Capítulo 1: La boda del siglo
MAEVE
De todas las cosas que imaginé que saldrían mal hoy —que se derramara vino tinto, flores marchitas o incluso que el pastel se desplomara—, esta no era una de ellas. Estoy aquí, en medio de un claro del bosque, rodeada de pinos altísimos y robles antiguos. La luna, de un rojo sangre y siniestra, cuelga sobre nosotros como si el universo fuera cómplice de esta broma. El aire se siente pesado, casi opresivo; es como si hasta los árboles susurraran: «¿Dónde demonios está Isabelle?»
Cuatro años. Cuatro malditos años planeando esto. Cada arreglo floral, cada lista de invitados, cada pequeño y agotador detalle. Y ahora... ¿Isabelle no aparece?
En el salón de baile no, eso habría sido lo normal, o al menos manejable. No, esta boda tenía que ser en medio de este bosque encantado, ¿por qué no? Es una ceremonia mágica entre el Alpha de hombres lobo más importante de la Costa Oeste y la hija del aquelarre de Moon Lake City. Nada menos que un espectáculo sobrenatural bastaría.
No, en serio. ¿Dónde. Está. Ella?
Miro a mi alrededor, esperando que alguien, quien sea, note el sudor en mi frente. La multitud se está impacientando y los murmullos se extienden como pólvora. A la banda se le acabó el jazz suave y les juro que, si tocan «Here Comes the Bride» una vez más, voy a...
«¿Maeve?». La voz de mi hermana Siobhan atraviesa la niebla de mi inminente crisis nerviosa. Me mira con la misma intensidad que siempre usa cuando estoy a punto de tomar una mala decisión. Esa mirada que dice: «quizás no te tires frente al tren metafórico». Demasiado tarde para eso.
«Isabelle aún no ha llegado». Las palabras pesan más al salir de mi boca de lo que deberían. Probablemente porque están cargadas con el trasfondo de: ¿Qué carajos está pasando?
Siobhan respira hondo. «Lo sé. Ese es el problema».
Sí. No me digas, Sherlock. Miro hacia el enorme candelabro que cuelga arriba, como si fuera a darme una intervención divina. Nada. Solo estrellas brillantes y unas ganas crecientes de gritar al vacío.
Oh, claro. Supongo que no es justo culpar de todo a Isabelle. Ella era agradable, incluso dulce, de esa manera tan educada que te hace preguntarte si alguien te está maldiciendo a tus espaldas en secreto. Pero no fue ella quien hizo de estos últimos cuatro años una pesadilla interminable de locura nupcial. No, ese honor pertenece a sus hermanas del aquelarre. Las verdaderas autoras de esta locura.
Ellas fueron quienes insistieron en que cada pequeño detalle fuera perfecto. Especialmente el hecho de que toda esta ceremonia tenía que ocurrir bajo una Superluna de Sangre. Por supuesto, ¿qué grita «felices por siempre» mejor que casarse bajo un cielo siniestro de color rojo sangre que parece estar dando paso al apocalipsis?
Entre sus instrucciones crípticas y sus advertencias siniestras —«Sabes, Maeve, si esto no sucede exactamente como lo hemos profetizado, las consecuencias podrían ser terribles»—, sinceramente me sorprende que aún siga aquí y no me haya arrancado los pelos.
Y ahora... ahora, ¿Isabelle no aparece en su propia boda?
Bueno, esa es una forma de hacer una salida dramática. Gracias, Isabelle.
El bosque se siente vivo con la tensión. Los invitados —lobos, brujas y un montón de otras criaturas sobrenaturales, todos poderosos por derecho propio— comienzan a murmurar, intercambiando miradas inquietas. Puedo sentir sus ojos sobre mí, como si, de alguna manera, todo este fiasco fuera culpa mía.
