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Y si pudiera amarte

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Sinopsis

En un pequeño pueblo cerca al Bosque Eterno, Lucien y Estefano forjan una amistad inquebrantable desde la infancia. Su vínculo comienza en un lago escondido, donde se encuentran regularmente para pasar el tiempo después de clases. A medida que crecen y conocen mejor su entorno, se dan cuenta de que no todo en la vida son juegos de niños y pensamientos manumisos. En un entorno dominado por estrictas normas y prejuicios, Lucien y Estefano deben encontrar el valor para luchar por su derecho a ser ellos mismos, pues la iglesia local ejerce una influencia opresiva, amenazando con castigar severamente a quienes desafíen sus dogmas, silenciando a aquellos que se pierden en el camino de Dios.

Genero:
Romance/Drama
Autor/a:
Lynn Vans
Estado:
En proceso
Capítulos:
8
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

1

Domingo, 11 de Julio de 1954. La Eterna.


Todos estaban contentos ese día, y aunque se podía ver desde lejos que algunas nubes grises se acercaban hacia la iglesia donde gran parte de la población estaba reunida, aquello no podía importarle menos a la familia Benz, quienes eran los protagonistas de tal ceremonia que cautivó las miradas de muchos pueblerinos.

Elena Benz, la hermana mayor de tres entre los honorables señores Benz, sonreía ampliamente en tanto salía de la iglesia, con un enorme vestido blanco y un velo largo que de a poco se arrastraba, y por supuesto, de la mano de su nuevo esposo, el joven Jeffrey Hartmann. La novia era consciente de que muchos la miraban, y no podía expresar con palabras toda la felicidad que sentía.

Era uno de los mejores días que había tenido en su vida; estaba recién casada con el hombre de sus sueños, este tenía buena situación económica, ambos habían comprado su propia casa a la cual irían después de la ceremonia junto a ambas familias. Todo marchaba de maravilla, excepto para el pequeño Lucien Benz.

Era el hermano de en medio, contaba con tan solo cinco años recién cumplidos en junio del mismo año; era un jovencito precioso, de ojos almendrados y cabellos rojizos brillantes, resplandecientes. Vestía con ropa para tal ocasión especial. Sus mejillas sonrojadas debido al calor que sentía al tener tantas personas rodeándolo cuando intentaban hablarle a su madre, que estaba a su lado, lo tenían de mal humor.

En más de una oportunidad intentó comunicarse con ambos padres, los señores Benz, jalando de sus prendas elegantes para captar su atención, y solo recibía regaños momentáneos y falta de importancia a su pequeña persona. Y al ser un niño terco, sin la más mínima habilidad para controlar sus impulsos cuando algo lo hacía molestar, decidió alejarse de aquel lugar; de todas formas, recordaba muy bien el camino y podía volver solo a su hogar, que estaba en la otra esquina de la calle.

En su mente pasaba la idea de que, si se apresuraba lo suficiente en cambiarse y lavar su rostro, podría descansar más tiempo en la habitación que compartía con su hermano menor hasta que sus padres llegaran. Nadie se molestó en preguntarle si necesitaba ayuda, lo cual para su terrible temperamento hacía molestar en demasía, solo siguió caminando, dando pasos largos y teniendo mucho más calor que antes.

Pero justo cuando estaba a punto de llegar a su casa, antes de siquiera pisar el césped del jardín delantero, su vista se dirigió hacia su izquierda, en dirección a una calle en bajada, donde un niño de piel un poco más bronceada que la suya salía de una casa con una gran bolsa de tela colgando en su espalda, y que se veía realmente pesada.

Luego, vio como ese niño corría hacia abajo en la calle, y si algo le había recordado su madre muchas veces, era que por nada del mundo debía de ir por esa calle que daba hacia el lago.

No debes de ir hacia el lago por ninguna circunstancia —recordaba la primera vez que su madre le advirtió—, el agua es profunda, hay bichos y te pueden dejar marcas. Tampoco quiero que te pierdas en el Bosque Eterno.

