Sólo un poco malvado (Charlos)

Sinopsis

Está seguro de que nunca se enamorará de un hombre... Cuando llueve, diluvia. Después de perder su prestigioso trabajo, Carlos descubre que su novia lo engañó. Enojado y herido, está decidido a encontrar a su amante y enseñarle una lección. Cuando descubre que su amante es bisexual, simplemente lo enoja más. Criado por una familia extremadamente homofóbica, Carlos está convencido de que es hetero y no siente nada más que desprecio por las personas que no lo son. Pero a veces el desprecio y la ira pueden convertirse en obsesión, y luego en algo completamente diferente, algo que Carlos siempre ha considerado enfermo e incorrecto. Está seguro de que nunca se enamorará de un matón homófobo... Charles es un exitoso modelo monegasco que siempre detestó a los matones. Cuando un hombre aparece en su puerta acusándolo de dormir con su novia, Charles no está interesado en convertirse en una bolsa de boxeo. Sin embargo, provocar a un homófobo no es probablemente la mejor idea... ni la más segura. Pero, de nuevo, Charles nunca ha sido bueno en jugar con seguridad. Las cosas se complican mucho más cuando Carlos se vuelve el guardaespaldas de Charles. ¿Pueden permanecer profesionales? No pueden. Ellos discuten y pelean, y odian todo uno del otro. Ahora bien, si tan sólo pudieran averiguar cómo mantener las manos lejos.

Estado:
Completado
Capítulos:
27
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n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

Había un condón usado en el piso cerca de la cama.

Esto no sería particularmente digno de mención si no fuera por el hecho de que Carlos había estado ausente varias semanas y el preservativo definitivamente no le pertenecía.

Carlos miró fijamente al condón, sintiendo la bilis subir hasta su garganta. Su mirada se desplazó hacia la imagen de la mesita de noche, una foto de un día en el parque. Él y Rebeca parecían tan felices, su pequeño cuerpo parecía diminuto en sus brazos mientras la abrazaba por detrás.

Volvió a mirar el condón y se sintió mal del estómago.

Tras de él, Rebeca seguía parloteando distraídamente, diciendo lo feliz que estaba de que hubiera regresado a casa, de Suiza, antes de lo planeado.

Carlos siempre se había enorgullecido de nunca golpear una mujer. Era un tipo grande, con un trabajo peligroso, un temperamento excitable y puños a juego, pero nunca había golpeado a una mujer.

Nunca había estado tan tentado en su vida.

Y había pensado que esta semana no podría empeorar. Aparentemente no era suficiente que hubiera perdido su trabajo y la confianza del hombre al que había considerado un amigo. Descubrir que su novia había traído a otro hombre a su propia casa para follar, y engañarlo en su propia cama, no era otra cosa que la cereza arriba de todo ello.

—¿Quién es? —Se oyó decir Carlos, con la voz llana. El parloteo constante de Rebeca finalmente se detuvo.

—¿Qué?

Carlos se dio la vuelta y apuntó con el dedo hacia el condón.

—¿Quién es el sorete con el que me estás engañando?

Los enormes ojos azules de Rebeca se ensancharon. Sus labios temblaban.

—Carlos, no es lo que...

—¿No es lo que parece? —gruñó Carlos—. ¿Estás jodiendo conmigo, Rebeca?

Ella se estremeció, alejándose de él.

—No sé de qué estás hablando —dijo ella con voz llena de confusión.

No era una mala mentirosa. Demasiado malo para ella que Carlos fuera un ex agente federal y reconocía a la gente que mentía para ganarse la vida. Solía ser uno de ellos.

