1.
"El veneno no siempre es una sustancia que destruye, a veces es una verdad amarga que purifica, dejando cicatrices donde antes había ilusiones."
Una tarde calurosa como cualquier otra en Reom, me despierta el sofocante y seco clima. Aquí, los golpes de calor y las tormentas de arena son habituales, pero a pesar de eso, los mercaderes pasan con sus enormes caravanas de madera veteada y color caoba, con telas blancas y beige, intentando mimetizarse para no ser un blanco fácil en la llanura de arena.
Cuando despierto, está "Gata" ordenando la habitación y me informa que el desayuno está listo abajo, en la cocina. Gata es... mi madrina, o algo así, por llamarla de algún modo. Es una mujer de mediana edad con rasgos caninos, lo que siempre me pareció extraño dado su nombre, pero qué le voy a decir yo que no le hayan dicho ya. Tiene la piel clara, ojos color miel y un cabello ocre con mechas color marfil, que siempre me ha encantado; me recuerda a arenas limpias y claras. De complexión delgada, pero fuerte, es una mujer de carácter duro, aunque a veces deja ver un lado más tierno. Su altura no sobrepasa la media de los habitantes de Reom.
Gata ha estado en la casa desde siempre, sirviendo a Aslan, un hombre ya anciano pero aún enérgico y nervioso para su edad. Su cabello es cano y gris, y sus ojos, casi sin color, reflejan su avanzada edad. Es un hombre menudo pero corpulento, resultado del servicio ofrecido como vinculado. Tiene un carácter fuerte, una voz estruendosa y grave, y es pura disciplina. No tolera errores ni faltas de respeto, algo común en un antiguo general de las guerras del Pacto de Reom. Ah, y no menos importante, es mi abuelo, aunque nunca lo llamo así directamente, ya que él no lo permite.
Aslan me ha cuidado desde que perdí a mis padres en la guerra. De mi madre no sé mucho, y de mi padre... aún menos. A mi abuelo no le gusta hablar del tema, y Gata me ha dicho que se siente culpable por no haber podido hacer nada. Desde entonces, él me entrena personalmente en todo lo relacionado con las materias físicas: lucha, posicionamiento, estrategia militar y pruebas físicas como correr y saltar.
Dice que tengo que estar preparado para ingresar en Edorian, la academia central de los Tres Reinos. Está muy empeñado en que asista, a pesar de mi rotunda negativa, ya que me gusta mi vida en mi ciudad de siempre, con la gente de siempre y con los problemas de siempre... una vida tranquila y normal, lejos de la guerra y de los vínculos. Pero claro, intentar contradecir a un exgeneral de guerra no suele acabar bien.
Una vez bajo por las escaleras de caracol, llego en pocos segundos a la cocina, de colores negros con mármol blanco, donde solía pasar el rato con Gata cuando era pequeño. Al entrar, encuentro en la mesa marmoleada una bandeja de plata con asas, llena de bebida, pan, mantequilla, mermelada, embutidos, carnes y una pieza de fruta. Como diría mi abuelo:
"Serpere que come puede."
Al terminar de devorar el desayuno, recojo los platos y los llevo al fregadero. Luego, me visto y sigo mi rutina diaria con Aslan.
Estamos en el patio de entrenamiento, donde comienzan los ejercicios. Llevo puesto un pantalón largo de tono beige, con camiseta a juego y botas, por supuesto, a petición de Aslan, ya que "así me acostumbro." La rutina es siempre la misma: al llegar, debo cuadrarme ante mi superior, "Aslan," mantener la posición mientras cierro el puño con la mano izquierda y lo clavo en el pecho, justo encima del corazón.
Me cuadro y grito: -¡Lexus Corts, presente, general!
-Cadete Lexus, recite uno de los proverbios reomés.
-¡No hay nada imposible para aquel que lo intenta!
-¡Descanse! ¿Cuáles son los tres reinos principales y su sede?
