Capítulo 1: El chico de los patines
—Luc, ¡quiero este helado! —exclamó un niño señalando la carta.
—¿Un helado ahora? —Luc miró la hora en su móvil y se lamentó—. Ya es muy tarde, Mike...
—Lo sé, pero... ¡hace mucho calor!, y seguro que hoy comeremos tarde.
Luc observó a su hermano con cierta reticencia. La última vez que les dos decidieron antojarse comida a unas horas parecidas, su madre les regañó.
—Sabéis que siempre cenamos pronto —les recordó Ruth—, y vosotros vais y os zampáis dos cruasanes. ¿En qué estabais pensando?
—En que estaban buenos... —susurró el pequeño, y Luc tuvo que aguantarse la risa.
—¿Qué has dicho?
El rostro de Mike se volvió serio de nuevo.
—No, nada. Tienes razón. Perdón.
La mujer suspiró y se volvió hacia la otra persona implicada.
—Y tú, Lucie —le joven se tensó al escuchar aquel nombre—. Eres la hermana mayor, se supone que tienes que dar un buen ejemplo. No vuelvas a permitir algo así. ¿Entendido?
Luc bajó la mirada y clavó sus uñas en la palma de su mano. Odiaba cuando su madre le llamaba por ese nombre, por mucho que se lo hubiera puesto.
—Lucie, ¿me has entendido? —repitió molesta.
—¡Lucie!
—¡Luc!, vamos, ¡por favor! solo es un poco de agua... te prometo que luego cenaré.
La voz de Mike le devolvió a la realidad al mismo tiempo que una gota de sudor bajó por su frente.
Luc inhaló una bocanada de aire y luego lo expulsó lentamente.
No eres ‘la hermana mayor’ de nadie, se recordó.Nunca lo fuiste.
—Está bien —dijo finalmente—, te compraré el helado.
La sonrisa del niño reapareció.
—¿De verdad?
—Sí, pero solo esta vez, ¿de acuerdo?, y mamá no tiene que enterarse de esto.
—Lo prometo, ¡mis labios están sellados!
El gesto de Mike cerrando su boca con cremallera le sacó una sonrisa. Nunca había roto ninguna de sus promesas, y sabía que esta tampoco sería la excepción.
—Anda, dime qué helado quieres.
—¡El de fresa! —señaló Mike, radiante.
—Está bien.
Luc sacó su cartera y se dirigió hacia el mostrador, justo a la izquierda de la entrada.
—Buenas tardes —dijo saludando al dueño—. Un polo de fresa y otro de limón, por favor.
—Un momento.
Mientras el hombre de mediana edad se volteaba para buscar en su nevera, Mike le dedicó una mirada sospechosa a su hermane.
—¿Dos helados? —preguntó, alzando una ceja.
—Ya que estamos debería aprovechar también, ¿no?
Mike apretó los labios y asintió.
—Justo.
—Polo de fresa y limón —El hombre colocó los dos helados sobre la mesa, y con una sonrisa agradable, añadió—: ¿algo más?
—Pues... de hecho sí —respondió Luc tras recordar porque habían salido—. ¿Tiene pilas pequeñas?
—Claro, ¿cuántas quieres?
—Dos paquetes de cuatro, ¿tienes?
Una vez la compra pagada, Mike y Luc abrieron sus respectivos caprichos y emprendieron su camino de vuelta a casa.
—¿Crees que mamá se creerá que las pilas cuestan ocho euros? —ponderó el niño.
—Definitivamente no —respondió Luc. Su madre miraba demasiado al dinero como para no darse cuenta de ello—, pero no te preocupes. Le devolveré el sobrante como si hubiera gastado solo eso.
—¿Con tu dinero?
—¿Con cuál si no?
Mike se quedó en silencio. Si hubiera sabido que Luc pagaría de más, jamás le habría propuesto comprarle el helado. Ahora se sentía mal.
—No te preocupes por eso —intentó tranquilizarle—. Tengo dinero de sobra.
—Lo sé, pero... es tu dinero. —Mike agachó la cabeza con lamento y murmuró—: Deberías gastarlo en algo que desees. De tú lista, por ejemplo...
—¿Lista? —Luc frunció el ceño—. ¿Qué lista?
—Una que escribiste...
—¿Yo?
