Capitulo 1. Apocalipsis zombie.
Parecía un día cualquiera. Las ciudades bullían con vida, en un ciclo inquebrantable de rutina y normalidad. Los adultos se apresuraban hacia sus trabajos, mientras los estudiantes llenaban las aulas con conversaciones animadas y planes para después de clase. Las calles eran un mosaico de movimiento, donde cada rincón contaba una historia distinta.
En una esquina, un grupo de universitarios reía despreocupadamente, compartiendo bromas mientras hacían planes para una salida. Más allá, jóvenes profesionales caminaban con nerviosismo hacia entrevistas que podían cambiar el rumbo de sus vidas. En los callejones, alejados del bullicio principal, motociclistas ajustaban sus vehículos y encendían cigarrillos con desinterés, como si el resto del mundo no existiera.
El corazón de la ciudad, la zona comercial, era un espectáculo de luces y actividad. Familias paseaban entre los escaparates, dejando que las luces de las tiendas bañaran las aceras con un brillo cálido. Restaurantes y karaokes se llenaban de clientes que, entre risas y conversaciones, disfrutaban de un momento de ocio. El bullicio de la ciudad era constante, una banda sonora que parecía reafirmar que todo estaba en su lugar.
Sin embargo, entre la multitud, una pareja destacaba de forma peculiar. Él, un joven de cabello rubio desordenado y ojos de un azul profundo, caminaba con una expresión serena, casi imperturbable. Había algo en su presencia que exudaba una calma inusual, como si el mundo que lo rodeaba fuera incapaz de alterarlo. A su lado, una chica de cabello negro caminaba en silencio, con pasos tan ligeros que apenas se escuchaban. Su figura delgada y postura discreta la hacían parecer una sombra junto a él. Su cabello largo caía suavemente sobre sus hombros, y aunque su rostro no mostraba emoción alguna, sus ojos poseían una profundidad que transmitía una enigmática serenidad.
Iban tomados de la mano, un gesto sencillo pero llamativo que captó la atención de algunos transeúntes. La apariencia extranjera del joven no pasaba desapercibida, generando murmullos entre quienes cruzaban su camino. Algunos intercambiaban miradas curiosas o susurraban comentarios, pero la pareja parecía indiferente a la atención, sumergida en su propio mundo.
Con pasos tranquilos, giraron en una esquina y entraron en un karaoke cuyas luces de neón parpadeaban sobre la entrada. Los empleados, acostumbrados al bullicio constante, les dieron la bienvenida con cortesía y los guiaron a una cabina privada. Poco después, la mesa se llenó de comida en cantidades desproporcionadas, como si se prepararan para un festín interminable.
Mientras tanto, la vida seguía su curso en otros rincones de la ciudad. Las risas, las luces y el bullicio continuaban, pero nadie sospechaba que esa aparente normalidad estaba a punto de romperse. En el horizonte, un cambio imparable y devastador se cernía sobre el mundo, listo para transformar la tranquilidad en un caos que nadie podía imaginar.
La tranquilidad se desmoronó en cuestión de horas. Lo imposible ocurrió simultáneamente en diversas ciudades del mundo: personas se transformaron en criaturas grotescas, lanzándose con una ferocidad inhumana contra cualquier ser vivo. Se habían convertido en zombis, cadáveres ambulantes cuyo único propósito parecía ser devorar y propagar el horror.
El caos se expandió como un incendio descontrolado. Las calles, que horas antes rebosaban de vida, se transformaron en campos de caza. Gritos desesperados perforaron el aire mientras las víctimas caían una tras otra. Aquellos que no eran completamente devorados volvían como miembros de la creciente horda, transformando a amigos y seres queridos en enemigos mortales.
En Japón, el pánico era absoluto. Familias enteras buscaban refugio tras puertas cerradas, confiando en muros que apenas podían detener lo inevitable. Pero la resistencia no duró mucho. Los zombis, incansables y numerosos, superaban cualquier barrera. Las ciudades quedaron envueltas en una penumbra inquietante, donde los gritos de terror daban paso a un silencio roto solo por gruñidos y pasos arrastrados.
