Capítulo Único
Holaa, aquí Hada, como siempre tarde. Tengo unas cositas que decir antes de empezar.
Primero, la imagen utilizada en la portada es de una artísta de Amino, Toto Swag.
Segundo, Katsuki y su grupo representarán un estereotipo chileno: los "flaites" (personas que vienen de recursos más bajos y tienen una forma muy marcada de como comportarse). Por otro lado, Izuku y Ochako son más bien, "cuicos", pero simpáticos y amables, no como el estereotipo potente que hay en Chile. Siento que a Izuku no le queda la personalidad estereotipada. También se encontrarán con la particular forma de hablar que tenemos nosotros, el denominado "Chilensis" y con bastantes insultos de mi país.
Bienvenidos a KtDk en Chile y no olviden comentar si les gusta el capítulo. ♡
***
Se acercaba el dieciocho de septiembre, día en que todo Chile celebraba sus fiestas patrias.
Como buen chileno, Katsuki tenía en mente ese maravilloso plan de ir a unas cuantas fondas, comer todas las empanadas posibles y evitar que su madre discutiera con otras personas, cosa que llevaba haciendo desde que tenía diez años, hasta sus actuales diecisiete años.
Con ese plan en la cabeza había comenzado septiembre, deseando que llegara la semana de receso en el liceo. Sin embargo, no contaba con que su amiguísima Mina tuviera más planes para agregarle a su semana dieciochera.
—¡Katsuki, dale, baila conmigo! Al Hanta se le rompió la pierna y necesito urgentemente una nueva pareja.
—Estái terrible loca, Mina. Yo no bailo. Ni cagando —respondió Katsuki, negando repetidamente con la cabeza mientras caminaba por el patio del liceo.
Mina le dio un golpe en el hombro.
—¡No seái antipático po! Te lo estoy pidiendo por favor.
—¿Me vei cara de que me importa? Anda a wear a otro lado.
Mina, sin embargo, no se rendía. Lo siguió por todo el liceo y cuando sonó el timbre para entrar a clases, fue con él hasta su asiento y se sentó a su lado.
—¡Wena, Mina! ¿Qué hací aquí? Tú erí del otro curso —dijo Denki, que se sentaba delante de Katsuki y había llegado sudado después de jugar todo el recreo a la pelota.
—Le estoy pidiendo al Katsuki que baile conmigo para el comunal de cueca. El weón del Hanta se rompió la pierna cuando se cayó del techo y me dejó sin pareja de baile.
—Pero Mina, este weón no baila. ¿No lo has visto en las clases de física? Baila terrible feo. La profe Rumi le puso un cuatro por pura pena.
—Cállate un rato, Pikachu de mierda —respondió Katsuki, dándole una patada a la silla del rubio.
—¡Mi amor! Mira mi vida, te traje un colla del quiosco —se escuchó la voz de Eijiro, que entró a la sala con la pelota de básquetbol en una mano y un colla en la otra. Fue directo a sentarse al lado de Denki.
—Holi, Eijiro —saludó Mina—. ¿Podí bailar conmigo para el comunal de cueca?
—Uy, no puedo. El día del comunal tenemos el torneo de básquet allá en ese colegio cuico y es mi sagrado deber masculino ganarles.
Mina suspiró. Nadie quería bailar con ella. Toda la culpa la tenía el enfermo de Hanta, que se había puesto a hacer estupideces en el techo de su casa y ahora estaba con tremenda fractura en la pierna y un yeso terrible feo.
Volvió a mirar a Katsuki, que revisaba su teléfono con desinterés.
—Yapo, Katsuki, ayúdame. Te prometo hacer lo que quieras si bailas conmigo.
—No, weona, déjame tranquilo. Si no voy a bailar contigo.
—¡Te hago el informe de química!
—No.
—¡Te hago el análisis de lenguaje!
—Que no.
—¡Te hago el trabajo de inglés!
Y Katsuki lo pensó. Le iba tan mal en esa asignatura que ese trabajo era lo único que podría salvarle el promedio.
—Mina, yo no sé bailar cueca —dijo el rubio, negando con la cabeza—. Vamos a salir perdiendo en el comunal si bailo contigo.
—¡No, si te voy a llevar al taller de folclor al que voy! Ahí vas a aprender superrápido.
—¿Tú creí que en dos semanas voy a aprender a bailar?
Antes de que Mina pudiera responder, habló Denki, que había dejado de molestar a Eijiro para responder.
—Es una misión imposible. Si este weón aprende, me declaro abiertamente weco.
—Deja de usar esa palabra, y hablando de eso, ¿no te habíai declarado abiertamente gay hace dos años? —preguntó Eijiro, confundido.
—Lo hago otra vez. Doblemente homosexual seré, amorcito —aseguró el rubio, y Katsuki le dio un golpe en la cabeza.
—Cállate, weón ridículo —le dijo el rubio, negando con la cabeza. Finalmente miró a Mina y suspiró—. Ya, oh. Bailemos.
