El Secreto De ámsterdam por Fabiola Bonilla en Inkitt
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El secreto de Ámsterdam

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Sinopsis

Hace muchos años, en un pueblo tranquilo, llega una hermosa chica y su familia, huyendo de su antiguo hogar, lo que no saben, es que sería el fin de la chica

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El secreto de Ámsterdam

Hace mucho tiempo atrás, en el siglo XV, cuando las sombras de la superstición y el miedo se cernían sobre cada rincón del pueblo de Ámsterdam, Europa.

La sociedad no acepta nada ni nadie que no cumpliera con sus normas o religiones que ellos conservaban, y si alguien no cumplía con estos, era cruelmente castigado, de todas las formas más inhumana posibles, este pueblo era muy popular y temido por la quema de las personas, por el incumplimiento de sus reglas o creencias

Era una día soleado en el maravilloso y iluminado pueblo de Ámsterdam, los girasoles seguían al sol, los gatos paseaban sin preocupación, las hojas de los árboles caían con delicadeza, la gente reía y hablaba sin problemas.

O eso parecía, hasta que una una nube negra amenazaba al pueblo con soltar sus lágrimas

La familia de Adelaide llegó a Ámsterdam en medio de la lluvia, sin saber que la ciudad que parecía un refugio sería su condena. A pesar de las amenazas que dejaban atrás en Barcelona, donde el temor y la violencia las habían obligado a huir, el pequeño pueblo de Ámsterdam no era un lugar libre de supersticiones. Al principio, la familia de Adelaide pensó que podrían pasar desapercibidos entre la multitud. La joven, quien había aprendido a practicar la brujería de su madre, mantenía sus conocimientos en secreto, con la esperanza de que su vida se estabilizara en este nuevo lugar. Sin embargo, nada podría haber sido más errado.

La primera señal de que algo no iba bien ocurrió cuando Adelaide comenzó a tener extrañas visiones durante sus paseos por el mercado. Veía figuras sombrías, destellos de luz roja, y escuchaba murmullos de voces que la llamaban. La joven, acostumbrada a estos desvaríos por la práctica de la magia, intentaba ignorarlos, pero algo dentro de ella sentía que la oscuridad que siempre había manejado estaba volviendo a crecer, tal vez por la proximidad de la ciudad que tan secretamente guardaba sus propios horrores.

La gente del pueblo, por su parte, comenzó a notar ciertos detalles extraños: pequeños cambios en la naturaleza, como flores marchitas que revivían por unos minutos solo para morir nuevamente, o animales que la observaban fijamente, como si algo los hubiera alterado. No era mucho, pero los supersticiosos de Ámsterdam no necesitaban más para tejer rumores. El miedo se propagó rápidamente, especialmente cuando algunas personas afirmaron haber visto a Adelaide caminando sola en el bosque cercano a la ciudad, en noches sin luna, aparentemente invocando algo en el aire.


La inquietud del pueblo creció con rapidez, hasta que un hombre joven, un aspirante a inquisidor llamado Joseph, se convirtió en la chispa que avivó el fuego de la persecución. Joseph era un hombre calculador y fanático de la fe, que había llegado a Ámsterdam hacía poco tiempo. Su obsesión por la pureza religiosa y su creciente desconfianza hacia cualquier manifestación de lo oculto lo hacían un hombre peligroso. Mientras el pueblo hablaba de brujerías, Joseph veía en los eventos extraños una oportunidad para ganarse el favor de los líderes de la ciudad. Sabía que, en tiempos de gran miedo y desconfianza, las acusaciones de brujería eran la mejor forma de obtener poder.

Un día, Joseph observó a Adelaide mientras ella intentaba curar a una niña del pueblo que había caído gravemente enferma. Con sutileza, la joven usó una mezcla de hierbas y algunos conjuros en voz baja. Aunque la niña se recuperó rápidamente, Joseph estaba atento a cada movimiento. Con ese simple acto, Joseph comenzó a reunir evidencias de lo que él interpretaba como “magia oscura”. Lo que los demás veían como un gesto de compasión y ayuda, Joseph lo percibió como una amenaza directa a la fe y el orden de la ciudad.

