Por el bien de los dos
La noche de la boda, Vicente intentaba prestar atención a la conversación que mantenían sus amigos. Pero lo cierto era que desde el momento en que vio a Valentina no pudo despegar la mirada de ella. No solo porque estaba preciosa, también porque no entendía el motivo por el cual se habían distanciado.
La adoraba y cada vez que ella lo veía, podía sentir esa chispa de amor en su mirada. En su momento no supieron ponerse de acuerdo y ahora, cuando deberían estar juntos, no podían ni acercarse.
Se sentía patético intentando captar la atención de su exnovia con la mirada, solo para descubrir que entre ellos no existía nada parecido a la telepatía, porque ella ni se enteraba de que él la observaba.
Y como frutilla del postre, rondando estaba Marco, el residente de Julia que en su momento intentó conquistar a Valentina. Diego cumplía bien su papel y acaparaba la atención de Nur, Valentina y Amanda. Pero era solo uno y lo superaban en número.
―Mírenlo ―dijo Vicente señalando a Diego, porque se negaba rotundamente a aceptar que estaba celoso de Marcos―. Parece un mono recién caído de una palmera y, aun así, logra lo que nosotros no podemos, hacer reír a nuestras mujeres.
―¿Estás celoso? ―preguntó Martín a su recién conocido amigo.
―Celoso no, pero sí muero por estar ahí.
―Recuerda que le dijiste a Valentina que no te arrastrarías por ella ―se burló Santiago.
―A la mierda, hoy me siento más gusano que nunca ―dijo Vicente, terminó el contenido de su copa y caminó hacia Valentina sin mirar atrás. Sabía que sus amigos se estarían divirtiendo a lo grande a sus espaldas.
Llegó junto a Valentina. Ella lo miró a los ojos y le dedicó una sonrisa que él devolvió en el momento.
―Estás hermosa, Martínez ―dijo y le dio gracia ver cómo ella se ponía colorada.
―Tú también estás hermoso ―le dijo ella y no se alejó cuando él apoyó la mano en la parte baja de su espalda.
―¿Bailamos?
―Sí.
Valentina no podía disimular la fascinación que Vicente le provocaba. No solo porque le gustaba todo de él, también porque había algo entre ellos, una especie de conexión que sentía cada vez que se miraban a los ojos. En esos momentos sabía que su alma estaba ligada a la de Vicente. Jamás vería tanto amor en la mirada de otra persona.
Pero también había algo más físico, una especie de corriente que sentía cada vez que él la tocaba. No importaba si era una caricia intencional o solo un roce superficial, ella siempre sentía que era atraída como si de un imán se tratase. Y estaba segura de que él sentía lo mismo.
El resto de la noche la pasaron juntos, bailando y conversando o acercándose a su grupo de amigos para tomar algo. Y en todo momento Vicente estuvo pendiente de ella, de hacerla reír o de avergonzarla con algún cumplido.
―Se nota que estás soltera ―le dijo Vicente en un momento de la noche.
―No logro imaginar en qué lo notas ―dijo ella sonriendo porque le encantaba cuando él comenzaba esos juegos tontos.
―Se nota porque estás muy prolija.
―Para tu información, no estoy soltera.
―Cuidado con lo que dices, Martínez ―advirtió mirándole la boca.
―Es verdad, no estoy soltera. Mi novio y yo nos estamos tomando un tiempo.
―Ese novio tuyo debe ser un poco tonto, no se da cuenta de que en cualquier momento le van a quitar a la novia.
―No dejaría a mi novio por nada del mundo ―confesó mirándolo a los ojos.
Vicente le sonrió. No esperaba esa respuesta. Apartó por unos segundos la vista de ella y cuando la miró nuevamente, con las mejillas mostrando restos de su timidez, el labial tan prolijo y esa mirada de ensueño, no pudo resistirse. Le acarició una mejilla mientras le pasaba un brazo por el talle para acercarla a él y la besó.
Valentina sintió que se derretía en los brazos de su novio. Le encantaba cuando la dejaba sin defensas y la hacía ver las estrellas con solo un beso. Él se separó sin dejar de abrazarla. Una boda no era el lugar para solucionar sus diferencias.
―¿Quieres venir a casa esta noche?
―¿Solo esta noche?
―Martínez, me acostumbré a estar solo ―le dijo bromeando.
