Dejarte Ir por Himura en Inkitt
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Dejarte ir

Sinopsis

La pesadilla en Musutafu comenzó en el instante en el que un virus se propagó ocasionando que las personas perdieran el control y comenzaran a devorarse unas a otras. La última esperanza reside en la recuperación de una muestra sanguínea del que es considerado como el paciente cero. Katsuki e Izuku se embarcan en una misión para recuperar dicha prueba sin saber que esa podría ser la última vez que podrían verse.

Genero:
Horror/Drama
Autor/a:
Himura
Estado:
Completado
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Dejarte ir

DEJARTE IR

Los gruñidos de las criaturas los seguían demasiado cerca, mucho más de lo que a Katsuki le gustaría. Ya le dolían los pulmones de tanto correr, la presión contra su pecho era desesperante, pero se negaba a rendirse. Su mano se aferraba con fuerza de la mano de Izuku para evitar separarse. Quedaba tan poco para llegar al refugio que casi podía saborear el aroma a quemado de la sopa de Mina de la que siempre se quejaba por su mal sazón, pero que en esos momentos quisiera volver a probar a toda costa. Constantemente llevaba su mano libre hacia el bolso interior de su chamarra para asegurarse de que el frasco con la muestra del paciente cero, que tanto trabajo les había costado conseguir, seguía ahí. Aquel frasco era lo más cercano a una cura para todo el desastre de la invasión zombi que habían podido obtener. Los únicos sobrevivientes de un grupo de diez personas que habían sido designados específicamente para conseguir esa prueba solamente eran Izuku y él. Y apenas lo estaban consiguiendo. Fueron emboscados por una horda grande de zombis justo antes de que pudieran tomar la ruta por donde se encontraba el refugio. Habían tenido que pelear para poder librarse de ellos, pero los habían encontrado de nuevo. Si no conseguían perderlos sería su fin pues ya estaban bastante cansados.

— Basta Kacchan… ya no puedo más. — La voz de Izuku sonaba exhausta, incluso gruesa y pastosa, probablemente por el esfuerzo sobrehumano que estaba haciendo el peliverde para continuar en aquella carrera.

— ¡No digas tonterías, nerd! — Respondió Bakugo en enojo y en respuesta aferró con más fuerza la mano del peliverde. Definitivamente no le iba a permitir a ese idiota rendirse a esas alturas. — ¡Ya casi lo conseguimos!

— ¡No! — Izuku se soltó y se detuvo con la respiración agitada. Llevando las manos a las rodillas, se encorvó mientras tosía constantemente y jadeaba.

— ¡¿Qué estás haciendo imbécil?! — Bakugo arrugó la nariz, sintiendo la desesperación recorrer todo su cuerpo. De ser necesario golpearía a ese estúpido nerd, si con ello conseguía que moviera su jodido trasero. Se acercó un par de pasos a penas conteniendo su ira. — No te vas a rendir, ¿me oyes? Debemos llevar esta prueba para que puedan hacer una cura, ¡es la esperanza por la que siempre hemos estado luchando desde que toda esta mierda comenzó! Así que mueve tu estúpido trasero y vámonos antes de que esas cosas nos alcancen.

— Ya no hay esperanza, Kacchan… — Respondió Izuku sintiendo su cuerpo estremecerse. Su visión comenzaba a nublarse y solo entonces se dio cuenta de que estaba comenzando a llorar. En consecuencia, retrocedió varios pasos para separarse del rubio sintiendo el miedo recorrer cada una de sus terminaciones nerviosas.

— ¡No digas estupideces, Deku! ¡Sólo vámonos! — Katsuki jamás iba a admitir que estaba comenzando a sentir un terror distinto a lo que esas criaturas le provocaban, unas criaturas que cada vez se escuchaban más cerca de donde se encontraban. — ¡Vámonos! — Insistió extendiendo su mano para volver a tomar la del pecoso. — Por favor. — Y Katsuki Bakugo nunca pedía las cosas por favor. Nunca. Pero la resistencia de Izuku por tocarle le estaba poniendo los nervios de punta.

