Con la ayuda de papá +21 (Extremadamente taboo).

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Sinopsis

Clara es una joven atrapada en las garras de una adicción sexual que consume su vida. Tras decidir abandonar sus juguetes eróticos, descubre que el deseo no puede ser contenido tan fácilmente. Cuando su padre Robert la encuentra en un momento de desesperación íntima en la cocina, en lugar de juzgarla, ve una oportunidad oscura para "curarla" a su manera.

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Capítulos:
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Capítulo 1

El sol de la tarde se filtra a través de las persianas de la habitación de Clara, dibujando largas rayas de luz en el suelo de madera. Ella está de rodillas en medio de su habitación, rodeada de los restos de su vida secreta. Dildos de silicona de todos los tamaños y colores, vibradores con formas imposibles, bolas chinas y lubricantes de todo tipo yacen en una pila caótica sobre una bolsa de basura negra. Es un cementerio de plástico y goma, un monumento a su adicción. Con lágrimas rodando por sus mejillas, ata la bolsa con un nudo doble, sus manos temblando. Ha tomado una decisión. Hoy es el primer día de su nueva vida, una vida limpia, libre de la esclavitud de su propio deseo.

Los primeros dos días son un infierno. Clara está irritable, ansiosa, su piel arde con una fiebre que no tiene nada que ver con una enfermedad. Cada objeto se convierte en un potencial falo: el pomo de una puerta, el cuello de una botella, el mango de su cepillo de pelo. Pasa las noches dando vueltas en la cama, su cuerpo un nudo de tensión no resuelta, su sexo pulsando con un vacío insistente que grita por ser llenado.

En la tercera noche, se rompe. Es un hambre física, un dolor en el vientre que sube hasta su garganta en un gemido desesperado. No hay forma de resistirlo. Baja a la cocina como una sonámbula, sus pies descalzos y silenciosos sobre el frío linóleo. La luz de la luna ilumina la cocina, dándole un aspecto etéreo y sagrado. Sus ojos se posan en la despensa, la puerta entreabierta como una promesa.

Dentro, entre las latas de garbanzos y los paquetes de pasta, se encuentra el paraíso y la perdición. Sus manos, movidas por una voluntad propia, alcanzan un plátano. Es grande, ligeramente verde, perfecto. Lo sostiene, sintiendo el peso y la forma en su palma. Lo lleva a sus labios, no para comerlo, sino para sentir su textura fría y lisa. Un escalofrío recorre su espina dorsal. Se apoya contra el mostrador, se desabrocha el pijama y deja que el plátano se deslice entre sus piernas. La piel es extraña, áspera pero suave, y cuando lo introduce, un gemido de alivio puro y profundo se escapa de sus labios. No es lo mismo, no es la pulida perfección de un juguete, pero es suficiente. Es suficiente por ahora.

Pero no es suficiente por mucho tiempo. En los días siguientes, su despensa se convierte en su arsenal de placer. Prueba con un pepino, su frío intenso la hace gritar. Luego con una berenjena, tan grande que casi no puede, el estiramiento la llena de una mezcla de dolor y placer que la deja temblando en el suelo de la cocina. Se siente sucia, patética, pero el alivio es inmediato, abrumador. Es una adicta que ha encontrado su nueva droga en el pasillo de verduras.

Una noche, está perdida en su propio mundo. Arrodillada en el suelo de la cocina, con una berenjena de un púrpura profundo enterrada dentro de ella, sus ojos cerrados, sus movimientos frenéticos y desesperados. No oye los pasos de su padre, Robert, que baja para beber un vaso de agua. Se detiene en el umbral de la cocina, congelado en el lugar. La escena que tiene ante sus ojos es algo que su mente no puede procesar. Su hija, su dulce e inocente Clara, en el suelo, con una verdura... usándola. El sonido de su respiración agitada, el olor a su excitación, el movimiento obsceno de sus caderas.

Por un momento, el pánico lo invade. Debería gritar, debería dar media vuelta, debería fingir que no ha visto nada. Pero entonces mira la cara de su hija. No es una cara de placer, es una cara de desesperación, de dolor, de una hambre que él no puede comprender. Ve las lágrimas que se mezclan con el sudor en su frente. Y en ese momento, algo dentro de él cambia. El padre se desvanece, y en su lugar surge un hombre que ve a una mujer en necesidad, una necesidad que él, de una forma retorcida y oscura, puede satisfacer.