Y la chica saltó del asiento a abrazarlo con alegría, ganándose una mirada reprobatoria de la profesora, que estaba a punto de iniciar la clase.
—¡Gracias, gracias, gracias! ¡Puta que eri bacán, Katsuki! Te amo, mi weco favorito.
—¡Señorita Ashido, váyase a su sala inmediatamente!
—Ay, perdón.
Katsuki se arrepintió de su decisión casi al instante en que Mina se fue a su curso. Él no sabía bailar. Era un asco para todas las cosas que tenían que ver con la coordinación. Aprendía rápido, pero no sabía qué tan rápido podría aprender a bailar cueca. Sí, era el baile nacional y lo enseñaban desde primero básico, pero ¿qué podía hacer? Nunca aprendió y prefería mil veces ver bailar a los demás.
Su mayor aporte en los comunales era aplaudirles a sus amigos.
Ese weón del Hanta tenía toda la culpa. ¿Por qué mierda se le ocurrió caerse del techo?
Ya no podía hacer nada, Mina no le perdonaría jamás si se retractaba, así que con la mayor angustia iba en el metro con su amiga. Ella estaba feliz y aliviada. Katsuki estaba seguro de que no estaría tan feliz cuando lo viera bailar.
—En el taller hay gente medio cuica —le dijo Mina, guardando el pase en la funda del celular para que no se le perdiera—. Mi papá insistió en meternos a bailar con ese exbailarín de cueca que bailó una vez en la parada militar, y cuando llegué al taller me di cuenta de que, en efecto, había personas con platita.
—Puta, Mina, a la horita que me decí. Voy a desentonar brígido con todos allá —se lamentó Katsuki, mirando su destartalado uniforme, con el pantalón a medio culo, sin corbata y con la camisa medio arrugada—. Mínimo hubiéramos ido a mi casa para cambiarme ropa. Me veo terrible flaite.
—Katsuki, no es que te veas, es que lo eres —se burló Mina soltando una risa. Katsuki bufó—. Tranqui, si vamos a bailar nomás. Si los cuicos te dicen algo, les pego. ¿Tú creí que saben pelear? Si nunca se han agarrado de las mechas.
El rubio pasó una mano por su cabello y suspiró. Apenas salieron del liceo se fueron hasta el metro para ir al taller de cueca. Mina lo había llevado haciendo dos combinaciones, y finalmente iban en la última línea para llegar a su destino. Entre toda la gente que había ahí, agradeció que no fuera hora punta, porque si no, sería peor que el metro San Joaquín.
Una vez que salieron del subterráneo, caminaron hacia el sitio donde se haría el taller. Katsuki seguía pensando en la vergüenza que tendría que pasar por ser buena persona. Su mamita le había dicho que tenía que ser un cabro bueno y pucha que le costaba, pero hacía lo mejor que podía para serlo.
El enfermo del Hanta tenía toda la puta culpa, y apenas saliera de la licencia, él lo mandaría otra vez al hospital.
—Ya, aquí es —le avisó la chica de cabello rosado fantasioso. Se encontraban frente a una gran sede que no se parecía en nada a las sedes que había cerca de su casa—. Es el medio lugar, ¿verdad?
Katsuki asintió y afirmó con fuerza la correa de su mochila. Si corría rápido de vuelta al metro, Mina seguramente no lo alcanzaba.
Apartó esos pensamientos de su mente cuando escuchó esa cueca que ponían desde que empezó septiembre. Entró con Mina a la sede y pronto vio a varias personas que estaban sentadas en las esquinas, mientras una pareja ensayaba en medio del lugar.
La chica, castaña, no muy alta y con mejillas coloradas, bailaba de forma distinta a como había visto bailar a Mina. Con unos altos tacones, daba pasos coquetos y miraba con una sonrisa traviesa al chico que bailaba con ella. Katsuki, que no era un experto, no sabía mucho de cueca, pero en seguida notó que esa no era la misma cueca que había visto en los actos del liceo.
Y si Katsuki pensó que había visto a hombres bailando cueca "bien", en ese momento se dio cuenta de que estaba totalmente equivocado.
Aquel chico cuyo cabello era una mezcla de negro y verde fantasía, bailaba con mucha más coquetería que la chica. Atrevido y arrogante, cada vez que podía tocaba la cintura de la muchacha y la acercaba hacia él, hasta que tenía que alejarse para continuar. Toda su atención era totalmente dedicada a ella, la estaba conquistando y ese era el espectáculo.
A Katsuki le pareció demasiado. Demasiado erótico.
—Mina, ¿por qué están bailando una cueca tan distinta? —preguntó Katsuki a su amiga que estaba cambiándose las zapatillas por los zapatos de cueca—. Tu y el Hanta no andan bailando así.
—Es que esa es cueca brava —respondió ella—. Es una conquista mucho más... calenturienta por así decirlo —soltó una risa—. Ellos dos son los mejores bailando cueca brava. Una vez bailé con el Izuku y si no fuera porque soy lesbiana, me enamoro ahí mismo.