El mundo que todos conocían había colapsado. La humanidad, una vez orgullosa de sus logros, estaba al borde de la extinción. Solo unos pocos se aferraban a la esperanza en un panorama apocalíptico.
Takashi Komuro había buscado refugio en la azotea de la escuela, su lugar habitual para escapar de la rutina. Pero lo que presenció desde allí estaba lejos de ser común. Desde su posición, vio a un hombre extraño tambalearse hacia la entrada principal de la escuela. Su andar errático y sus movimientos torpes lo hicieron parecer borracho o herido. Sin embargo, lo que ocurrió a continuación borró cualquier duda de su mente.
El encargado de deportes salió a enfrentarlo, probablemente pensando que solo era un vagabundo. Pero el extraño, con una velocidad y brutalidad inhumana, se abalanzó sobre él, mordiendo su cuello con una fuerza espantosa. La sangre brotó en un chorro violento, salpicando el suelo. Takashi observó, paralizado por el horror, mientras el hombre caía al suelo en agonía, su vida deslizándose de su cuerpo.
Takashi, aún temblando, reaccionó al fin. Su instinto de supervivencia tomó el control, obligándolo a bajar apresuradamente las escaleras en busca de Rei Miyamoto, su amiga de la infancia, y Hisashi Igou, su mejor amigo. Los encontró en un pasillo, ajenos al horror que se extendía.
—¡Rei, Hisashi! ¡Tenemos que irnos, ahora! —gritó Takashi con urgencia.
Rei frunció el ceño, confundida. —¿Qué estás diciendo? ¿Quieres escaparte de la escuela?
—Hoy tenemos un examen importante —añadió Hisashi, incrédulo—. ¿Qué podría ser tan grave?
Antes de que Takashi pudiera responder, un grito desgarrador resonó desde las aulas cercanas. Los tres miraron en esa dirección y vieron a estudiantes corriendo por sus vidas, perseguidos por esas criaturas. Algunos caían, y sus gritos se apagaban en un instante bajo las mordidas de los zombis.
El caos llegó hasta ellos en segundos. Un grupo de zombis apareció, bloqueándoles el camino. Hisashi tomó la delantera, usando su fuerza para abrir paso, pero uno de los infectados logró morderlo en el hombro antes de que Takashi lo derribara con una silla improvisada como arma.
—¡Hisashi! —exclamó Rei, mirando la herida con horror.
—Estoy bien... No fue nada —murmuró Hisashi, aunque el sudor frío en su frente y su rostro pálido decían lo contrario.
El trío se refugió en un aula vacía. Takashi cerró la puerta detrás de ellos mientras Rei intentaba atender a Hisashi, cuyo estado empeoraba rápidamente. Su piel perdía color y un sonido burbujeante escapaba de sus labios mientras tosía sangre.
En cuestión de minutos, Hisashi dejó de moverse. Rei rompió en llanto, aferrándose al cuerpo inerte de su amigo. Pero Takashi sabía que esto no había terminado. Con un bate en la mano, observó el cadáver mientras su mente trabajaba frenéticamente. El corazón le latía como un tambor mientras esperaba lo inevitable.
Y entonces, ocurrió. Hisashi abrió los ojos, pero ya no eran los de su amigo. Su mirada estaba vacía, desprovista de toda humanidad. Su cuerpo, ahora movido por un impulso insaciable, se levantó con movimientos torpes antes de abalanzarse sobre Takashi.
Takashi, impulsado por una mezcla de adrenalina y miedo, golpeó al zombi con todas sus fuerzas. El bate impactó directamente en su cabeza, y un sonido seco llenó el aula mientras Hisashi caía al suelo, inmóvil. Un charco de sangre comenzó a expandirse bajo su cuerpo.
—¡No tenemos tiempo que perder! ¡Tenemos que seguir o seremos acorralados! —dijo Takashi con determinación, tomando la mano de Rei.
