Capítulo 1
La noche me envuelve como un manto silencioso, un telón que cubre el escenario en el que mis obras cobran vida. Respiro profundamente, el aire frío llenando mis pulmones mientras mi mirada se posa en el cuerpo que yace a mis pies. Su piel pálida contrasta con el charco oscuro de sangre que lentamente se expande, manchando el suelo como una pincelada en el lienzo más puro. Lo observo desde lo alto, con la calma y precisión de un escultor admirando su creación antes del último toque maestro.
La mujer —o lo que queda de ella— está dispuesta como un fragmento de arte, sus extremidades colocadas con delicadeza, como si en vida hubiera sabido que este sería su destino. Mis manos aún vibran con la emoción del acto, la conexión profunda que siento cada vez que la vida se apaga bajo mis dedos. Para otros, esto sería grotesco, repulsivo, pero para mí… es perfección. No es sólo el asesinato lo que me satisface, es la creación de algo que trasciende lo vulgar. Cada corte, cada herida es un paso hacia la inmortalidad de mi obra.
Me agacho, mis dedos rozando con suavidad los labios fríos de la mujer. Su boca está entreabierta, aún vacía, esperando. Abro la pequeña bolsa que llevo conmigo y saco el ramo de flores blancas. Sus pétalos brillan bajo la luz tenue de la luna que se filtra por la ventana. Las coloco con cuidado en su boca, acomodando los tallos entre sus dientes rígidos. Es mi firma, mi marca, mi despedida.
Las flores blancas. Simbolizan la pureza, la fragilidad. Y, en este contexto, la muerte. Pero no una muerte ordinaria. No. Esto es arte. Algo que la policía jamás entenderá, con su mente cuadrada y sus códigos legales. Ellos solo ven un cadáver; yo veo la culminación de un proceso, el final perfecto de una historia que solo yo podía contar.
Doy un paso atrás, mis ojos recorren el escenario por última vez. Todo está en su lugar. El cuerpo inclinado hacia un lado, el brazo extendido en una posición natural, como si la hubieran atrapado en un último movimiento antes de caer. La sangre, cuidadosamente dirigida hacia un lado, creando una mancha elegante, casi simétrica. Y las flores. Ah, las flores. El toque final que siempre deja a los detectives desconcertados.
Sonrío ante la idea de lo que sucederá mañana. Ya puedo imaginar las caras de los policías cuando encuentren el cuerpo, la confusión cuando vean mi firma en la boca de la víctima. Esta vez he superado todas sus expectativas, estoy seguro. Han seguido mis huellas durante meses, sin siquiera acercarse a entender mi arte. Pero no me importa. De hecho, su ineptitud solo hace que mi trabajo sea más placentero.
La emoción que siento no es la de un simple asesino, es la de un artista incomprendido. Ellos piensan que cazo a mis víctimas, que las elijo al azar. Pobres ignorantes. Cada uno de ellos ha sido cuidadosamente seleccionado. Cada uno tiene un papel en mi narrativa. Y esta mujer... su sacrificio, su transformación, era necesaria. Solo yo podía ver su potencial. Solo yo sabía que su vida, y su muerte, tendrían un propósito mayor.
Miro el reloj. Es hora de irme. Los rastros que dejo son los que quiero que encuentren, los que conducen a mis obras anteriores. No me interesa ocultarme del todo, solo el tiempo suficiente para crear la expectativa. Camino con paso firme hacia la salida, cada sonido del suelo bajo mis zapatos resonando con una precisión casi musical. Me detengo antes de salir, echando un último vistazo. No me siento culpable. Nunca lo hago. Todo esto es necesario.
***
Estoy de pie entre la multitud cuando llegan las patrullas. Las luces azules y rojas se reflejan en las ventanas de los edificios cercanos, como un espectáculo de luces creado solo para mí. Los policías se apresuran hacia el edificio, completamente ajenos a que el creador de esta obra maestra está justo a su lado, observando. Uno de los oficiales levanta la cinta de precaución, impidiendo que los curiosos se acerquen demasiado.
Mi pulso se mantiene sereno mientras los veo trabajar, como si todo esto fuera parte de una coreografía perfectamente ensayada. Sé lo que encontrarán. Sé cómo reaccionarán. Lo he visto antes, muchas veces. Pero cada vez es diferente, cada vez es mejor. El espectáculo nunca envejece.
Una figura familiar aparece entre la multitud de oficiales: el detective O’Connor. Su expresión, grave y cansada, me dice que ya ha visto suficientes escenas como esta. Pero no suficientes como para detenerme. Aún no. Lo observo desde mi posición, a una distancia segura, mientras le da instrucciones a su equipo. Es meticuloso, lo admito, pero nunca lo suficiente. Siempre les dejo una pista, siempre les doy algo para que sigan, pero nunca lo suficiente para llegar a mí.
Sin embargo, no es O’Connor lo que más me interesa en este momento. Hay otra figura a su lado, alguien que no había visto antes. Un joven de mirada intensa y cuerpo frágil. Sus ojos rojizos destacan en medio de la oscuridad, y por un segundo, nuestros ojos se encuentran. Algo en él despierta un nuevo tipo de interés en mí. No es la típica curiosidad que siento por mis víctimas. No. Esto es diferente. Es algo más profundo. Más obsesivo.
Dylan. O’Connor lo llama Dylan. Lo miro con más atención. Su rostro tiene una palidez que parece antinatural bajo las luces de la policía, y sus ojos… esos ojos. No son simplemente rojos, es como si su mirada estuviera manchada con algo más. Una historia que aún no he leído, pero que ya empieza a gestarse en mi mente.
Sonrío ligeramente. Quizás la obra que acabo de completar no sea mi última.