— Ya no hay esperanza, Kacchan. — Repitió Izuku, incorporándose poco a poco para poder mirar a Katsuki con una expresión desolada. — Ya no hay esperanza para mí. — Puntualizó el peliverde y para comprobarlo, le mostró al rubio su mano izquierda en donde podía apreciarse una gran marca de mordida. Las venas alrededor de la zona herida ya se habían oscurecido y el color se esparcía ya por todas venas de su brazo como si fueran enredaderas. Izuku estaba seguro de que en verdad ya se había extendido por todo su cuerpo pues el dolor que lo estaba recorriendo iba en aumento y era insoportable.

Los ojos rojos del rubio se abrieron de par en par ante la sorpresa de la revelación que le estaba haciendo el peliverde. La noticia le había caído como una cubetada de agua fría en pleno invierno por todo el cuerpo. Eso no podía estar ocurriendo justo en esos momentos. Justo cuando él mismo cargaba con la muestra que podría poner un fin total a toda esa mierda. Y entonces, Bakugo observó con mejor detalle el aspecto de Izuku. ¿Cómo no se había dado cuenta de lo que había estado ocurriendo? El verde que tanto le gustaba de sus ojos ya no mostraban ninguna chispa de vida, lo que debería estar de color blanco ahora se había oscurecido. Su piel, comúnmente tostada por el sol, ahora se encontraba pálida, de ese aspecto enfermizo que tenían las personas justo antes de morir. En sus labios había rastros de sangre, seguramente resultado de la tos que lo había atacado hace unos minutos. Sin lugar a duda la transformación ya era un hecho inminente. El dolor que sintió Bakugo en el corazón y en el alma solo le provocaba querer desgarrar su garganta a base de puros gritos de desesperación, aunque eso significara delatar su ubicación.

— Izuku… — Bakugo intentó a acercarse, pero el peliverde negó, dedicándole una sonrisa triste, pero al mismo tiempo tranquila.

— Lo prometimos, Kacchan. ¿Lo recuerdas? — Mencionó el peliverde, pero fue el turno de Katsuki de negar por completo desesperado. Sí, era consciente que desde la primera vez que pelearon con esas criaturas, habían prometido que, si alguna vez alguno de los dos era mordido, no iban a permitir que la transformación se completara, pero ahora que en verdad había llegado el momento de cumplir dicha promesa, se rehusaba a hacerlo porque eso significaría que tenía que dejar ir a Izuku. — Prometimos que, si algún día esas cosas nos mordían, no íbamos a permitir que nos transformáramos. Por favor, Kacchan.

— Tenemos la muestra, nerd. Cumplimos con nuestra misión. Solo tenemos que llegar al refugio y luego… luego… de seguro que podrán hacer algo por ti. — A Bakugo le estaba costando demasiado trabajo respirar y tuvo que cubrir su boca para evitar que se pusiera a gritar con desesperación.

— Sabes bien que eso no pasará, Kacchan. Me transformaré antes de llegar y te atacaré. — Izuku se acercó al rubio con pasos inseguros. — No permitas que me convierta en un monstruo también, no quiero herirte. Mátame y lleva esa muestra para que todos nuestros amigos se puedan salvar. Por favor, Kacchan.

Pero por toda respuesta, Katsuki se dejó caer de rodillas con la impotencia de la situación carcomiéndole el corazón. Volvió a ver a Izuku, quien le dedicó otra sonrisa, que era lo único humano que aún le quedaba. — ¿Por qué? ¿Por qué ahora Izuku? ¡¿Por qué carajos no te cuidaste?! ¡¿Por qué te descuidaste de esa manera tan irresponsable?! — Respondió enojado, cada vez aumentando el nivel del tono de su voz. En consecuencia, Izuku se animó a acercarse para abrazarle una vez que se puso también de rodillas. De inmediato, Katsuki se aferró al cuerpo de Izuku como si su propia vida dependiera de ello. — ¡Se suponía que siempre estaríamos juntos, carajo!

Izuku estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano para no perder la poca cordura que aún le quedaba ante el dolor que estaba recorriendo todo su cuerpo. Pero, olvidándose incluso de sí mismo, comenzó a acariciar el cabello rubio del chico en un intento de consolarle. ¿Serviría de algo decirle que se había dejado morder para poder evitar que fuera Katsuki quien fuera mordido? No. Además, no se arrepentía de nada y no quería que Katsuki cargara con culpas innecesarias. — Gracias por todo, Kacchan. Fui bastante feliz a tu lado, tenías que saberlo.

