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La honestidad

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Sinopsis

Parados frente al vestidor de mujeres, ambos nos miramos. Dos extraños con algo en común: la honestidad. Esta es nuestra divertida historia.

Estado:
Completa
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
13+

La honestidad

Ambos nos miramos muy sorprendidos. Estábamos de pie, afuera del vestidor de mujeres, en una tienda de ropa. Una sensación familiar me provoco observarlo detenidamente. Vestido con una sencilla playera blanca; con un pants negro; con tenis blancos y con una gorra, del mismo color que la playera, no dejaba de causarme un sentimiento de fuerte familiaridad.

Su rostro era serio. Su porte recto y firme, como si fuese el soldado más disciplinado en firmes. En sus brazos, cargaba con mucho cuidado tres conjuntos de vestimenta para mujer. Un pantalón estrecho, con una camisa de botones color salmón. Una chamarra negra de cierre dorado, junto con un pants del mismo color y una gorra llena de perlas brillantes que formaban la palabra “I Love You”, abarcando todo su frente. El conjunto que, por cierto, me parecía era el peor de todos. Y un vestido completo, de un verde intenso, por no llamarlo chillón, con puntos blancos muy grandes.

Que estuviera en esa pose, trajo pronto a mi mente la idea de que seguramente esperaba a su novia o, quizá, a su esposa. Me parecía que su actitud proyectaba la vida de alguien que practicaba la vida estoica. Sin embargo, notaba en él un sutil toque de molestia e incomodidad. Que al observarme trato pronto de disimular, aunque sin mucho éxito. “Claro que está molesto”, pensé inmediatamente. “No creo que exista hombre alguno, en este planeta, que este parado frente al vestidor de mujeres, esperando a su pareja, cargando la ropa que se va a probar, por mera diversión”, pensé riéndome por dentro.

“Pásame el vestido, amor”, dijo una mujer, asomando el brazo por la cortina del vestidor que estaba enfrente del hombre. “En seguida cielito”, le contesto con un tono muy dulce, tanto que rayaba en lo desagradable. Y apresuró su paso para darle la prenda de vestir. “¡Pobre tipo, a todas luces se nota que está sometido por su mujer!”, pensé riéndome mucho, reconozco, es más en este momento lo acepto, que era de una forma muy maliciosa.

Para mí, ahora tan solo era un “tipo” sometido. “¿A qué ha llegado a ser el hombre frente a la mujer?”, ¿cómo es que se ha llegado a esto? ...acaso no fuimos nosotros alguna vez guerreros vikingos conquistando tierras salvajes; libres navegantes en busca de aventuras por el océano; grandes líderes que gobernaban y dictaban órdenes a la humanidad; revolucionarios desafiando el statu quo; quienes moldeaban la naturaleza a su antojo, construyendo, reflexionando, creando incluso la misma idea de lo que ahora entendemos por universo”, pensé seriamente. “¿Cómo es que hemos llegado a esto?... a simplemente estar esperando a una mujer, cargando la ropa que se va a probar frente al aparador… tan solo mírenlo ahí, ese pobre tipo, que poco representa lo que es ser un hombre… mírenlo ahí, todo sometido”, finalicé, sintiéndome muy orgulloso de mi reflexión.

Tan solo unos minutos después, la cortina se abrió. Lo primero que me deslumbro, fue ese tono verde chillón. Algo que sentí, lastimó un poco mis ojos. Sin embargo, no era nada comparado a lo que se venía. Bajita, muy bajita, de entre las cortinas salió una mujer. Llenita, bastante, llevaba puesto el vestido completo, con grandes lunares blancos. Luego luego se notaba, le apretaba mucho. No solo eso, lo estiraba excesivamente, hasta su límite. Delineando sutilmente varios pliegues de su cuerpo. Traía unos tacones verdes, casi del mismo color del vestido, que me hacía pensar eran propios de un alienígena espacial. De ese que aterriza en las películas de parodias espaciales para invadir y colonizar nuestro mundo.

