tuya, ojete.

—Roier ganó —soltó Rivers.

—¿Qué?

—¡Qué! —gritó feliz.

—Sí, mientras peleaban, ganó el muy cabrón.

—¡Vamos! —gritó emocionado.

—Pues... chido —lancé mis cartas hacia el montón.

—¿Ahora eres Team Roier?

—No —crucé los brazos, rodando los ojos.

—Tú te lo pierdes —colocó sus manos en las caderas y se hizo el muy digno.

—Uy, sí. Mira cómo sufro —fingí lágrimas.

—Chistosito.

—Ya, bájenle a sus peleas maritales, el niño no tiene la culpa de esto —nos regañó Aldo.

Iba a contestarle nuevamente a Roier, pero el chiste de Aldo me detuvo. Lo miré mal; es mi mejor amigo, no mi novio. Además, ¿cuál niño?

Cuando lo giré a ver, Mariana estaba acariciando a Aldo, que fingía llorar mientras nos veía con el ceño fruncido. Abrí la boca para cuestionar la extraña escena, pero Roier me ganó.

—Lo que pasa es que estás celoso porque a mí sí me quieren y a ti no —bromeó mientras me abrazaba.

—No te pases, men —chilló Aldo, fingiendo llorar; ahora era él quien lo consolaba.

—Ay, qué bonito el amor. A ver, bésense —molestó Aldo, y pude escuchar la risa de Mariana, que seguía acariciando a Aldo.

—No —contesté secamente.

—Ay, qué amargado.

—Háganlo y les doy lo que quieran —ofreció.

La idea de besarlo por un favor sin restricciones me causó gracia. Reí y miré a Roier para reírnos juntos de eso, pero cuando giré para verlo, noté que parecía estar considerándolo. Mi rostro cambió rápidamente al darme cuenta. ¿¡Cómo siquiera lo consideró!?

Le hice señas para que se acercara; debía hablarlo con él.

—¿Qué con eso?

—¿Qué o qué?

—¡Lo pensaste! —susurré.

—Ah, sí —afirmó—. Pero van a ser lo que queramos —se excusó.

—No voy a besarte —aclaré.

—En la mejilla, no seas cobarde.

Lo pensé, nunca especificaron. Además, parece que Roier sí quería que estos le deban algo. Suspiré, lo haría por mi amigo.

—Bien.

—Genial, te lo devolveré.

—Eso espero.

Dejamos nuestra pequeña junta atrás y nos pusimos al frente de ellos.

—Uno —aclaré.

Nos miraron sorprendidos, parece que no esperaban que aceptáramos.

—Bien —aceptó aún asombrada.

—De acuerdo —miré a Roier.

Se estaba acercando y el hecho de estar a punto de besarlo invadió mi mente. Suerte que sería en la mejilla y no en la boca.

Nos acercamos más y yo me dirigí hacia su mejilla.

El celular de Roier sonó de repente, lo que hizo que girara la cabeza por instinto rápidamente.

Mierda.

Al momento de girar su cabeza, sus labios y los míos se tocaron.

Me alejé rápidamente.

Había besado a mimejor amigo.

A. Mi.Mejor. Amigo.

Quería que la tierra me tragara y me escupiera, no sé... ¡Nunca!

Miré a Roier, se quedó quieto. Los demás estaban igual de asombrados.

—Yo pensé que lo hacían de broma.

—Yo igual.

El silencio me mataba.

El pánico abordó mi ser, quería huir de este lugar. Qué pena que sea mi casa y tuviera que quedarme. Peor aún, Roier y yo vivimos juntos y tendría que verlo en la mañana.

—Bueno... —traté de relajar el ambiente—. Debo... Sí.

—Sí, yo igual —tomó sus cosas y se fue a su habitación.

—¿Chicos? —traté de preguntarles si aún se iban a quedar.

—Oh, tranquilo. Ya nos íbamos.

—Bueno, adiós.

Mientras se iban, escuchaba sus susurros.

—Wey, qué incómodo fue eso.

—Cállate, Aldo.

—¡Ya! Solo decía.

Suspiré. Debía arreglar esto con Roier y no sabía cómo.


Las semanas pasaron y ya no hablábamos como antes, solo palabras banales de cortesía y luego simplemente nada. Parecíamos extraños que vivían bajo el mismo techo a este punto.

No fui lo suficientemente valiente para tratar de insistir en hablarlo. Pero él tampoco quiso hacer algo al respecto.

Nuestra amistad de años se vio arruinada por esta simple pendejada, no sabía cómo sentirme o qué hacer. Algo me decía que si seguíamos así, poco a poco dejaríamos de ser amigos. No quería eso; ya me había encariñado con Roier y perderlo sería simplemente horrible.