Ronan está cerca del altar, su silueta marcada contra las antorchas parpadeantes. Se ve como todo un Alpha: estoico, compuesto, como si estuviera tallado en piedra. Pero lo conozco lo suficiente para ver las señales: la forma en que sus dedos se mueven ligeramente a los costados, el músculo de su mandíbula barbuda apretado lo suficiente como para romper granito. Está cabreado. No lo culpo.
No es que él fuera a mostrarlo. Eso no sería propio de un Alpha.
Y mientras estoy aquí, rodeada de magia, lobos y una boda que está a punto de desmoronarse, no puedo evitar pensar: si esas hermanas del aquelarre me dan una mirada más de superioridad, podría perder la cabeza.
Estoy ahí, todavía tratando de comprender el desastre que se desarrolla a mi alrededor, cuando siento una mano, ligera pero firme, en mi hombro. Me giro para ver a Jean Westwood, la madre de Ronan, parada a mi lado. Su rostro, usualmente tranquilo y sereno, muestra una determinación de acero que me hace sentir un vacío en el estómago. Detrás de ella, Liam, mi novio, está parado torpemente, con la mirada baja, pareciendo que intenta fundirse con las sombras del bosque.
Genial. Justo lo que necesitaba. Otro nivel de rareza.
«Maeve», la voz de Jean es baja, pero lleva el peso de la autoridad. «Tenemos que hablar».
Parpadeo ante ella, tratando de procesar lo que sucede. «Jean, no sé dónde está Isabelle. Solo soy la organizadora de la boda». Mi voz suena más a la defensiva de lo que pretendía, pero, honestamente, estoy a dos segundos de gritar.
Ella se acerca y baja la voz. «Maeve, esto no es solo una boda. Tú lo sabes».
«Por supuesto que lo sé». Miro hacia Ronan, que sigue de pie junto al altar, con una tormenta gestándose bajo su máscara estoica. «Pero, ¿qué quieres que haga? No puedo hacer aparecer a Isabelle de la nada».
El agarre de Jean en mi hombro se aprieta y siento la tensión vibrar a través de sus dedos. Se inclina hacia adelante, con una mirada penetrante. «Si esta boda no ocurre esta noche, bajo la Luna de Sangre, no será solo una vergüenza personal para nuestra familia. Significará la guerra, Maeve. Una guerra para toda la Costa Oeste».
Sus palabras me golpean como un puñetazo en el estómago. ¿Guerra? Parpadeo, intentando procesar lo que dice. ¿Guerra? Se suponía que esta boda consolidaría alianzas, mantendría el delicado equilibrio entre las manadas, el aquelarre y todos esos otros grupos sobrenaturales que ni siquiera sabría nombrar. Si no sucedía... Sacudo la cabeza, todavía tratando de asimilarlo. «Pero Jean, yo...»
«No hay tiempo», me interrumpe, con la voz más firme ahora. «Los invitados se están impacientando. Están haciendo preguntas. El mismo aquelarre ha dicho que nadie más puede ocupar el lugar de Isabelle. Si esto no sucede, lo verán como una traición. La facción rebelde de Declan atacará antes del amanecer. Y Maeve... tú eres la única que no está conectada políticamente. No estás atada a ninguna facción, lo que mantiene los tratados intactos. Siobhan no puede intervenir; está casada y eso complicaría las cosas aún más. Y, de cualquier forma, es solo temporal».
Trago saliva con dificultad, con la mente acelerada. Declan Moriarty, el Alpha rebelde que ha estado esperando una grieta en el liderazgo de Ronan, una oportunidad para atacar. Si esta boda se desmorona, será campo libre.
Increíble. Me encanta ser la opción predeterminada en situaciones de vida o muerte.
Escucho a Siobhan detrás de mí antes de verla. «Jean, no puedes estar pidiéndole seriamente que...»
«No veo otra opción», responde Jean con frialdad, sin siquiera molestarse en girar. «Isabelle no está aquí. La luna está llena. El aquelarre está observando. Las manadas están observando. Tenemos que actuar ya».
«Lo siento, ¿qué?». Siobhan da un paso adelante, con los ojos encendidos. «Maeve no es un peón que puedas cambiar a última hora. Ella no es...»
