El negro Atila
"¡Atrápenlo!", dijo con euforia una señora ya mayor. El motivo de su inculpación contra Atila, un jovenzuelo negro que pasaba por su lado, era la desaparición de su bolsito de hombro. Aquel encarnado grito, que fácilmente puede evocar en cualquier persona el gemido de dolor de una cabra, rogaba pues, que dieran captura al ladronzuelo. El ambiente del mercado estaba tranquilo. Solo se turbó en un sector reducido: en las tiendas de conveniencia, que por conveniencia estaban muy cerca del llamado de Esperanza, la viejecilla que siempre les suele comprar baratijas. Los dueños de esos locales asomaron sus sudadas cabezas por las ventanas de su local para enterarse mejor de todo, pero al ver de lo que se trataba, volvieron de vuelta a lo suyo; a lo importante para ellos. Esperanza sintió desesperanza al ver la indiferencia con que trataban a los ladrones en este lugar, algo muy normal allí; pero ahora ella siendo partícipe y no solo la vieja de los rumores y de las más crueles formas de castigo. Cada uno en su mundo, y tratando sus cosas individuales, menos un pequeño que iba de la mano de su madre, que susurraban para sí mismo al ver la escena: "¿Por qué grita así? ¿Está loca esa vieja?", a lo que las madre de la criatura lo tomó de la oreja y lo entró en una tienda cualquiera. Sin embargo, y para suerte de Esperanza, unos albañiles que caminaban por ahí, charlando de no sé qué cosa acerca del aborto, sintieron sus sentidos agudizar al oír el alarido desde la otra acera. Lo vieron al instante, él estaba allí, asustado y paralizado. Traía una camisilla sin mangas y de color blanquecina sobre su delgado cuerpo, y lo que cubría sus parte inferior era una pantaloneta verde-marrón con patrones militares. No traía nada más; nada que pudiese generar en los presentes un sentimiento similar a la malicia al verle, todo menos algo genético: su color moreno. Allí estaba él, palideciendo, o mejor dicho, temblando, al ver llegar con pasos firmes a los dos señores. Su rostro tosco, de amplia nariz y cejas grandes, se veía altamente consternado y vulnerable, como si en ese preciso momento una mosca fuese capaz de derribarle solo con pensarlo. Llegaron pues, frente a él los trabajadores de amplios brazos, de prominente barriga y escaso pelo. Las gruesas manos de los albañiles levantaron al joven del suelo. Pero no confundir con un levantamiento de alegría, como el que hace un padre con sus hijos; esta acción era más bien fuerte y cargada de ira preliminar. Cruzaron entre sí seis ojos, uno de ellos siendo el foco de los otros dos. El más fuerte de los dos, prorrumpió el silencio, diciendo: "¿Qué le robaste a la vieja?"
–"Nada. No he robao' na'. Se lo puedo jurar por mi madrecilla"
–"¿Entonces por qué esa señora te culpa de lo peor?"
Y antes de que Atila hallase la respuesta que creyese más acertada en ese momento, la vieja se acercó, no sin dar pasos lentos, no sin dejar en claro su falta de ejercicio en su juventud . ¡Oh, sí que era lento su andar! Esperanza puso su mano sobre el hombro del fortachón, y lo miró con fingido agradecimiento.
–"¿Para ti tiene más importancia la palabra de un zoquete? ¡Vaya falta de respeto a la inteligencia!"
Y como si para entender algo fuese necesario desocupar las manos, el albañil soltó de forma inconsciente a Atila, no sin antes poner una cara bastante tonta.
–"Es cierto lo que usted dice. Espere ahí un momento, haré papilla a ese mocoso"
Pero al girarse para hallar al objeto de su ira, no lo estaba más allí. Atila se dio a la huida.