—Está terrible rico, Mina —dijo Katsuki, como quien pone ojo en su presa—. Mira como baila, si le mete cualquier color. Baila mejor que el weon del Hanta.
—Que eri malo, weon.
El rubio soltó una risa y Mina lo acompañó, sin darse cuenta de que Izuku se había percatado de su presencia.
—Estuvo buenísimo el ensayo, Izu —dijo Ochako, sonriendo alegre—. Aunque creo que podrías quitarme el pañuelo para la próxima, para que hagamos una interacción más sexy.
—Ajá, probemos eso —respondió el chico, alzando una ceja ante el rubio que había llegado con Mina—. Por cierto, ¿ese chico que está ahí es quien yo creo que es?
Ochako miró a donde estaba señalando su amigo y asintió.
—Sip. Mina lo trajo para ti, usando la excusa de que necesitaba un nuevo compañero de cueca —dijo ella, sonriendo—. Me parece que por fin podrás conocerlo, Izu.
Izuku soltó una risita. No creía que Mina hablara en serio cuando le dijo que podía llevarle a su amigo para que lo conociera, ya que él solo había dicho que salía muy lindo en la foto que la chica le mostró.
Pero por supuesto que no se iba a quejar, solo tenía que hablar con él. Esperaría hasta que terminara el taller para poder hacerlo.
Para su sorpresa, el baile de Katsuki fue horrible. En sus diecinueve años, no había visto un baile tan catastrófico. Mina parecía bastante decidida a bailar con él en un inicio, pero después de intentar bailar tres cuecas con él, ya estaba casi arrodillada rezándole a la virgen que le mandara otro.
Izuku y Ochako se dieron una mirada. La chica asintió y apenas el profesor terminó el taller, le hizo una seña a Mina para que se acercara a ellos.
—Hola chicos —saludó Mina, suspirando angustiada.
—Holi. Veo que tienes un gran problema allá —dijo Ochako, simpatizando con el chico rubio que se encontraba en el suelo sentado mirando la pared, probablemente preguntándose que mierda hacía ahí—. Me recuerda a mí, yo también era un desastre bailando, ¿verdad, Izu?
—Bailaba peor de lo que imaginas —rio Izuku, también dirigiendo su mirada hacia Katsuki—. Pero nadie es un caso perdido. Déjamelo a mi —dijo, levantando su pulgar y mirando a Mina.
—Te confiaría mi vida, Izuku —aseguró Mina y señaló a Katsuki—. Te lo traje por un capricho y ahora te lo imploro, ¡haz que ese weon, weon, weon, weon baile!
El pecoso sonrió y pronto caminó hacia Katsuki, haciendo llamado a toda su seguridad cuequera.
—¿Así que tú eres la nueva pareja de Mina? —preguntó Izuku una vez que llegó a su lado.
Katsuki, desde su posición sentado en el suelo, apartó la vista de la pared y miró al chico que reconoció como el bailarín lindo.
—Si, pero yo no sé bailar ni una weá. Mina me trajo pa' no dejarla sola y con la mala cuea que tengo, la voy a hacer perder.
Izuku soltó una pequeña risa, extendiendo su mano para ayudarlo a levantarse. Katsuki, aunque desconfiado, lo aceptó y se puso en pie.
—No te preocupes, no es tan difícil como parece. —Izuku se inclinó un poco hacia él. Katsuki pensó que era un mino terrible confianzudo—. Puedo enseñarte, si quieres.
Katsuki lo miró con escepticismo. Nunca había sido bueno aceptando que necesitaba ayuda, y mucho menos en algo como bailar.
—¿Tú? —soltó Katsuki, con una ceja levantada—. ¿Por qué harías eso?
—Porque Mina es mi amiga y bueno... —respondió Izuku, dando vueltas a su alrededor como si lo estuviera analizando—. Digamos que podría ser un favor.
Antes de que Katsuki pudiera responder, Mina apareció detrás de él con una expresión alegre en su rostro, como si hace unos minutos no hubiera deseado que Hanta bailara con pierna rota y todo—¡Veo que ya se están conociendo! Bien, los presentaré. Izuku, Katsuki. Katsuki, Izuku. Ahora, lo que sigue. Izu, ¿me harías el favor de enseñarle a Katsuki a bailar cueca? Tú eri bacán enseñando, seguramente vai a hacer de este weon el mejor.
Ochako, que estaba junto a Mina, intervino con una risa divertida. —Sí, Deku es muy bueno enseñando.
—¡Más aún a este weon que, seguro, tiene talento oculto! —añadió Mina, dándole un codazo a Katsuki.
—Cállate, weona, si no sé ni moverme bien —respondió Katsuki, frunciendo el ceño y cruzándose de brazos.
Mina le dio un golpe en el hombro, sonriendo con picardía. —¿Vai a aceptar la ayuda de Izuku o no?
Ante las miradas expectantes de los tres, Katsuki terminó cediendo con un bufido, rascándose la nuca con fastidio.