Suspiré. Debía hablarlo con él hoy, no quería que por esto se terminara.

Me paré de mi escritorio dispuesto a hablar con él, valiéndome por completo que tenía unas 2 horas para terminar un trabajo de la universidad. Lo dejaría todo por arreglarme con él y sentía que si no lo hacía hoy, no podría hacerlo nunca.

Decidido, abrí mi puerta y, para mi sorpresa, estaba mi amigo a punto de llamar a esta.

—Sebastián.

—______.

Mi cerebro se bloqueó completamente, no tenía idea de cómo empezar. Nuevamente, el silencio me estaba poniendo ansioso. No hablamos durante mucho tiempo por lo que pasó hace unas semanas y cuando ya estaba listo para poder aclarar las cosas con él, toda mi valentía agarró y se lanzó por la borda, abandonándome completamente.

—Eh... ¿pasas? —pregunté, era incómodo estar parados en medio de la puerta.

—Ah, seguro.

Entró a mi habitación lentamente, como si esperara que en cualquier momento un creeper saliera de la nada y explotara en su cara. No sé a qué le tenía tanto miedo.

Se sentó en mi cama y yo en la silla de mi escritorio. Estábamos frente a frente, las palabras no salían por parte de ninguno.

—______... Yo —hizo una pausa y se sobó la cara con sus manos—. Sobre lo de hace un tiempo, yo creo... Dios, ¿cómo te puedo decir esto?

—¿El qué?

Me miró, las palabras no salían de su boca.

¿Qué es lo que tanto le cuesta decir?

Te va a dejar.

Le das asco, solo era una broma y tú tenías que arruinarlo.

Demonios, no.

¿Me dirá que ya no quiere que seamos amigos?

¿Se mudará?

¿Me dejará?

Por favor, no.

¿Lanzará todos nuestros años de amistad a la basura por eso, o sí?

Los pensamientos me atacaban y Roier solo se quedaba sin decir absolutamente nada.

—Sobre el beso.

—¿Sí?

—¿Qué fue eso para ti? —soltó al fin, sus ojos temían la respuesta.

¿Qué fue para mí eso?

No lo sé.

Fue nuevo.

Aterrador.

Sorprendente.

Pero, repasando todo eso, hasta ahora, no sabría cómo expresarlo.

Toqué mis labios y él vio que lo hice. No sabía qué decirle exactamente, era el primer chico al que besaba, y por una estupidez.

Volví a recordar todo lo que pasó ese día, aún no sabía qué decir, el recuerdo se reproducía en mi mente como un bucle. Sus labios, mis labios, juntos por unos milisegundos.

No sabría cómo responderle qué significó ya que solo fueron unos pocos segundos.

Solo fueron unos segundos, pero yo... Quisiera...

No, es tumejor amigo, no digas tonterías que por lo de hace semanas casi lo pierdes.

—No... No lo sé —dije—. Solo fueron unos pocos segundos —me sinceré.

—¿Estás insinuando que quieres besarme de nuevo para comprobar? —preguntó coqueto.

—¿¡Qué!? ¡No! —me avergoncé, ¿cómo siquiera pensó eso?

—Qué mal —solté un «¿Ah?» como respuesta—. Yo sí quiero besarte de nuevo.

Me miró asustado por cómo me fuera a tomar sus palabras.

Lo dice para no hacerte sentir mal.

Lo estás obligando.

¿Algún día dejarás de pensar en alguien que no seas tú?

No mereces el afecto de nadie.

Salí de la habitación tan rápido como pude.

Hui como un cobarde. Pero soy un cobarde que teme cagarla con su mejor amigo por esta estupidez.

No sabía cómo dirigir sus palabras, no podía encerrarme en mi habitación ya que ahí se encontraba él, así que solo me fui a la sala.

—Carajo... —despeiné mi cabello con frustración.

Estaba confundido. Asustado.

Todo esto sucedió por un beso accidental y ahora... Él quería repetirlo.

Y yo no sabía cómo reaccionar, no me dio ningún aviso y no supe que debía hacer, fue tan repentino.

¿Quería repetirlo?

No lo sabía.

Nuestra amistad pendía de un hilo. Hilo que se estaba rompiendo cada vez más a causa de mi huida.

El recuerdo de ese día volvió a mí. Tal vez, si solo tal vez... Ellos no hubieran estado aquí, tal vez yo... Nunca me hubiera alejado.

Dios, se supone que mis sentimientos hacia Roier estaban muy bien guardados. Pero ese maldito beso. Ese beso, hizo que el cofre se abriera y volvieran a salir a la luz.