Katsuki lloró por primera vez en mucho tiempo mientras abrazaba el cuerpo del peliverde con tanta fuerza, que casi parecía como si quisiera fusionarse con él. Quería despertar de ese espantoso sueño de una vez por todas. ¿Por qué de entre todos los que habían ido a aquella misión tuvo que pasarle esa mierda a su novio? Por un iluso momento había creído que al fin todo se resolvería y podría vivir en paz junto con el peliverde. Pero había sido demasiado estúpido e ingenuo como para haber albergado, aunque sea un poco de esperanza. Había comenzado aquel viaje junto con Izuku. Ambos habían pasado por tantas cosas horribles. Habían sido testigos de eventos desagradables. Habían visto a muchos de sus amigos morir frente a sus ojos, algunos convertidos, otros devorados y otros cuantos sacrificándose. Pero Izuku siempre había estado ahí. Izuku le había perdonado por un pasado en donde le había atormentado un día sí y el otro también. Katsuki sabía que todo saldría bien porque Izuku estaba ahí para pelear a su lado, hombro con hombro. Ambos se protegían mutuamente. Eran un equipo. No. Eran mucho más que eso.

Con el tiempo, y a pesar de estar rodeados de muerte, aprendieron a quererse. De sobrellevar el dolor de la pérdida de familiares y amigos teniéndose el uno al otro. La primera vez que se besaron se sintieron confundidos, pero no se habían arrepentido pues de alguna manera supieron que todo lo que estaba pasando era lo correcto. Katsuki siempre comparaba la sensación de aquel primer beso, con la que de seguro era capaz de sentir una persona que se está muriendo de sed en el desierto, y que, por algún tipo de milagro inexplicable, se ha encontrado un oasis y puede saciar su sed. Porque para Bakugo eso significaba Izuku: su propio oasis, su lugar seguro en donde toda la maldad del mundo no tenía acceso. Con él había conocido lo que era la verdadera felicidad por más contradictorio que sonara al vivir al borde de la muerte todos los días. Y Katsuki deseaba aferrarse a esos recuerdos dulces que le había regalado el pecoso mientras sentía los estremecimientos del cuerpo ajeno.

— K-Kacchan… — Susurró el peliverde intentando llamar su atención. Incluso hablar le dolía demasiado, pero era consciente de que aquella sería la última vez que tendría para poder decir lo que quería antes de perder la cordura por completo y que su cerebro dejara de funcionar. — ¿M-Me cantarías una última vez? — Volvió a susurrar cada vez más débil. Su cuerpo había dejado de funcionar.

Katsuki separó un poco el cuerpo del peliverde para poder verle directamente a los ojos. Su sonrisa tembló mientras su mano enmarcaba la mejilla pecosa del chico con ternura. Aquel rostro ya no se parecía en nada al nerd que había aprendido a amar en medio de aquel mundo lleno de muerte, pero simplemente no podía abandonarlo. No al chico que siempre estuvo con él en sus peores momentos.

Sé qué hay en tus ojos con solo mirar

Que estás cansado de andar y andar

La primera vez que se atrevió a cantar enfrente del peliverde había sido después de escapar de la universidad. El día en el que todo el mundo se vino abajo. De alguna manera, que ninguno de los dos podía entender, habían conseguido llegar hasta la sección de apartamentos en donde vivía Izuku con la esperanza de encontrar a su madre, y decidir cómo actuar respecto a lo que estaba pasando. Pero al llegar al lugar lo que encontraron fue a Inko Midoriya convertida en una más de esas criaturas. Izuku se paralizó al ver a su madre mientras ésta intentaba atacarlo. Resultó evidente que no pudieron defenderse, y al final, había tomado a Izuku de la mano y lo había obligado a correr hasta que estuvieron a salvo lo bastante lejos. Ese día terminaron en una bodega abandonada a oscuras, con hambre y sin ser capaces de poder dormir. Izuku no dejaba de llorar así que sin detenerse a pensar demasiado en lo que hacía, le había abrazado, y en un intento de calmarle, se había puesto a cantar con voz muy baja una canción que apenas recordaba. Al final, en medio del sonido de los gruñidos espantosos de las criaturas y los gritos de las personas que caían víctimas de ellas, se sintió satisfecho cuando consiguió que el peliverde se calmara entre sus brazos y durmiera un poco.