Cuando la fiesta terminó, se despidieron de sus amigos y tomados de la mano se marcharon. Vicente fue bromeando la mayor parte del tiempo y Valentina riendo y enamorándose cada vez más.
―Adelante, señorita ―dijo Vicente, intentando hacerse el gracioso mientras abría la puerta de su departamento.
Valentina pasó junto a él y le sonrió. Vicente respiró profundo, cerró los ojos e intentó controlar la idea de besarla y llevarla a la cama en ese momento. Quería empezar de cero, que no hubiera nada que el día de mañana pudiera empañar su felicidad. Y para eso, necesitaban estar sobrios. No es que es ese momento estuvieran borrachos, pero de seguro no contaban con la totalidad de sus facultades. No quería despertar por la mañana, junto a Valentina y que ninguno de los dos estuviera seguro de lo ocurrido.
Cerró la puerta y la enfrentó para hablar con ella. Se llevó una sorpresa cuando Valentina lo tomó por la corbata y tiró de él para besarlo. Él correspondió a ese beso demostrando sin vergüenza cuanto la necesitaba. La abrazó y caminó con ella hasta apoyarla contra la pared. Sin dejar de besarla, le desarmó el peinado hasta que la melena rubia quedó totalmente suelta.
Valentina se encendía cuando Vicente la arrinconaba. Perdía la vergüenza y se volvía atrevida. Le quitó la chaqueta, la corbata y cuando comenzó a desabrochar los botones de la camisa, Vicente reaccionó.
―Valentina ―dijo tomándola de las manos.
―Qué ―respondió ella con el aliento entrecortado.
―Quiero ir paso a paso ―dijo y apoyó la frente contra la de ella. Respiró profundo y le mordió el labio inferior antes de seguir hablando―. Muero por hacerte el amor ahora mismo, pero sé que nos vamos a arrepentir si primero no solucionamos nuestras diferencias.
―Ok, hablemos.
―¿Ahora? Yo no pienso con claridad.
Valentina lo miró y sonrió.
―Vayamos a descansar ―propuso Vicente desviando la mirada de la boca de ella― y mañana hablemos sobre nosotros. No te quiero para una noche, Valen. Te quiero para toda la vida.
Esa noche, Valen volvió a usar una camiseta de Vicente para dormir y se acostó sola en la cama. Vicente, luego de una ducha de agua fría, se acomodó en el sofá, intentando no pensar que, a solo unos pasos, ella dormía en su cama.
El domingo por la tarde, sentados en el sofá de la sala, escuchaban música. Vicente había encontrado en el freezer los restos de una pizza, los calentaron en el microondas y ahora, devoraban cada porción como si de un manjar se tratase.
―Sé que no fui sincero contigo ―dijo Vicente al tiempo que bajaba el volumen de la música.
―No me gusta que me ocultes nada. Si somos equipo, quiero que sea para todo, para lo bueno y lo malo también.
―Intenté cuidarte, eso fue todo lo que ocurrió. ―La miró y se le abrigó el alma al verla nuevamente vestida con su camiseta, descalza y con ese rodete mal hecho, sujeto con un bolígrafo.
―Lo sé, no dudo de ti.
―También debemos empezar a ser conscientes de que no siempre pensaremos igual y que eso no significa que uno de los dos esté equivocado ―dijo conteniendo las ganas de estirar la mano y soltarle el cabello. Aunque pensándolo bien, primero dejaría otra marca de birome en algún mueble de la casa, estaba seguro de que el sofá sería el candidato ganador.
―¿Te justificarás hasta el último minuto? ―preguntó ella riendo. Al abogado le corría por las venas la defensa y esa necesidad de tener la última palabra, a ella le encantaba.
―Valen, dije que no me arrastraría por ti y fue lo primero que hice. Haces conmigo lo que quieres ―dijo acercándose y arrodillándose frente a ella.
―¿Seremos felices por siempre? ―preguntó con ingenuidad y respiró profundo cuando Vicente le separó las piernas para acomodarse entre ellas.
―Siempre que estés dispuesta a perdonar mis pavadas ―dijo tomándola por la nuca y acercándola para besarla.
Valentina enroscó las piernas alrededor de su cintura y comenzó a desvestirlo. Vicente le quitó la camiseta, le soltó el cabello y la recostó en el sofá. Ya tendría tiempo de arrinconarla en algún lugar y dejar marcas en los muebles. Ahora quería verla con el cabello suelto. Adoraba ver esa melena rubia cubriendo su cuerpo.