«—Yo sí quiero besarte de nuevo.»

—Yo también... —susurré.

Recordé su mirada, él quería que dijera lo mismo. ¿Acaso sentía lo mismo? Pero, ¿por qué yo? No lo entiendo.

¿Cómo siquiera se fijó en mí?

¿Y si todo es una de sus bromas?

Siempre hace lo mismo con sus amigos, coqueteando con ellos de broma.

¿Soy una broma para él?

¿Por qué se fijaría en mí si cualquiera mataría por tenerlo a su lado?

Tal vez dijo eso porque tenía miedo a que dejáramos de ser amigos. Sí, seguro es eso.

Me quedé mirando a la nada, pensando, los pensamientos intrusivos no tardaron en atacar y a este punto me importaba poco.

Tenía miedo.

Iba a perder a Roier.

Mi amigo...Mi mejor amigo.

—______...

Mierda.

—¿Sí? —pregunté, mi voz temblaba.

—Debemos hablar.

—¿De qué? —fingí demencia.

—Sabes de qué —se sentó a mi lado.

—No, no lo creo —evité su mirada.

—¡______! —alzó la voz, tomando mi mentón para que lo volteara a mirar.

—¿Qué? —me sentí regañado.

—Hay que hablarlo, por favor —suplicó. Estaba triste, y por mi culpa. Yo tengo la culpa de todo.

Asentí con miedo, no quería oír lo que estaba por decir.

—De acuerdo —suspiró—. ¿Te incomodé?

—No.

—¿Entonces?

—No lo sé —apoyé mis brazos en mis rodillas y cubrí mi rostro con las manos.

—¿Qué es lo que sucede?

—Nada.

—______ si no me dices lo que sucede, no podremos arreglarlo.

—No sé qué quieres arreglar si todo está perfectamente bien —hice un ademán exagerado con los brazos, evitando el problema.

—¿Todo está perfectamente bien? —repitió molesto—. Mierda, ______, en estas semanas hemos parecido más extraños que amigos —se exaltó.

—No sé a qué te refieres.

—Claro que sí.

—No, no es cierto.

—¿Puedes dejar de evitar tus problemas por una maldita vez en tu vida?

—No estoy evitando nada.

—Lo estás haciendo, lo haces ahora, lo hiciste todas estas semanas y ese día. ¿Crees que no me di cuenta de que estabas llorando? Siempre evitas el enfrentamiento —me acusó. Lo miré sorprendido; desde mi punto de vista, había pasado desapercibido.

—¿Cómo...?

—Te conozco desde hace años, sé cuándo me mientes.

Esas palabras tocaron mi corazón, y comenzó a sentirse cálido. ¿Me prestaba tanta atención como para darse cuenta de cuándo miento?

Dios, cállate.

No podía con Roier; no podía desde que me di cuenta de que estaba perdidamente enamorado de él. Y ahora que él estaba hablando para arreglar este problema, tenía miedo de que lo que dijera afectara nuestro futuro.

Tener un futuro en el que no esté a su lado se sentía irreal y extraño. No me importaba si nunca llegábamos a ser algo, me bastaba con tenerlo cerca y poder tener el mínimo contacto... Solo eso me bastaba. Y si debía callar todo lo que siento por él hasta el punto de casi morir, lo haría.

—Lo siento...

—Tranquilo, solo hablemos, ¿sí?

No estaba seguro. Tenía miedo.

—______.

Tomó mis manos. Lo miré.

Me gustaban sus ojos; eran de un color hermoso.

—Bien —cedí.

—Bien —me sonrió. Amaba esa sonrisa.

Nos miramos, y no podía evitar caer hipnotizado por sus ojos.

—¿Ahora me dirás? —hice una mueca de confusión.

—______, yo... —tragó saliva—. Yo sí quiero besarte.

—Oh, sí... eso.

—¿Qué piensas? —preguntó temeroso.

—Sebastián, yo... en verdad no lo sé.

Suspiró. —Está bien, no te presionaré —soltó mis manos lentamente y se levantó, dispuesto a irse.

Quería decirle, pero no sabía.

¿Y si todo era mentira y solo lo dijo para no echar a perder nuestra amistad? Tenía miedo de que estemos juntos y, luego de un tiempo, me diga que ya no siente lo mismo... o, aún peor, que se aburra de mí.

Tengo miedo de ser algo pasajero para él, mientras que él es mi todo.

¿Y si luego de eso ya no quiere saber más de mí?

Quería dejar de ser tan cobarde, pero algo no me dejaba. Era como si estuviera encadenado en un foso de cobardía y miedo.

Tomé su muñeca y él me miró. Mi boca no dejaba salir palabra alguna.