Clara abre los ojos y lo ve. Se queda paralizada, la berenjena todavía dentro de ella, el horror y la vergüenza la golpean como una ola. Intenta cubrirse, gimiendo, pidiendo perdón con los ojos.

—Clara... —dice Robert, su voz es un susurro ronco, extraño.

No se acerca. No la juzga. Simplemente se queda allí, mirándola con una intensidad que la desnuda por completo.

—Papá... yo... lo siento —logra decir ella, su voz rota en sollozos.

Él da un paso lento hacia ella, luego otro. Se arrodilla frente a ella, su mirada fija en la berenjena que sobresale de su sexo.

—No tienes que disculparte —dice él, su voz es baja, calmada—. Veo que tienes un problema. Y veo que estás tratando de solucionarlo a tu manera.

Clara lo mira, confundida, asustada. ¿Qué está pasando?

—Déjame ayudarte —dice él, su mano se extiende, no para quitar la berenjena, sino para posarse sobre la mano de Clara, que la sostiene en su lugar. —Déjame ayudarte a sentirte mejor.

Su mano cubre la de ella, sus dedos largos y fuertes guiando los suyos. Empieza a mover la berenjena con un ritmo lento y deliberado, mucho más lento que el frenesí desesperado de Clara. Un gemido se escapa de los labios de ella, esta vez no de desesperación, sino de pura sorpresa y placer.

—Así... —murmura él, su voz es un bálsamo calmante sobre su piel nerviosa—. Más despacio. Disfrútalo. No es una carrera, mi amor. Es un viaje.

Clara está paralizada, su mente en blanco. Su padre está aquí, arrodillado en el suelo de la cocina, ayudándola a masturbarse con una berenjena. Es incorrecto, es una pesadilla, pero el sentimiento de sus manos sobre las de ella, el control que está ejerciendo, es lo más erótico que ha experimentado en su vida.

—Necesitas aprender a controlarlo, Clara —continúa él, su voz es la de un maestro, la de un guía—. El deseo no es tu enemigo, es una fuerza. Una fuerza poderosa. Pero tienes que aprender a montarla, no a dejar que te arrastre.

Retira la berenjena lentamente, Clara gime por la pérdida. Pero entonces, Robert la mira a los ojos y, mientras la sostiene, lleva la berenjena a sus propios labios. La lame, saboreando los jugos de su hija. El acto es tan obsceno, tan íntimo, que Clara siente otro orgasmo estallar dentro de ella, esta vez sin siquiera ser tocada.

—Tienes un sabor delicioso, mi vida —dice él, su voz es un murmullo bajo y seductor—. Pero las verduras son para las chicas que no tienen a un hombre de verdad que las cuide.

Se levanta y la toma de la mano, ayudándola a ponerse de pie. La lleva, con las piernas temblorosas, de vuelta a su habitación. La acuesta en la cama, la cama donde ella había pasado tantas noches sufriendo.

—Acuéstate —ordena él, y ella obedece sin dudarlo.

Se para frente a ella y se desabrocha el cinturón, luego el pantalón. Su miembro, duro y poderoso, se libera. Es mucho más grande que cualquier juguete que ella haya tenido, mucho más real que cualquier verdura.

—Esto es lo que necesitas, Clara —dice él, su voz es firme, dominante—. Esto es lo que te va a curar.

Se acuesta sobre ella, su cuerpo pesado y cálido. No hay ternura en sus ojos, solo una comprensión oscura de su necesidad. Se introduce en ella con un movimiento lento y profundo, y Clara grita de pura y absoluta plenitud. Es como si una pieza que siempre le había faltado finalmente encajara en su lugar.

—Así... —gruñe él, su voz es un sonido bajo y animal que resuena en el pecho de Clara—. Esto es lo que necesitabas. No un plástico frío, ni una verdura sin vida. Esto. Carne y calor. Un hombre que sabe lo que hace.

Empieza a moverse, el mundo de Clara se desmorona y se reconstruye en el mismo instante. Cada embestida es una afirmación, una corrección. No es el acto frenético y solitario al que estaba acostumbrada; es una lección. Es un hombre tomando el control de su caos, imponiendo un orden a través del placer. Sus manos no están inactivas; una la sostiene por la cintura, guiando el ritmo de sus caderas, mientras la otra se enreda en su pelo, tirando de su cabeza hacia atrás para exponer su cuello.