—Ya, oh.
Las chicas festejaron dando saltitos, y Izuku sonrió ladino, como si supiera desde un principio que Katsuki diría que sí.
Ya se habían ido todos los alumnos que estaban en la sede, y Ochako lo notó enseguida.
—¡Profe, nosotros cerramos la sede, vamos a ensayar un ratito más, así que no se preocupe! —gritó Ochako, y el profesor, algo distraído, simplemente les lanzó las llaves y se despidió con un asentimiento.
La castaña le sonrió a Mina—. Vamos a buscar un par de pañuelos nuevos, mientras ellos practican.
Las dos chicas rieron por lo bajo, alejándose del salón con una complicidad evidente.
Katsuki suspiró, resignado, sabiendo que no había escapatoria. —No me hagai quedar mal —murmuró, preparándose para lo que, estaba seguro, sería una nueva ronda de humillaciones.
Izuku lo miró con una sonrisa suave, tranquila. —No te preocupes, vamos paso a paso.
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Los días siguientes fueron una serie de desafíos y avances. Izuku y Katsuki pasaron horas en la sede, trabajando en los pasos básicos de la cueca. Katsuki era un completo desastre al principio. Sus pies chocaban entre sí, perdía el ritmo y, en más de una ocasión, casi derribaba una silla al intentar girar.
—Conchetumare, esta wea es más difícil de lo que pensé —refunfuñó Katsuki después de tropezarse por quinta vez en una hora.
Izuku mantuvo la calma, con su habitual paciencia. —Es solo cuestión de soltar el cuerpo y dejarte llevar. Relájate un poco.
—Relájate vo po, weon —respondió Katsuki, frunciendo el ceño—. Si soy una mierda pa' esta wea.
A pesar de su frustración, Katsuki empezó a notar que Izuku no se daba por vencido. La paciencia de Izuku y su habilidad para enseñar estaban empezando a calar hondo en él. Cada día, sus pasos mejoraban, aunque sus movimientos seguían siendo algo torpes. Sin embargo, ya había un poco más de control, una pizca de gracia en su forma de moverse.
Una tarde, mientras ensayaban, Izuku se colocó detrás de Katsuki. Con cuidado, tomó sus brazos para guiarlo en uno de los movimientos más complicados. El contacto fue breve, pero suficiente para que Katsuki sintiera un escalofrío recorrerle la espalda. No entendía por qué, pero la cercanía de Izuku le hacía sentir... extraño.
—Ahí, eso es, muy bien —dijo Izuku, soltando los brazos de Katsuki una vez que logró dar el paso correctamente.
—Sí po, claro, ahora te hací el simpático —respondió Katsuki, tratando de ocultar el rubor que se formaba en sus mejillas.
Izuku le sonrió con complicidad. —Oye, lo estás haciendo bien. Me estoy sorprendiendo. En el comunal lo harás genial.
—Más te vale que sí —refunfuñó Katsuki, aunque en el fondo empezaba a disfrutar esos ensayos más de lo que admitiría.
—Bueno, creo que ahora que sabes lo básico, podrías aprender algo más. Vamos a añadir un poco de coquetería a tu baile.
Katsuki lo miró con escepticismo. —¿Coquetería? ¿Qué chucha esa wea?
Izuku se rió, divertido. —La cueca no es solo un baile, también es una forma de comunicación. Necesitas añadir elegancia y confianza. Mira, te voy a enseñar cómo hacerlo.
Izuku se colocó frente a Katsuki y le mostró cómo debía moverse con gracia. —Primero, cuando te acerques a tu pareja, asegúrate de mirarla con confianza. No se trata solo de seguir los pasos, sino de transmitir algo con tu mirada y movimiento.
En un gesto fluido, Izuku tomó la cintura de Katsuki, acercándolo un poco más. El contacto fue breve, apenas perceptible, pero suficiente para que Katsuki sintiera que su cintura quemaba. La proximidad de Izuku lo estaba poniendo nervioso.
Y puta que era lindo el weon.
—Ahora, cuando toque el escobillado, tienes que ser directo y fiero, por decirlo de algún modo. Tienes que ir hacia Mina con toda la intención de impresionarla, pero sin ser tosco. Es hacerlo como si fuera el mayor paso para la conquista —continuó Izuku, guiando a Katsuki con paciencia.
Katsuki trató de seguir el ritmo, intentando imitar los movimientos de Izuku. Aunque al principio se sentía incómodo y torpe, empezó a captar la idea de la coquetería y cómo podía hacer que el baile fuera más expresivo.
—Al momento del zapateo, puedes ser tan tosco como quieras. Incluso si haces un zapateo básico, si lo logras con atrevimiento, habrás conquistado a todos los presentes —añadió Izuku, con una sonrisa.
Izuku continuó enseñándole, ajustando pequeños detalles en cada movimiento. A medida que pasaba el tiempo, Katsuki empezó a añadir su propio estilo a la danza. La combinación de elegancia y confianza que Izuku le mostraba poco a poco se fue integrando a su baile, aunque todavía conservaba su toque rudo.