Mi corazón latía rápidamente, las palabras que mi cerebro formulaba y que mis cuerdas vocales querían expulsar con tantas ansias picaban en mi garganta. Mis labios temblaban, mis ojos se aguaron, sorprendiendo a Sebastián.

Iba a hablar, pero me adelanté.

—También quiero besarte.

Su cuerpo se paralizó ante mis palabras. El arrepentimiento llegó rápidamente una vez que mi boca expulsó lo que tanto quería decir.

El contacto visual sobraba. Él no dejaba de mirarme a los ojos, tratando de adivinar si lo que decía era verdad o mentira para no hacerlo quedar mal. Yo no dejaba de mirarlo porque sabía que, si lo hacía, los pensamientos me atacarían rápidamente, y era lo que menos quería en estos instantes. Ya le había dicho a mi mejor amigo y compañero de casa que quería besarlo. No podía cagarla más... Espero.

—¿T-tu... —tragó saliva—. Tú... yo... ¿beso? —balbuceó.

Su nerviosismo me causó ternura, aplacando rápidamente el sentimiento de miedo. Solo podía ver su rostro sonrojado junto con su boca entreabierta, sin saber qué más decir.

—Sí... —comenté nervioso—. Claro... solo si tú...

No pude terminar. Sebastián se había abalanzado sobre mí para juntar finalmente nuestros labios en una danza dulce, con dejos de nerviosismo.

Me causaba gracia cómo, de estar aterrado por hablar, ahora me encontraba besándolo de tal manera.

Sin darme cuenta, Sebastián me acorraló contra el sofá, subiendo encima de mí mientras me daba suaves caricias detrás del cuello. Alcé mis brazos hasta sus hombros lentamente y tomé con fuerza su mandíbula para profundizar el vaivén que generamos. Sus labios eran suaves y un tanto picantes; seguro comió algo con chile antes de venir a hablar conmigo.

Los jadeos de ambos no tardaron en ser emitidos; era algo inevitable, considerando la manera en que nuestros labios se estaban conociendo. Intenté despegarme de sus labios para tomar más oxígeno, pero Sebastián no me dejó libre. Tomó mis caderas con ambas manos, empujándolas contra él y acercándonos más de lo que ya estábamos. Gemí.

El roce que causó el acercamiento de nuestros cuerpos me sorprendió y me gustó a la vez. No sabía qué hacer a partir de esto, ya que Sebastián se detuvo abruptamente al darse cuenta del nuevo sonido que resonó en la habitación.

Mis mejillas no tardaron en colorearse.

Esperaba todo menos que se me escapara un sonido así.

Santo Dios, qué vergüenza.

¿¡Por qué carajos menciono a Dios en una situación como esta!?

Confirmado, iré al infierno cuando muera.

Mis labios comenzaron a temblar. Debía disculparme por aquel vergonzoso sonido que salió espontáneamente de mi boca.

—Lo siento... —dije muy avergonzado. No podía siquiera mirarlo a los ojos.

Santo cielo, tanto esfuerzo que me tomó confesarle que quería besarlo, y ahora la cagaba con un puto gemido de mierda por el breve momento de excitación que sentí.

¡Mierda, cállate de una vez!

¡Ni siquiera estoy hablando!

¡Me vale tres hectáreas de verga si lo haces o no, solo cállate!

Iba a morir de vergüenza justo aquí, justo en este sillón, justo en esta habitación y en esta... ¡Carajo, moriré de vergüenza en esta posición!

¿Puede haber una muerte más penosa que esta?

Nadie tiene mi mala suerte porque Dios no los odia tanto como a mí.

—______... —tomó mi mandíbula con sus dedos, tratando de tranquilizarme de cualquier pensamiento que estuviera teniendo en este preciso instante. Era obvio que sabía que estaba en modo alerta roja—. ¿Te avergüenza lo que acabas de soltar? —asentí—. Eres tan tierno.

Vi cómo comenzó a acercarse nuevamente y mi corazón latió a mil por hora. Nuestros labios volvieron a unirse en la danza que acababan de aprender. Sebastián me tomaba con tanta fuerza que parecía que se estaba asegurando de que no huyera en algún momento. No sé por qué pensaría eso. ¿Quién en su sano juicio quisiera huir de esto?

El espacio entre nuestros cuerpos se nos hacía excesivo, pero al querer acercarnos, no podíamos, ya que estábamos al límite de lo que a nosotros se nos hacía extenso. Él seguía encima de mi regazo sin intenciones claras de querer bajarse, ni como que quisiera que lo hiciera.