—¿Quién es? —preguntó. No sabía por qué de repente era tan importante. No, sabía por qué: él no creía que fuera capaz de golpear a una mujer, ni siquiera ahora, sin importar cuan mentirosa y puta—engañadora fuera. Con un hombre sería un asunto diferente. El cuerpo de Carlos picaba por una pelea, había estado ansioso por encontrar una salida para su frustración y rabia reprimida desde que Lewis lo había despedido de su cargo de jefe de seguridad. Si Carlos era honesto consigo mismo, necesitaba encontrar una salida para su ira desde que ese joven inglés, George Russell, había conseguido tener al jefe de Carlos envuelto en su dedo meñique. Hasta el día de hoy, desconcertaba y disgustaba a Carlos cómo el pequeño chupapollas habría logrado engañar a un hombre como Lewis. Carlos nunca había pensado que Lewis fuera gay. Todavía estaba convencido de que Lewis no lo era. Todo era culpa de George Russell: el mocoso tenía los labios más obscenos que jamás había visto. Incluso Carlos, un hombre completamente recto, no pudo evitar mirar un poco.

—¿Quién es? —preguntó Carlos.

Le dolía el pecho más de lo que le hubiera gustado admitir. Rebeca había sido su novia oficial por dos años. Era inteligente, divertida y hermosa. La había querido genuinamente, a veces incluso pensaba que la amaba. Habían tenido algo bueno entre ellos. O eso había pensado. Al parecer, Rebeca era de una opinión diferente si había caído en la polla de otro hombre en las pocas semanas que había estado fuera.

No es que pensara que su relación fuera perfecta. Se peleaban bastante a menudo, principalmente debido a sus viajes de trabajo por todo el mundo. El sexo no había sido perfecto tampoco, pero de nuevo, nunca lo fue. Carlos siempre se sintió vagamente insatisfecho y desinteresado durante el sexo, sin importar a la mujer que se follara. Carlos estaba acostumbrado a ello, considerándolo como “su bajo deseo sexual”. En realidad, estaba muy orgulloso de que nunca dejara que su polla dominara su cabeza, como lo hacían muchos otros hombres.

—¿Importa? —preguntó Rebeca, trabando la mandíbula obstinadamente. Sus ojos brillaban. Ya no parecía asustada y culpable; ahora parecía molesta y defensiva—. ¿Por qué estás sorprendido? ¡Nunca estás en casa! ¿Se supone que debo ser una monja mientras viajas por todo el mundo, jodiendo mujeres en París y Londres?

—Nunca te he engañado —dijo, ignorando su incredulidad. Ella nunca le creyó—. Te pregunto por última vez, ¿quién es él?

Rebeca apretó los labios.

—No te lo diré. Le harías daño.

El hecho de que ella protegiera al hijo de puta era un golpe adicional.

—Eso es jodidamente cierto, lo haré —dijo—. Ahora junta tu mierda y sal de mi casa.

Rebeca se congeló.

—No puedes hacer esto —dijo—. ¡No puedes echarme! ¡No tengo a dónde ir en Madrid!

—Deberías haber pensado eso antes de echarte encima de la polla de otro hombre —dijo Carlos en voz calma.

Rebeca se sonrojó.

—¿Tienes que ser tan vulgar?

Carlos soltó una risita.

—Sólo estoy llamando “espada” a una “espada”. O, en este caso, “puta” a una “puta”.

Volviéndose de un rojo brillante, ella lo fulminó con la mirada.

—¿Sabes qué? ¡Sí, te engañé y disfruté cada segundo! ¡Era mucho mejor que tú! ¡Fue el mejor que he tenido! Le dije lo patético y egoísta que eras en la cama y nos reímos juntos…

—Fuera—Carlos dijo entre dientes—. Voy a salir ahora y es mejor que te hayas ido para cuando regrese—Con los puños apretados, salió luego de espetar por sobre su hombro—. Deja tu llave en el escritorio de seguridad.

Afuera, golpeó la pared y apoyó su frente contra ella, respirando con dificultad y tratando de controlar su temperamento. No iba a responder a la provocación. No iba a golpear a una mujer. Él no era así, maldita sea. Aunque necesitaba como al aire una salida para el dolor, y la rabia que palpitaba bajo su piel, su objetivo no iba a ser una mujer débil. Rebeca no era la única que lo había humillado. Ella había tenido un cómplice.