En las semanas siguientes, Izuku siguió enseñándole a Katsuki los matices de la coquetería en la cueca. En cada sesión, le mostraba cómo ser más expresivo y agregar elegancia. Katsuki, aunque algo reticente al principio, comenzaba a captar lo que Izuku trataba de enseñarle.
—Hoy vamos a trabajar en cómo mantener una mirada cautivadora. Cuando te acerques a tu pareja, asegúrate de mirarla con confianza. No es solo seguir los pasos; es crear una conexión.
Katsuki frunció el ceño, intentando captar la idea. —¿Conexión? ¿Cómo chucha hago eso?
Izuku sonrió, acercándose con gracia. —Mira, es como si estuvieras contando una historia con tu baile. Cuando te acercas, lo haces con una intención clara. Mira a tu pareja con una mezcla de desafío y ternura, como si la estuvieras invitando a seguirte en el baile, no solo a mirarte. La cueca es una historia de conquista, como ganarte a tu china.
Los ojos de Izuku eran intensos, rojo y verde entrelazándose en una danza propia. Katsuki se quedó inmóvil por un segundo, tratando de procesar lo que acababa de ver.
—Cuando te muevas, ponle un poco de picardía. No sigas el ritmo de forma automática; hazlo tuyo, marca el compás con elegancia y seguridad. Mira cómo lo hago.
Izuku se movió con una fluidez que dejó a Katsuki observando, sorprendido. La forma en que giraba y se desplazaba lo tenía completamente hipnotizado.
Tienes que sentir la música en cada paso. No es solo un movimiento; es una expresión —dijo Izuku, invitándolo a seguir.
Katsuki, aunque aún incómodo con la idea, no pudo negarse. Algo en su interior estaba comenzando a cambiar, y la cercanía de Izuku hacía que todo en él reaccionara de una manera que nunca habría imaginado. Le gustaba mucho.
Izuku le gustaba mucho, sobre todo cuando bailaba con él y lo miraba con toda esa coquetería que le estaba enseñando, lo cual fue mucho más notorio cuando faltando unos pocos días para el comunal, a Izuku se le ocurrió una idea.
Aquel día, Izuku se le acercó con una sonrisa traviesa a Katsuki después de haberle enseñado un zapateo más complicado.
—Oye, Katsuki —empezó Izuku, con una voz cantadita—. Se me ocurrió algo para ver si realmente te has vuelto más coqueto bailando cueca.
Katsuki, que ya estaba sudando por el esfuerzo del baile, lo miró con el ceño fruncido.
—¿Qué chucha se te ocurrió ahora, weon?
Izuku soltó una risa suave y caminó hacia la silla en donde había dejado su pañuelo. Lo tomó y con un giro dramático, se lo envolvió en la cabeza tal y como lo hacía Mina cuando bailaba. Luego, se plantó frente a Katsuki, con una postura exageradamente femenina.
—¿Qué wea estai haciendo? —preguntó Katsuki, aunque la sonrisa quería asomarse en sus labios.
—Voy a hacer de Mina por un rato —respondió Izuku, alzando las cejas en un gesto juguetón—. Quiero ver si de verdad has aprendido a ser coqueto, porque hasta ahora solo te he visto practicando conmigo. Vamos, demuéstrame lo que sabes.
—Ni cagando, weón —replicó Katsuki, cruzándose de brazos—. No voy a bailar contigo como si fueras Mina.
—¿Te da miedito, Kacchan? —preguntó Izuku inocentemente, con el nuevo apodo que se le acababa de ocurrir. Se acercó un poco más, moviendo los hombros con elegancia casi cómica, como si estuviera entrando en personaje—. Vamos, si puedes bailar conmigo como si fuera ella, vas a poder bailar con cualquiera en el comunal.
Katsuki lo miró con incredulidad, pero el brillo desafiante en los ojos de Izuku lo hizo reconsiderar la idea. Siempre había odiado que lo retaran y esta no iba a ser a la excepción.
—Ya, oh, pero esta wea no la contai ni cagando —gruñó Katsuki, mientras tomaba posición frente a Izuku, dudando entre si podría salir bien o no.
Izuku, haciendo un esfuerzo por no reír, empezó a bailar al ritmo imaginario que resonaba en su cabeza, lanzando miradas coquetas y sonriendo de una manera exageradamente dulce. Katsuki trataba de seguirle el juego, imitando los movimientos que había aprendido, pero claramente sintiéndose raro. De algún modo, le estaba bailando a Izuku.
—Mira, tienes que acercarte más —dijo Izuku, fingiendo ser Mina y usando un tono de voz más alto—. Acuérdate que la cueca es de conquista y no veo que estes conquistándome.
Katsuki intentó hacerlo. Se le acercó a Izuku con una mirada más directa, imitando los movimientos que había visto en los ensayos, tratando de darle ese toque coqueto que tanto le habían enseñado.