El asentimiento de Mike confundió a le joven, pues a pesar de querer comprarse varias cosas, no tenía memoria de haberlas escrito en ninguna parte.
—¿Seguro que no lo has soñado?
El niño permaneció en silencio sin saber muy bien cómo responder. Hace unos días, buscando entre las cajas de la mudanza, había hecho caer accidentalmente un papel al intentar coger un libro. Curioso, ojeó su contenido y comprendió que se trataba de una lista de deseos - de esas que él solía escribir cada vez que se acercaba la navidad.
—No —dijo con contundencia—. La vi el otro día en... ¡Luc, cuidado!
Ante la inesperada advertencia, le hermane se giró; momento precioso en el que, sin espéralo, alguien se chocó contra elle y le abalanzó contra el suelo.
—Luc, ¡Luc! —Mike se agachó de inmediato e intentó ayudarle—. ¿Estás bien?
Luc se incorporó con su espalda, y ligeramente aturdide, respondió:
—Creo que sí... ¿qué ha pasado?
Mike miró hacia la dirección en la que se encontraba la otra persona, y Luc le imitó. Parecía claro lo que había sucedido.
—Intente avisarte, pero... —Mike suspiró—. Llegué un poco tarde.
Luc se incorporó con la ayuda de su hermano, y analizó a le desconocide. Tenía la piel ligeramente bronceada, y aunque no era capaz de verle bien la cara por el casco, desprendía un aura masculina ciertamente atractiva.
Espera, ¿un casco?Rápidamente, sus ojos descendieron y se fijaron en los patines color grises que llevaba puestos.
—Te estabas metiendo en un carril bici —dijo Mike señalando el suelo.
Luc se sorprendió ante la realización, pero tenía razón: la acera estaba pintada de color rojiza y con líneas discontinuas blancas. El calor le subió de golpe a las mejillas.
—Perdona —se disculpó Luc con cierta vergüenza—, no sabía que estaba pasando por un carril bici...
La persona ignoró la disculpa y se incorporó en un solo impulso.
—Esos arañazos... —A Luc se le paró momentáneamente la respiración—. ¿Son de ahora...?
Le joven levantó finalmente el rostro y los miró.
—...No es nada —dijo con indiferencia; y sin esperar respuesta, se marchó.
Les dos hermanes siguieron con la mirada su recorrido hasta ver como se perdía por una de las calles.
—¿Qué... qué acaba de pasar? —preguntó Luc, trastornade.
—Se ha metido una castaña y se la pela.
Luc fulminó a su hermano con la mirada.
—Mike, esa boca.
El señalado se justificó.
—Pero es verdad. Lo menos que te esperas en esta situación es una reacción, buena o mala, pero él... se ha ido como si no hubiera pasado nada.
—¿Tal vez tenía prisa?
El niño levantó las cejas.
—Vale, tienes razón. Ha sido muy raro. Y descortés.
Aquel mismo pensamiento, sin saberlo, hizo que a Luc le doliera el pecho.
—A mí también me lo ha parecido —dijo Mike—. Era como si no quisiera saber nada de nosotros.
Con un suspiro, Luc recogió su helado —ya sucio— del suelo, y lo tiró a la papelera más cercana.
Y así es como se desperdician dos euros.
—Luc, ¿y si en realidad el chico no quería hablar porque no podía oírnos?
Le hermane se giró hacia donde se encontraba Mike, y no le sorprendió verle con la mano en el mentón. Había visto tantos episodios de Detective Conan, que imitarlo se había vuelto una costumbre. Luc sonrió.
—¿Por qué piensas eso? —preguntó, con sincera curiosidad.
—Pues... porque creo que no me oyó cuando te grité. Y tampoco es como si llevara auriculares para no hacerlo...
—¿Crees que puede estar sordo? —ponderó Luc.
—Pienso que sí. Eso explicaría porque nos ha ignorado. Aunque podría haber otras posibilidades que no conozcamos.... —el niño suspiró en un lamento.
Luc miró una última vez hacia la dirección en la que se había ido... ¿el chico? y reflexionó ante dicha posibilidad. ¿Sería esa la razón por la que había reaccionado de esa manera?, ¿por qué no podía escuchar? Con la pregunta lanzada, su corazón explotó; y con él, una extraña sensación de volverle a ver.