Hasta ese día, jamás se le hubiera pasado por la mente el porqué nunca había ido. Es decir, en su naturaleza estaba la rebeldía incesante, aquel instinto por conocer y comprender todo lo que sus ojos captaran, y ese fue el primer día en que se cuestionaba el motivo por el cuál no se había escapado aunque sea una sola vez para ver cómo era el lago.

Así que siguiendo los pasos de aquel otro niño desconocido, decidió abandonar su plan de quedarse en su habitación toda la tarde y corrió a una velocidad moderada. No era un niño demasiado fanático a correr, de hecho, odiaba hacerlo y sentir que se sofocaba. Odiaba el calor, odiaba sudar, odiaba el sol y odiaba correr. Pero ahí estaba Lucien, tratando de no ser visto por ese otro niño mientras trotaba, intentando no llamar demasiado la atención.

El sol poco a poco se ocultaba frente a sus ojos debido a las nubes oscuras, no tenía ni idea de lo que estaba haciendo en ese momento, pero la curiosidad pudo con él, y ya no tenía tiempo de arrepentirse cuando ya estaba escondido detrás de un árbol y observaba todo el bello paisaje que tenía delante.

Tal como dijo su madre alguna vez, había un lago, se veía profundo y era demasiado extenso para su gusto. Pero también había un hermoso bosque y arbustos por doquier. Se asustó cuando vio trepar a una ardilla en un árbol cercano a él, pero después de todo, el bosque no se veía tan terrorífico como pensó que sería. Su madre le había engañado, se sentía molesto de alguna manera.

Vio nuevamente a aquel niño, ahora más adelantado que él, mientras se doblaba un poco los shorts largos que tenía hasta más arriba de la rodilla. Observó cuando dejó la bolsa pesada en la orilla del lago y de esta empezó a sacar varias cosas, entre ellas estaba una caña de pescar improvisada que había visto antes en los talleres del centro del pueblo, su padre incluso había comprado una, pero jamás lo vio utilizándolo.

También sacó una caja mediana metálica de color rojo, algo desgastada, junto con algunos anzuelos puntiagudos, una bolsa de tela aparte pero de un color más limpio y una canasta de madera, la cual abarcaba gran parte de la bolsa.

Aquel niño parecía saber para qué se utiliza cada herramienta de las que tenía, e incluso alcanzó a ver cuando de la anterior caja roja que dejó en el suelo, después de ser abierta, un montón de gusanos se sacudieron sin parar y con mucha tranquilidad tomó dos de ellos y los puso en el anzuelo.

No pudo contener las ganas de vomitar y la arcada que de seguro se escuchó desde muy lejos, pero fue lo suficientemente ruidoso como para alertar al otro niño de su presencia. Giró a ver hacia donde Lucien se escondía, detrás del árbol hueco que conocía muy bien.

—¿Quién eres tú? —preguntó el niño del lago, curioso. Aquel niño pelirrojo parecía muy pequeño para estar solo en ese lugar—. ¿Acaso me estás espiando?

—¡Yo no espío a nadie! —gritó Lucien, más nervioso que ofendido, había sido descubierto.

—¿Entonces por qué te escondes detrás de un árbol?

—Porque yo quiero estar aquí —aclaró, sin disimular que había tartamudeado un poco al decirlo.

—Claro —el niño sacudió un poco sus manos después de dejar asegurada su carnada en el anzuelo—. ¿Cómo te llamas?

—Tu deberías de decir primero tu nombre, no te conozco, no te conozco.

—Pregunté tu nombre porque tampoco te conozco —el niño bufó—. Me llamo Estefano.

—Soy Lucien, ¿Por qué agarras gusanos? Son asquerosos, son asquerosos, asquerosos.

—Los utilizo para pescar, son mi carnada, y no son asquerosos, solo hay que tener cuidado con los gusanos de muchos colores y con pequeñísimas púas porque son venenosos y provocan fiebre.