Carlos levantó la cabeza, con la mandíbula en una línea determinada.

No necesitaba a Rebeca para decirle el nombre de su amante. Podía descubrirlo por sí mismo. Había video vigilancia en el edificio. La última década como jefe de seguridad de uno de los oligarcas más despiadados e influyentes de Europa le había dado muchas conexiones útiles. Al final del día, tendría el nombre y la dirección del mierda que había hecho un tonto de él.

El hijo de puta iba a pagar.

* * * * *

Le tomó menos tiempo de lo que esperaba encontrar la información que quería. Lo que descubrió lo molestaba aún más. El hombre con el que Rebeca lo había engañado era monegasco.

Carlos sabía que era irracional disgustarse con un lado del continente entera a causa de una sola persona, pero después del fiasco de George Russell había desarrollado una fuerte aversión a cualquier cosa europea. Se preguntó si sería una broma cósmica que un inglés hubiera arruinado su vida profesional y un monegasco hubiera arruinado su vida personal. Bueno, George Russell estaba fuera de su alcance, pero Charles Leclerc no lo estaba.

Carlos llamó a la puerta de la habitación de hotel, su cuerpo vibrando por la tensión y la agitación. Mientras esperaba, pensó en lo que sabía del hombre. Charles Leclerc tenía veintiséis años, cinco años menos que él, y era un modelo exitoso que vivía en Mónaco. Un puto modelo. Carlos todavía no podía creer que Rebeca lo había engañado con un modelo. Ella normalmente volvía la nariz hacia arriba, diciendo que no le gustaban los hombres que eran más bonitos o delgados que ella.

La puerta se abrió.

Charles Leclerc no era particularmente flaco, pero era indudablemente bonito.

Era alto, casi tan alto como el propio Carlos, aunque era atlético y delgado, mientras que Carlos era musculoso y corpulento. Los hombros de Leclerc eran bastante anchos y estaban cubiertos con algunos músculos decentes, pero el ojo entrenado de Carlos rápidamente evaluó que el otro hombre no era rival para él. También era el polo opuesto de Carlos, en lo que se podía ver.

Carlos no tenía baja autoestima. A las mujeres les gustaba. Tenía la estereotipada apariencia española con sus ojos marrones almendrados, mandíbula cuadrada y cabello castaño recortado. Sabía que se veía muy bien. De todos modos, no se suponía que un hombre fuera hermoso. Francamente, hombres hermosos con rasgos refinados siempre hacían que Carlos se sintiera incómodo por algún motivo.

Este tipo... era uno de esos.

El cabello rubio oscuro y ondulado de Charles era un poco demasiado largo y estaba casualmente peinado hacia atrás, enmarcando un rostro fuerte y hermoso con pómulos altos y cincelados. Grandes ojos de un color indescifrable miraban a Carlos con una expresión inquisitiva. ¿El tipo llevaba delineador de ojos? Sus ojos eran demasiado bonitos para que fueran naturales. Los generosos labios de Charles estaban fruncidos, su color rojo contrastaba con la pálida y perfecta tez del hombre. El idiota era precioso, Carlos le daría eso. De alguna manera, conseguía lucir bello sin parecer afeminado.

—¿Puedo ayudarte, amigo? —dijo Charles. Su voz era baja, su expresión un poco somnolienta, como si hubiera estado tomando una siesta.

Su inglés con acento francés rayó los nervios de Carlos, provocándole una nueva oleada de ira. Este hombre había estado dentro de su novia. Había jodido a la mujer de Carlos en la propia casa de Carlos, en la propia cama de Carlos. Había fotografías de Carlos y Rebeca por todas partes; no había manera de que el tipo no hubiera sabido que Rebeca estaba tomada.