-Akona, con sede en Magnasaxa; Sylvara, con sede en Saltus; y Reom, nuestro reino, con sede principal en Syrtes.
-Bien, comenzaremos en la estera de combate.
Chasqueo la lengua ante la idea de ser aplastado recién desayunado y despierto. Me acerco a la estera con unas dagas de una aleación negra, con unas iniciales grabadas; eran de mi padre, quien se las dio a Aslan. -Bien, Lexus, tu objetivo es desarmar a tu oponente y someterlo. ¡Comienza!
Me aproximo en una posición de guardia descubierta, intentando provocar a Aslan para que ataque, pero no cae en la provocación, así que inicio yo la ofensiva. Me acerco a su guardia cerrada con una posición más relajada, midiendo la distancia con el brazo. Le lanzo un golpe con la izquierda para tantear, pero lo bloquea con facilidad. Vuelvo a lanzar otra izquierda sin éxito, y luego otra izquierda con la intención de una finta, que aprovecho para posicionarme ligeramente a la derecha y lanzar un crochet con mi otra mano. Aun sabiendo que no es suficiente, decido combinar con una patada alta a la cabeza para obligarlo a moverse y crear un hueco en su guardia. El viejo retrocede, esquivando ambos golpes, y decido asestar dos jabs de izquierda a diferentes alturas, los cuales bloquea e incluso esquiva inclinándose. Prosigo con un volado de derecha que no logro conectar; en cambio, él lanza un derechazo descendente que me impacta en la cabeza y me obliga a rodar para alejarme y reincorporarme.
Pero me sigue sin descanso. Aprovecho para enganchar una double leg, lanzándome a sus dos piernas desde una posición baja, logrando conectar e intentar un raspado para quedar encima, pero él consigue zafarse con un empujón de una patada. Empieza a desenvainar la daga, lo imito y empezamos a chocar metales. En uno de los intercambios, logro golpear su estómago y aplicarle una guillotina, pero con un mínimo desplazamiento y un giro de cintura, él consigue que vuele por encima de su hombro y aterrizo de espaldas en el suelo, con su daga en mi garganta.
-Se terminó -dice con voz seria, dándome a entender que esperaba más.
Proseguimos con el entrenamiento y estudios de historia y otras materias, hasta que dice: -Como compensación por el fallo en combate, aplicarás una sesión más en la estera y con arma.
Al terminar el entrenamiento, llegamos a casa para comer. Gata nos recibe en silencio, con la mesa puesta. Durante la comida, mi abuelo me recuerda que debo entrenar más, y acto seguido, no dice otra palabra.
Al acabar la carne de jack con ensalada y manzana, me dirijo a Aslan, ya que hoy es un día festivo en nuestra localidad, con la intención de que me conceda permiso para salir, cosa que rara vez sucede, pero que me concede de vez en cuando.
-Aslan, como sabrás, hoy es el festival y me gustaría ir con Mug y Lour esta noche.
-¿Con Mug? ¿Ese chico escuálido y canijo? Sabes que no me gusta que vayas con él. Ese muchacho no tiene las ideas claras y podría influir en tu entrenamiento. Y seguro que irá ese otro... Lau...l...luo...
-Lour, se llama Lour.
-Sí, ese que no se separa de Mug.
-Sabes que son buenos amigos desde pequeños, y los dos tienen como meta llegar a Edorian. Por favor, lo compensaré con más entrenamiento y no llegaré tarde.
-Hmmm... está bien, pero te quiero de vuelta a la misma hora de siempre y listo para tu entrenamiento.
-¡Lo prometo, abuelo!
Pone los ojos en blanco y de un brinco salto de la mesa, mostrándoles una sonrisa y corriendo a toda prisa hacia afuera.
-¡Lexus, vuelve! No has estudiado con Gata... ¡Lex... este niño...!
-Es normal, los chicos de su edad salen. No todos tienen un general en casa.
Aslan pone una mueca de fastidio.