El cuerpo de Atila fluía con armonía entre la muchedumbre ensimismada. Se abría paso con sus manos entre la gente. Túvose la oportunidad de robar una ingente cantidad de carteras y bolsos, pero sus manecillas apenas y podían pensar siquiera en hacer algo similar. Su corazón iba a mil por hora, y sus piernas flacas, respondían con todo lo que podían al impulso de huir del peligro. Curva que veía, curva que tomaba para perder de vista a cualquier posible perseguidor.
Regresando unos minutos atrás, justo después de la huida del negrecillo, Esperanza volvió a gritar.
"¡Al ladrón! ¡Tiene mi bolso y se piensa escapar!"
Toda la gente del mercado giró su atención hacia la vieja que estaba reunida con los dos albañiles. Los tenderos volvieron a asomarse, al creer que por alguna cosa mágica, Atila fuese capaz de hacer no sé que cosa impresionante, pero se decepcionaron con frustración al volver a interrumpir sus asuntos por cosas como estas. Todos estaban consternados y callados. El sol era abrasador, efecto que de alguna manera repercutió en la enervación de una pandilla de delincuentes.
"¡A él!", gritó uno de ellos.
Y como si fuese necesario oír la voz de alguien más para tomar cartas en el asunto, una masa de gente corrió en dirección por donde aseguraban distintos vendedores ver correr al chico. Todos iban apretujados debido a la estrechez de las calles. Unos se quedaban atrás, otros encabezaban la corrida. Doblaban y desdoblaban por las calles, siguiendo las indicaciones que pedían con rapidez a cualquier persona acerca de la ubicación del ladrón. Atila corría a toda velocidad, como nunca antes lo había hecho. Bajaba con destreza insospechada por los escalones de la ciudad. Empujaba de ser necesario, aunque no le agradace hacerlo. Llegó incluso hasta tumbar a una madre que cargaba a su hijo. Ésta le dedicó unas bellas palabras: "¡Malnacido! ¡Ojalá y los chuchos de más adelante te arranquen esas malditas piernas!". Y como si la jauría que dominaba un pequeño sector de la ciudad oyese el grito de la madre, a pesar de haber sido emitido a muchísimas cuadras de distancia; es decir, el grito poco y nada influyó en el comportamiento de los canes, se levantaban uno a uno cada animal del suelo. Atila, en contra de su voluntad tuvo que pasar a toda prisa enfrente de la entrada del callejón más amplio, pero no por ello menos seguro de la ciudad. Un ladrido, otro y otro siguieron tras la penetración carrera abajo del joven. Ese sonido sórdido de los canes hizo estremecer a Atila, deteniendo su carrera de forma instintiva. De ese pozo de perros salieron unos veinte. Atila retomó la carrera al verlos salir a borbotones del callejón. Sabía que de ser alcanzado, sería desmembrado al igual que su gatito años atrás. En la jauría que correteaba a Atila habíase desde un galgo, el que más comptetencia le hacía a la rapidez de Atila; hasta pitbulls, los que reventarían al pequeño de ser atrapado por los larguiruchos galgos. La acera del camino era altamente dispar, teniendo sube y bajas de forma abrupta. ¡Todo porque los dueños de la casa lo quieren así o de esa otra manera! En fin, esa acera no fue usada por nadie en la persecución. Llegados a una cuesta abajo, Atila tragó saliva, y se detuvo al ver que había perdido a los canes. Pero esa alegría durábale poco y nada. Los canes reaparecieron por un cruce, ladrando con fuerza al ver al chicuelo. Con mucho terror y miedo a quedar expuesto en el asfalto, Atila bajó con rapidez y cuidado el empinado camino que estaba obligado a tomar. Temía, sin duda caerse, rasparse y quedar libre a recibir un mordisco furioso de los animales. Luego de pisar suelo sin inclinación alguna, corrió con todas sus fuerzas hasta quedar en frente de un viejo garaje. Propinó desesperados golpes a la lámina de acero que separba al exterior del interior.