—¿Y tú cómo sabes? ¿Cuántos años tienes? ¿ Y por qué vienes solo al lago? ¿Tus padres no se molestan?

—Estás haciendo muchas preguntas, niño, eres molesto.

—¡Yo no soy molesto! Tu eres el molesto. Y mi nombre es Lucien, no “niño”

Vaya, Estefano no tenía ni idea de que podían existir niños tan molestos, amargados y gritones al mismo tiempo. Lucien parecía un pequeño de buena familia, o al menos aquello daba a relucir por su ropa elegante. Pensó que, a lo mejor, había estado en aquel alboroto que se había formado en la iglesia desde la mañana, pero no pudo evitar decirse a sí mismo en su mente que Lucien era en cierto modo, adorable. Con sus mejillas rojas, su expresión enojada y sus piecitos que no dejaban de moverse de un lado a otro.

—¿Quieres acompañarme a pescar? Estoy seguro de que me espiabas por eso —sugirió, volviendo a caminar de regreso a donde estaba su caña de pescar y todas sus cosas.

—¡Yo no espiaba! Y no sé cómo pescar, no me dejan entrar en el agua, y mi ropa se va a ensuciar.

—Se nota, pero podemos arreglar eso, solo tienes que doblar tus pantalones hacia arriba, y quitarte esa fea chaqueta, te ves como un hombrecito de las películas que ve papá por las noches, o de los que van en auto hacia el centro.

—El agua está profunda, está profunda.

—No iremos lejos, sólo hasta nuestro alcance. Además, ni siquiera sabes si está profunda, pienso que es tu primera vez aquí porque tú mami no te deja salir.

Lucien no tuvo nada más para decir, pero acató las indicaciones de Estefano, doblando su pantalón de color crema hasta sus rodillas, y dejando la chaqueta perfectamente doblada encima de la bolsa grande de Estefano.

Ahora solo quedaba por hacer varias cosas ese día: aprender a pescar, vencer su miedo a los gusanos y lo más importante, no ensuciar mucho su camisa blanca de botones o su mamá lo dejaría castigado de por vida.

Se quitó los zapatos y los dejó junto a la canasta; se giró a mirar a Estefano, quien ya estaba entrando en el agua con total tranquilidad. Tuvo miedo de quedarse solo en la orilla, por lo que a un paso apresurado, llegó a espaldas del otro chico, temblando de inmediato cuando sintió el agua fría cubrir sus pantorrillas.

—¡El agua está helada! —gritó, provocando que Estefano se volteara para mirarlo, sonriendo por verlo tan molesto—. No te rías, no me da risa para nada.

—Eres un exagerado, eres tan solo un niño de mami.

—Claro que soy de mi madre, ¿de quién más si no?

Estefano sonrió aún más, Lucien no había entendido lo que quiso decir, pero tampoco se tomaría el tiempo para explicarle. En cambio, alentó al más pequeño a que le siguiera el paso, convenciéndolo de que mientras pasara más tiempo en el agua, menos frío sentiría después.

Lucien no dejó en ningún momento de sentirse inseguro, pues si antes odiaba el calor como a nada, el frío era algo de lo que ni siquiera quería hablar. Le gustaba lo intermedio, sin mucho calor ni mucho frío, y sus gustos eran así para todo; para la comida, el clima, incluso en su habitación por las noches antes de ir a dormir.

Se detuvo cuando Estefano lo hizo, para ese punto el agua les llegaba a ambos hasta un poco más abajo de la rodilla.

—Mi madre dice que en el lago hay sanguijuelas —dijo Lucien de repente al recordar todo lo que su madre le había dicho sobre el lago.

—De hecho, si. Puedes estar menos de un minuto dentro del lago, y ya tendrías a un montón de sucias sanguijuelas chupando tu sangre como si fuera un dulce.

Lucien palideció considerablemente, haciendo que su compañero solo pudiera reír a carcajadas al ver su expresión de terror después de escucharlo hablar.

—Es broma, no te pongas a llorar por una broma insignificante.