Rei, aún en estado de shock, no pudo articular palabra. La escena que acababa de presenciar la había dejado paralizada, pero sabía que debía seguir adelante si quería sobrevivir. Se obligó a ignorar el miedo y las lágrimas, corriendo detrás de Takashi.
Juntos, llegaron a la enfermería, donde encontraron a Shizuka Marikawa, la enfermera de la escuela.
La voluptuosa mujer, de curvas innegables y un aire despreocupado, se encontraba recogiendo medicamentos y suministros de primeros auxilios. Estaba completamente enfocada en meter todo lo que pudiera en un gran bolso de mano, ajena al caos que se desataba a su alrededor.
En circunstancias normales, habría sido un espectáculo peculiar verla trepar a una mesa, con su minifalda dejando poco a la imaginación, mientras estiraba el brazo para alcanzar una caja en lo alto de una estantería. Sin embargo, el horror de la situación borraba cualquier posibilidad de distracción. Para Takashi y Kohta, el instinto de supervivencia dominaba todo pensamiento.
El silencio de la enfermería no duró mucho. Un estruendo de vidrio roto sacudió el lugar cuando un grupo de zombis irrumpió por las ventanas. Sus gruñidos llenaron el aire, y el grupo se vio obligado a reaccionar rápidamente.
Antes de que los muertos lograran avanzar más, una figura emergió desde el pasillo como un torbellino. Saeko Busujima, la líder del club de kendo, irrumpió con un bokken en mano. Sus movimientos eran precisos y letales, cada golpe un espectáculo de técnica impecable mientras acababa con los atacantes uno por uno.
—¿Todos están bien? —preguntó Saeko, con una calma que parecía casi sobrenatural en medio del caos.
—Estamos vivos... por ahora —respondió Takashi, aún recuperando el aliento y con el corazón desbocado.
La llegada de Saeko les dio un respiro momentáneo, pero no había tiempo que perder. Con los medicamentos asegurados y las criaturas aún rondando los pasillos, el grupo, ahora compuesto por Takashi, Rei, Shizuka y Saeko, tuvo que avanzar.
En el camino, los gritos les guiaron hasta otra escena de desesperación. Kohta Hirano, con un rifle de aire comprimido improvisado, intentaba proteger a Saya Takagi, quien se refugiaba tras él mientras los zombis los rodeaban.
—¡Resistan! ¡Estamos aquí! —gritó Takashi mientras él y Saeko se lanzaban al rescate.
La precisión de Saeko con su bokken y la determinación de Takashi lograron abrir paso. Kohta disparó con precisión mientras Saya intentaba mantener su compostura, aunque el temblor en sus manos la delataba.
—Gracias... —murmuró Kohta, ajustando sus gafas empañadas mientras intentaba recuperar la compostura.
—Hicieron bien en resistir. Pero no podemos quedarnos aquí mucho tiempo —añadió Saeko, evaluando rápidamente la situación.
Con el grupo ahora unido, avanzaron hasta el salón de profesores. Allí encontraron un refugio temporal. Las puertas y ventanas estaban aseguradas, creando una frágil barrera contra la amenaza exterior.
Takashi encendió un televisor, con la esperanza de obtener información. La pantalla mostró imágenes de caos y devastación.
—Se ha confirmado que los ataques no se limitan solo a Japón. Brotes similares están ocurriendo en múltiples países... —anunciaba una voz de noticiero con tono alarmante.
Las palabras se mezclaban con imágenes de ciudades ardiendo, multitudes huyendo y hordas de muertos vivientes arrasando con todo.
—América está en crisis. Rusia ha perdido comunicación. China ha caído. Londres aún resiste... —continuó el reportaje antes de cortarse abruptamente, dejando únicamente la estática.
—Esto... esto no puede estar pasando —susurró Saya, sus palabras cargadas de incredulidad y miedo.
—No es el fin, no mientras sigamos luchando —dijo Saeko, con una determinación que resonó en todos ellos.