Y fue en ese momento, mientras Katsuki se concentraba en "conquistar" a quien fingía ser Mina, que algo dentro de Izuku se removió con fuerza.
La cercanía de Katsuki, la forma en que lo miraba a los ojos, aunque solo estuviera actuando, hizo que un calor subiera por su cuello. Se sintió nervioso, mucho más de lo que esperaba.
Al inicio había sido una broma, un truco para hacer que Katsuki se soltara más, pero ahora... había algo en la forma en que lo miraba... algo había cambiado.
Izuku dejó de ver a Katsuki como el chico rebelde y terco al que intentaba ayudar. No, en ese momento, lo vio como alguien que había despertado emociones extrañas dentro de él.
Izuku sonrió, pero esta vez no fue solo por diversión. Su corazón comenzó a latir más rápido.
—Bien, lo estás haciendo muy bien, Kacchan —dijo, sintiendo como la voz le temblaba ligeramente.
Katsuki estaba tan enfrascado en el baile, que no se dio cuenta del cambio. Hacía sus movimientos con confianza, pero había algo en la forma que Izuku lo miraba, que lo hizo enrojecer de golpe. Ya no era solo bailar con "Mina".
Era la mirada verde jade de Izuku, traspasándolo, tocando su corazón.
En la última vuelta de la cueca, terminaron tan condenadamente cerca que Katsuki se paró en seco y se alejó, aturdido por sentir tan claramente el aroma de Izuku.
—¿Qué chucha...? —murmuró Katsuki con el corazón acelerado por esa razón que no quería entender. Veía el rostro de Izuku y podía notar un ligero sonrojo en él, aún estando seguro de que andaba peor.
El pecoso se quedó quiero por un segundo, cubriéndose el rostro con el pañuelo y luego lo quitó lentamente, soltando una risa nerviosa.
—Lo hiciste... Lo hiciste muy bien...
Katsuki aún se encontraba desconcertado, pero algo en la atmósfera había cambiado. El aire entre ellos se sentía pesado, cargado.
Ninguno de los dos lo había mencionado, pero sabían que algo había pasado en ese momento.
Fue más que un simple ensayo.
Entre los nervios por lo que se avecinaba, Katsuki pensó en lo que su corazón estaba sintiendo y decidió que al menos hasta el comunal, no valía la pena sacarlo a la luz.
Después de dos semanas de arduo trabajo, horas y horas de ensayo y ganas de un suicidio, finalmente llegó el día del comunal y Katsuki no podía evitar sentir una mezcla de nervios y emoción. Sabía que había trabajado duro, pero también temía hacer el ridículo frente a tanta gente.
Había ensayado intensivamente con Mina las tres cuecas que bailarían, siendo una redonda la primera, el ocho la segunda, y finalmente la corralera, que era la que tenía a Katsuki mucho más nervioso.
Mientras ajustaba su pañuelo, buscó con la mirada a Izuku entre el público, pues con Mina lo habían invitado al centro cultural donde harían el comunal de cueca.
Lo encontró rápidamente, su sonrisa cálida destacando entre las filas de espectadores. Izuku levantó el pulgar con una confianza que pareció calmar un poco las dudas de Katsuki. Ese pequeño gesto le dio el empujón que necesitaba. Después de todo, alguien confiaba en él, y ese alguien era importante.
Mina, siempre entusiasta y con su energía contagiosa, le dio un golpe amistoso en el hombro antes de salir al escenario.
—¡Vamos, Katsuki! Dale con todo. Si perdemos, no te preocupi... aunque igual será un poquito tu culpa —bromeó con una sonrisa traviesa.
—Cállate, weona, no me pongai más presión —replicó Katsuki, esbozando una sonrisa a pesar de su aparente irritación. Esa era su forma de demostrar que, de alguna manera, apreciaba el apoyo de su amiga.
Al salir al escenario, el bullicio del público los envolvió. Katsuki sintió la mirada del jurado sobre ellos, y por un momento, su cuerpo se tensó. Pero cuando comenzó la música y Mina empezó a moverse con gracia, algo dentro de él se soltó. Recordó las palabras de Izuku, sobre dejarse llevar y conectar con la música, y empezó a seguir el ritmo. Sus pasos, aunque todavía un poco torpes en comparación con los de Mina, eran mucho más seguros de lo que habían sido al principio. El esfuerzo que había puesto en cada ensayo estaba dando frutos, y eso se notaba.
A medida que la cueca avanzaba, Katsuki empezó a aplicar lo que Izuku le había enseñado sobre la coquetería. Aunque al principio le había parecido una "wea ridícula", ahora entendía el propósito detrás de esos movimientos. Cada vez que miraba a Mina, trataba de añadir ese toque de confianza, esa chispa que Izuku le había mostrado. Y, por primera vez, notó que el público estaba reaccionando. Los murmullos de sorpresa y los aplausos crecientes le indicaban que, de alguna manera, estaba logrando capturar su atención.
Culiao, lo estai haciendo bien, pensó Katsuki.