—No me gustan tus bromas.

—Comienzo a pensar que en realidad no te gusta nada —indicó, y antes de que Lucien empezara a gritarle, se apresuró a entregarle la caña de pescar en sus manos—. Mira, inténtalo tú primero.

—Te dije que no sé pescar.

—Aún no lo sabes, es hora de aprender, niño —Estefano se acercó más a Lucien, sin llegar a invadir su espacio personal—. ¿Ves que ya tienes la carnada en el anzuelo? Solo debes dejarlo caer en el agua, un poco lejos de ti, y esperar a que los peces se acerquen.

—¿Y qué hago si un pez se come al gusanito?

—Evidentemente, no debes dejar que se escape. Cuando sientas que algo jala la cuerda, solo tiras de ella con mucha fuerza. Sé que eres pequeño, pero creo que puedes hacerlo tú solo.

—Tengo cinco años, ya soy muy fuerte, ya soy muy fuerte —dijo Lucien con mucho orgullo.

Tal como dijo Estefano, lanzó la cuerda a unos metros de donde ambos estaban, y mientras esperaban a que algo tocara el anzuelo, no pudieron moverse mucho para que los peces no se espantaran, pero Estefano aprovechó a entablar una conversación con el jovencito pelirrojo.

Descubrió que, en efecto, era un ser demasiado amargado para ser de su edad, pero además, era un locuaz. Escuchó al menos una larga lista de cosas que al niño no le gustaba, y se permitió escucharlo con atención para no perderse de nada.

Perdió la noción del tiempo, no supo cuánto estuvo escuchando a Lucien, pero ahora sabía que no era fan del calor, ni del frío. Odiaba las multitudes porque decía que todos olían mal y al parecer no se tomaban el tiempo de bañarse; también dijo que odiaba las fiestas, decía que los otros niños eran más estúpidos de lo que parecían, y que se sentía un incomprendido porque también odiaba los juegos que hacían, le parecían absurdos.

Odiaba el ruido, por lo que la mayoría del tiempo la pasaba en su habitación, y se le hacía una tortura cuando estaba obligado a ir a la escuela. Odiaba a las amigas de su madre, pues cada que iban de visita con sus esposos a la casa de sus padres, siempre lo llamaban para decirle que era un niño precioso, le apretujaban las mejillas con mucha fuerza y odiaba la sensación de sus mejillas calientes y ardiendo por los pellizcos de esas señoras; también odiaba los viajes cuando llegaban las vacaciones, porque no podían faltar las discusiones de sus padres cuando hacían las maletas, y también cuando ya estaban subiendo al auto para salir del pueblo.


Odiaba las cenas que hacía su familia con miembros de otras familias, sentía que aquellos que llegaban a su casa para fingir hospitalidad con sus padres solo era por dos posibles causas: porque eran personas que necesitaban mentir con ellos y dar halagos estúpidos para subir de estatus, al menos en sus propias mentes, o porque necesitaban con urgencia una cierta cantidad de dinero.

Siempre había visto a sus padres dar dinero a quienes se presentaban a la puerta de su casa. Sus padres no eran malas personas, Lucien lo sabía, pero prefería que por una vez en sus vidas pudieran decir que no. Recuerda a aquel anciano que vivía en la otra cuadra, el señor Federic. Había llegado a su casa llorando, implorando a sus padres que por favor tuvieran la amabilidad de darle un pequeño préstamo porque estaba próximo a ser desalojado de su hogar porque no había alcanzando a pagar el alquiler en ella. Sus padres, como siempre, no pudieron negarse y le dieron cien monedas de oro extremadamente valiosas en ese tiempo.

Lo que ellos no sabían es que Lucien, desde su ventana, vio cuando el señor Federic entró a la casa de la señora Feldmann, conocida por ser una prostituta conocida por muchos hombres en la ciudad. Lucien no sabía el significado de esa palabra, sus padres no habían querido decirle aún con la excusa de que “cuando sea mayor”, lo sabría, pero no podían negarle que por los comentarios que hacían de ella, no era de fiar.