"¡Ábreme esa puerta! ¡Moriré si esta cosa no se abre!"
Obedeció la puerta, o mejor dicho el dueño de aquel garaje. La lámina se levantaba muy lentamente, tanto que desesperó al chico, que al echar un vistazo atrás sentía, o mejor dicho imaginaba a la jauría. Los ladridos se oían próximos, pero confiaba en que sería lo suficientemente lejos como para darle tiempo a entrar. Se pegó, pues, al suelo y rodó por la abertura que dejó el mecanismo de la puerta de acero. Suspiró y respiró profundamente. Volteó su mirada hacia su salvador.
–"Gracias... Te debo una, Rafael. Me has salvao' de una buena tundra."
Rápidamente el suelo se empapaba del sudor que desprendía su delgado cuerpo. Su pecho se expandía en demasía, como si fuesen olas de un tiempo tormentoso. Descansó una de sus manos sobre su frente, añadiendo:
"Viejo, no sabes lo que viví a razón de unos minutos. ¡Fue de escándalo!"
Rafel, quien estaba sentado en una silla plástica, se esforzaba en no mostrarse sorprendido ante la exaltación de Atila, aunque claramente compartía tal sentimiento. Inclinó su cuerpo hacia adelante, apoyando su codo en su rodilla, y a su vez, su mentón sobre la palma de su mano.
"Espero que no haya sido por andas de mirón. ¡Vaya que tuve que esforzarme por demostar tu inocencia cuando te descubrieron observando a escondidas a Laura!"
–"Ya sabes que me arrepiento mucho de eso... Pero esto es peor que eso: ¡Me acusan de haberle quitao' un bolso a una vieja!"
Y como si Rafael creyese un poco en sus palabras, pero también creyendo a igual medida de la culpabilidad de Atila, dijo.
–"¿Y la robaste?"
–"Ni siquiera sería capaz de imaginar hacer algo así", respondió, mientras se sentaba en el suelo. Sacó con sus manos a relucir sus bolsillos vacíos.
–"Me imagino que te habrán visto cara de ladrón"
–"¿Cara? ¡Ojalá fuese por eso! Mientras corría para acá, oía como me gritaban: ¡Negro malparido!"
Una pequeña y suprimida risita salió de Rafael a oír lo último. Le causaba gracia imaginarse la escena.
"Tranquilo, no me río de tu desgracia... Sólo es divertido imaginarte huír mientras recibes tales ánimos."
Suspiró de vuelta Atila, sabiendo de antemano que posiblemente su amigo reaccionace así. Ya se sabía en toda extensión el humor que maneja Rafael. Hubo luego un silencio. Rafael se levantó de la silla plástica, caminó hasta un cuarto trasero, que resonaba ante cualquier paso suyo. Los ruidos eran de baratijas y cosas metálicas cualquiera. Regresó con Atila, no sin antes extenderle con su mano un vaso con limonada fría.
"¡Esto es justo lo que necesitaba! Tú si que me entiendes."
Pero algo, o mejor dicho, un pensamiento eliminó del rostro de Rafael cualquier alegría. "¿Y si vienen hasta mi casa y la ponen patas arriba con tal de dar con Atila?". Le comunicó ese pensamiento a su amigo, que se volvía más fuerte con el pasar de los minutos.
"Oh... Es cierto. Ese marabunto de gente debe estar buscándome hasta debajo de las piedras..."
"Dime, Atila, ¿mucha gente vio hacia dónde huías?"
"Por desgracia mía, sí; tal vez fue mucha la gente que me vio"
Miránronse los dos. Rafael hizo un amague por hablar, pero como si supiese que esto no llevaría a más que a la confusión de su amigo, de quedó allí, sentado sobre su silla de plástico. Atila en cambio, parecía dubitativo; pues su semblante incluía una mirada hacia arriba, con ambas cejas levemente arribadas. Cuando parecía estar resuelto a comunicarse con el oyente que intuía desde antes su charla, un bichejo emprendió el vuelo, con destino totalmente errático. Ambos se aterraron, como buenos hombres que son. Atila corrió hacia Rafael, ya que creía que su compañero sería capaz de protegerlo del enorme bicho negro.