―Me haces vivir en un sueño, Valen. No me dejes despertar ―pidió mirándola a los ojos.
―Te amo ―respondió ella porque no encontraba otra manera de responder a tanto amor.
A partir de ese momento, la vida de los dos volvió a ser la misma. Esas pequeñas rutinas que Valentina adoraba, Vicente las retomó sin ningún esfuerzo. Cocinaban juntos, una vez por semana iban a la librería y todos los jueves, se tomaban la tarde para merendar en una cafetería coqueta que habían descubierto de casualidad.
Vicente cumplía el sueño de arrinconarla cada vez que encontraba una oportunidad. Los muebles, las sábanas, las almohadas, las paredes, casi todo llevaba una marca de birome a la altura de la nuca de Valentina.
Ella moría de amor por él, no solo cuando se volvía romántico y le regalaba flores o chocolates. También cuando la perseguía por la casa para llevarla a la cama. O esas veces que se olvidaba algo en el baño justo cuando ella se estaba duchando.
―Valen ―llamaba Vicente y entraba sin esperar respuesta.
―Eres un pervertido ―decía ella dándole la espalda.
―No, no entré para verte ―respondía él sin quitarle la mirada de encima―, es que me olvidé el perfume.
―Bueno, tómalo y vete ―respondía ella entre risas.
―Ya está, me marcho. Lindo culo, Valen.
No importaba tanto la conversación, él siempre terminaba diciendo “lindo culo” y ella terminaba como había empezado, riendo.
O las veces que él tomaba refresco con hielo y al terminar, la abrazaba por la espalda, le apartaba el cabello y dejaba caer el hielo por el cuello de la camiseta, recorriéndole así la espalda. Todas las veces, ella se retorcía riendo hasta que se liberaba. Buscaba hielo y lo perseguía por la casa hasta alcanzarlo. Entonces, él se recostaba en la cama, en el suelo o en el sofá y dejaba que ella lo martirizara un rato hasta que se desvestían y terminaban haciendo el amor.
Nada entre ellos podía salir mal.
“Odio el amanecer”, pensó Valentina cuando esa mañana sonó la alarma y Vicente se separó de ella para apagarla. Él se recostó otra vez y ella volvió a pegar la espalda a su pecho, dejando que Vicente la apretujara a su antojo y respirara en su nuca, haciéndole cosquillas. Cerraron los ojos y cuando estaban a punto de dormirse otra vez, la alarma volvió a sonar.
―Buenos días, hermosa ―dijo Vicente luego de apagar la segunda alarma.
―Odio el amanecer ―respondió ella.
―Eso no es muy propio de una chica tan rosa como tú.
―Es propio, porque cuando llega el amanecer debemos separarnos.
―¡Qué romántica! ―dijo y para hacerla reír le pasó la barba por el cuello, dejando como siempre, una estela rojiza en su piel delicada.
Valentina se zafó de su abrazo y escapó de la cama. Vicente aprovechó para meterse a la ducha, si seguía persiguiendo a su novia por la casa, llegarían tardísimo al trabajo. Ella lo miró y dudó si meterse con él al agua o dejarlo tranquilo. Se decidió por la segunda opción y cuando él salió del baño, aprovechó y se metió ella.
―Si te apuras, te puedo alcanzar antes de ir a la oficina.
―Bueno ―gritó ella ya debajo del agua.
―¿Qué dijiste? ―preguntó Vicente abriendo la puerta del baño y asomando la cabeza.
―Eres un pervertido.
―Solo quería escucharte ―dijo riendo y al ver la hora agregó― Valen, tendrás que ir sola, si te espero se me hará tarde.
―No hay problema ―dijo y se giró para mirarlo. Era increíble la rapidez con que Vicente se alistaba para salir. Ya solo le faltaban los zapatos, hasta la corbata tenía en su ligar―. No te irás sin darme un beso, ¿verdad?
Vicente la miró, le sonrió y se acercó a besarla. Valentina lo tomó de la corbata y tiró de él hasta meterlo bajo la ducha, junto a ella.
―Te adoro ―dijo él y la besó mientras ella se ocupaba de desnudarlo.









Un capítulo fabuloso que presenta un buen contraste de opiniones y perspectivas. #TeamKarim más que nunca.❤️🤗
holaaaaa al fin volviste o volví yo🤭🤭 no eh empezado a leer y ya me gusta ❤️❤️