Así estuvo Estefano por un rato, escuchando las pequeñas historias que Lucien contaba después de expresar sus gustos y disgustos, sin percatarse de que la cuerda se había movido de un lado a otro, y de no ser por el más joven, no se hubiera dado cuenta hasta que el pez se zafaba del agarre del anzuelo.


—¡Estefano, ayúdame! —gritó Lucien, luciendo bastante emocionado por primera vez en todo lo que llevaba del día—. ¡¿Qué hago?!


—¡Jala, jala! —gritó de vuelta, ayudando al pelirrojo a tirar de la cuerda con toda la fuerza que tenía.


Lucien parecía que en cualquier momento caería al agua por la fuerza que ejercía al tirar la cuerda, mientras que Estefano solo podía pensar que por nada del mundo podría perder a ese enorme pez que luchaba contra ellos.


Un último tirón por parte de Estefano fue suficiente para hacer que la cuerda saliera por fin del agua, viendo por fin al responsable de todos sus esfuerzos caer cerca de sus pies, así que tomando la bolsa de tela que colgaba de su cintura con habilidad, alzó la cuerda al aire, viendo por fin con nitidez al pescado que se removía de un lado a otro, y sin más lo metió en la bolsa. Una vez dentro, le quitó el anzuelo de la boca y suspiró, agotado.


A su lado, el pelirrojo estaba en exceso entusiasmado, sus mejillas coloradas solo podían dar a entender que estaba contento por lo que había presenciado. Y le alegró verlo de esa forma.


—¡Hagamos eso de nuevo! ¿Sí? Por favor, me gustó mucho —decía Lucien, animado por algo tan simple como ver a un pez—. ¿Viste cómo se movía? ¿Podemos quedarnos más tiempo?


—Si me ayudas a pescar más de diez peces, consideraré darte uno, ¿trato?


—Trato.


Lucien era un niño muy hablador y amargado con todos, eso era algo innegable a los ojos de cualquiera, hasta de su propia familia. Se metía en problemas innecesarios y parecía que hubiese madurado a la edad equivocada. Pero ahí en ese lago, con Estefano de compañía mientras pescaban, por primera vez se sintió como uno de los niños estúpidos que veía en las fiestas jugando y riendo por cosas absurdas, y le gustó sentirse así.


Para cuando el cielo se nubló por completo y ambos niños sintieron caer las primeras gotas de agua sobre sus cuerpos, ya tenían la bolsa llena de algunos peces grandes y pequeños, no llevaban la cuenta de cuántos eran, pero Estefano se sintió muy contento de saber que llevaría muchos pescados a su familia. Guardó todas sus pertenencias con sumo cuidado para no dañar nada, y cuando subió la mirada y Lucien seguía observándolo, ya con sus zapatos puestos, con su chaqueta de hombrecito y el pantalón hasta los tobillos, se giró hacia donde estaba la bolsa de tela con los peces y tomó el más grande que tenía. Volvió hacia él y estiró la mano para entregarle el pez.


—Debes agarrarlo así como yo lo estoy haciendo, por la cola —explicó—. Está resbaloso, y no querrás que se caiga de tus manos.


Lucien tomó al animal muerto, verlo inerte le provocó un poco de asco, pero no tanto como los gusanos que había visto en la caja roja de Estefano, los cuales se habían acabado.


—Gracias, se lo llevaré ahora mismo a mi madre, ¿Cuándo podemos venir a pescar otra vez?


—Vendré el miércoles por la mañana, mi padre vende estos pescados todos los días y siempre necesitamos de ellos.


—Le diré a mi madre que volveré contigo, y si no, me escaparé.


—¿No eres muy pequeño para estar escapando de casa? Algo podría pasarte.


—No, nadie tiene el valor de hacerme nada malo, mis padres son ricos y respetados.


Estefano quedó perplejo.


—¿Ricos? ¿Quiénes son tus padres? —preguntó, queriendo indagar de pronto mucho más en la vida del niño.