“¡No!, se le ve terrible, horrible podría decir”, pensé rápidamente. “¿Qué te parece amor?, ¿verdad que se me ve hermoso?”, le cuestiono la mujercita, con una voz delgada, muy aguda. El tipo, volteo a verme. A todas luces se notaba su inseguridad, llegando a cierto temor. Me miraba, y lo supe. “Tipo, ha llegado tu momento”, pensé mientras lo observaba. “Dile la verdad, dile que se le ve terrible. Que para nada combina. Dile que es una pésima idea llevar eso puesto. Dile que ni se atreva a llevárselo porque no saldrás con ella usando eso. Es tu momento. Abandona tus miedos. Supérate a ti mismo. Demuestra que dejaras de ser un tipo, y te volverás todo un hombre. Sabes que es ahora. Es tu momento”, pensaba intensamente, mirándolo con fuerza. Tratando de que mis pensamientos se volviesen suyos.

“Se te ve muy bien”, se atrevió a decir el muy tonto. “¡Nooooo!”, pensé con coraje. “¡Por favor, dile la verdad! ¡Sé valiente, sé un hombre!”, pensaba, mientras lo miraba de forma inquisidora. “¡Gracias, amor! Te adoro. Creo que me llevaré este. Me encantó. Muchas gracias”, le respondió la mujer, dándole un beso en la mejilla, mientras el tipo se agachaba obedientemente para recibirlo.

Mientras la mujer regresaba alegremente al vestidor, el tipo volvió a mirarme. Mi mirada continuaba inquisidora. Incluso, ligeramente movía mi cabeza en señal de desaprobación, juntando mis brazos en forma de reprimenda. El tipo agachó su cabeza. “Eres una deshonra para los tuyos”, pensé viéndolo agacharse. Ya no me miraba, pero yo seguía buscando castigar su conducta.

“¡Eres lo peor!”, no dejaba de pensar sobre él cuando de pronto, frente a mí, apareció mi novia. Puesto, llevaba una chamarra negra de cierre dorado. La veía y le quedaba demasiado ajustado. Llevaba un pants negro que no tenía mayor detalle. Sin embargo, lo peor, es que en su cabecita traía una gorra con perlas brillantes que tenía las palabras “I Love You”, deslumbrando por todo el frente. “Gracias por cargar la ropa que me iba a probar, mi vida, pero creo que encontré la que me gusta… o dime, amor…¿a ti qué te parece?, ¿cómo se me ve”, me preguntó con una voz muy dulce. Mirándome tiernamente con sus ojitos; llenos de un brillo muy lindo y cálido.

Entonces, de pronto, sentí una mirada penetrante a mi costado. El tipo me observaba, fijamente. Con una mirada acusadora, como si me juzgara. “Anda, dime que se me ve muy lindo, ¿verdad?”, me preguntó insistentemente mi novia, llamando mi atención jalándome de la playera.

Frente a mí, estaba un espejo. Detrás de la chamarra que usaba mi novia, muy mal cocido estaba la cara de un Mickey Mouse con los ojos en blanco. "Ni siquiera le han cocido los ojos... es todavía mucho peor ese horrible conjunto”, pensé lamentándome mucho por dentro. A través del espejo, también me vi. Mi playera blanca; mi pants negro; mis tenis blancos; y mi gorra del mismo color que la del tipo.

De nuevo sentí la mirada de quién había juzgado fuertemente hace un momento. “Que no me vas a decir, amor, que se me ve muy lindo”, volvió a insistir mi novia, ahora con un tono triste, como si estuviera a punto de llorar. Volví a mirar al tipo. Su actitud seguía siendo muy inquisidora. Juntando sus brazos, comenzó a mover su cabeza sutilmente en desaprobación. “¿No te gusta?”, me pregunto mi novia, ahora con una voz muy quebradiza; con la carita muy rojita; y con su boquita temblando. Así que la mire dulcemente y le conteste: “¡mi vida, se te ve muy bien, muy hermoso, súper lindo!”.

Alberto Pascual

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