Sé que las ventanas se pueden abrir

Cambiar el aire depende de ti

La segunda vez que lo hizo pasó mucho tiempo después, en una noche sin luna y bajo el cobijo de las estrellas. Izuku tenía la teoría de que las ciudades eran más peligrosas porque ahí se concentraban el mayor número de personas, así que escaparon a la zona rural en cuanto tuvieron oportunidad. Izuku había tenido razón, por su puesto, pero su orgullo pudo más que él y nunca se lo dijo. Llegaron a una granja desocupada más cansados de lo que les gustaría admitir y con los suministros de comida alarmantemente bajos. Aun así, mientras se encontraban recostados uno al lado del otro sobre un montículo de paja dentro del granero de la granja, se estaban divirtiendo, inventando nombres a las estrellas que a penas eran visibles a través del gran agujero que se encontraba en el techo sobre ellos. Aquello se había sentido como algo idílico. Él había sido el ganador de un juego de cosquillas en donde Izuku le acusó de ser un tramposo, pero le había recompensado con un maremoto de besos que al final les permitió liberarse de las ataduras del nerviosismo, y por primera vez, exploraron sus cuerpos en medio de un éxtasis que ninguno de los dos había experimentado con nadie. Consumar algo que ambos deseaban, los llevó a tocar el mismo cielo y atreverse a soñar en un mundo donde ambos pudieran vivir felices sin sentirse constantemente amenazados de muerte por unas criaturas devoradoras de carne humana. Aquella noche le cantó a Izuku sintiendo por primera vez una calma en su corazón que le hizo prometerse proteger aquello que tenían con uñas y dientes para que durara para siempre.

Es mejor perderse que nunca embarcar

Mejor tentarse a dejar de intentar

La tercera ocasión que se atrevió a cantar para su novio, fue la noche anterior de comenzar con aquella misión que los había llevado a salir en la búsqueda de aquella prueba médica del paciente cero que ahora se encontraba guardada en el interior de su chamarra. Aquella noche, se habían acostado juntos y se habían tomado de las manos mientras compartían las posibles estrategias que iban a utilizar en la misión. Después estuvieron hablando de tantas cosas que justo ahora no podía recordar, pero lo que sí se había grabado en su memoria había sido la sonrisa de Izuku mientras insistía en besarle a pesar de la resistencia del rubio por estar hablando de cosas muy serias. Y aunque no era capaz de recordar las palabras que compartieron, si era capaz de recordar todas las emociones y sensaciones que Izuku le había transmitido mientras sus cuerpos se entrelazaban para poder convertirse en un solo ser una vez más. Aún con la respiración agitada, y mientras besaba la frente perlada de sudor de su novio, comenzó a cantar con demasiada suavidad, buscando relajar sus corazones al ser consciente de la peligrosidad que conllevaba la misión que iban a llevar a cabo en algunas horas. Izuku le había abrazado con cariño mientras escuchaba aquella canción que se había convertido en su favorita.

Se que lo imposible se puede lograr

Que la tristeza algún día se irá

— K-Kacchan… — Izuku susurró tan débil que Katsuki no dudaba de que sería quizás su último aliento. — T-Tengo miedo.

Katsuki negó al mirar el rostro de su novio. Se le partió el corazón cuando descubrió sus ojos por completo transformados, totalmente negros. Izuku había comenzado a llorar, pero sus lágrimas eran gruesos surcos de sangre ennegrecida. Y, aun así, para Bakugo, Izuku Midoriya seguía siendo el ser más hermoso que había visto en toda su vida. Se inclinó un poco para poder posar sus labios sobre los de su pareja que se encontraban agrietados y resecos. — No te esfuerces tanto, nerd. Estoy aquí, contigo. Como siempre.

Pero Izuku, yendo por completo en contra de sus recomendaciones, algo que siempre sucedía entre ambos, volvió a hablar. — T-Te amo, K-Kacchan… yo siempre… lo hice. —Continuó el peliverde apenas audible mientras sus ojos se cerraban para siempre.