Jean la corta con una mirada afilada. «¿Crees que quiero esto, Siobhan? ¿Crees que es fácil para mí pedirle que asuma esta carga? Pero si esta boda no se celebra, ya no se trata solo de Isabelle y Ronan. Se trata de todos. De cada comunidad sobrenatural en la Costa Oeste».
Siobhan cierra la boca, pero sigue furiosa. Puedo sentir su rabia hirviendo detrás de mí, una barrera protectora entre el tsunami que está a punto de arrasar conmigo y yo.
Miro a Liam, mi maldito novio, esperando —rogando— que diga algo, que haga algo. Pero él solo se queda ahí, mirando sus pies como un niño regañado. Quiero gritarle, sacudirlo, hacer algo más que solo quedarme parada y dejar que su madre tome el control de mi vida. Pero no lo hago.
Maravilloso. Supongo que me tocará cargar tanto con esta boda como con la columna vertebral de Liam esta noche.
La voz de Jean vuelve a suavizarse, su mano se extiende y me roza el brazo como si intentara apelar a mi lado humano. Después de todo, no soy más que humana. Y para colmo, soy la que ha pasado años intentando hacer felices a todos, incluso cuando no sabía cómo. «Maeve», dice con la voz más dulce ahora. «Puedes detener esto. Puedes mantener la paz».
Siento el peso de sus palabras presionándome. Mi cabeza da vueltas, mi corazón golpea en mi pecho. Quiero protestar, gritar que esto no es justo, que no soy un cordero de sacrificio que pueden arrojar al fuego solo porque a Isabelle se le ocurrió desaparecer.
Pero la mirada en los ojos de Jean... no es solo desesperación. Es algo más profundo. Algo que reconozco: miedo. Y no del tipo insignificante. Del tipo real. El que significa vida o muerte.
«Maeve...». La voz de Jean se quiebra ligeramente, la presión del momento rompiendo su habitual calma exterior. «Si esto se viene abajo, Ronan lo pierde todo. Todos lo perdemos todo».
Mi cerebro está a máxima potencia, intentando darle sentido a lo imposible. El peso de todo me golpea como una tonelada de ladrillos. Las manadas, el aquelarre y cualquiera que esté ahí fuera, incluido Declan. Si digo que no, si esta boda no sucede, toda la región podría estallar en el caos.
«Yo...». Las palabras se me atascan en la garganta. Miro a Siobhan, pero ella solo niega con la cabeza, mordiéndose el labio. Ni siquiera ella tiene una solución para esto.
Y Liam... Él no ha dicho una sola palabra. Ni una. Solo está ahí, en silencio, mientras me arrastran a este torbellino.
Antes de que me dé cuenta, Jean me guía suavemente hacia la parte trasera del claro, donde está instalada la tienda de la novia, con mi cuerpo moviéndose en piloto automático. Apenas noto el ajetreo de los asistentes que se apresuran para preparar el vestido de novia de Isabelle. El impecable vestido blanco, todo encaje y seda, cuelga en un maniquí como un fantasma esperando ser traído a la vida.
Y ahora, al parecer, yo soy ese fantasma.
El vestido es una visión de belleza. Lástima que Isabelle sea considerablemente más pequeña que yo. Pero no importa ahora, ¿verdad? Se lo pondrán tanto si me queda bien como si no.
El mundo a mi alrededor se vuelve borroso mientras me deslizan el vestido por encima de la cabeza, el corpiño apretándome como un torniquete, con mi mente todavía dando vueltas ante la pura absurdidad de todo esto.
El reflejo en el espejo me devuelve la mirada: aturdida, confundida, perdida. Parezco una desconocida.
Pero ya no soy Maeve, ¿verdad?
Soy la novia sustituta.









Dang! the only downside is she’s a witch and I hate witch…no fated mates in this story?
Wonder if Isabelle was kidnap just so they can start a war, loving it so far
what wedding needs 4 years of planning