La enfermera Shizuka, con su tono dulce pero firme, rompió el tenso silencio.
—Tenemos que salir de la escuela. Si nos quedamos aquí, será nuestro fin.
Sus palabras, aunque tranquilas, lograron convencer al grupo. No podían quedarse allí. Armados con lo que pudieron encontrar, se dirigieron hacia la salida.
Cuando finalmente salieron al exterior, el cielo estaba teñido de un ominoso naranja, el preludio de una noche que prometía ser aún más peligrosa. Las sombras de los zombis se alargaban, y sus figuras tambaleantes parecían multiplicarse con cada paso.
En medio de esa escena, distinguieron a lo lejos a un grupo numeroso de estudiantes. Parecían ser guiados por un maestro que los dirigía hacia el autobús escolar.
Saeko levantó una mano, indicando al grupo que se detuviera, y susurró:
—Esa es nuestra oportunidad. Avancemos con cuidado, sin hacer ruido.
El grupo asintió, moviéndose con pasos calculados hacia el autobús estacionado. Sin embargo, antes de que pudieran acercarse lo suficiente, el rugido del motor rompió el silencio.
El autobús arrancó con fuerza, haciendo chirriar las ruedas sobre el pavimento. El sonido resonó como un grito en medio de la quietud, atrayendo la atención inmediata de los zombis cercanos. Las criaturas comenzaron a girar sus cabezas en dirección al vehículo, sus cuerpos tambaleándose hacia el ruido.
—¡Maldición, el ruido los está atrayendo! —susurró Takashi con el ceño fruncido, apretando el bate en sus manos.
El autobús se alejó rápidamente, dejando al grupo abandonado mientras los zombis comenzaban a congregarse en la zona.
—¡Ese maldito cobarde! —susurró Saya con furia contenida, mirando con impotencia cómo el maestro los dejaba atrás.
—Esto lo complica... mucho —murmuró Kohta, ajustando su rifle improvisado mientras observaba a los zombis moverse en dirección al vehículo.
Saeko, con una serenidad que desconcertaba al resto, se giró hacia ellos.
—El ruido nos ha dado una pequeña ventaja. Ahora están más distraídos con el autobús. Si nos movemos rápido y en silencio, podemos escapar antes de que regresen su atención hacia nosotros.
Takashi asintió, apretando la mandíbula.
—Entonces no perdamos más tiempo.
Con cautela, el grupo se movió, aprovechando que los zombis estaban enfocados en el eco del motor. Cada paso era una mezcla de terror y esperanza, sabiendo que cualquier movimiento en falso podría significar su fin.
Sin que el grupo lo supiera, el suelo estaba sembrado de fragmentos de vidrio, esparcidos como trampas silenciosas en la penumbra. El destino, caprichoso, decidió jugarles en contra: uno de los zombis, al tambalearse, pisó uno de esos fragmentos. El crujido, apenas audible, fue suficiente para captar la atención de los demás.
Otro zombi se acercó al primero, repitiendo el error, y en cuestión de segundos el aire se llenó de gruñidos, golpes y movimientos erráticos. Las criaturas, confundidas pero instintivamente agresivas, comenzaron a atacarse unas a otras en una siniestra danza de caos.
El grupo, aterrorizado, apenas logró apartarse y refugiarse en una esquina delimitada por dos muros altos, mientras el caos se desataba frente a ellos.
—Esto... no puede estar pasando... —murmuró Saya, abrazándose a sí misma mientras los gruñidos y el ruido de los golpes entre los zombis se intensificaban.
La situación parecía insalvable. El círculo de muertos se estrechaba, acercándose peligrosamente a su refugio improvisado. La desesperación comenzaba a pintar sus rostros mientras intentaban mantenerse con vida con las pocas armas que tenían.
Pero no todos estaban dispuestos a ceder al miedo.
Saeko Busujima, con una mirada fría y resuelta, se puso frente al grupo. Ignorando su propio instinto de supervivencia, alzó su bokken como si fuera un escudo que protegería a todos.