Katsuki quiso gritar de impotencia, odiándose por no haber sido capaz de proteger lo que consideraba como lo único importante que le quedaba en la vida. Pero ante la imposibilidad de no poder hacerlo para evitar que las criaturas los descubrieran, simplemente abrazó con más fuerza al peliverde contra su cuerpo. — También te amo, Izuku. Con toda mi alma. — Susurró sabiendo que ya no iba a conseguir una respuesta por parte de su novio. Izuku suspiró una última vez antes de que todo su cuerpo se relajara por completo y su corazón dejara de latir mientras continuaba entre los brazos del rubio.

Katsuki Bakugo siempre se había considerado una persona fuerte. Incluso cuando se enteró de la muerte de sus padres no había podido llorar mientras Izuku le abrazaba para consolarlo. Pero nada de lo que habían vivido desde que aquel mal sueño había comenzado, lo habían preparado para el dolor que sentía en su alma y en su corazón tras la pérdida de Izuku. Se negaba a soltarle mientras descargaba toda su frustración a través de un llanto desgarrador. Se negaba a creer que nunca más volvería a ver su sonrisa, a escuchar su voz, a emocionarse con alguna de sus descabelladas ideas. Se negaba a aceptar que ya nunca más lo volvería a ver, o que jamás tendría la oportunidad de tenerlo una vez más entre sus brazos. Pero al sentir el cuerpo inerte de su pareja, de ser testigo de la palidez de su piel y de la ausencia de la calidez habitual que tanto caracterizaba al peliverde, había terminado por destrozarle el corazón y conseguir que simplemente no dejara de llorar.

Él, quien siempre se había caracterizado por su desgarradora tenacidad, quien nunca se daba por vencido, aunque se encontrara rodeado de criaturas devoradoras de carne humana, por primera vez Katsuki Bakugo deseaba con todas sus fuerzas rendirse y morir, para así poder seguir al lado de su novio. Un sentimiento que se incrementó cuando comenzó a sentir la manera en la que el cuerpo de Izuku comenzaba a moverse como si se estuviera convulsionando. — Por favor no. — Susurró de manera desgarradora negándose a soltar aún el cuerpo de su pareja, llorando con más fuerza ante los gruñidos que comenzaban a emerger de su garganta. Izuku estaba regresando, pero no de la manera que tanto necesitaba y deseaba. Podría simplemente continuar ahí y permitir que fuera el mismo Izuku quien le mordiera para poder continuar juntos de alguna manera. Por primera vez en mucho tiempo estaba contemplando morir también.

Vive

Katsuki reaccionó ante el sonido de la voz de su novio, sabiendo que ya era imposible que eso pasara pues el cuerpo que estaba sosteniendo entre sus brazos ya no le pertenecía y carecía de cualquier signo de vida. Izuku jamás sería capaz de hacerle daño, y ese ser cuando por fin abriera sus ojos su único propósito sería matarlo. Por más que quisiera morir en esos momentos, sabía que no podía hacerlo porque le había prometido a Izuku que llevaría esa muestra al refugio ya que representaba la esperanza de todos los que aún continuaban con vida. También le había prometido matarle. Izuku no quería ser parte de esos monstruos, aunque eso le terminaría destruyendo el corazón de nuevo. — Lo siento tanto, mi amor. — Katsuki sonrió con tristeza mientras recorría una última vez las facciones de su pareja con sus dedos. Luego de unos minutos, cuando Izuku comenzó a abrir su boca y a emitir cada vez más gruñidos, Katsuki sacó su cuchillo de caza y antes de llegar a arrepentirse lo enterró por completo, directamente sobre la sien del pecoso, volviendo a llorar cuando aquel cuerpo se desplomó y dejó de moverse al fin.

Afuera, el mundo seguía siendo un completo pandemónium, pero aquello no podía importarle menos en esos momentos a Katsuki, porque su propio mundo se había derrumbado con la partida de su compañero. Había perdido lo que más le importaba en toda la vida. Nunca esperó poder ser capaz de sentir un dolor tan desgarrador. Con suma delicadeza dejó el cuerpo de su novio en el suelo y después se marchó con prisa sin mirar atrás, sintiendo que todo sucedía en una especie de cámara lenta y con el cuerpo por completo entumecido. Salió de aquel edificio sin prestar atención a nada más, ignorando el dolor y los gruñidos de las criaturas que insistían en perseguirle. La tristeza y la desesperación se convirtió pronto en una profunda ira que fue desahogando al golpear a cada criatura que se cruzaba en su camino.