—Sabes quién soy, así que corta la mierda.

Reconocimiento se apoderó del rostro del chico. Charles se echó hacia atrás, cautela y un toque de incomodidad apareciendo en sus ojos.

—Eres el novio de Rebeca. Carlos, ¿verdad?

—Encantado de conocerte —Carlos dijo, avanzando sobre él.

—Mira, no sabía que Rebeca tuviera novio —dijo Charles rápidamente—. Sólo vi tus fotos después —Le dio una media sonrisa torcida, torpe—. Ella no me dejó exactamente husmear alrededor cuando llegamos a su piso…

En un movimiento rápido, Carlos empujó al idiota contra la pared.

—¿Esto es jodidamente divertido para ti, maldita mierda? ¿Fue divertido para ti joder la relación de otro hombre?

Charles alzó ligeramente las cejas.

—Estoy diciendo la verdad: no lo sabía. Además, creo que estás poniendo la culpa en el lugar equivocado. No es mi problema si su relación era tan débil que tu novia me invitó a su casa luego de media hora de baile…

Carlos le dio un puñetazo en la mandíbula.

Charles gimió, la sangre goteaba de su boca. La limpió, perdiéndose un punto en sus labios. Algo como miedo parpadeó en la cara de Charles, pero un momento después, se había ido. Levantó la barbilla, su expresión se endureció.

—¿Golpeé un nervio, tipo grande?

—Cierra la puta boca —dijo Carlos, golpeando la cabeza de Charles contra la pared y envolviendo sus dedos alrededor de su garganta—. ¿No tienes nada de autopreservación, mierda estúpida? He matado gente por menos.

El chico se rio entre dientes.

—¿Esta charla estúpida y machista realmente te funciona con otra gente, amigo?

Increíble. El idiota pensaba que Carlos tenía una postura machista.

—No tienes idea de lo que soy capaz, amigo —dijo Carlos con voz apagada—. Puedo cortarte a la mitad con una mano —No era una amenaza vacía. Él podría. Carlos apretó su garganta. Le trajo una cantidad ridícula de satisfacción cuando Charles comenzó a jadear por aire. Pero no planeaba matar al tipo; Rebeca no valía la pena. Así que cuando el rostro estúpidamente bello del modelo empezó a volverse morado, Carlos a regañadientes aflojó su agarre en su cuello.

Charles empezó a toser, tomó varias bocanadas de aire.

—Deberías estar agradeciéndome, ¿sabes? —dijo con voz ronca.

¿Este tipo era de verdad?

—¿Agradecerte por follar a mi novia?

—Por comprobar el grado de su lealtad —Charles lo miró— ¿De verdad necesitas a una mujer que le contó a un perfecto desconocido cuan mierda eres en la cama?

Los ojos de Carlos se estrecharon en rendijas.

—No soy una mierda en la cama.

Charles se encogió de hombros.

—Sus palabras, no las mías. ¿Cómo iba a saberlo? —dio una mirada evaluativa a Carlos—. Claro, eres bastante caliente, pero no significa nada si el tipo no sabe lo que está haciendo.

Carlos sintió que se le apretaba el estómago. ¿Bastante caliente?

—¿Eres un maldito maricón? —Maldito infierno, últimamente parecía que había maricones en todas partes.

Charles parpadeó.

—Bien —dijo débilmente—. Sí que resultaste ser un sol... Si no supiera que sólo eres el producto de la propaganda antigay que predomina en tu país, estaría muy ofendido. Estoy tratando de no sentirme ofendido, pero no estás haciendo que me arrepienta de dormir con tu novia, ¿sabes?

—Entonces eres un maricón.

—Si necesitas saberlo, me identifico como bisexual, pero sí, generalmente prefiero a los hombres —dijo Charles con orgullo—. No me avergüenzo de ello.

Carlos se burló.

—Por supuesto que no. No esperaría nada diferente de un hombre que no ve nada malo en tomar lo que pertenece a otro hombre.