Mina, por su parte, lo guiaba con naturalidad, como si supiera exactamente qué hacer para sacar lo mejor de él. Y aunque su estilo seguía siendo algo brusco y directo, había una fluidez en sus movimientos que antes no existía. Katsuki no solo estaba siguiendo los pasos, estaba bailando, algo que jamás habría creído posible semanas atrás.
Al llegar el final de la presentación, ambos se detuvieron al unísono, respirando con fuerza, pero satisfechos. El gimnasio estalló en aplausos, y Katsuki, aunque fingía indiferencia, no pudo evitar sentirse un poco orgulloso. El tercer lugar lugar les fue otorgado, y aunque no era el primero, la sensación de logro era innegable.
—¡Lo hicimos, Katsuki! ¡Quedamos terceros! —gritó Mina con una energía que parecía no agotarse nunca, abrazándolo con fuerza.
—Ya, ya, suelta, loca —respondió Katsuki, aunque en el fondo no le molestaba tanto. No podía negar que había algo gratificante en ese abrazo. Era como si, de alguna forma, ese tercer lugar significara mucho más de lo que aparentaba.
Entre el bullicio y las celebraciones, Izuku se acercó con una sonrisa orgullosa y sus aplausos resonando en el aire.
—Les salió increíble, chicos. Estoy muy orgulloso de ustedes.
Katsuki lo miró, con esa mezcla de alivio y agradecimiento que rara vez mostraba. No era fácil para él admitir que alguien le había ayudado, pero esta vez lo sentía necesario.
—Fue gracias a ti, Izuku.
Izuku sonrió, su mirada cargada de una complicidad que no necesitaba palabras para ser comprendida.
Mina estaba tan contenta de que apenas se dio cuenta de esas miraditas entre los dos y simplemente buscó a Ochako, que también la había ido a ver.
—Supongo que para el dieciocho irán a la fonda donde Ochako y yo nos presentaremos, ¿verdad? —preguntó Izuku, quitándole el pañuelo que tenía colgado en el pantalón y pasándolo por el cuello del rubio.
Katsuki sintió que se quedaba sin aire. —Yo creo...
—Bien, entonces nos veremos en tres días, Kacchan. Espero verte ahí —dijo Izuku, sonriendo coqueto para después irse, con el pañuelo de Katsuki en la mano.
—Weon lindo y coqueto —susurró Katsuki, con el corazón latiéndole a mil por hora.
***
El ambiente festivo de la fonda local envolvía a todos los presentes. Las luces brillaban con intensidad sobre los toldos decorados con guirnaldas tricolores, y el aire estaba cargado del aroma inconfundible de las empanadas recién hechas y los anticuchos chisporroteando en las parrillas.
Katsuki, después de pensar en Izuku esos tres días, a cada hora y a cada instante, decidió que tenía que decirle lo mucho que le gustaba. Ese día en la fonda, haría de romántico —o la weaita que saliera nomás po—.
Con Mina habían decidido ir a la fonda que costaba un ojo de la cara, pero que, para su sorpresa, tanto Izuku como Ochako los habían invitado. Cuando llegaron, se reunieron en una mesa al costado del escenario, cada uno con un vaso de chicha en la mano.
Izuku y Katsuki, uno al lado del otro, estaban en una especie de calma, aunque la atmósfera era bulliciosa.
Katsuki, con su mirada característica de desdén mezclada con curiosidad, recorrió con los ojos todo el lugar.
—Gracias por invitarme —dijo Katsuki, volviendo sus ojos al pecoso a su lado que se encontraba terriblemente hermoso con su traje de cueca brava—. Desde que te conocí, la cueca me gusta mucho más.
Izuku, sorprendido pero complacido, le sonrió con esa genuina calidez que siempre lograba desarmar a Katsuki, aunque jamás lo admitiría en voz alta. —Me alegra escuchar eso, Katsuki. Te lo dije, la cueca tiene su encanto.
El sonido de la música de cueca en el fondo y las risas de la gente completaban la escena. Entre ellos, el silencio se tornaba cómodo, como si ya no fuera necesario llenar cada segundo con palabras. Katsuki, aunque seguía siendo el mismo explosivo de siempre, mostraba un lado más relajado, algo más... humano. Izuku lo notó de inmediato. Era sutil, pero en los gestos de Katsuki, en la forma en que no estaba tensando tanto los hombros o frunciendo el ceño, había una apertura que hacía unas semanas habría sido impensable.
Izuku, mientras movía su vaso de chicha en círculos distraídamente, decidió seguir el impulso que había sentido crecer entre ellos desde que comenzaron las clases de baile. —Oye, ¿y si seguimos practicando de vez en cuando? —preguntó, tratando de mantener el tono ligero, aunque sus ojos verdes brillaban con una mezcla de nerviosismo y esperanza.
Katsuki lo miró de reojo, sopesando la idea. —No sé, Deku... ¿no te aburriría bailar con alguien como yo?