Para cuando llegó al refugio no faltaba mucho para el amanecer y el cansancio se reflejaba en su mirada. Fue recibido por Kirishima, su mejor amigo, quien le abrazó feliz de verle de regreso, pero al percatarse de que alguien tan arisco como lo era Katsuki se dejaba abrazar por alguien que no fuera Izuku, se separó de él para poder verle mejor. — ¿Bakugo? ¿Estás bien? — Preguntó al ver la sangre en las ropas del rubio y al percatarse de su mirada perdida. Después desvió su atención a la entrada del refugio, esperando que alguien más entrara. Alguien que al final jamás lo hizo. — ¿Y los demás? — Después de un momento, Kirishima guardó silencio al notar el tipo de mirada que le dedicaba el rubio, como si quisiera matarlo por hacer preguntas tan estúpidas. Pero también lo miraba como si fuera alguien que lo acaba de perder todo en la vida. Un escalofrío le recorrió, no queriendo creer que algo realmente malo había pasado. — ¿Midoriya? ¿El resto del equipo?

Katsuki se apartó del pelirrojo como si su contacto le infligiera un enorme dolor y sin responder nada, sacó la prueba médica y se la entregó al pelirrojo con cierta brusquedad. — Has que el doc haga un buen uso de esto. Mas vale que haya valido la pena. — Se apartó de su amigo y siguió avanzando hacia el interior del refugio, no tenía ganas de hablar con nadie.

— ¡Espera! — Respondió finalmente sujetando el brazo del rubio para detenerle. — Estas herido, necesitas que te revisen.

— Esta sangre no es mía. — Murmuró con desgana para finalmente soltarse y mirar al pelirrojo con rabia.

Kirishima no mencionó nada más mientras dejaba marchar a su amigo, quien parecía tan frágil que, de no dejarle ir, estaba seguro de que terminaría por quebrarse de un momento a otro. El pelirrojo suspiró mientras llevaba la muestra que habían conseguido aquel grupo que lo había arriesgado todo con tal de otorgarles, aunque sea un poco de esperanza.

***

Un poco antes del amanecer, las personas que se encontraban en el refugio comenzaron a celebrar ante la expectativa de la posible creación de una vacuna que pudiera ayudar a la humanidad contra la amenaza que representaban la existencia de los zombis. Katsuki era consciente que para poder conseguir aquella alegría fueron necesarios varios sacrificios, entre ellos la perdida de varias personas que estuvieron dispuestas incluso a morir. Sabía que debía sentirse feliz también, porque tener un poco de esperanza era mejor que no tener nada. Pero, mientras escuchaba el discurso de Kirishima sobre honrar a quienes ya no estaban y todo lo que les debían, lo único que era capaz de sentir era unas inmensas ganas de vomitar. Porque Izuku debería de estar ahí con él, y ahora ni siquiera podía tener una tumba donde hacerle compañía al final del día. Sin poder resistirlo más, se alejó de todos no soportando tanta alegría que no compartía.

Vive

Katsuki se detuvo en seco al escuchar de nueva cuenta la voz del peliverde que lo incitaba a continuar viviendo lo que él ya no podía. El rubio cubrió su boca para evitar gritar de la impresión, porque mientras todos se encontraban festejando, el corazón de Katsuki Bakugo terminaba de romperse en millones de pedazos más, pues entre todas las personas era capaz de apreciar la silueta translucida de su novio que le sonreía con todo el amor que siempre le había demostrado, y también, le miraba con completo orgullo por haber cumplido con su promesa a pesar de todo lo que sentía.

— ¿Bakugo? ¿Estás bien?

Tanto Kirishima como el resto de los amigos del rubio se acercaron a él con cuidado cuando notaron su expresión por completo ajena a la algarabía de todos. Sin detenerse a pensar demasiado en sus acciones, todos envolvieron a su amigo en un abrazo que sabía que necesitaba por más que lo negara. Pero Katsuki no le estaba prestando atención a nada, ni siquiera escuchaba la risa que prevalecía de parte de todas las personas dentro del refugio, porque mientras todos reían y se abrazaban contentos de que la pesadilla por fin iba a terminar, él no podía hacer nada más que volver a llorar en silencio entre los brazos de sus amigos por ese amor que había perdido, de la misma manera en la que el espíritu de su pareja se desvanecía lentamente con los primeros rayos de luz del amanecer.

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