Charles inclinó la cabeza hacia un lado.

—Está bien, me molesta profundamente tu insinuación de que ser bisexual o gay es algo de lo que estar avergonzado y que no tenemos moral. Mierda homofóbica aparte, te tengo noticias hombre de las cavernas: estar en una relación no significa que tu pareja sea tu propiedad. Tu novia no te pertenece. Ella es su propia persona. Si ella decide dormir con otro hombre, ese es su derecho, no importa lo mierda que sea de parte de ella. ¿Has pensado alguna vez que es tu propia culpa que no tuviera ningún incentivo para permanecer leal a ti? Por lo que he visto, tu personalidad no es exactamente brillante. O tal vez tú sí eres una mierda en la cama…

Gruñó de dolor cuando Carlos lo empujó contra la pared.

—Cállate —gruñó Carlos—. Un marica que toma por culo no puede juzgar la destreza sexual de los hombres normales.

Charles se rio en su rostro.

—¿No crees que un “puto” esté mejor preparado para juzgar tu destreza que los hombres “normales”? —rodó sus caderas.

—¿Qué demonios crees que estás haciendo, jodida mierda? — preguntó Carlos, con el cuello encendido.

—¿Algún problema? —dijo Charles y rodó las caderas de nuevo, moliéndose contra Carlos.

—Para eso —ordenó Carlos, apretando de nuevo la garganta de Charles—. No me asustarás con esta mierda repugnante.

—Repugnante, ¿eh? —dijo Charles suavemente, mirándolo a los ojos—. Entonces, ¿por qué estás medio duro?

No estaba...

Mierda.

Carlos lo miró furioso.

—No soy un homo.

Charles sonrió de nuevo, algo parecido a la diversión apareció en su rostro.

—Dile eso a tu polla.

Carlos apretó los dientes.

—Cualquier hombre recto se pondría algo duro si alguien crea fricción contra su pene. Eso no me convierte en un homo.

—Por supuesto.

—Deja de frotarte contra mi polla, pervertido.

Charles sonrió más.

—¿Por qué no te apartas si esto te repugna tanto?

—Porque un pequeño maricón como tú no me asustará —dijo Carlos, sintiéndose demasiado nervioso para su gusto—. La gente como tú son monstruos de la naturaleza. No deberían ser llamados hombres.

La expresión de Charles se oscureció.

—Sabes, he cambiado de opinión: me estoy ofendiendo, después de todo.

Carlos resopló.

—¿Se supone que eso me asuste?

Algo parpadeó en los ojos de Charles antes de que sus labios se convirtieran en una sonrisa.

—Deberías estarlo—dijo suavemente, y apretó los labios contra Carlos.

Carlos se puso rígido. Esto era enfermo, equivocado, y repugnante, pero, por alguna razón, estaba dolorosamente duro, y quería…

Se apartó bruscamente y se limpió la boca furiosamente antes de empujar al maricón contra la pared.

—¿Qué diablos? —gruñó, apretando el antebrazo contra la garganta de Charles—. Te dije que no era un homo. ¿Tengo que escribirlo en tu cara?

Charles gruñó, luchando por respirar, y sin embargo continuó mirándolo con desafío.

—¿Qué dice de ti que a tu novia le guste un homo más que tú?

La estúpida mierda realmente tenía deseos de morir.

Un golpe en el estómago de Charles lo hizo doblarse. Otro en sus costillas lo arrojó de rodillas, sin aliento y con dolor. Carlos agarró un puñado de pelo negro y jaló la cara de Charles hacia arriba.

—Debería golpearte hasta la muerte por tu gran boca.

Jadeando, Charles le sonrió antes de gruñir:

—¿Por qué no das a mi boca un mejor uso? —Antes de que pudiera reaccionar, Charles apretó los labios entreabiertos contra el contorno de la polla dura de Carlos.