No sabía si habíamos llegado al punto de que tocar estaba permitido, quería con todas mis ansias tocarlo al igual que él hacía conmigo, aun así me contuve, no quería incomodarlo. Mis manos eran detenidas por los cojines del sofá, que estoy seguro de que tendrán las marcas de mis uñas que se volvían más fuertes por conforme pasaba el tiempo y el deseo combinado con la pasión aumentaba.

La sensación que me hacía sentir Sebastián con sus toques era exquisito, algo que nunca pude sentir con alguien más —y no es como si lo hubiera hecho con alguien más tampoco—, era tan malditamente adictivo el toque de sus dedos junto a sus labios que el oxígeno se me hacía inútil. Pero parece que a él no por lo que se separó.

Jadeos, era lo único que podía escuchar en toda la habitación.

Las pupilas dilatadas de Sebastián me daban pase a que quisiera seguir besándolo o ir por algo más... pero mejor solo besos por hoy.

El silencio me estaba matando, no sabía qué decir ahora que las palabras eran necesarias.

—Eso fue... Wow... —fue lo único que se me ocurrió, idiota.

—Ya lo creo —carcajeó, mi corazón se comprimió al oír su suave risa, Dios, amo su risa.

Nos miramos a los ojos, él todavía encima de mí. No sabía que hacer exactamente, así que me limite a mirarlo con todo el amor que suprimí por años. Y, ahora que lo digo, me siento un maldito acosador.

¡Carajo! ¡Deja de mirarlo así! ¡Deja de mirarlo así!

Gire mis pupilas hacia otro lugar rápidamente, lo que menos quería ahora era incomodarlo con mi mirada. No podía joderla más después de haberme besado con tanta intensidad.

Dios, que no se haya dado cuenta... ¡Que no se haya dado cuenta! Te juro por mi gato que si no se dio cuenta de cómo lo mire me vuelvo el creyente más devoto que hayas tenido.

—Ey, ¿Por qué dejaste de verme así de lindo?

¡Maldito!

—¿Eh?

—Como me estabas viendo antes... —tomo mi mentón y por inercia mis pupilas volaron para encontrarse con las suyas—, me encanto.

Si mis mejillas no estaban ardiendo antes, juro por mi gato que ahora sí lo están.

Tal vez, debería dejar de jurar por mi gato...

—Mierda, qué vergüenza...

Rio—. ¿Por qué te avergüenzas?

—¿No parecía un acosador? — pregunté aterrado.

Mi miedo se volvió rápidamente en pena y vergüenza al escuchar a Sebastián como se partía de la risa ante lo que dije. Su carcajada era tan alta que su cuerpo se inclinó hacia atrás y casi se cae de bruces contra el suelo si no fuera porque agarre su cadera y lo apegue más a mí.

—Casi te matas —comenté serio.

—Después del beso que nos dimos, puedo morir en paz —se acomodó en donde estaba sentado.

—Ugh, deja de decir eso... —volteé a otro lado.

—Sabes que no lo haré —comento dulcemente, sonreí.

—Lo sé —su rostro se acercó al mío e iniciamos otro beso, un poco más movido que los anteriores.

Mis dedos que aún se encontraban en sus caderas comenzaron a acariciar lo que tenían a su alcance, moviéndose suavemente sobre la ropa, Sebastián comenzó a moverse de una manera extraña encima de mí.

Los jadeos por parte de ambos eran más frecuentes que antes. Nuestras cabezas se movían rápidamente conforme a como subía de tono nuestro beso.

Tal vez hubiéramos seguido si no fuera porque escuche el sonido de una bolsa de frituras chocando contra el suelo.

Podría haber sido un sonido cualquiera que hubiera pasado desapercibido, de no haber sido por la voz que escuche a continuación.

—Men, cuando Roier dijo: «voy a arreglar las cosas con ________», pensé que iban a hablar, no que se lo iba a coger —susurro muy indiscretamente.

—¡Osvaldo! —regañó.

Separé rápidamente a Sebastián, quien aún no se había dado cuenta de lo que estaba sucediendo.

—¿Qué pasa? ¿Por qué me...?

Se detuvo abruptamente. Creo que dejó de mirarme para ver a nuestros amigos, que tenían sus rostros sorprendidos por lo que acababan de presenciar.

—Mierda —dijimos al unísono.

—Sabíamos que se tenían ganas, pero no que tantas —intentó bromear, señalándonos.

Ambos nos miramos para entender a qué se refería, y lo comprendimos: Sebastián estaba encima de mí, yo lo tenía agarrado por la cintura, y nuestros cuerpos estaban —demasiado— cerca.

Levanté rápidamente mis manos al aire, alejándolas de su cintura. No podían encontrarnos en una posición más vergonzosa, pero eso me pasa por ateo.