Sus movimientos eran precisos, fluidos, como si estuviera ejecutando una coreografía mortal. Cada golpe de su espada de madera caía con la fuerza necesaria para neutralizar a las criaturas. La sangre de los zombis pronto cubrió tanto su arma como sus brazos, pero ella no titubeaba.
A su lado, Kohta Hirano disparaba su lanza clavos improvisada, derribando con precisión a varias criaturas. Sin embargo, su limitada munición no tardó en agotarse. Gruñendo con frustración, arrojó el arma hacia las criaturas como último recurso, aunque el intento resultó inútil.
—¡Maldita sea! —exclamó Kohta, retrocediendo con las manos temblorosas.
Un zombi lo alcanzó, pero antes de que pudiera morderlo, Takashi apareció, golpeando con su bate la cabeza de la criatura.
—¡Kohta, retrocede! —gritó Takashi, balanceando el bate una y otra vez.
Sin embargo, su energía comenzaba a flaquear. Cada golpe se hacía más lento, y su respiración se volvía pesada. La fatiga estaba ganando terreno.
Rei, por su parte, manejaba su lanza improvisada con movimientos rápidos, pero la inexperiencia y el cansancio la hacían cada vez más torpe. Su brazo temblaba con cada nuevo embate, pero no se rendía.
En el centro del grupo, Shizuka Marikawa y Saya Takagi se refugiaban, incapaces de pelear. Sus rostros estaban pálidos, reflejando un terror absoluto. Ambas se aferraban a la esperanza de que ocurriera un milagro que las sacara de aquel infierno.
Los últimos rayos de luz se desvanecieron, y con la llegada de la noche, la situación se volvió aún más sombría. La oscuridad envolvió todo, reduciendo la visibilidad al mínimo.
Los zombis, en cambio, se guiaban únicamente por el sonido, lo que los hacía más peligrosos en estas condiciones.
“Maldita sea, esto no parece tener fin...”pensó Takashi, justo antes de golpear con su bate a otra criatura. Sin embargo, la falta de fuerza en el golpe permitió que el zombi lo empujara hacia atrás.
Fue Saeko quien lo salvó, eliminando a la criatura con un golpe certero. A pesar de que su bokken era de madera, su habilidad con la espada era formidable. Pero incluso ella estaba llegando a su límite. Sus manos estaban entumecidas, y su respiración era irregular.
Los quince minutos que llevaban luchando se sentían como una eternidad. Era un milagro que hubieran sobrevivido tanto tiempo rodeados de zombis.
Sus corazones latían frenéticamente. Sus cuerpos temblaban mientras sus mentes repetían la misma pregunta:¿Así terminará todo?
Entonces, en el momento más desesperado, una figura emergió de las sombras.
En un parpadeo, las criaturas más cercanas al grupo fueron partidas en pedazos. Un joven apareció en escena, empuñando una katana negra cuya hoja parecía absorber la poca luz que quedaba.
El recién llegado, con cabello dorado y ojos azules, caminó hacia ellos con paso firme. Sin embargo, su atención estaba fija en Shizuka Marikawa, quien lo miraba con incredulidad y algo de nerviosismo.
—Dime, ¿cuál es tu nombre? —preguntó el joven con un tono sereno, casi tranquilizador.
—Me... me llamo Shizuka Marikawa... —respondió ella, titubeando ligeramente.
—Ya veo. No tienes por qué preocuparte. Estás a salvo; yo te protegeré.
La declaración del rubio hizo que las mejillas de Shizuka se sonrojaran ligeramente.
Antes de que ella pudiera responder, el joven se colocó frente a todos. Con movimientos fluidos y precisos, cortó en múltiples pedazos a los zombis que intentaron acercarse.
Saeko observaba con asombro. La destreza del rubio con la espada era algo que nunca había visto. Su arma, completamente negra, parecía cortar carne, músculos y huesos como si fueran papel.