Los músculos de Carlos se cerraron. No podía moverse, no podía respirar, no podía hacer otra cosa que mirar a Charles mientras arrastraba sus rojos labios sobre su polla vestida, mientras miraba a Carlos.

—Deja eso —se oyó a sí mismo decir, su cuerpo vibrando con tensión contenida, su polla tan dura que era doloroso. ¿Por qué estaba tan duro, maldita sea?

Mirándolo a los ojos, Charles se frotó la mejilla contra la erección de Carlos como un gato hiperdesarrollado, murmurando:

—¿Cómo te sientes al saber que un homo te provocó una erección, chico hetero?

Y Carlos se quebró. Tiró de su cremallera hacia abajo, agarró su polla y la empujó en la boca del maricón. Charles gruñó, atragantándose con la gruesa longitud en su boca, sus ojos se volvieron cómicamente anchos. La vista era inmensamente satisfactoria. Claramente el tipo había estado faroleando. Esperaba que Charles luchara y se liberara ahora que Carlos lo había desafiado en su propio terreno, pero Charles no lo hizo. Miró a Carlos, apretó sus labios alrededor de la polla de Carlos, y chupó.

Los ojos de Carlos rodaron hasta la parte de atrás de su cabeza, un gemido bajo se deslizó de su boca. El calor, la humedad, la cantidad perfecta de succión eran demasiado, y de repente ya no se trataba de una faroleada de un maricón, sino sobre una boca caliente, húmeda, húmeda, húmeda envuelta alrededor de su dolorida polla. Antes de que Carlos pudiera detenerse, sus caderas se empujaban dentro y fuera de la boca del chico, la repugnancia y la abrumadora necesidad de joder esa boca haciendo estallar una guerra dentro de su cuerpo.

Quería decir, “Detente”, pero no salió nada. Quería empujar al maricón lejos, pero su cuerpo no obedecía. No podía hacer otra cosa que apretar su polla en la garganta del chico, gruñendo lentamente ante la sensación mientras la jodía por varios minutos, tal vez por horas; no tenía ni idea. La boca de Charles era perfecta alrededor de la polla de Carlos, y Carlos se estaba perdiendo, empujándose como un hombre poseído, acunando el rostro de Charles en sus manos, necesitando… joder.

Antes de darse cuenta, estaba gimiendo y corriéndose en la garganta del chico.

Durante un largo momento, sólo hubo silencio y un placer abrumador.

Y entonces su cerebro volvió a ponerse en marcha.

—Eso no sucedió —dijo con voz ronca, con los ojos muy abiertos y sin aliento.

Charles se limpió la boca, observándolo con una mirada pensativa que habría hecho que Carlos se sintiera incómodo si ya no estuviera jodidamente fuera de su mente.

—Claro —dijo Charles amistosamente. Se puso de pie y sonrió—. Gracias por la visita. Fue... interesante. Ya sabes dónde está la puerta.

Carlos no necesitaba que se lo dijeran dos veces. Estaba casi fuera de la habitación cuando Charles dijo:

—Me disculparía por darle a tu novia un orgasmo, pero ahora ella y tú están a la par.

Carlos cerró la puerta de golpe.

Salió del edificio con náuseas rodando en su estómago. Con la mandíbula apretada, mirando directamente al frente, evitando ver a los ojos de los demás. Nunca se había sentido tan inhibido y enfermo en su vida. ¿Podría la gente verlo y saber lo que había pasado? ¿Estaba escrito en su rostro que había follado la boca de otro hombre? ¿Eso lo hacía también un maricón?

Distintos sinónimos españoles para decir “marica” resonaban en su mente con una voz mordaz, disgustada. Sonaba muy parecida a la de su tío, y le traía recuerdos medio olvidados de su infancia.