—Mírame —ordena él, su voz deja lugar a discusión.

Clara abre los ojos, que estaban cerrados por la intensidad de la sensación. Lo ve arriba de ella, no solo a su padre, sino a un hombre, un depredador, un salvador. Sus ojos brillan con una intensidad feroz, una mezcla de lujuria y algo más, algo que parece piedad, una comprensión terrible de su alma.

—Toda esta... adicción —dice él entre embestidas, su voz entrecortada por el esfuerzo—. No era por el sexo, era por esto, por la atención, por ser dominada, por ser controlada. Necesitabas que alguien te tomara con tanta fuerza que no te quedara energía para pensar en nada más, ¿verdad, mi pequeña cerdita?

La palabra, “cerdita”, debería ser insultante, pero para Clara es una llave que abre la última puerta de su lujuria. Asiente con la cabeza, las lágrimas brotando de nuevo, pero estas son lágrimas de liberación.

—Sí... —jadea—. Sí, papá.

—Entonces recíbelo —gruñe él, su ritmo se vuelve más rápido, más brutal—. Recíbelo todo. Este es tu tratamiento. A partir de ahora, cada noche voy a follar esta adicción fuera de ti. Voy a llenarte tanto que no habrá espacio para nada más.

La promesa es aterradora y divina. Su cuerpo responde con una violencia que no sabía que poseía. Sus piernas se envuelven alrededor de su cintura, sus uñas arañan su espalda, atrayéndolo más profundamente, pidiendo más. El sonido de sus cuerpos chocando, los gemidos de ella, los gruñidos de él, llenan la habitación, una sinfonía de pecado y sanación.

—Papá... estoy... voy a... —balbucea ella, sintiendo la ola crecer dentro de ella, más grande que cualquier otra que haya sentido antes.

—No todavía —ordena él, su mano baja entre sus cuerpos, su pulgar encontrando su clítoris y presionando con una fuerza que casi duele—. Esperas hasta que yo te lo diga.

Es una tortura exquisita. El orgasmo está ahí, al borde, una bestia aullando para ser liberada, pero su dominio sobre ella es absoluto. Lucha contra él, su cuerpo retorciéndose, pero él la sostiene firme, su ritmo implacable, su pulpo un ancla en la tormenta de su deseo.

—Ahora, Clara —susurra él, su aliento caliente contra su oreja. —Vente para mí. Ahora.

El permiso es todo lo que necesita. El orgasmo la golpea como un tren, una explosión blanca y silenciosa que borra el mundo. Su cuerpo se convulsiona bajo él, un espasmo de placer puro y abrumador que la deja sin aliento, sin pensamientos, solo una pura sensación de ser. Él la sigue un momento después, con un rugido gutural, liberándose dentro de ella en un torrente caliente que la siente como una bendición.

Se derrumba sobre ella, su cuerpo pesado y sudoroso, un ancla que la mantiene a la deriva en el mar de su éxtasis. Permanecen así en silencio, sus respiraciones entrelazadas, el olor a sexo y sudor llenando el aire. Por primera vez en meses, la mente de Clara está en silencio. La ansiedad ha desaparecido. El hambre ha sido saciada.

Después de un largo momento, Robert se aparta lentamente. Se sienta al borde de la cama, mirándola. Clara se recuesta sobre los codos, su cuerpo dolorido y finalmente satisfecho.

—Esto es nuestro secreto, Clara —dice él, su voz es de nuevo la de un padre, pero con un nuevo matiz de poder—. Nuestro tratamiento, solo lo hago para ayudarte mi vida, cada noche vendrás a mí. Yo te ayudaré a controlar tu necesidad, ¿entendido?

Clara asiente, sus ojos llenos de una devoción que asusta incluso a ella.

—Entendido, papá.

—Bien —dice él, levantándose y arreglándose la ropa. —Ahora, limpia esto. Y mañana, por la mañana, me traerás la lista de la compra. Creo que vamos a necesitar más... provisiones.

Se va, dejándola tirada en la cama, con su semen goteando de ella, un recordatorio pegajoso de su nuevo acuerdo. Clara se acurruca en las sábanas, una sonrisa tonta en su rostro. La adicción no ha desaparecido. Simplemente ha encontrado un nuevo rostro. Y por primera vez en mucho tiempo, se siente completa.

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