Por cosas como estas ya casi nadie cree en ti, vejete.

AHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH, ¡QUÉ VERGÜENZA!

No sé cómo ha de estar mi rostro en estos momentos, pero de lo que sí estoy seguro es que está lleno de vergüenza, justo como me siento ahora mismo.

Odio esto.

Odio todo.

Odio vivir.

Despawnéenme de la vida, porfa’.

Si no lo hace alguien ahora, lo haré por mí mismo en unos minutos. Lo juro.

—Esto se puede explicar... —oí decir a Sebastián.

—Uh, sí, claro. Explica por qué estabas encima de ______ a punto de cogértelo.

Sebastián se bajó de mi regazo. —¡No íbamos a coger, animal!

Me deslicé en el sillón con los pensamientos a mil.

¿Cómo entraron? Sebastián le dio una copia de la llave a Samy por si acaso.

¿Cómo no escuchamos sus voces? Creo que estábamos demasiado concentrados en nosotros mismos y en el momento como para prestar atención a otras cosas. ¡Lo cual solo lo hace más vergonzoso!

—Tierra, trágame... —murmuré, casi cayéndome del sofá.

—¿Eh? —escuché un suspiro de asombro—. Miren lo que hicieron, bola de mamones —alguien se acercaba—. Ya lo hicieron deprimir; saben cómo se pone por cosas como estas.

—Ay, pues perdón, mi vida.

—Tú también tienes la culpa, pues mi pinche Roier. ¿Cómo íbamos a saber que te lo estarías comiendo en plena sala? —bromeó—. Esas cosas se avisan; imagínate que hubiéramos llegado un poco más tarde.

—¡Ya, culero!

Seguía escuchando su pelea. Pensaba en meterme para sacar a Sebastián de ahí antes de que se putee a Mariana, pero mi celular comenzó a sonar como loco. Era mi grupo de la universidad que me hablaba de un proyecto.

—¿De qué perro proyecto hablan? —murmuré confundido.

—Y a todo esto, ¿qué putas hacen aquí? —escuché a Sebastián y presté atención, también quería saber eso.

—Pues, mi buen, dijiste que iban a solucionar las cosas. Entonces trajimos cositas para celebrar y para disculparnos —comentó avergonzado.

—Me siento un poco culpable de lo que pasó —mencionó Rivers.

—Ay, sí tú —Sebastián no sonaba muy convencido.

Ver cómo intentaba defenderme —a su manera— hacía que mi corazón latiera a mil por hora.

No sé por qué nos costó tanto hablar antes; si uno de los dos hubiera tenido la valentía hace semanas, tal vez ahora estaríamos más unidos que nunca.

—¿Y ahora qué? ¿______ es tu chavo? —cuestionó—. Digo, nomás, ¿o te chapas así a todos tus amigos?

—Si es así, yo quiero —se acercó coqueto a Sebastián—. A ver, mi Boiler, dame unos besotes.

—¡Sácate, pendejo! —gritó Sebastián, disgustado de que Aldo quisiera besarlo.

Me daba gracia cómo Mariana lo alentaba, Rivers solo se reía, y Sebastián hacía de todo para quitarse a Aldo de encima.

Suspiré con alivio. Todo había salido bien; no sé qué hubiera sido de mí si nada de esto hubiera sucedido. Me alegra saber que en esta vida y en este universo puedo estar con la persona de la que llevo años enamorado. Era un sueño del que no desearía por nada en la vida querer despertar.

—¡Pendejo, haz algo! —pidió, llegando a mi lado. Lo miré, miré a Aldo y comencé a reírme.

—¡Dije haz algo, no te rías, ojete! —me regañó.

Se la hubiera ahorrado, porque al regañarme, Aldo logró alcanzarlo.

—¡Ah, cabrón!

Siguieron así por unos cuantos segundos hasta que Aldo se cansó y empujó a Sebastián a un lado para ir a recoger las papas que se le habían caído al principio.

Por supuesto, Sebastián no dejó pasar el hecho de que, en lugar de ayudarlo, me burlé de él, pero para ser honesto, él se ha burlado de mí más veces de las que yo lo he hecho.

Luego de su regañiza, al fin pudimos ir a comer lo que habían traído nuestros amigos. Fui a la cocina por unos platos para las botanas y algunos vasos; si no lo hacía, ellos iban a tirar todo por cualquier lado.

¿Y quién iba a tener que limpiar?

Yo, por supuesto. Esta semana me toca a mí.

—Ey, ______ —escuché detrás de mí.

—Uh, Rivers. ¿Sucede algo?

—Sí, bueno. Sebastián es mi amigo, ¿sabes, no? —sonreí dulcemente; sabía lo que intentaba decir—. Sé que también soy tu amiga, pero...