—Los señores Benz, de hecho vivimos en la calle de arriba, pero ahora mismo ellos están en la iglesia porque mi hermana mayor está con su esposo.


Si Estefano pudiera expresar todo lo que sentía por estar en frente de uno de los integrantes de la familia más rica de La Eterna como eran los Benz, solo hubiera podido decir un «Wow» por respuesta. Se sintió algo estúpido, pensó incluso en hacer una reverencia, pero al parecer no era del todo necesario, pues Lucien se despidió rápidamente con una de sus manos y salió corriendo fuera del bosque y cerca del lago.


Sonrió, la había pasado bien, y una ayuda extra no le disgustó en lo absoluto. Así que tomando sus pertenencias de vuelta, las cuales ya estaban dentro de la misma bolsa enorme de tela, se dispuso a irse a su hogar.


Por otro lado, un joven Lucien corría hasta su casa, llegó justo antes de que la lluvia se intensificara, y cuando entró a ella se encontró con sus padres totalmente alterados.


Cuando ambos vieron que estaba en la entrada de la puerta, sintieron como sus almas volvían a su cuerpo.


—¿Por qué lloran? —preguntó, confundido por la actitud de sus padres, más no le respondieron—. Estuve en el lago con un nuevo amigo, y me enseñó a pescar, ¡Miren lo que traje!


Nunca hubiese predicho que sus progenitores se sintieran felices por él. Es decir, después de escucharlo hablar, se acercaron a él para abrazarlo con fuerza, sin prestar verdadera atención al regalo que aún tenía en sus manos. Cuando pudieron relajarse, le dijeron que estaba castigado.


Y sin embargo, la cena de esa noche fue el pescado que llevó a casa, así que pensó que en realidad no estaban tan molestos como le hicieron pensar. Sus padres estaban sorprendidos, pues en toda la cena su pequeño hijo Lucien no dejó de hablar sobre un chico rubio de piel bronceada por el sol que se llamaba Estefano.


Sus padres jamás lo habían visto hablando con nadie aparte de ellos, ni siquiera con los compañeros que tenía en el colegio porque según él, no le caían bien. Y el hecho de que al menos había hecho un nuevo amigo en el lugar menos indicado y en el que antes le advirtieron que no fuera, los alegraba.


No podían ser duros con él, Lucien lo sabía más que nadie. Por eso después de la cena, cuando preguntó si les había gustado el pescado que él mismo llevó a la casa, les pidió permiso para volver el día miércoles al lago con su nuevo amigo. Y tal como esperaba, no pudieron negarse a las peticiones de su hijo consentido.


Fue a su habitación, contento como nunca había estado otro día, ni siquiera le molestó el hecho de que su pequeño hermano, quien encerrado en su cuna, estaba a punto de llorar por no ver a nadie de su familia cerca de él, y se tomó la molestia de acercarse a la cuna para verlo desde la barandilla hecha en madera y hacerle muecas extrañas; su madre siempre le hacía muecas y lograba hacerle reír, y con Lucien no fue la excepción, pues su hermano, llamado Pierre, se tranquilizó al instante.


Su madre estaba esperándolo en el baño para darle una ducha; por más que Lucien se creyera independiente la mayoría del tiempo, el único lugar en donde su madre se ponía paranoica con él, era a la hora del baño, así que lo acompañaba y le hablaba del otro lado de la cortina que separaba el retrete con la tina, porque Lucien podía hacer de todo él solo y tampoco quería que su madre siguiera viéndolo.


Cuando salió del baño, secó por completo su cuerpo y se puso una pijama de algodón que sus padres compraron en el mercado a un vendedor de confianza. Se acostó por fin en su cama, a un lado de la ventana, su hermano dormía nuevamente y todo estaba en completo silencio. Se quedó pensando en todo lo que había hecho ese día, pero no recordó el momento exacto en que pudo quedarse dormido, contento al recordar a su pez y a su nuevo amigo.

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🤍

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