"¿Acaso no estás discriminando tu también al animalillo?", dijo Rafael.
Los ojos del aterrado subieron lentamente, como si comprendiese lo ilógico que es. Él mismo era partícipe del racismo, pero no era con un par; no, sino con un bicho. Aclaróse la garganta, se puso de pie, y posó su menton sobre los tres dedos de su mano izquierda. Veía al objeto de su terror y a Rafael con intermitencia. Puso una cara tonta, como si intentara disimular su miedo que segundos antes había sido desplegado en toda su extensión.
"Eso no es cierto. Además, es un animal. ¿Acaso crees tú que se aplica la misma regla con ellos?"
"Por supuesto, Atila. ¿O eres tan vanidoso como para creer que nosotros no somos animales?"
Risas siguieron a tales palabras. En fin, en cuanto al bicho, voló por todos lados, intentando hallar una salida, hasta que, con sumo esfuerzo, se escabulló del garaje por un hueco de la lámina. El teléfono que estaba sobre una mesa, al lado de la puerta para ir al baño, vibró y reprodujo el sonido al recibir una llamada. Atila fue y atendió. Enredó los dedos en el cable del móvil de sobre mesa, y se llevó el parlante a su oreja.
"Aló. ¿Con quién hablo?"
"¿Rafael? ¿Eres tú?"
"No, soy Atila. ¿Podría decime' su nombre para informarle a mi amigo quién lo llama?"
"Dile que soy Aura"
Atila se desapegó el teléfono de la oreja, dobló su rostro y le hizo saber a Rafael quién estaba al otro lado del teléfono. Rafael hizo un ademán con su mano para que volviese a escuchar lo que Aura deseaba informarles.
"Verás... ¿Sabes que todo el mercado te está siguiendo?"
"Sí, eso lo sé mejor que nadie. ¡Casi me linchan!"
"Bueno, ese casi cámbialo por "próximamente"."
"¿A qué te refieres? ¿Ya saben dónde estoy?"
"Sí. Y no se les ve muy pacíficos"
Atila colgó la llamada con fuerza. Su tez oscura se puso lo más pálida que se le permitía, y giró su cabeza hacia Rafael.
"¿Sabes lo que me dijo tu novia?"
"Algo malo de seguro. ¡Estás pálido!"
"Amigo, ¡me van a matar!"
Rafael levantó una ceja, como si cuestionase las palabras de Atila. Pero esta vez no era como sus habituales bromas de morirse; no, esta sonaba hasta desesperada.
"Demonios... Supongo que ya saben dónde estás escondido"
"Sí, ya lo saben..."
El mayor de ellos, Rafael, fue a despejar su mente en la ventanita de su garaje, aún pensando en alguna forma de sacar a su amigo de este lío. Atila estaba dando vueltas en el garaje, estremeciéndose de vez en cuándo al llevar su imaginación al límite y sentir como todos lo agarraban para ser atravesado por un tridente. ¡Vaya imaginación tiene el jóven! Pero entre murmuros de ambos, la voz creciente de Rafael sofocó a la de Atila. El tono de su voz aumentaba de firma progresiva, pero rápida y abrupta.
"¡Amigo! ¡Allí están! Vienen para acá"
Atila dio un brinco de terror, aproximó su cuerpo al de Rafael e intento ver por la diminuta ventana. No se equivocaba en lo más mínimo. ¡Eran diez! Unos iban con rastrillos puntiagudos, otros con un palo de escoba; peto todos tenían algo común: el cansancio de la carrera. Al igual que Atila, que ignoraba su agotamiento por la adrenalina.
"¡Carajo!", exclamó con ferviente ira Rafael.