—No te preocupes, haría de todo menos intentar dañarlo —intenté tranquilizarla.

—Eso dicen todos.

—Sí, pero yo no soy todos.

—Eres hombre, mientes, pendejo.

—Eres mujer, mientes peor, culera.

Reímos. Después de eso, me ayudó con los platos y los vasos. Cuando llegamos a la sala, el trío de pendejos ya había hecho todo un fuerte con los cojines del sillón y desacomodado las fundas de estos.

—Pendejo, no desordenes tanto que luego el Roiler tiene que limpiar.

—Ay, pues perdón, mi amor.

—No se preocupe, apá, ______ limpia esta semana.

—Sebastián —levanté una ceja.

—¡Uhhhh! Te cachó tu vieja —metió cizaña.

—¡Uhhhhhhh! —le siguió el juego.

—Qué perra tristeza contigo, Boiler.

—Yo... —el ringtone de mi celular me interrumpió. Vi el contacto y rodé los ojos—. Un rato —me dirigí nuevamente hacia la cocina.

—Uhh, cuando vuelva, valiste verga, apá.

—Directito pal’ sofá.

—Ya, puñetón.

Reí internamente por lo que le estaban diciendo a Sebastián. Intenté ser lo más serio posible cuando entré a la sala y casi me salgo de personaje cuando comenzaron a meter candela a la situación.

Ya dentro de la cocina, contesté el celular; me estaba llamando uno de mis compañeros de grupo. Fruncí el ceño al leer su nombre, este es el que más me caía mal del grupo.

—¿Aló?

—¡Lewis! —escuché la otra voz a través del teléfono.

—¿Qué? —contesté indiferente, no disimulé desde el principio que este pendejo me caía mal.

—¡El proyecto! Nos queda media hora y necesitamos de tu ayuda —se quejó.

—Terminé mi parte hace dos días, solo faltaban Delira y tú por rellenar.

—Ah, pues...

—No digas nada, ya entendí —colgué y solté un suspiro pesado.

Volví nuevamente a la sala, donde los cuatro estaban aventándose almohadazos entre sí. Me gustaría unirme, si mi nota no dependiera de acarrear a estos inútiles. Todo eran risas, hasta que Sebastián intentó hacer una especie de parkour y cayó de cara al suelo. Por obvias razones, todos estallamos en risas mientras él se quedaba en el suelo, ahí, todo tieso.

—Putos pendejos, los odio en serio.

Aun riéndome, me acerqué a ayudarlo—. Tú también, con tus mamadas, mi amor.

—Ay... —miró hacia otro lado—. ¿Quién llamó?

Mi sonrisa se borró—. Mis compañeros de la universidad.

—¿No hicieron su parte? —asentí—. ¿Quieren tu ayuda? —asentí—. ¿Les queda menos de una hora? —asentí—. ¿El trabajo es importante para tu nota? —volví a asentir.

—Lamento no poder acompañarte.

—No te preocupes, ve.

—Gracias —sonreí, lo ayudé a levantarse y me fui hacia mi habitación a gritarles a los pendejos que me tocaron de compañeros.

—No pues, mien, ya cómetelo frente a nosotros.

—Cállese, baboso.


El día había sido de locos. No esperaba, por nada en el mundo, que mi intento de “arreglar las cosas” saliera tan bien. Lo único que había pensado en decir era que podíamos vivir con aquel recuerdo y convertirlo en un chiste interno o algo parecido, pero las palabras que salieron de mi boca fueron otras. Entré en pánico y me puse en modo automático.

—¿Qué fue eso para ti? —temí su respuesta.

—No... No lo sé —dijo—. Solo fueron unos pocos segundos.

Los pensamientos que se formaron en mi cabeza me aturdían.

—¿Estás insinuando que quieres besarme de nuevo para comprobar? —pregunté coqueto, no sabía qué más decir.

—¿¡Qué!? ¡No! —se avergonzó.

—Qué mal...

—¿Ah?

—Yo sí quiero besarte de nuevo —solté; había juntado demasiado valor para eso.

Solo espero no arrepentirme después...

Y claro que me arrepentí de todo lo que dije cuando lo vi huir de su propia habitación.

La había cagado en grande. Estaba completamente en shock y, cuando al fin me calmé, lo único que pensé fue en ir a pedirle disculpas; nuestra relación ya estaba completamente arruinada.

Cuando llegué a la sala, escuché que dijo algo.

—Yo también... —susurró.

¿Él también qué?

—______...

—¿Sí?

—Debemos hablar.