“¿Quién... quién es él?”se preguntó Saya, incapaz de apartar la mirada del misterioso joven. Primero los zombis habían cambiado su mundo, y ahora este desconocido aparecía para salvarlos. Su mente luchaba por aceptar esta nueva realidad.
—¡Todos quédense atrás! —ordenó el rubio mientras decapitaba a una docena de zombis con un solo movimiento.
Todo el grupo acabó obedeciendo al extraño, incluso Saeko, quien parecía tener aún la voluntad de luchar, pero cuyo cuerpo llegaba ya a su límite. Aunque se retiró, no bajó la guardia, manteniendo su bokken listo mientras estudiaba cada movimiento del desconocido con una mezcla de precaución e intriga. Sin embargo, lo que comenzó como mera vigilancia pronto se transformó en algo mucho más profundo.
Lo que vio la dejó sin aliento. Los movimientos del rubio no eran erráticos ni improvisados; eran todo lo contrario. Cada corte fluía con una precisión aterradora, cada giro de su muñeca parecía perfectamente calculado, como si pudiera predecir los movimientos de los zombis antes de que siquiera ocurrieran. Pero lo que más la impactó fue la calma con la que lo hacía: no parecía nervioso ni alterado, incluso enfrentándose a una situación de vida o muerte.
Su técnica no era solo letal; era hermosa. Cada postura, cada cambio de dirección, demostraba un dominio absoluto de la espada que ella no había visto ni siquiera en su propio padre, quien la había entrenado con tanto esmero desde que tenía uso de razón.
Saeko no podía apartar los ojos. Había dedicado su vida al kendo, perfeccionando cada movimiento bajo la estricta guía de su padre, creyendo entender hasta dónde podía llegar la habilidad de un espadachín... hasta ese momento. Jamás había presenciado algo tan preciso, tan desbordante de control. Este extraño no solo dominaba el arte de la espada; lo elevaba a un nivel que nunca habría imaginado.
Conforme lo observaba, notó que su velocidad aumentaba con cada instante, como si la fatiga y el cansancio fueran conceptos inexistentes para él. Sin embargo, algo más captó su atención: su respiración. Era irregular, alternando entre momentos de aceleración y pausas más largas, como si siguiera un ritmo que escapaba a su entendimiento.
Los zombis caían uno tras otro, incapaces siquiera de rozar su ropa. La sangre comenzó a salpicar el suelo, creando un contraste sombrío contra la aparente serenidad con la que el rubio se movía. Saeko sintió cómo su corazón se aceleraba, pero no era por miedo. Era fascinación, pura y absoluta.
El suelo comenzó a teñirse de rojo mientras el rubio seguía avanzando, sus movimientos tan fluidos que parecían un baile mortal. Saeko, por un momento, olvidó la desesperación que la había embargado minutos atrás. Todo su ser estaba concentrado en lo que tenía frente a sus ojos.
“¿Quién es este hombre?” pensó, mientras el filo de la katana negra seguía derribando criaturas. Sin quererlo, una emoción desconocida comenzó a despertar en su interior. Sentía una mezcla de admiración, asombro... y algo más. Su corazón latía con fuerza, y un leve rubor cubrió sus mejillas mientras seguía observándolo, incapaz de apartar la mirada.
El grupo de humanos había sido rescatado de un destino trágico, pero lo que ignoraban era que el futuro que les aguardaba no sería igual para todos.
Para algunos, sus días se convertirían en un jardín eterno, donde las preocupaciones del mañana desaparecerían como niebla al amanecer. Solo conocerían el amor, el placer y la felicidad, viviendo en un refugio donde la sombra de la desesperación jamás alcanzaría sus corazones.
Sin embargo, para otros, la salvación sería como un castillo de arena ante la marea: construido con esperanza, pero condenado a desmoronarse bajo el peso implacable de la realidad. Se verían a sí mismos como marionetas cuyas vidas carecían de valor real, atrapados en una existencia que parecía irrelevante frente a la vastedad del mundo que se desmoronaba ante ellos.