Atila se abstuvo de responder a Rafael. Ambos estaban aterrados, pero más lo estaba el que sería linchado de ser alcanzado. Ambos se desesperaron, pero ciertamente Rafael no sentía miedo por su vida; ¡sentía pavor por la vida de su amigo! Atila hacía no se qué, como si intentara crear una salida mágica con su mente; en cambio, Rafael hacía memoria de hacia dónde llevaba la puerta trasera de su garaje. Llevaba, según recordaba, a la costa. Atila estaba sufriendo un episodio paróxico. Rafael colocó su mano sobre su hombro, lo detuvo y abofeteó a su amigo para hacerlo entrar en sí.
"¡Deja de desesperarme!"
Atila se quedó quieto, recibiendo la bofeteda incluso después de haberla sentido. Rafael estaba pensando en si entregar o no al presunto ladrón. Lo consideró de forma seria, incluso teniendo espejismos de lo que le sucedería si entregase a su amigo y él quedara como héroe; héroe de un simple bolso. Valoró cada opción con precipitación, pero tomó la que él creía sería la más justa.
"Creo que podemos huir por detrás"
"No importa a dónde vamos, ¡sólo quiero irme de esa gente".
Y la gente, respondiendo de forma inconsciente a las palabras de Atila, empezaron a patear la lámina que hacía de intermediario entre todos. Rafael corrió hasta la parte trasera de su garaje, esquivando el desorden que llevaba meses sin ser recogido. Atila lo siguió con cuidado, pero se incrustó un trozo de vidrio cualquiera. Gimió levemente por el dolor, pero sabía que un dolorcito no tenía comparación con la posibilidad de salvar su vida. La puerta estaba al fondo de un pasadizo, donde a sus costados estaban las habitaciones. Rafael intentó abrir la vieja puerta con calma, pero luego se desesperó y la pateó, sabiendo que eso apenas y se mantenía de pie. Corrieron pues hasta la costa.
La herida de Atila tenía cauce en el tobillo suyo. Ambos se dejaron caer detrás de un enorme pedruzco.
"Te debo una..."
"¿¡Una sola!? Me debes todos los favores que necesite"
Rafael se puso la mano en su frente sudada y terminó por reír. Atila le copió. Enfrente suyo estaba el mar. Estaba extrañamente calmado. Así transcurrieron los minutos, charlando de cómo burlaron a esos viejos. Pero no podrían estar más equívocos.
Todos los perseguidores estaban bajando los peldaños que daban a la playa. Atila fue el primero en verles; al intentar ver el camino que habían recorrido.
Rafael se dio un golpe en el rostro. Tomó del brazo a Atila y emprendieron de vuelta la huida. Pero ya estaban agotados, exhaustos. Solo fueron capaces de avanzaron unos pasos más antes, antes de que Atila callese al suelo por la acumulación del cansancio y el dolor que sentía detrás de la pantorrilla. Rafael lo intentó mover, como quien mueve a un saco, pero esto no llevaría a nada.
Todos llegaron y patearon a Rafael de Atila. El acusado estaba sobre la arena, mirando no cualquier cosa en el cielo. Sus pulmones se contraían con fuerza. Todo su cuerpo estaba tendido. Miraba hacia todos lados, y veía en cada uno de ellos a un rostro.
A su amigo no pudo ver, que era lo que deseaba hacer, para agradecer por su amistad. ¡Pobre de Atila! En ese mismo momento fue atravesado por un rastrillo en el abdomen, para luego ser pinchado en distintas partes de su cuerpo. Asomó la noche fría, normal en las playas. Embellecía, por decirlo de alguna manera, el cuerpo tirado de Atila. Y como si el mar comprendiese de cosas humanas, lo arropó entre sus olas, y lo arrastró mar adentro. Todo era perfecto para este robo del océano, pues nadie dejó llevar a Rafael el cuerpo de su amigo.






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