De ahí, fue solo intentar hablar con él sin que intentara evadir el tema como suele hacer. Él quería actuar como si nada hubiera pasado, pero yo no quería. Algo había pasado ese día y todas las malditas noches pensaba en ese momento, intentando no olvidar cómo fue ese pequeño instante que tuvimos.

—______, yo... —tragué saliva—. Yo sí quiero besarte.

—Oh, sí... eso.

—¿Qué piensas?

—Sebastián, yo, en verdad no lo sé.

Suspiré—. Está bien, no te presionaré.

Mi corazón dolía, pero debía respetar su confusión.

Cuando estaba a punto de irme, me tomó de la muñeca. Volteé a verlo con la esperanza de que algo positivo saliera de esto, pero deshice la idea al verlo tan angustiado. Iba a decirle que no tenía por qué decir algo ahora, pero se me adelantó.

—También quiero besarte.

Mi cuerpo se paralizó por completo; comencé a sentir una especie de felicidad y dicha dentro de mí, tanto que lo único que pude soltar a partir de ese momento fueron balbuceos.

—T-tu... Tú... yo... ¿beso?

—Sí... Claro... solo si tú-

No lo dejé hablar. Estaba demasiado feliz por lo que me había dicho, así que me abalancé rápidamente a besarlo antes de que su ansiedad le ganara y se arrepintiera de todo.

Lo demás es historia. Ahora, me encontraba con mis amigos en la sala viendo películas, mientras ______ estaba arriba terminando su trabajo de la universidad. A veces escuchábamos sus gritos de frustración, pero para mí ya era normal.

Pasado un rato, bajó y se sentó cerca de mí, luciendo fastidiado.

—¿Lograron entregar?

—Por suerte...

—Uh, al menos entregaron —tarareó de manera positiva—. ¿Cuánto te falta para terminar el ciclo?

—Tres semanas.

—Falta poco —intenté animar.

—Sí... —tomó mi mano lentamente—. Muy poco.

No sé si nuestros amigos se dieron cuenta de nuestras manos o no, pero nos mantuvimos así durante el resto de las películas que vimos. Fue agradable estar cerca de él nuevamente, con todo ya arreglado y sin ningún malentendido en el ambiente.

Ahora me arrepiento completamente de haber pensado en algún momento que, si llegaba a ser incómodo, iba a restarle importancia a lo que estaba sugiriendo. No sé qué hubiera pasado si lo hubiera hecho. Suerte del destino que no necesité usar esa carta.

Los días nuevamente junto a él eran aún más especiales; luego de que ambos sabíamos que nuestros sentimientos son recíprocos, no desaprovechábamos la oportunidad de besarnos cada que podíamos. Era difícil de evitarlo, aunque, si pudiera, no querría detenerlo por ningún motivo.

Justo en estos momentos nos encontrábamos en pleno beso, justo antes de que empezara stream. Era su manera de desearme suerte.

Sus manos me acariciaban con tanto amor que estaba pensando en fingir que se cayó el internet solo para seguir junto a él y no hacer nada más que eso.

Mi celular sonó; bufé. Lo tomé y era Mariana. Le enseñé mi celular a ______ y él asintió sin dejar de abrazarme.

—¿Bueno?

—Órale, apá, apúrale, que estamos esperándote como unos pendejos en el lobby.

—Ah, sí, sí. Ahí les llego.

—¿Ya vas a empezar? —preguntó apretujándome con sus brazos, como si no quisiera soltarme.

—Sí, debo hacerlo.

—Ah, pinche perro. ¡Mamones! Está con el ojete de ______, por eso se demora el muy puto.

—¡Hijo de-

—Mejor ve antes de que te exponga —me dio una palmadita y me dirigí a mi set-up.

—Cómo chingas, ’Valdo.

—Sácate a la verga, mi Roiler. Nos hiciste esperar media hora.

—Ay sí, pinche exagerado.

Comenzamos a jugar, aun con las quejas de Mariana sobre mi demora, que se volvieron peores cuando ______ vino a reponerme mi agua.

Pero no le tomé importancia.

Solo podía centrarme en que ya todo estaba tranquilo y en que ese incidente no llevó a otro mucho peor. Cuando regresó con mi botella ya llena, a punto de irse estando en el marco de la puerta, me sonrió. Le devolví la sonrisa y mi corazón se sintió cálido.

Me alegra poder ser quien te saca un sonrisa tal y como te lo prometí hace años...


En esta historia, ambos descubren que estaban enamorados desde el principio, y finalmente se rinden a ese amor, pudiendo ver lo que el destino realmente tenía preparado para ambos.

Aquí ya no se trata de una pelea entre fans por una canción, no importa nada. Ellos están realmente enamorados y nada lo cambiara...❤