-Deberían, o solo serán nombres en una lista de muertos en la capital.
-Estamos en paz, la guerra pasó, Aslan.
-La paz no siempre perdura, Gata, y una guerra siempre vuelve.
"
La guerra también tiene canciones,
en las que se canta un solo deslumbrante
"
Estoy corriendo rumbo a la plaza, o así la llamamos los de la zona. Es una explanada sin casas, con solo un par de bancos. No es el mejor lugar, pero al menos no molestamos a los vecinos. A pocos pasos, diviso a Mug, Lour y Dau, un chico de la zona, moreno, de cabello negro, ojos oscuros y complexión delgada. Apenas sale con nosotros; es un tanto raro e irritante a veces, y no tiene muchos amigos.
Cuando finalmente llego y logro recuperar el aliento, comenzamos a discutir qué hacer.
—Llegas tarde, Lex —dice Dau.
—Calla ya, Dau, y vamos a organizar cómo lo haremos —responde Mug.
—Mug tiene razón —añade Lour.
—Podemos ir al mercado. Ahí estarán todos, y es la fiesta principal. Además, mi abuelo no me ha dado mucho tiempo.
—¿Tu abuelo? Déjame hablar con el viejo y verás qué rápido acabamos —dice Mug.
—¿Seguro, Mug? La última vez que hiciste esa broma, casi te deja para el arrastre en la estera.
—¡Shhh! Le dejé ganar, está claro. Bueno, volviendo al tema, podríamos ir al mercado; estaría bien.
Todos asentimos y nos dirigimos a la plaza central, donde se realizan principalmente las fiestas, aunque hay más zonas como el Barrio Rojo, el Arenero y el mercado. Nos distribuimos así los de por aquí, ya que también hay ciertos grupos a favor de unas ideas y otros de otras, y nos dividimos en partes.
En el Barrio Rojo, la mayoría son personas que quieren venganza y piensan que nuestro reino es cobarde por no tomar represalias contra el Reino de Akona. Los del Arenero son gente que perdió a sus familias; son refugiados de guerra y soldados de Akona que desertaron al no aceptar las órdenes del antiguo rey de Akona. Finalmente, el mercado, donde nos dirigimos, no tiene facciones y está en tierra de nadie.
Ahora son las fiestas de Akhazas. Por costumbre y tradición, se hace una representación de la guerra, de cómo nos asediaron y cómo reconquistamos nuestras tierras. Todo se realiza en obras teatrales, carrozas y desfiles combinados con fuegos artificiales. Suele durar toda la noche, y es el día en que todo el reino lo celebra.
El mercado está a un par de minutos de la plaza, así que no tardamos mucho en llegar. El recinto está adornado con luces, gradas, sillas, puestos artesanales y más. Al entrar, saludamos a Soka y Mania, unas amigas de la infancia a las que no veíamos desde hace tiempo. Son idénticas, como si viéramos doble: rubias, ojos castaños y bajitas, inseparables desde el jardín de infancia.
Mientras comenzamos a beber y jugar en los puestos, los espectáculos de representación comienzan. Se narra cómo se formó el antiguo pacto de Reom y cómo el antiguo rey de Akona, Mareb, traicionó e intentó derrocar nuestro país. Con una magia negra, intentó destruir el bosque y las aguas de Sylvara. De Sylvara quería su animal mitológico, que se dice que descansa en los árboles más antiguos, y de Reom, sus arenas y los secretos de los antiguos que las esfinges custodian. Pero gracias a que los dos reinos se aliaron, pudieron hacer frente a su ejército de dragones con la ayuda de los grifos de la élite de Sylvara y nuestras serperes, unas especies de serpientes gigantes que controlan las tormentas de arena. En cuerpo a cuerpo, superan a los dragones, aunque en el aire, los dragones tienen ventaja. Gracias a esa alianza, pudimos restablecer el orden y el equilibrio de poder.