Carlos había crecido en un pequeño pueblo lejos de las principales ciudades. El pueblo era tan anticuado que parecía atascado en la primera mitad del siglo XX, en muchos aspectos. Con sólo una televisión en blanco y negro en todo el pueblo, todos estaban básicamente aislados del resto del mundo. Carlos no se sentía mal por ello; simplemente no sabía nada. Él y sus hermanos pasaron su infancia trabajando duro en su pequeña granja bajo el severo y atento ojo de su tío. Un ex sargento del ejército, el tío Guido no creía en los “perezosos”.

—No sean jodidos maricones y pongan sus culos a trabajar—El tío Guido les gritaría cuando los chicos estuvieran cansados y quisieran jugar para variar. “Maricón” había sido un sinónimo de “débil” durante tanto tiempo como Carlos podría recordar. Originalmente, ninguno de los muchachos había sabido exactamente lo que la palabra significaba, pero todos sabían que no querían ser maricones. Cuando los muchachos se quejaban de tener frío o estar hambrientos, el tío Guido les ladraba para que dejaran de ser pequeños maricones y empezaran a ser hombres de verdad. Los maricones no eran hombres reales por lo que al tío Guido concernía, y los muchachos nunca habían cuestionado la autoridad o el conocimiento de su tío.

Cuando Carlos cumplió once años, la palabra tuvo otro significado.

Había una nueva familia en el pueblo, algo casi nunca oído. Los recién llegados se habían mudado de Madrid y tenían un adolescente varios años mayor que Carlos. El nombre del chico era Felipe y no se parecía a ningún otro niño que Carlos hubiera visto en su vida: piel suave, ojos de ciervo y bastante inútil en la agricultura; o en cualquier cosa, para el caso. Y, sin embargo, Carlos no podía resignarse a despreciarlo. El chico era lindo. Él tenía una sonrisa agradable y un montón de historias divertidas que contar. A Carlos le gustaba mirarlo. Así fue como un día capturó a Felipe besando a Charastian, otro chico de su pueblo. Carlos estaba completamente atónito. Habiendo vivido en una aldea muy protegida, pasada de moda toda su vida, Carlos ni siquiera había sabido que los muchachos podían besar a otros muchachos. Confundido, fue a su tío y le preguntó acerca de eso.

Las consecuencias no fueron nada menos que explosivas.

Carlos recibió la paliza de su vida por preguntar “una pregunta jodidamente estúpida y extraña”. Felipe y su familia abandonaron el pueblo apresuradamente la misma noche. Charastian, el niño que Felipe había besado fue golpeado hasta la muerte por su propio padre.

—El maricón se lo tenía merecido —tío Guido había dicho con sombría aprobación—. Abominaciones, todos ellos. No se les debe permitir mezclarse con la gente normal.

Los hermanos de Carlos habían murmurado su asentimiento mientras un Carlos de once años se sentaba allí, sintiéndose enfermo del estómago. ¿Fue la muerte de Charastian su culpa por haber dicho a su tío lo que había visto? Había conocido a Charastian. El muchacho había sido fuerte y capaz, y no parecía una abominación o un débil. ¿O había sido corrompido por Felipe?

¿Era realmente contagioso?

—No te sientas mal, chico —el tío Guido dijo bruscamente, dándole palmaditas en la cabeza a Carlos—. Esos monstruos no son nada como tú y tus hermanos. Son una vergüenza para los hombres y se les debe dar caza y matarlos como perros rabiosos para que no difundan su enfermedad.

Más de veinte años después, cuando Carlos salió del hotel en el que había jodido la boca de otro hombre, pensó en las palabras de su tío y sintió náuseas en el estómago. No, ya no era un niño desvalido de once años. Sabía que la homosexualidad no era en realidad una enfermedad. Su tío había muerto hacía tiempo, y ahora Carlos sabía que el odio del tío Guido por los hombres gay había sido... bastante radical. Pero era imposible erradicar por completo todo lo que había creído.

Él no era un maricón. Él era normal.

Lo que había sucedido en el hotel fue una casualidad; nunca volvería a suceder.

Nunca.