Izuku soltó una pequeña risa, negando con la cabeza. —Para nada. De hecho, me encantaría seguir enseñándote. Ya sabes, nunca está de más tener una excusa para vernos más seguido.
Las últimas palabras de Izuku flotaron en el aire, dejando un subtexto claro, pero no dicho en voz alta. Katsuki, que rara vez se dejaba intimidar por nada, sintió cómo su pecho se apretaba ligeramente ante la cercanía emocional que se estaba formando. Pero antes de que pudiera responder, las luces del escenario principal de la fonda brillaron más intensamente, y la atención de ambos se desvió hacia el centro del lugar.
—¡Y ahora, para abrir nuestra fonda con cueca brava, Izuku y Ochako! —anunció el maestro de ceremonias con entusiasmo.
Izuku le lanzó una mirada de complicidad a Katsuki antes de ponerse de pie. —Deséame suerte —dijo con una sonrisa juguetona mientras caminaba hacia el escenario.
Katsuki lo observó en silencio, su corazón latiendo un poco más rápido de lo normal. Izuku se colocó junto a Ochako en el escenario, ambos luciendo orgullosamente sus trajes típicos. La música comenzó a sonar, un ritmo más acelerado y desafiante de lo que Katsuki había escuchado hasta entonces. Esta no era una cueca cualquiera; era cueca brava, una danza llena de energía y picardía.
Ochako, con una sonrisa confiada, dio el primer paso con una elegancia y firmeza que sorprendió incluso a Katsuki. Pero fue Izuku quien realmente capturó su atención. Su compañero no solo ejecutaba los pasos con precisión, sino que parecía flotar sobre el escenario. Cada movimiento tenía una fluidez que no podía ignorar. La forma en que Izuku se movía, como si la música fuera una extensión de su cuerpo, lo dejaba completamente embobado. Katsuki no podía apartar los ojos de él, y mientras lo observaba, se dio cuenta de algo que había estado sintiendo desde hacía tiempo.
Por la mierda, este weon me encanta, pensó, sin querer negarlo más.
—Míralos, po. La Ochako y el Izuku bailan la raja —comentó Mina a su lado, dándole un codazo amistoso. Pero cuando miró a Katsuki y vio cómo lo estaba observando, sonrió con picardía—. ¿Sabí? Te ves igual de embobado que cuando aprendiste a zapatear.
Katsuki, en un intento fallido de ocultar lo que estaba sintiendo, frunció el ceño. —Callate, weona.
La música terminó con una vuelta final y el público estalló en aplausos. Izuku y Ochako se inclinaron agradecidos, mientras volvían hacia la mesa donde estaban Katsuki y Mina. Al acercarse, Izuku no pudo evitar lanzar una mirada directa a Katsuki, una que decía mucho más de lo que las palabras podían transmitir.
—¿Qué te pareció? —preguntó Izuku, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano, mientras tomaba asiento junto a Katsuki.
Katsuki trató de mantener su fachada indiferente, pero no pudo evitar la pequeña sonrisa que apareció en sus labios. —Bailaste bien, weon. Te veíai tan bacán como pensai que eri.
—¿Eso es un cumplido viniendo de ti? —bromeó Izuku, acercándose un poco más.
El silencio entre ellos volvió, pero esta vez era diferente. Era un silencio cargado de tensión, de posibilidades no dichas. Katsuki, que no era el tipo de persona que hablaba de sus emociones, sintió que algo en su pecho lo empujaba a hacer algo impulsivo. Algo que no podía ignorar más.
Izuku lo miró con una mezcla de nerviosismo y algo más profundo. Algo que había estado creciendo entre ellos desde que comenzaron las prácticas de cueca. Y entonces, sin pensarlo dos veces, Katsuki lo tomó de la nuca y lo acercó hacia él, sus labios encontrándose en un beso breve pero intenso. Fue rápido, casi como un estallido de todas las emociones contenidas, pero ambos supieron al instante que algo había cambiado.
Cuando se separaron, Izuku lo miró sorprendido, pero con una sonrisa que iluminaba todo su rostro. —Bueno... parece que te tomaste bien en serio lo de la conquista, Kacchan...
Katsuki desvió la mirada con el rojo haciendo mella en su rostro. —No me hagai hablar de eso, weon.
Izuku rió suavemente y se inclinó hacia él de nuevo, esta vez con un brillo juguetón en sus ojos. —Entonces, ¿qué te parece otra vuelta?
Katsuki lo miró con incredulidad, pero después de unos segundos, su típica expresión desafiante volvió a aparecer. —Ya, pero no te pongai chistosito, que aún soy mejor que vo en otras cosas.
Y así, mientras la música volvía a sonar, Izuku tomó la mano de Katsuki y lo invitó al centro de la pista. Ambos se perdieron en el ritmo de la cueca, esta vez no solo como compañeros de baile, sino como algo mucho más cercano, algo que había comenzado a florecer desde el primer momento en que se miraron a los ojos. Ese amor que había nacido al son de una cueca.
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-Hada💫