De ese pacto surgió la idea de construir la academia que hoy conocemos como Edorian.
Durante el último acto, entre copa y copa, se escucha un gran estruendo, al cual ignoramos, ya que es normal oír ruidos y fuegos artificiales. Pero la cosa cambia cuando nos damos cuenta de que los estruendos no cesan y se van acercando cada vez más y más al mercado. Nos reagrupamos todos, a excepción de las dos gemelas y Dau. Vemos que la gente empieza a alborotarse, y bolas de fuego nos sobrepasan, destruyendo muros y casas, causando estragos. Es entonces cuando nos damos cuenta de que estamos siendo atacados, y que esto no forma parte de la actuación.
En nuestra dirección se aproxima un wyvern , tambien llamado guiverno ,dragón inferior sin patas delanteras, seguido por dos enormes dragones de escamas rojas y brillantes, acompañados por más dragones menores. Arrasan por donde pasan, y ahora tenemos uno justo enfrente. Cuando está a punto de escupir una llamarada, se detiene en seco, como si hubiera recibido una orden, y se reagrupa para ir a algún otro lugar. No espero para averiguar a dónde, y recuerdo al viejo Aslan y a Gata.
—¡Voy por mi abuelo! ¡Nos vemos en las puertas de los muros, chicos!
Ellos asienten y se marchan cada uno por su lado.
Mientras recorro las calles llenas de fuego azul, esquivo los escombros de las casas a toda velocidad hasta llegar a mi casa. Está en llamas, y se escuchan sonidos metálicos y muecas de dolor. Al entrar, veo en el salón a un wyvern sosteniendo algo en la boca, y una figura humana peleando con Aslan.
Corro en su ayuda, pero me paralizo al ver a Gata sin vida, con la mirada perdida en la boca de aquella bestia. Solo puedo quedarme inmóvil, horrorizado por lo que veo. Es entonces cuando, impulsivamente, solo se me ocurre pedir ayuda a un nombre:
—¡Aslan!
Están en un acalorado combate. Aslan parece bastante herido, mientras que la figura solo tiene un pequeño corte superficial, que indica que al menos sangra y es humano. Mi voz resuena entre las vigas de madera en llamas, que chisporrotean y crujen al quemarse. En ese momento, Aslan voltea a mirarme y se da cuenta de mi presencia.
—¡Sal de aquí, Lex! ¡Huye y ve a la capital! ¡Escala... escala con tu nombre, Lex! ¡"Escala"!
La figura apenas se inmuta, pero vigila mis movimientos. Aprovecha el instante en que he distraído al viejo para asestarle un tajo limpio desde la cadera hasta el hombro, en diagonal y con una rapidez inhumana.
—V...ve... ¡vete! —me dice Aslan.
Mientras me mira, no puedo contener las lágrimas y soy incapaz de moverme. La figura parece disfrutar el momento, así que se toma su tiempo, caminando lentamente hacia mí, como si no fuera la misma persona que cortó a Aslan con tanta rapidez.
—Lex... Lex, no queda mucho, pero podré detenerlo lo suficiente.
—No, no... no, yo no...
No puedo hablar; me ahogo en mi propio llanto.
—Lex... llorar está bien. Solo inténtalo, no importa cuántas veces. Solo hazlo. Llorar es normal, y no por eso es malo. Hazlo si quieres, pero no te des por vencido.
—Lex, no me arrepiento... Ahora vete, mi querido nieto.
Salgo corriendo con las dos dagas que estaban tiradas en el suelo, las recojo sin mirar atrás y me dirijo hacia las protecciones. Mientras escucho lo que creo que es un hechizo de magia avanzada de intercambio, creando una poderosa explosión a cambio de la vida restante de Aslan. Después de eso, sus últimas palabras no dejan de resonar y perseguirme:
"Lex, no me arrepiento... ahora vete, mi querido nieto."
No puedo creer que el viejo se haya ido así... Así fue como la guerra me quitó lo único que me quedaba.