Pronto, comenzó a difundir rumores, insinuando que Adelaide no solo practicaba la magia, sino que la usaba para manipular y corromper las almas de los inocentes. Con cada palabra que salía de sus labios, el miedo se apoderaba del pueblo. La paranoia creció y, en pocos días, la familia de Adelaide fue señalada como “herejes”. Sus vecinos comenzaron a alejarse, cerrando puertas y ventanas cuando los veían pasar. Nadie quería asociarse con ellos, por miedo a ser acusados de complicidad.

A medida que la presión aumentaba, Adelaide y su familia trataron de escapar nuevamente, pero Joseph, con la ayuda de sus seguidores, logró rastrear cada uno de sus movimientos. La familia fue delatada por un vecino que temía que su propia hija hubiera sido tocada por los oscuros poderes de la joven. La persecución no tardó en llegar a las puertas de su hogar.

Una tarde gris, la familia de Adelaide fue arrestada. La joven y sus padres fueron llevados ante un tribunal improvisado formado por los líderes del pueblo, todos bajo la influencia de Joseph, quien, desde las sombras, tejió su red de acusaciones. No hubo juicio real ni pruebas. Solo el temor colectivo, amplificado por los rumores, fue suficiente para que el pueblo sentenciara a los tres.

La ejecución fue inmediata. Como era costumbre en Ámsterdam, la condena a muerte por brujería se llevaba a cabo en la plaza central, en medio de una multitud ansiosa por ver el castigo de aquellos que desafiaban las leyes divinas. Adelaide, atada y rodeada por una multitud furiosa, vio cómo la madera de la hoguera se apilaba alrededor de ella. El viento soplaba con fuerza, mientras los gritos y murmullos del pueblo resonaban en sus oídos.


Joseph estaba allí, observando con ojos fríos, satisfecho de ver cómo la justicia divina, tal como él la entendía, se cumplía. No fue necesario hablar, ni una sola palabra fue intercambiada entre él y Adelaide. Ambos sabían que la lucha no había sido por razones de justicia, sino por poder, y que solo uno de ellos podía prevalecer en esta guerra silenciosa que libraban en el corazón del pueblo.

Las llamas comenzaron a consumir la madera. El calor era abrasador, pero la joven no mostró miedo. En sus últimos momentos, recordó los días tranquilos en Barcelona, antes de que su poder se desbordara. Pensó en la familia que había perdido, en lo que había dejado atrás. En su mente, la imagen de Joseph, su verdugo, se desvaneció en la oscuridad de su alma. No hubo llanto ni súplicas, solo una calma sobrehumana mientras el fuego la envolvía.

El pueblo observó con satisfacción la ejecución. Joseph, desde su posición, permaneció inmóvil, como si la victoria estuviera completa. Nadie sospechaba que, en ese mismo momento, la magia que Adelaide había manejado con tanto cuidado aún residía en las cenizas de la hoguera, esperando algún día ser liberada nuevamente.

Con la muerte de Adelaide, la brujería fue erradicada, según el juicio de los aldeanos, pero el miedo continuó creciendo. La superstición y el terror seguían dominando las calles de Ámsterdam, y el nombre de Adelaide fue borrado de la memoria colectiva del pueblo, o eso se creía. Sin embargo, en la oscuridad, en los susurros del viento, algunos juraron haber sentido su presencia, como si la joven aún estuviera esperando, esperando que el ciclo de la persecución se repitiera una vez más.


Al leer esto último, la joven se levantó de su asiento, camino hacia el estante y con una sonrisa casi invisible puso el libro “Leyendas antiguas de Ámsterdam” de nuevo en su lugar, salió de la biblioteca y fue rumbo al bosque, donde se adentró hasta lo más profundo que pudo llegar

Saco de su mochila un libro con una peculiar portada, lo abrió y de él se visualizaban unas páginas cafés, rotas, la tinta de estas ya casi invisibles

La joven puso 5 velas negras al rededor del libro, haciendo que este quedara en el centro, empezó a repetir las oraciones de aquel libro y pronto, una nube obscura y aterradora amenazaba al pueblo con soltar su tristeza y lágrimas una segunda vez, como hace mucho tiempo atrás.

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